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O P I N I O N

30 de noviembre de 2003

Otra rebelión es posible: ¡Todos a las almas!

Juan Jesús Rodríguez Fraile
Rebelión

1. El Cantar de los cantares.


Las campañas que hace unos años llegaron a tener cierta fuerza, a favor de la legalización de la marihuana y el hachís han ido perdiéndola a medida que se extendía un clima de tolerancia en relación con su consumo hasta llegar a un punto en el que sólo Condoleeza Rice y Esperanza Aguirre confiesan públicamente no haber probado en alguna ocasión estas sustancias. Los efectos de esta droga, sobradamente conocidos, consisten en una fase de estimulación, mareo y euforia, y después otra de sedación y tranquilidad. Entre sus otras consecuencias figuran los cambios de humor que llega a producir, el aumento del apetito, las alteraciones en la percepción, y el incremento de la intensidad de las sensaciones, cosas, todas ellas, que pueden llegar a resultar placenteras a juicio de quienes la consumen. El cannabis, que tiene efectos principalmente relajantes, ayuda, pues, a sentir, y lo hace porque da tranquilidad, porque desata los nudos en el cuerpo, deja sueltos los miembros y los nervios, y uno de los primeros efectos de ese desahogo es la risa, que sale, como si se la tuviese dentro encerrada, atrapada por la rigidez del cuerpo. Riéndose se hace salir, gracias a una serie de convulsiones, de muecas, de retorcimientos y de gritos semejantes a los de la protagonista del film titulado El Exorcista a una especie de demonio que uno tiene el resto del tiempo metido dentro y amargándole la existencia, y que es lo que se conoce como "uno mismo"; y es entonces, cuando ya se puede sentir, tranquilamente, todo, o al menos algo, cuando se está así, un poco "fuera de sí", y se vuelve a tener apetito incluso aunque no se tenga hambre. Esas distintas formas de animarse del cuerpo y de moverse, de endurecerse o de relajarse y de palpitar, enrojecer, vibrar o calmarse, al ritmo de los sentimientos y las sensaciones revueltos en los humores, eso que no es completamente reductible a la pura bioquímica pero que tampoco es el resultado de una decisión que pueda ser tomada voluntariamente por el sujeto, es lo que constituye el patrimonio de aquello que los antiguos griegos llamaban "el alma".

El hecho de que ya casi sólo una droga sea capaz de tranquilizar a alguien lo suficiente como para dejarle divertirse o para conseguir que su alma descanse en paz, es una prueba de hasta qué punto la rigidez que se ha introducido en las relaciones sociales y personales gracias a la generalización del modelo de la competitividad universal ha llegado a enfrentarnos a nosotros mismos hasta con nosotros mismos, para quienes nunca seremos ya bastante, siempre juzgándonos y habiéndonos condenado de antemano usando además unos criterios que nos hemos dado, al parecer, nosotros mismos —o al menos esos nosotros mismos de los que tenemos que conseguir librarnos como sea para poder divertirnos—. De esta manera, aquellas sustancias que alteran nuestra conciencia resulta que son las únicas que nos devuelven un poco la salud y el aliento, y hasta ese punto nos demuestran así lo alterada que tiene que estar nuestra conciencia en su estado normal, cuando, el resto del tiempo, se empeña constantemente en arruinarnos la vida a base de tensión, de angustia, de frustración, de ira y de mezquindad. El hachís ayuda a quitarse de encima a alguien que no se quiere ser pero que se tiene metido en el cuerpo (es decir, en el alma) bajo la forma de una especie de suspense que parece que nunca se va a acabar de estirar y que sólo unas cuantas buenas explosiones como las de las películas americanas ayudan a descomprimir un poco gracias al vacío creado por el temblor de la onda expansiva. La función ritual de drogas como el hachís consiste, pues, en dar a alguien la ligereza y la gracia suficientes como para escapar por un momento de la gravedad y del peso que se ha ido depositando en su alma por culpa de todos los vicios contraídos a lo largo de la vida, todos los pecados que ha ido cometiendo después de nacer ya con ese pecado original: las ganas de llorar. La rigidez de las costumbres, la vigilancia y el recelo permanentes, la seriedad y la inmutabilidad de las ideas que se ha hecho acerca de todo, el deseo de controlarse y de dominar de los hombres, el de renunciar y abstenerse de las mujeres y, sobre todo, una especie de insatisfacción constante en todos que nos proporciona el no ser capaces de encontrar jamás a ninguna persona, y a ninguna causa, a la que valga la pena servir hasta el final; una especie de orgulloso y frustrado serviam! gracias al cual podemos seguir haciéndonos de nosotros mismos esa imagen elevada que ya retrató el poeta encarnada en la figura del héroe de la Reconquista llamado Rodrigo Díaz, cuya epopeya se recoge en El Cantar del Mio Cid —del árabe "caid o sayyid": "amo o señor"—, y a quien se juzga allí con estas palabras: "Por Dios, qué buen vasallo, si tuviera un buen señor".

