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O P I N I Ó N 

27 de octubre del 2003

Premio Príncipe de Asturias a la hipocresía

Higinio Polo
Rebelión

La mentira y la hipocresía son algunos de los rasgos más habituales del poder. No es nada nuevo. En estos días de fastos monárquicos, que se repiten cada año con la entrega de los Premios Príncipe de Asturias, las hemos visto de nuevo, agazapadas entre las palabras del heredero de la corona española, glosadas por las televisiones cortesanas, jaleadas sin rubor por los periódicos de palacio.

La concepción inicial que llevó a crear los Premios Príncipe de Asturias, y su desarrollo posterior, apenas puede engañar al ciudadano: presentados como un homenaje a personas de diversos países que se han distinguido en distintas facetas de la actividad humana, en realidad, lo que pretenden es aprovecharse del prestigio ajeno para enaltecer la figura de un aspirante a la corona de quien se desconoce la utilidad pública de sus actividades. Esas recompensas anuales son una vulgar operación publicitaria, pagada con el dinero del presupuesto público y no con el dinero de los Borbones, para enaltecer la figura del heredero y arraigar entre los habitantes del país la idea de que se convertirá en el próximo rey. Año tras año, se repiten los rituales, y, junto a la circunstancial presencia de los premiados, cuyos méritos parecen indudables, emerge para todos los ciudadanos la personalidad de Felipe de Borbón, al que se presenta así rodeado de personas de relieve mundial.

A veces, se les va la mano. En este 2003 de la criminal guerra en Iraq, los servicios de palacio organizaron para el heredero una recepción con veteranos militantes comunistas y socialistas de Asturias, personas que cuentan con una excepcional historia de lucha por la libertad. El propósito era el mismo: alzarlo sobre los tacones lejanos de otros, otorgando credibilidad democrática a Felipe de Borbón por el procedimiento de presentarlo junto a quienes combatieron al franquismo. En ese encuentro, una alusión al supuesto exilio de Juan de Borbón —abuelo del heredero y padre del actual rey— de uno de los veteranos militantes antifranquistas presente consiguió, al decir de la prensa de palacio, "conmover al príncipe", confirmándole así que Juan de Borbón sería una víctima más del régimen fascista que encarceló a España después de la guerra civil.

En su emoción, el Príncipe de Asturias, víctima y beneficiario de la propaganda monárquica que está inventando la historia reciente, pretendía ignorar que Juan de Borbón se ofreció como soldado voluntario a Franco en 1936, al servicio de la causa fascista, y que si fue rechazado por el general faccioso era porque su supuesta aportación era ínfima, comparada con las obligaciones y servidumbres que creaba a los militares sublevados. También pasaba por alto el actual heredero que, con ocasión de la caída de Barcelona en enero de 1939, ese siniestro Juan de Borbón envió un telegrama a Franco en el que le felicitaba por el triunfo de las armas fascistas. Y dejaba de lado, en fin, que Juan de Borbón no tuvo ningún escrúpulo en negociar con el dictador, y que sus diferencias apenas radicaban en el hecho de que ambos, caudillo y aspirante a rey, no podían convivir en la jefatura del Estado. Pretender ignorar, como hizo el príncipe de Asturias, que, durante toda su vida, la única ambición de Juan de Borbón fue la de ser rey, aunque adornase sus mezquinos deseos con las habituales y huecas frases de servicio al país y a la población, es prestarse a una sucia e hipócrita operación.

Se daba así, con esa increíble historia de un Juan de Borbón convertido en víctima de la dictadura franquista, un paso más en la grotesca hagiografía que, desde los círculos del poder y desde los medios de comunicación, ha recompuesto la vida de los miembros de la familia Borbón y que, aún más allá, está escribiendo la versión canónica de la historia de las últimas décadas. Hemos asistido, así, a la invención de un Juan Carlos de Borbón convertido por los solícitos funcionarios de palacio en el motor del cambio político tras la dictadura, dejando el esfuerzo de la oposición clandestina y el empeño de millones de españoles en la exigencia de libertad, en apenas un prescindible decorado al lado de los esfuerzos del rey. Hemos asistido, también, a la construcción de una leyenda que quería ver al príncipe franquista nombrado sucesor por Franco protagonizar los esfuerzos colectivos por la democracia y, casi, dirigir los hilos de la oposición ilegal. Los ciudadanos están acostumbrados. De hecho, puede esperarse cualquier cosa de la hipocresía del poder.

