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O P I N I O N

21 de octubre de 2003

La idea revolucionaria de la Renta Básica

Simón Royo
Rebelión

Demagógicamente. Así actúa el PSOE en España cada vez que hay elecciones. Hoy promete servicios de transporte público gratuito para jóvenes y ancianos (cuando deberían serlo para todos), mientras que ayer se quería apropiar de otras medidas de la izquierda, como la relativa a la Renta Básica. El inventor de la idea de la Renta Básica, Philippe van Parijs, la presentó como una forma de transición incruenta desde el capitalismo al comunismo en su libro de 1995: “Libertad real para todos”; realizando una propuesta que fue exitosamente recogida por Daniel Raventós en España, quien la expuso en su libro de 1999: “El derecho a la existencia. La propuesta del subsidio universal garantizado”. Y aunque sus orígenes fuesen más bien reformistas, queriéndose como una tesis inicialmente ni de izquierdas ni de derechas, la idea de la Renta Básica ha terminado calando sobre todo en la izquierda real. Y esto ha sido así al demostrarse que no podrá ser implementada en la realidad mientras no se transformen radicalmente las estructuras económicas nacionales (e internacionales) que sustentan el devenir social contemporáneo y no se socialicen la mayor parte de los recursos comunes y colectivos.


Algo parecido sucedió con la Tasa Tobin, que surgida como una idea reformista para agilizar el sistema financiero internacional, pronto se reveló como una gran idea revolucionaria, como una propuesta que acabó por ir más allá de las intenciones de su creador y cobrar existencia independiente. Y así es como Renta Básica y Tasa Tobin, bien pueden ser ya hoy consideradas, como medidas revolucionarias, como propuestas que habrían de formar parte de un otro mundo posible y acompañar cambios sociales de gran envergadura.


Ya sabemos que las mayorías absolutas en los parlamentos, cuando las detentan los enemigos del pueblo, equivalen a despotismo, tiranía asesina y latrocinio indiscriminado de las arcas públicas. El PSOE lo demostró antaño y el PP lo demostró después. Pero son sobre todo los primeros quienes pretenden constantemente capitalizar, nunca mejor dicho, la fuerza e ideas de la izquierda, robando constantemente las propuestas pero sin tener ninguna voluntad ni valentía política para aplicarlas.


Una vez habiendo renunciado a la posibilidad abierta de la revolución pudimos ver como los reformistas más tibios acabaron por apuntarse tarde, siempre tarde, al carro de la Renta Básica, desde el manifiesto ideológico de esa su supuesta “renovación” (nunca llegada) que se celebró ante su 35 Congreso. En ese evento de hace ya más de dos años, se expresaba lo siguiente: “87. Nuestro objetivo, y nuestra propuesta, será hacer realidad una Renta Básica de Ciudadanía, es decir, garantizar unos ingresos mínimos para todos los ciudadanos con carácter universal e incondicional, que se constituya como el mínimo vital de subsistencia que toda persona o familia necesita para vivir” (Texto: Ciudadanía, Libertad y Socialismo. Conferencia política. Manifiesto del PSOE de julio de 2001). Desde entonces a esta parte, nada han vuelto a decir al respecto, ya se les ha olvidado, y en realidad nunca pensaron hacer nada para llevar a cabo lo dicho, sino que se contentaron con proclamar, en voz alta, unas buenas intenciones que jamás quisieron llevar a buen puerto. Ya hemos visto desde hace 25 años como renovación y cambio son en los dos partidos mayoritarios palabras vacías. Sólo la verdadera izquierda sigue pensando y haciendo lo mismo, sólo la verdadera izquierda no se ha vuelto esquizofrénica, pues sólo en ella no se opone el pensamiento y la acción, las propuestas y las formas de llevarlas a la práctica.