Y bien pues, señores; ya no hay Señores. ¿Y a quién servimos? A nadie. ¿Y para qué? Para nada. Pues que traigan mi Colada y todos la puedan ver, que ya no hemos de tener, la ropa sucia guardada.


2. ¿Quién mató al comendador?


Ése es, más o menos, el cantar con el que nos viene todo el rato nuestra conciencia, y en realidad da un poco lo mismo que sea el cantar de las gestas que seríamos capaces de llevar a cabo si encontrásemos una buena Causa, un buen Partido, o un buen Señor —que nunca encontramos y que nos obliga a tener que conformarnos con el que tenemos más a mano, que resulta ser, a menudo, en cada caso, uno mismo—, o que sea el cantar de las grandes hazañas que desearíamos llevar a cabo si tuviésemos más fuerza, más inteligencia o más capacidad de sacrificio.

Porque el problema, tampoco puede estar en que nos falte la capacidad de entregarnos a una Causa, Partido o Señor con el celo de un esclavo, con la abnegación de un siervo —como repetidamente nos echa en cara nuestro Señor— ya que, incluso en aquellos casos en los que la entrega se lleva hasta el martirio, la insatisfacción —a poco que a uno le quede de ligereza de juicio, de capacidad para dejar escapar un poco de crítica por su boca— sigue siendo inmensa, y uno se da cuenta perfectamente de que nunca podrá tener suficiente cuerpo para sufrir ni suficiente ánimo para indignarse por tantas cosas que lo merecen y para conseguir que al menos alguien más haya sufrido por esas injusticias y no sólo los que las padecen, para que al menos alguien en este mundo haya podido llegar a sentir com-pasión por ellos —como se decía antiguamente que hizo una vez El Señor con todos nosotros—. Y eso por no hablar de lo poco capaces que somos nosotros de conseguir hacer que sean los culpables de ese sufrimiento los que paguen, los que aprendan a com-padecerles aunque sea después de haberles hecho padecer a ellos el mismo dolor que han causado —como según se decía hará también un día el Señor con todos nosotros—. No cabe duda de que esos son trabajos que sólo le podemos dejar a Él. Pero el problema es que ya no hay Señores señoras y señores, ni Señoras. Ni Padre, ni Madre, ni perro que nos ladre. ¿Y quién nos compadece? Nadie ¿Y por qué? Por esperarle. Pues yo, por mucho que tarde, he de quedarme a guardarle, porque sé que ha de venir, que no puede así partir, que no puede así dejar a quien ama sin amar y a quien sufre sin sufrir.

