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O P I N I O N

30 de noviembre de 2003

Muros que quedan

Sergio Cuesta
Rebelión

Esta apretada sucesión de grafismos intenta ser la historia del muro que todos llevamos dentro: desde China a Guantánamo, una espina dorsal de dolor y vergüenza. Las palabras siguientes quieren acordarse de los amantes de las efemérides y su muro de Berlín; era hace unas semanas, y se conmemoraba el 14 aniversario de aquel 9 de noviembre sonriente y trepador. ¿Qué sentirían por entonces aquellos berlineses incrédulos de un Este que, paradójicamente, iba a hacia su poniente ideológico?

Pasaron ya los felices años de exportación de la heroína y de las ilusiones, de los libros sobre el fin de la historia y el último hombre, de seguidores de Fukuyama y de muchas sectas quizá menos perversas. Cayeron otros muros en esos veloces 90 de Hollywood y de Maastricht, de tarjeta Visa y Alianza Atlántica. De la U.R.S.S. a la C.E.I, se cantó la libertad para los oprimidos de la tierra, y puede que una nueva letra para la Internacional. ¿Qué resultados ha dado este experimento definitivo de lo neoliberal? Un paisaje maquillado, que aún alberga demasiadas trampas visuales para erigirse en el soñado prototipo visual hegeliano: desde Bosnia hasta Ruanda otra cicatriz divide este mundo soñado por Huxley. Y si es políticamente correcto acordarse del Berlín de hace lustros, quizá no resalta tanto la sangrante escisión cisjornada. Porque hay muros que se van y muros que vienen. Parece una canción italiana o el leitmotiv de un artículo sin pretensiones. Quizá sea, incluso, una pequeña verdad.

Escribo sobre muros y murallas, sobre la historia reciente: de nuevo vuelvo a Berlín, Potsdamer Platz, año 2003. Por fin acabó, este verano lo vieron mis ojos, el faraónico despropósito en que se ha convertido esa “tierra de nadie”, ese antiguo desierto del muro. Célebre en los alocados años 20, la “Plaza de Potsdam” fue durante décadas un trozo de vacío y ladrillo vertical. Hoy, McDonalds, Sony y cuatro más han convertido aquel rincón que, cierto es, había sido miedo e incomprensión, en un espectáculo multicolor al alcance de cualquiera… con un manojo de euros.

Otras murallas perviven allí mismo, no obstante: desde la prohibición, escrita o no, de sindicarse a los empleados de McDonalds, hasta las pintadas neonazis en las estaciones del cercano metro. Muros que parecen de cristal, que no se notan: hemos erigido analgésicos hábitos televisivos que nos aíslan de las pateras subsaharianas, dulces entusiasmos bursátiles que nos alejan de Irak o de la población liberiana.

Muros que quedan, en fin: sus ladrillos horneados en la Escuela de Chicago, en la Casa Blanca, relucen pulcramente al sol. Son ladrillos inevitables de los que todos somos un poco responsables. Y cada día, tristes, vamos haciendo una muralla que se clava en el planeta.

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