Pero no fue ese el único despropósito de los Premios Príncipe de Asturias de este año. Sin ruborizarse, Felipe de Borbón se vanagloriaba, en el solemne acto de entrega de los galardones, de las muchas horas dedicadas al "sueño de una humanidad más fraternal", al "amor por la cultura", al esfuerzo por "la integración de la mujer en todos ámbitos de la vida social". Habló también el príncipe de una España a la que contempla como "vanguardia de la creación cultural y de la defensa de los derechos humanos", y habló de la "reconciliación" de las dos Españas. El papel lo aguanta todo. Felipe de Borbón leía las frases que le habían escrito, pasando por encima de las verdaderas actividades de la familia real, más preocupada por festejos y relajos privados que por las dificultades de los ciudadanos; afirmaba esas cosas en un país crucificado por los repugnantes programas de televisión servidos masivamente, que aplastan el esfuerzo de quienes —desde escritores hasta maestros, desde científicos hasta actores— siguen creyendo en la importancia de la instrucción popular, y lo decía en la España de los contratos-basura y de los empresarios sin escrúpulos. Significativamente, el heredero que, sin sentir vergüenza, hablaba de la defensa de los derechos humanos, no tenía una sola palabra para las miles de víctimas inocentes de una sucia guerra en Iraq y una ocupación posterior en la que España está participando con sus soldados. Poco avisado, poco despierto, Felipe de Borbón leía, además, esas frases sobre la mujer, siendo como es beneficiario de una vetusta ley de sucesión que discrimina a sus propias hermanas.

Por lo visto, Felipe de Borbón pretende que los ciudadanos olviden el origen de su función actual, que tan relajada vida le depara. Porque la siniestra dictadura franquista que, tras el final de la guerra civil, continuó persiguiendo con ferocidad a republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas, fue responsable del asesinato, en tiempo de paz, de decenas de miles de personas, y desapareció dejando en herencia una monarquía que los ciudadanos españoles han debido soportar obligatoriamente, junto a la falsificación de la historia reciente, que él mismo glosa sin dificultad. Porque esa reconciliación que Felipe de Borbón citaba en Oviedo está cimentada en el olvido, en la impunidad de los crímenes cometidos, en la vergüenza. Todavía hoy, veinticinco años después del final de la dictadura, seguimos sin conocer las verdaderas dimensiones del horror fascista que aplastó a España, y, mientras algunos gobernantes españoles continúan alardeando por el mundo de una supuesta y modélica transición a la democracia, es revelador el contraste entre la impunidad concedida en España a los responsables de los crímenes de la dictadura franquista y a los beneficiarios de la rapiña con el denodado esfuerzo en Chile, Argentina o Guatemala, por construir la libertad sin olvidar las responsabilidades de los asesinos. Las más severas leyes, no escritas, de punto final, que sancionaron la impunidad de los fascistas y sus cómplices, se hicieron en España.

Desde luego, no sería justo hacer responsable de los horrores de la dictadura a Felipe de Borbón, que era todavía muy joven cuando murió Franco, pero no parece demasiado atrevido exigirle que no juegue con la verdad y la mentira de los cómplices de la dictadura, que no lance al mercado la moneda falsa de un país que sólo existe en la fantasía de los círculos del poder. Aunque reciba de vez en cuando a algunos antifranquistas para adornar su propia figura, Felipe de Borbón, cabalgando en las mentiras con las que se está construyendo la memoria colectiva de los españoles, pretende ignorar a las verdaderas víctimas y convertir a los beneficiarios del atropello y del latrocinio franquistas en honrados ciudadanos fuera de toda sospecha. Por eso, al heredero de la corona —si la república no lo remedia— podría concedérsele en este año 2003, sin reparo, el Premio Príncipe de Asturias a la hipocresía.

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