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O P I N I Ó N

20 de octubre del 2003

La radicalización de la democracia

Al que no quiere sopa, dos platos

Fernando López D'Alesandro
Rebelión

Las dictaduras nos dejaron grandes enseñanzas. Sin duda las libertades públicas fueron revalorizadas cuando las perdimos y nos dimos cuenta que la democracia, la libertad de pensamiento y de expresión, el derecho a la libre asociación y tantos otros, son conquistas históricas de las sociedades y no meras formas detrás de las que se ocultan fines inconfesables. Pero también nos quedó claro que los derechos y las libertades sin contenidos sociales que construyan una sociedad más justa hacen peligrar la convivencia democrática con consecuencias terribles. Por eso las sociedades latinoamericanas luchan por la radicalización de sus derechos y la profundización de la democracia haciendo de ello un nuevo instrumento liberador.

Los estallidos sociales en diferentes países latinoamericanos han definido situaciones políticas que en otros tiempos hubieran terminado en un golpe de estado y un nueva dictadura militar. Los finales estrepitosos de Collor de Mello, Carlos Andrés Pérez, Fujimori, Mahuad, De La Rúa y ahora Sánchez de Lozada son síntomas de que un tiempo histórico está terminando. Pero lo más llamativo no es el método para precipitar las caídas, sino el "después". Efectivamente, todas ellas terminaron en una sucesión constitucional, de acuerdo con el orden democrático y con cambios en las políticas económicas y en las actitudes sociales de los nuevos gobernantes. Los nuevos presidentes, que asumen el control del volcán, saben y entienden que deben necesariamente dar respuestas a las exigencias de las grandes mayorías si no quieren correr la misma suerte que sus antecesores.

Se funda así un pacto implícito entre gobernantes y gobernados, donde los primeros acatan las exigencias sociales y los segundos apuntalan la democracia. Es que las sociedades latinoamericanas -y las occidentales en general- hoy asumen como propios los principios que siempre fueron pregonados por las derechas -pero pocas veces cumplidos- haciendo de la democracia el instrumento idóneo para gobernarnos, exigiendo su cumplimiento estricto, pero, además, utilizado para dar "jaque al rey" cuando se vuelve necesario. Tenemos la sensación de que los movimientos sociales latinoamericanos y las izquierdas -salvo las versiones más dinosaurias- lograron entrampar a las derechas con el viejo aforismo "al que no quiere sopa, dos platos".

Sé muy bien que no es muy analítico ni académico echar mano a los refranes de la abuela para explicar los procesos históricos, pero no se me ocurre nada más gráfico para explicar lo que estamos haciendo. Durante años, las derechas monopolizaron el discurso democrático, pero vacío de contenido, gracias al cual arrinconaron a los sectores progresistas que erramos el camino identificando la democracia liberal con una genérica "opresión". Así pasó lo que pasó entre los setenta y los ochenta y los costos humanos fueron demasiado terribles como para no reflexionar sobre las responsabilidades propias y ajenas en los desastres que vivimos. Luego, la caída del comunismo -que operó durante setenta años como modelo alternativo "realmente existente"- nos puso en una encrucijada teórica e ideológica sobre las formas y el proyecto para construir una sociedad más justa. Las respuestas tardaron, pero las realidades y la acción política de miles de personas comprometidas en el mundo, supieron empezar a encontrarlas.

Desde la renuncia de Gorbachov, aquel 25 de diciembre de 1991, el imperio y las derechas repetían las palabras "libertad", "democracia", "libre mercado", "orden internacional", "derechos humanos" con verborragia victoriosa. Paulatinamente comenzó un proceso singular. Las propuestas básicas del liberalismo histórico permearon en los procesos sociales y se transformaron en banderas de cambio; Internet y la TV cable hicieron el resto. Hoy el flujo informativo es tan masivo y variado que su difusión opera como un elemento profundamente liberador, esclarecedor y como un poderoso instrumento político. Son los dos platos de sopa para la libertad de expresión. Así, por ejemplo, el golpe de estado contra Chávez tuvo en las redes alternativas una aliado inigualable que permitió que el engaño no triunfara y que los apoyos internacionales a la legalidad venezolana fueran efectivos. La guerra de Irak fue interpretada en toda su amplitud y las mayorías la consideraron -y la rechazaron- como lo que fue: una conquista. El nuevo enemigo, el terrorismo, tan difuso, genérico y amplio, tiene las mismas características que la información que hoy fluye libre por la Web. ¿Será por eso que la Casa Blanca propuso "regular" Internet a pesar de los inmensos costos que significaría este control? ¿No se iguala así el terrorismo con la libertad informativa que nace de la red? Lo que sucedió es que desde la libertad más o menos formal se generó la exigencia de la libertad real y las derechas quedaron entrampadas en sus propios discursos. Fue como si las sociedades aceptaran las propuestas de "democracia" y las demandaran en toda su extensión imaginable, organizándose, opinando y no permitiendo que les recorten la realidad.