Pero si el problema no está en la falta de capacidad de sacrificio que universalmente nos recrimina a todos, constantemente, nuestro Señor, o la dificultad para encontrar una Causa, un punto de apoyo o un lugar digno en donde aplicar ese sacrificio y conseguir mover el mundo, como a nosotros nos gusta pensar, si el problema no es un problema teórico, ni es tampoco un problema práctico, entonces sólo puede consistir en algo así como una completa falta de fe, una absoluta falta de fe en la existencia de cualesquiera posibilidades, por pequeñas que sean, de salvar lo nuestro, de salvar nuestro cuerpo (es decir, nuestra alma) y de reconquistar esa tierra que ha sido, siempre ya, ocupada por aquel uno mismo que uno no quiere ser, ese terreno que es el propio cuerpo, el propio yo, y que ya está tomado por desde siempre, por un Adversario que, además, de alguna manera, lo ha convertido —y mucho más que nunca, desde hace unos cien años para acá— en un infierno, un infierno donde nos obligan a pasar una temporada teniendo que ser todo el rato nosotros —esos individuos aburridos y estúpidos esclavos de sí mismos—. Porque el caso es que "yo soy otro" sólo cuando soy otro, sólo cuando me relajo lo suficiente como para di-vertirme y ser yo en los demás, en los otros, solamente porque nadie me deja serlo también cuando soy yo, porque nadie nos deja ser otros y ser otras y ser más también cuando somos nosotros, sino sólo cuando estamos "fuera de nosotros", embriagados o flipados y se nos puede consentir todo.

Esa absoluta y total falta de fe en la posibilidad de liberarse de la necesidad de tener que poner nuestra existencia al servicio de otro (aunque sea de ese otro que somos nosotros mismos), en cualquier posibilidad, por pequeña que sea de recuperar unas condiciones de existencia que nos han sido expropiadas desde antes de nacer, es lo único que puede explicar el hecho de que nos conformemos con alquilar nuestro propio cuerpo un rato, de vez en cuando, los fines de semana y de que dejemos que otros (que a menudo somos nosotros mismos) lo exploten durante el resto del tiempo y lo hagan reventar de fatiga y de hastío, para poder ganar el suficiente dinero o el suficiente mérito como para poder costearnos un poco de ocio y de relajo y lo que cuesta el pasar un ratito con él, dado que ya ni siquiera nos cabe en la cabeza la idea de lo que era tener un cuerpo para nada, disfrutar de tener cuerpo, sin más, como uno disfrutaba cuando era pequeño y jugaba con él, lo guardaba perezosamente entre las sábanas o se lo jugaba cruzando por encima de las vías del tren. Nosotros, que tanto hemos jugado con nuestro cuerpo (con nuestra alma) antes de venderlo todavía se lo seguimos mangando de vez en cuando a nuestros jefes a escondidas, para hacerle reír, para hacerle recordar lo que era divertirse y tener amigos, y para consolarle de esas cosas que le hacemos por ahí, como si se hubiera convertido un una especie de hijo pequeño nuestro. Sin embargo, como nuestros Señores somos nosotros, todo eso tenemos que hacerlo a escondidas de nosotros mismos, embriagándonos ("de vino, de virtud o de poesía", como decía el poeta —porque el de qué es lo de menos—), y consiguiendo que algo tienda un velo que nos oculte de nuestra propia vista, como se hace para pecar, y sin conseguirlo nunca del todo, porque no hay cortina, ni ropaje, ni de seda, ni de encaje, ni de lana, ni algodón que nos oculte de Vos, que nos devuelva a las manos, el calor que los humanos sólo hallan en otras manos ¿Y a quién se lo he de pedir? Pregúntaselo a fulano que se ha ido con fulana a la casa de fulano a buscar a una fulana.

