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O P I N I O N

28 de octubre de 2003

La actualidad escondida

Alberto Piris*
Estrella Digital

Casi todos los medios de comunicación españoles están sumidos estos días en los asuntos de actualidad, como no podía menos de ocurrir. El resultado de las elecciones autonómicas madrileñas; las cifras monetarias manejadas en la conferencia de inversores-negociantes (que no donantes) celebrada en Madrid; la violencia posbélica que hiere a Iraq; la obsesión irracional por el terrorismo universal y la inútil guerra contra él declarada; la polémica suscitada por el llamado “plan Ibarretxe”: estas y otras cuestiones dominan el escenario del teatro informativo que nos es presentado a diario.

Así pues, habré de pedir perdón a los lectores de esta columna por dar un salto que, siquiera por un momento, nos aleja de la actualidad oficialmente reconocida y nos lleva a los túneles del olvido y la indiferencia. A esa actualidad escondida que, a pesar de todo, sigue estando ahí. La lectura de crónicas e informes recibidos por vías desusadas y el correo electrónico con alejados corresponsales permiten tomar contacto con otras realidades desprovistas del brillo que dan los focos de las agencias informativas.

Les contaré hoy a ustedes algo que está ocurriendo en Armenia. ¿Armenia? ¿Pasa algo allí? ¿Habrán encontrado ahora petróleo? ¿Se habrá descubierto alguna base terrorista de Al Quaeda? ¿Estará Bush visitando ese extraño país? ¿Dónde está Armenia?

Esta ignorada república, incrustada entre los países del Caúcaso Meridional o Transcaucasia, tiene un nombre muy poco conocido, Hayastán, como es habitual en esas tierras, donde la vecina Georgia, la patria de Joseph Dzhugashvili (Stalin) y de Eduard Shevardnadze, se llama Sakartvelo. Esto tampoco debería asombrar mucho, dado que los finlandeses llaman Suomi a su tierra, los albaneses Shqiperia a la suya y hasta los estadounidenses llaman América a EEUU.

Dejando de lado estas peculiaridades toponímicas, poco más solemos saber de Armenia, aparte de las terribles matanzas que sufrió este pueblo mártir a manos de los turcos, a comienzos de la Primera Guerra Mundial; y eso, porque la persecución causó una extensa diáspora que difundió por el mundo las brutalidades del primer genocidio del siglo XX. Tras independizarse, después de la desintegración de la URSS, Armenia ocupó durante algún tiempo la atención internacional a causa del conflicto con el vecino Azerbaiyán, por el territorio de Nagorno-Karabaj que Armenia reivindicaba. En 1993 el ejército armenio derrotó al azerbaiyano y obtuvo el control de la región, donde se estableció la República del Alto Karabaj, que pretende separarse de Azerbaiyán y unirse a Armenia. Pequeños y menospreciables conflictos caucásicos —salvo para los que allí sufren y mueren— enseguida olvidados por las agencias informativas, porque no llegan a atraer la suficiente atención, y por tanto, las necesarias inversiones publicitarias, como otros de mayor resonancia.

Pues en esa tierra armenia ha ocurrido que en agosto pasado, con vistas a poder ingresar alguna vez en el Consejo de Europa (no confundir con el Consejo Europeo, órgano político de la Unión Europea), entró en vigor el nuevo código penal que abolió la pena de muerte, salvo para casos excepcionales juzgados con anterioridad a la nueva ley. ¡Y allí fue ella! Los condenados en capilla reaccionaron con irritación ante la noticia de que el presidente de la República había conmutado sus sentencias por la cadena perpetua e iniciaron entonces una huelga de hambre para mostrar su protesta. ¿Qué presos son estos armenios que prefieren morir ejecutados a vivir en prisión?

Ocurre, simplemente, que los condenados a muerte opinan que la cadena perpetua en las cárceles armenias presenta para ellos un futuro más cruel y mucho más desolador que la ejecución inmediata. Esto fue corroborado por el presidente del Comité de Helsinki sobre Armenia, quien manifestó que los presos en capilla creían que sus sentencias serían revisadas, a raíz de la nueva legislación, porque tienen la convicción de que “la cadena perpetua es un condena mucho peor que la muerte”.

No es Armenia el único país del mundo donde la vida carcelaria cotidiana se considera peor castigo que ser ejecutado. Está documentada la existencia en África, Asia y América de prisiones peores que las mazmorras medievales. Tampoco los detenidos en Guantánamo, bajo control del Pentágono, pueden acogerse a lo que exige la legislación internacional en esta materia, y su suerte es poco envidiable. No es difícil imaginar el grado de desesperación de esos seres humanos, armenios, afganos u otros, forzados a una existencia intolerable, sin apenas esperanza alguna.

Bien está que inspectores de la ONU busquen armas de destrucción masiva en los países peligrosos. Y son bastantes los que aceptan que EEUU lance sus ejércitos democratizadores contra los gobiernos dictatoriales, como el de Sadam Husein, cuando éstos dejan de ser aliados. O que el mundo contribuya ahora a reconstruir en Iraq lo que estadounidenses y británicos arrasaron previamente. Pero, me pregunto: ¿no podrían algunos inspectores internacionales comprobar el estado de las cárceles armenias y dedicar a ellas algunos fondos internacionales? De paso, tampoco estaría mal revisar la situación en muchas otras prisiones repartidas por todo el mundo, empezando por las de EEUU, donde hemos visto a cuerdas de presos encadenados por el tobillo limpiando las cunetas de las autopistas de Alabama. Bien, ahora regresaremos a la verdadera actualidad, la que nos transmiten las agencias internacionales, pero no olviden lo que les acabo de contar.

* General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)

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