Hemos integrado la idea de "orden internacional" no como un dicho sino como una exigencia. La etapa previa a la guerra de Irak lo demostró y fueron las sociedades de todos los países las que se indignaron frente a la escalada de EEUU hasta que, pasando por encima del derecho internacional, atacó a un pueblo y quedó en evidencia como lo que es y sin argumentos que lo justifiquen. No haber encontrado las famosas armas de destrucción masiva sólo abonó lo que todos ya sabíamos.

Si el nuevo orden propuesto implica igualdad de oportunidades económicas, en el libre juego de oferta y demanda, apliquémoslo. Si lo que busca la OMC es abatir las barreras comerciales, hagámoslo. Pero cuando el tercer mundo llegó a Cancún y exigió el cumplimiento de estos principios, los países desarrollados se negaron a tomar sus dos platos de sopa y quisieron imponer sus criterios de discusión. Que los países africanos se hayan levantado airados y luego el grupo de los 22 liderado por Brasil, derrumbó el falso discurso del primer mundo. Pero políticamente significa mucho más. Immnuell Wallerstein sostiene que, en realidad, la rebelión de Cancún es un golpe al corazón de la OMC, que se habría transformado en una organización en los papeles y poco más. No es casual que hoy los acuerdos entre Argentina y Brasil catapulten el MERCOSUR hacia objetivos económicos, políticos y sociales que nadie -a excepción de Jorge Batlle- puede rechazar. La resistencia brasileña al ALCA y la sumatoria de esfuerzos sudamericanos al respecto, son un colorario más de lo que sucedió en Cancún. Todo lo anterior, visto en conjunto, es el producto de hacer cumplir, radicalmente, los principios pregonados a diestra y siniestra de democracia, libertad económica y legalidad internacional.

Algo similar sucede con los derechos humanos. Manoseados hasta el hartazgo, hoy se exige su cumplimiento de forma militante y los gobiernos, guste o no, deben hacerlo. No sólo Argentina nos está asombrado con sus nuevos juicios. Las requisitorias internacionales contra los acusados de crímenes de lesa humanidad, la prisión de Pinochet, el juicio en La Haya a Milosevic y finalmente la aprobación del tratado que creó el Tribunal Penal Internacional (TPI), diferenció definitivamente a los que realmente desean un nuevo orden y los que sólo discursean al respecto. No es casual que Bush haya rechazado el TPI y busque desesperado fueros especiales para que sus tropas y él mismo no puedan ser juzgados por sus tropelías. ¿En que quedamos entonces? ¿Los países defensores de la "democracia" aceptan los principios que decíamos más arriba realmente o todo era una mera forma?

El viernes 17 de octubre cayó Sánchez de Lozada en otra "jornada" de un pueblo latinoamericano que no aceptó el saqueo y exigió el cumplimiento estricto de los derechos humanos. Su sucesor, Carlos Mesa, acató el mandato de los bolivianos en toda su amplitud. Va a plebiscitar la venta del gas, convocará a una constituyente, juzgará a los responsables de las masacres, atenderá los reclamos de los cocaleros, cambiará la "ortodoxia económica" y acortará su mandato, abriendo paso a un seguro gobierno progresista. La razón fundamental de estas medidas la resumió el flamante presidente: "No tengo otra opción que ésta que estoy tomando". Fue la sociedad boliviana la que triunfó, sin duda, haciendo cumplir estrictamente los principios básicos que nacieron, también, gracias a otra jornada popular un 14 de julio de 1789: libertad, igualdad y fraternidad. Pero hoy, dos siglos después, parece que en estos parajes del mundo estamos decididos a aplicarlos radicalmente.

* Docente de Historia en Regional Norte (UDELAR) y en el CERP del Litoral. Salto

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