La posibilidad, además, de transgredir fácilmente la ley, rodeados de un ambiente consentidor, de escapar subrepticiamente por un momento de la mirada del Señor corriendo un estúpido velo, le ayuda a uno, además, a seguir sintiéndose un poquito héroe, un poquito libre, por el hecho de que es capaz de tomarse un poquito la justicia por su propia mano de vez en cuando, y de recuperar algo de su Honor reconquistando —a sangre, marihuana, y fuego— un poco del terreno perdido (vendido), aunque sea para abandonarlo después y entregárselo a otro Señor que no lo merece y que lo tiranizará todavía más —cosa en la que consistían principalmente, como es sabido, las grandes Hazañas Bélicas de El Cid—, como puede ser, por ejemplo, claro está, "uno mismo". De este modo parece que conseguimos al menos robarles algo a los ricos —que somos nosotros mismos— y dárselo a los pobres —que somos también, por coincidencia, nosotros mismos (aunque haciendo, eso sí, como si fuéramos otros)— y nos sentimos un poco como Robin Hood, haciendo lo mejor que se puede hacer tal y como están las cosas y hasta que el Señor vuelva de las Cruzadas; o bien, así podemos presumir de vez en cuando de haber realizado otro de esos grandes actos de afirmación viril y popular como el del Alcalde de Zalamea: "Al Señor la hacienda y la vida se han de dar, pero el humor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Nos" (incluyendo en ese "Nos", claro está, al Señor, y a nosotros mismos como se hace cuando se usa ese plural mayestático). Todo esto siembra en alguien la costumbre de intentar pasar siempre por debajo de la ley y le ayuda a ir perdiendo así completamente la fe en la posibilidad de cambiarla y hasta en la necesidad de hacerlo, le enseña a burlarse de la autoridad, del comendador que hace su trabajo aunque sea mal y a detenerse, únicamente, ante miedo que inspira la mano del Amo. Le enseña a tomarse el miedo mucho más en serio que el respeto, y al final se lo toma tan en serio que le abruma y le nubla la vista hasta el punto de llegar a confundirlo con el propio Mal.


3. Servir al señor discreto.


Precisamente porque los hombres no somos santos y no podemos fiarnos ni de nosotros mismos —por no hablar de lo poco que podemos fiarnos de nuestro Padre— tenemos que instituir leyes y cumplirlas y hacerlas cumplir, o que cambiarlas o hacer que se cambien, y hacer todo esto públicamente y a la vista de todo el mundo. Por eso la única posibilidad de reconquistar la tierra en la que vivimos es llevar a cabo una auténtica Revolución que derroque de una vez al Señor ése (¡Váyase señor Señor!) y que imponga dentro de nosotros un gobierno republicano; y esto supone cambiar por completo nuestro "modo de pensar", dejar de considerarnos siervos, aunque sea de nosotros mismos, y Señores, aunque sea de nuestro cuerpo, dejar de comportarnos como amos y esclavos (aunque sea "de las pasiones" como decían los filósofos o de "Dios" como decían los teólogos) y considerarnos sólo el sitio en el que vive una República, en donde conviven tres poderes que son una sola persona (misterio de los misterios), una persona que se ha hecho carne y en la que habitamos nosotros, que no somos más que el lugar en donde reside una persona, como la Tierra es el lugar en donde habita una especie. Así, de la misma manera en que es necesario lograr que la Tierra se convierta en una República Cosmopolita y que todos sus habitantes puedan apelar a la protección de unas leyes justas, es necesario conseguir que todo cuerpo (incluido el nuestro) sea tratado como el de una persona incluso por nosotros mismos, que nosotros empecemos a tratarnos ya como ciudadanos de una República que somos nosotros mismos, con su división tripartita de poderes, obligándonos nosotros a nosotros mismos a comprender a ejecutar y a respetar las leyes —aun las injustas, aun las inescrutables— a respetarlas lo suficiente como para empezar a creer otra vez, como podamos, que vale la pena trabajar para conseguir que se cambien y que no basta con infringirlas o con encontrar maneras de sustraerse a sus efectos ocultándose de la vista de las cámaras para mangar algo —que es además "lo más propio" de uno mismo, su cuerpo (es decir, su alma)— y para poder hacer así, durante un rato, "un libre uso de ello" tratando de olvidarse de quién es "uno mismo" y haciendo como si se fuera otro —en lugar de serlo de verdad, de ser otro, de obligarse a sí mismo a ponerse todo el rato en el lugar de cualquier otro, empezando por el lugar de cualquiera de esos otros tres que uno mismo debería querer y poder ser—.

