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O P I N I O N

24 de noviembre de 2003

Democracia sin pan, libertad sin techo

Pascual Serrano
Rebelión


Pascual Serrano

Sin duda el debate sobre la democracia es apasionante. Pero más que apasionante es necesario en los tiempos que vivimos. Si hasta ahora la lucha de los pueblos por la democracia era una constante en la humanidad, el mensaje oficialmente difundido es que, cada vez más, la democracia ya está instalada en la mayoría de los países. Así, de los 192 países que componían el mundo en 2001, 121 fueron considerados por Freedom House “democracias electorales”, mientras que diez años antes eran sólo 76. Desde México a Indonesia, desde Israel a la India, la gran mayoría de los gobernantes presumen de sus “libertades democráticas” y su “sistema electoral”. Como ha señalado el sociólogo Vicente Verdú en su reciente libro El estado del mundo “En la última década, desde el Pacífico a América Latina, numerosas nacionales han sido aceptadas como demócratas no porque cumplieran rigurosamente con la Declaración de los Derechos Humanos, sino con los dictámenes del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial”.

Sólo así se entiende que se considere la democracia mayor poblada del mundo a la India, país donde, según la escritora Arundhati Roy, su desarrollo se ha fundamentado en la construcción del 40 % de las grandes presas del mundo mientras doscientos cuarenta millones de personas carecen de agua potable y casi dos tercios de la población no disponen de las estructuras básicas de saneamiento. Se trata de “democráticas” presas que han desplazado a la indigencia a millones de personas que “no son exterminadas ni llevadas a las cámaras de gas, pero puedo asegurar que la calidad de sus viviendas es peor que los barracones de cualquier campo de concentración. No están presos, pero dan una nueva dimensión al significado de la palabra libertad”.


Mientras, en América Latina, con treinta millones de niños trabajando y sin escolarizar, todos los países son calificados de democráticos excepto uno, Cuba, en el que ningún niño se ve obligado a trabajar y todos tienen garantizada la educación.


Entre los 50 hombres más influyentes del planeta, según la revista Forbes, no aparece ningún jefe de Estado o de Gobierno, nadie que haya tenido que pasar por el apoyo de la ciudadanía o las urnas. Todos son hombres de empresas que toman decisiones y gobiernan el mundo sin someterse a parlamento o consulta popular alguna.

Aquellos términos burgueses de la Revolución Francesa de igualdad, libertad y fraternidad, que se antojaban cortos a los marxistas del siglo XIX y XX resultan ahora entrañables con el panorama actual. Las fortunas de las tres personas más ricas del planeta es superior a la producción anual de los 48 países más pobres del mundo, la libertad tras el 11-S está sometida a un acoso sin precedentes sin que parezca importarle a la ciudadanía en aras de una supuesta inseguridad estratégicamente inculcada, y en cuanto a fraternidad, en EEUU los sueldos de los directores generales eran en 2002, 400 veces más altos que la media de sus empleados.


Se diría además que el poder adopta las formas adecuadas por subyugar a los pueblos en cada región del mundo. Si en los países árabes y africanos, lo hace mediante una estructura feudal y tribal, en América Latina lo ejecutó con la represión y la masacre de toda una generación de luchadores sociales en la década de los setenta y ochenta. En el mundo rico, Europa y Estados Unidos, como ha señalado Noam Chomsky, “la falta de restricciones a la libertad de expresión” se ha resuelto con “el alcance y la eficacia de los métodos utilizados para reprimir la libertad de pensamiento”.

La izquierda ha ido asumiendo premisas de la democracia formal que el tiempo ha demostrado que sólo eran un decorado para seducir y engañar. Desde los derechos humanos o las libertades públicas, todo se ha medido con la vara trucada del modelo norteamericano. Pomposas conquistas electorales para ciudadanos sin trabajo ni vivienda. Libertad de expresión y reunión para quienes no pueden comer. Y sobretodo, libertad de comercio, libertad de enriquecimiento, libertad de explotación, libertad para la apropiación de los recursos naturales, libertad para saquear las riquezas de los pueblos. Todo ello aderezado de papeletas electorales. Como dijo el subcomandante Marcos en el Encuentro por la Humanidad en México el pasado mes de octubre: “ los políticos ya no sirven para mandar, porque ya no mandan de por sí, porque el que manda es el dinero mundial. Y entonces los políticos se hacen tienderos, o sean son los que se encargan de la tienda que antes era un país. Y los políticos de antes ya no sirven para atender la tienda y es mejor poner otros que sí estudian y aprenden a ser encargados de las tiendas. Y éstos son los nuevos políticos, o sea que son tienderos. Y no importa pues si no saben nada de gobierno, sino lo que importa es que sepan atender la tienda y den buenas cuentas a su patrón que es el dinero mundial. Entonces en los gobiernos de los países destruidos por la globalización del poder pues ya no hay políticos, sino que hay tienderos. Y ahí, en las tiendas que antes eran países, las elecciones no son para poner un gobierno, sino para poner un tiendero”.

Cualquier otro modelo democrático basado en la vida comunitaria, la cooperación mutua, la propiedad colectiva, la convivencia con la naturaleza ha sido laminado delante de nuestras narices. El brillo del celofán y de los neones de la democracia americana nos han deslumbrado a todos mientras ocultaban la destrucción y la muerte. Es urgente sacudirse todos los prejuicios y condicionantes en los que fundamentamos nuestro modelo de democracia. Replantearse y repensar este modelo de elecciones sin pan y libertad sin techo.

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