Por el contrario a una izquierda que merezca ese nombre el PSOE proponía la implantación de la Renta Básica de manera puramente demagógica y captadora de votos; puesto que en modo alguno se pensaban ni se piensan efectuar los necesarios cambios estructurales en la economía que pudieran hacerla viable. Si nos atenemos a la situación dada para llevar adelante una Renta Básica en España, no se podría financiar sin cambiar la economía, pues calculando para España una renta de 6000 euros anuales por ciudadano (la mitad para los menores de 16 años) serían necesarios más de 180.000 millones de euros anuales, en un país en que el PIB asciende a 600.000 millones de euros y los ingresos por IRPF representan 36.000 millones de euros (con los datos del INE de 2001). Y obviamente, para nacionalizar indirectamente el 30% de la producción habría que realizar modificaciones importantes en la estructura de la economía, impuestos incluidos, combinando la renta básica con novedades como la Tasa Tobin y otras ideas semejantes, aunque no tuvieran en su origen la finalidad a la que se les destinase. Pero eso no resulta posible desde quienes, al modo de Fritz Lang en Metrópolis, han renunciado a la lucha de clases y hablan de la complementariedad entre el Estado y el Mercado, lo que en otro tiempo se vendía como la amistad entre el obrero y el patrono proporcionada por el Sindicato Único del Movimiento franquista y santificada por la Iglesia opusdeista.


La implantación de la Renta Básica habría de realizarse dependiendo de las circunstancias de cada país y, como ya ocurrió con la reducción de la jornada laboral entre finales del siglo XIX y principios del XX, quizá venga a implantarse de forma escalonada internacionalmente. Pero fuera del debate acerca de su implantación global o en tandas parciales, el problema fundamental al que se enfrenta dicha medida es el de evitar financiarla en una pequeña parte del mundo, robando todos los demás, explotando a otros países; financiándola, por el contrario, expropiando las riquezas comunes en manos de particulares y transformando estructuralmente el sistema económico imperante.


Desde luego, no habrá que oponerse a una medida de solidaridad y justicia organicista por el mero hecho de que sea utilizada con fines demagógicos, también con respecto a otras ideas, como la de la seguridad social universal, la prohibición del trabajo infantil o el impuesto sobre la renta, se pensó que no sería posible su consecución sin el concurso de revoluciones. Y si bien todos los logros sociales fueron fruto de la sangre revolucionaria derramada por el proletariado, no se ayuda mucho a la causa obstaculizando el que las ideas pudieran adelantarse a los hechos.


Hay que denunciar, eso sí, cuando las ideas son esgrimidas de manera hipócrita, a sabiendas de que sin tocar el fondo del sistema no podrán ser implantadas. Pero denunciar y negarse a la hipocresía, la demagogia y el engaño, no significan negarse a promover la idea aceptando la teoría cuando venga acompañada del cómo se pretende llevar a la práctica. A ese respecto hay que suscribir las declaraciones que hiciera Susan George al hilo de las reflexiones entorno las manifestaciones antiglobalización que se vinieron sucediendo en los últimos tiempos: “no es revolucionario oponerse a medidas parciales (tasa Tobin, renta básica de ciudadanía) esperando el gran día del asalto al Palacio de Invierno”. Y desde luego quien pretenda el Paraíso o la Nada, se quedará finalmente con lo segundo. Pero si el realismo pasa por aceptar cierto reformismo y la posibilidad de cambios parciales, estos tendrán que ser estructurales para que puedan tener una eficacia parcial y servir de mejora social, ya que una cosa es pretender el paraíso o la utopía y otra contentarse con meras palabras.


La retórica del actuemos como si la comunidad de ciudadanos libres hubiese sido alcanzada o como si bastase alcanzarla en la idea para haberla alcanzado en la realidad, no debe ser aceptada. Hay que rebelarse contra las promesas vacías y ante esas pretensiones de liberación que esconden con hipocresía las antiguas formas de dominación, porque las propuestas que no se llevan a efecto y sobre las que no se dice nunca cómo llevarlas a cabo, no son el Paraíso, ni siquiera el purgatorio, sino que son más bien la Nada.