De la misma manera en que el Poder Judicial no puede imponerse hasta tal punto sobre la vida de una República que paralice sus ánimos, su capacidad para arriesgarse o para equivocarse, el Poder Ejecutivo tampoco puede, dentro de ella, imponer arbitrariamente sus criterios, y ha de atender a un Poder Legislativo que reflexiona, medita y consensúa sus resoluciones consigo mismo y que da una legitimidad basada en ese proceso sereno de estudio y análisis a los decretos de quienes expresan después con sus decisiones la voluntad popular. Naturalmente eso no quiere decir que cada poder no intente todo el rato imponerse a los demás, que cada poder no esté todo el rato intentando hacer del Estado eso que cada poder quiere por separado ser (esto es lo que se conoce como la "voluntad de poder"). Pero los conflictos que se producen en una República bien organizada entre los poderes tienen la forma de conflictos políticos y dan lugar a debates desbordantes, a argumentaciones interminables, a constantes negociaciones, tiras y aflojas, cambios e intercambios de puntos de vista, de razones, de datos y de juicios, de discursos que constantemente se escoran hacia la pura retórica, a una vida y a una actividad que es la que infunde su Espíritu (el único que pueden tener) a la Letra de las leyes y las convierte en objetos dotados de una permanencia muy particular, en perpetuo cambio, y de una autoridad rara, polémica y disputada a la que hay que acostumbrarse, que hay que aprender a respetar, aunque no tenga nada que ver con la eternidad y la aparente calma fruto de la tensión infinitamente alargada que se estira interminablemente y que permanece siempre suspendida a punto de descargarse como un latigazo que impone la dominación de un Señor, por bueno que sea, con su sola y alargada sombra, sobre todos y cada uno de sus siervos. Y el caso es que, en contra de lo que decían los enemigos de la Revolución Francesa o los teóricos de la "soberanía" nazi, podemos estar seguros de que sólo una República --una República Mundial dotada de leyes justas y poblada por ciudadanos libres-- puede llegar a declarar algún día un verdadero estado de excepción, es decir, un auténtico día de fiesta en el que no haya que hacer nada para nada ni para nadie. ¡Velay! que ya no los hay. ¡Ni Señoras ni Señores, ni Reyes, ni Emperadores pues sólo hay Comendadores cumpliendo con su deber, que es para siempre el de hacer, que nunca los vuelva a haber!


Pero lo único que hace que ese equilibrio absolutamente precario, inestable y constantemente reconstruido funcione o llegue siquiera a ser alguna vez posible es la única común voluntad que es capaz de mantener unidos y separados a los tres poderes, a ese señor discreto hecho de partes distintas que siempre se están peleando y que manda sobre el cuerpo y el alma de los ciudadanos de una República: la voluntad de servir a la ley, de asumirla lo suficiente como para aceptar que se cambie todo el rato, de respetarla lo bastante como para luchar por cambiarla, y de venerarla lo necesario como para ponerse a intentar comprenderla. Se tiene que poder encontrar en alguna parte la gracia suficiente como para escapar del peso de la ley sin violarla, para cambiarla sin infringirla si se tienen las fuerzas necesarias para creer en algo así como la ley, tan formal, tan ineficaz, y tan impotente cuando se lo compara con la gran fuerza que tiene, o que parece tener, frente a ella la violencia, el sentimiento, la bioquímica o la genética, y para meterse en ese lío revolucionario-reformista de intentar lograr que se hagan mejores leyes para que sean ellas las que cambien eso que nosotros no podemos cambiar nosotros solos, como nosotros mismo... ¿Y tú te crees eso? —Bueno, eso dice éste. —¿Yo he dicho eso? —Claro que sí. —No, no, de eso nada, yo estaba diciendo sólo lo que dice éste. —¿Quién yo?...


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