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O P I N I O N

2 de diciembre de 2003

Vota no

Kate R. Lumumba
Ladinamo

Vuelven las elecciones y, con ellas, los dilemas. No pocos electores volverán a verse en una disyuntiva clásica: rechazar la misérrima cuota de participación en los asuntos públicos que nos otorgan nuestros déspotas ilustrados o no votar. O aceptar el raquítico compromiso cívico y votar al degenerado de turno con el consuelo de que así se contribuye a que algún otro desgraciado no alcance o renueve el derecho legítimo a hacernos la vida imposible. Hasta hoy los sistemas electorales se han basado en esta trampa, hacer pasar la repugnancia a un candidato por apoyo a su contrario. De esta forma innoble las cuotas de participación han alcanzado los mínimos requeridos para que los apologistas del sistema defiendan la continuidad del ritual de la conversión de la voluntad en papel.

En Francia, durante las elecciones presidenciales de 2001, la misma ciudadanía que tomó la Bastilla acuñó el término “votar con las narices tapadas” cuando se les impuso la obligación de elegir entre un nazi enloquecido o un simple ultraderechista. En esas condiciones, basta con no haber hecho pasar a los inmigrantes por las duchas de gas para ganar unas elecciones por aclamación.

En España, todavía hay quien se sigue preguntando cómo es posible que después de las manifestaciones contra la guerra de Irak que, en suma, fueron manifestaciones contra el gobierno, los mismos asesinos ganaran otra vez las elecciones municipales de mayo. Pues bien, la respuesta es que el sistema electoral no puede recoger el sentido de este tipo de movilizaciones. A pesar de que los más inocentes no se cansaban de repetir “se tiene que notar a la hora de votar” (un conmovedor acto de fe), la verdad es que no se ve cómo pueden unas elecciones conservar el sentido de rechazo radical que expresaban las manifestaciones sin convertirse por lo menos en apoyo timorato a algo. Que muchos estén dispuestos a cambiar una cosa por la otra no quiere decir que tal cambio sea razonable, sobre todo cuando cada vez más gente ha aprendido que “democracia electoral sana” quiere decir que distintos tipos (cada vez menos diferentes) toman las mismas decisiones.

No hacen falta estadísticas, habría que estar ciego para no ver que la intención de votar negativo crece de manera imparable. Hay que dar realidad política a esta realidad social mediante la reclamación urgente de nuestro derecho a rechazar, derecho éste que se especificaría en la posibilidad de que cada votante elija entre una papeleta en la que se apoya a un candidato y otra papeleta que anularía un voto a la lista más odiada, el voto negativo. Es decir, seguiríamos siendo respetuosos con la tradición, un hombre un voto, pero con la posibilidad de anular el voto de algún majadero de pocas luces.


Ventajas:


  1. Se acabaría con el problema de la abstención por motivos políticos y el ganador tendría la verdadera legitimidad, la de ser la lista menos odiada por sus conciudadanos.

  2. Desaparecerían los mítines o se volverían extraordinariamente complejos y matizados. Lo mismo vale para la manipulación informativa.

  3. El abandono de la lógica de “quien no esté con ellos tendrá que estar conmigo” y la incapacidad probada de los grandes partidos para reconocer nuevos escenarios políticos, nos darían una dinámica duradera de mutua anulación entre PP y PSOE (o sus equivalentes a nivel imperial).


Volvamos a conquistar derechos, empezando por el derecho fundamental a decir NO, y dejemos de quejarnos porque nuestros sátrapas nos quitan, como a niños malos, lo que durante cientos de años hemos ido consiguiendo.

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