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O P I N I O N

9 de diciembre de 2003

Esos textos de Historia

Alberto Piris
Estrella Digital

Kosovo, que tantos titulares destacados y tanta preocupante atención recabó hace pocos años en los medios de comunicación, es una especie de limbo internacional bajo la custodia de Naciones Unidas. Nominalmente continúa siendo una provincia de Serbia, aunque en la práctica nada tiene que ver con el Gobierno de Belgrado. Allí se estrenó la OTAN como fuerza de ?pacificación?, pero en realidad sólo contribuyó a confirmar la limpieza étnica que expulsó a la mayor parte de los habitantes serbios. La cual, a su vez, fue continuación y resultado de otra expulsión anterior, más violenta y masiva, que fue la que ejecutaron las fuerzas serbias dirigidas por Milosevic contra la población de raíces albanesas. Esto es ya el pasado, aunque Kosovo, como otros territorios balcánicos, encierra todavía las brasas no extinguidas de un incendio que puede reavivarse en cualquier momento.

La tensión es ahora más bien literaria; o histórica, podríamos decir mejor. Hasta el punto de que el Consejo Europeo ha llamado la atención sobre los textos de Historia que se utilizan en las escuelas de Kosovo. Sirviéndose como intermediario del denominado proceso asociativo de estabilización y asociación con la Unión Europea, el citado Consejo ha recomendado que se modere la exaltación de algunos manuales y ha exigido que se revise por completo su contenido antes de mayo del 2004. La finalidad es hacerlos más equilibrados y objetivos, y eliminar de ellos los contenidos que puedan ofender a las diversas minorías kosovares.

En una escuela primaria de Pristina, la capital kosovar, los comentarios de un joven estudiante quinceañero han encendido la mecha: ?Nuestros libros de Historia dicen que los albaneses somos más fuertes y más inteligentes que nuestros vecinos. Que hemos sufrido más que ellos pero al final hemos acabado ganando?.

El director del Instituto de Historia de Kosovo atizó la polémica al afirmar que los libros de Historia de todo el mundo tienen por objeto estimular el patriotismo, y que eso es lo que buscan los textos kosovares. La disputa se ha agravado. La cuestión es la de siempre: ¿qué debe explicar un texto elemental de Historia? ¿La historia del país ?en este caso Kosovo? o la del pueblo ?los albano-kosovares??

La polémica no es nueva. Durante mucho tiempo en España se prescindió de considerar como ?española? la historia de los reinos andalusíes que ocuparon durante siglos la península ibérica. Éstos fueron considerados como ajenos ?y radicalmente enemigos? hasta que Américo Castro sacó a la luz su importancia vital en el ser y la realidad españoles. Así que no deberíamos extrañarnos por la polémica que apunta en Kosovo, aunque sí preocuparnos por sus posibles consecuencias.

Un texto de Historia de mi juventud contenía un dibujo en el que Colón, enarbolando una gran bandera rojigualda, ponía pie en las Antillas y se arrodillaba ante la cruz que exhibía un clérigo. El problema histórico consistía en que Colón ni siquiera conoció esa bandera, creada en tiempos de Carlos III, más de dos siglos después. Pero, para los niños de los años 40 del pasado siglo, era casi como si Franco mismo hubiera descubierto América, ayudado por la Iglesia, cosa que hubiéramos creído a pie juntillas si nos la hubieran propuesto así.

En los manuales kosovares, el dibujo de un guerrero albanés medieval aplastando con su caballo una bandera turca ha provocado también el rechazo de la minoría turco-kosovar. Ellos piensan que, tras haber dominado Kosovo durante cinco siglos, forman parte de la historia del país y deben ser considerados con más ecuanimidad. No muy distinta sería la figura tradicional de ?Santiago matamoros? en el contexto general de la historia de España y los españoles. Hay que recordar que los albano-kosovares se sublevaron más de 40 veces contra el Imperio Otomano, lo que les concede cierta relevancia, aunque sólo sea iconográfica. No hubo tantas rebeliones internas contra el poder musulmán en la historia de la España andalusí.

En una región con tanta tensión política acumulada, como son los Balcanes, donde todavía duelen las heridas de la última guerra de Kosovo y están presentes sus muertos más recientes, puede ser muy conflictiva cualquier modificación que afecte a la mitología popular, expresada en los más elementales textos escolares de Historia.

Aunque los políticos y los adultos en general puedan convertir en un casus belli cualquier sugerencia que se estime ofensiva para el honor de su pueblo, la esperanza puede estar en los destinatarios de los libros. Un joven kosovar daba hace poco muestras de mayor sensatez que sus mayores: ?No me creo apenas nada de lo que dicen los libros de Historia que nos dan. Pero me los estudio bien, para sacar buenas notas y así poder ir después a estudiar a un buen instituto internacional?.

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