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O P I N I O N

2 de diciembre de 2003

Votos o terrorismo

Alberto Piris
Estrella Digital

No pasa un día sin que algún político en ejercicio haga alusiones a la guerra contra el terrorismo. No sólo en España, donde Aznar ha abrazado con fuerza la bandera antiterrorista que alzó Bush tras el 11-S, sino también fuera de nuestro país. Lo que esas declaraciones siguen poniendo de relieve es el principal obstáculo en esta mal llamada "guerra": la dificultad para definir qué es terrorismo. Mal puede llevarse a cabo un esfuerzo coherente contra algo que no acaba de delimitarse con precisión. Luchar contra un fantasma que se manifiesta hoy aquí, mañana allí, y con formas y modalidades tan distintas, constituye un empeño de difícil, si no imposible, éxito. Hay que insistir en esto, aun a riesgo de parecer reiterativo.

Recordemos algunos hechos recientes. En Iraq, la Autoridad Provisional de la Coalición (APC) empieza ya a advertir que se enfrenta, al menos, a dos tipos distintos de enemigo: los terroristas suicidas, que participan en lo que consideran una guerra santa, y los residuos del régimen derrotado, es decir, lo que siempre se ha entendido como "resistencia" a la ocupación extranjera.

Una fuente de la APC declaró hace poco a la BBC: "Hablando con franqueza, cuando llegamos aquí no sabíamos nada de este país", subrayando el vacío informativo en el que ha tenido lugar la invasión de Iraq y su posterior ocupación. Ahora, según un funcionario de EEUU en Bagdad, parece que el problema empieza a definirse mejor, pues la APC se da cuenta de que "los baasistas y los fieles al anterior régimen no anhelan morir por su causa. Lo que quieren es recuperar sus anteriores privilegios. Por otra parte, los combatientes extranjeros que vienen a Iraq son jóvenes ?yihadistas? desempleados, convencidos de que la finalidad de su vida es morir por una idea". Algo se ha aprendido, aunque sea a costa de perder tiempo y sufrir más bajas que durante la invasión.

Frente a esto, el presidente Bush sigue sin saber matizar su discurso. En su rápida y humillante escapada secreta de menos de tres horas a Bagdad, para compartir el pavo tradicional con la guarnición destacada en el aeropuerto y obtener una foto electoral que unir a las esplendorosas imágenes de Buckingham Palace, dijo que no pensaba retirar sus tropas "frente a una banda de matones y asesinos". Mostró la misma capacidad de análisis que algunos exaltados dirigentes del anterior régimen español, que consideraban "comunistas" (es decir, enemigos absolutos a silenciar) a socialistas, anarquistas o sindicalistas, sin entrar en más distinciones. Todos eran "anti-España". Para Bush, todos son matones y asesinos: "terroristas". Con motivo del ataque del sábado pasado contra agentes del CNI español, desde el Gobierno y algunos medios de comunicación se ha vuelto a acusar al terrorismo, sin más matizaciones. Esto puede resultar cómodo, pero sigue siendo un error.

Quiénes son, en verdad, terroristas? En anteriores comentarios hemos mostrado cómo, por ejemplo, para Bush el terrorismo anticastrista no merece la misma repulsa que otros terrorismos. Es decir, se es o no terrorista en función de que el atacado por el terrorismo sea amigo o no. Por su parte, en su reciente visita al presidente argelino, Aznar ha podido observar que, para Buteflika, los atentados palestinos contra Israel son una lucha de liberación y no terrorismo. Nada nuevo, por otra parte: también en Washington, desde siempre, se ha apoyado a los freedom fighters (luchadores por la libertad), que eran simples terroristas para los gobiernos que sufrían sus acciones.

Pero ha sido en esa visita a Argel cuando José María Aznar ha puesto de manifiesto algo muy especial, al sostener que "la utilización de métodos terroristas criminaliza de forma inmediata cualquier causa". De este modo, la definición de qué es terrorismo y qué no lo es se traslada a los medios utilizados. ¡Difícil lo va a tener ahora la Convención General de la ONU que pretende delimitar el concepto de terrorismo! Porque si era complicado definir el terrorismo en función de las finalidades, más lo va a ser hacerlo en función de los métodos utilizados. Hasta algunos padres de la Iglesia aceptaron en su doctrina el uso de la fuerza para deshacerse de un tirano, pero no se les ocurrió especificar si habría que hacerlo mediante veneno, arma blanca o incendiando el palacio del déspota. De aceptarse la nueva teoría de Aznar sobre el terrorismo, habrá que imaginar a los especialistas de la ONU estudiando los modos como éste puede materializarse: bombas (selectivas o no), asesinatos, tiros en la nuca, infiltración de guerrilleros, etc.

Tampoco hay que olvidar el terrorismo de Estado, asumido en todas las definiciones que hasta hoy se han elaborado. A este respecto no pueden ignorarse las esperpénticas declaraciones del presidente de la Junta de Extremadura, al insinuar que, si el Gobierno del Partido Popular hubiera recurrido a la acción de unos GAL de nueva factura para destruir a ETA, la oposición socialista "hubiera mirado hacia otro lado", dando así por bueno el terrorismo de Estado. ¿Es ésa la actual doctrina antiterrorista del PSOE?

Es evidente que, en la lucha contra el terror ?como en muchos otros propósitos políticos?, no todo vale. No sólo por razones de ética o moral, sino de tipo práctico: el terrorismo de Estado forzosamente genera y alimenta nuevos terrorismos, en una sangrienta espiral de violencia de la que la Historia abunda en ejemplos.

Se puede entender benévolamente que, en periodo preelectoral, tanto los dirigentes políticos españoles como el presidente Bush tiendan a fomentar las más primitivas pasiones de sus electorados y a aprovecharse de ellas. Pero eso será negativo para la eliminación a largo plazo de los diversos terrorismos que hoy aquejan a la humanidad. Hay que elegir entre obtener más votos sin derrotar al terrorismo o atacarlo con más eficacia aun a costa de un menor éxito electoral: ahí está, en gran parte, el dilema de hoy.

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