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O P I N I O N

9 de diciembre de 2003

La guerra contra los disidentes

Naomi Klein
La Vanguardia, 08 de Diciembre, 2003

EL FBI RECOPILA datos de los estadounidenses comprometidos en protestas legales y que discrepan del actual Gobierno.

En diciembre de 1990, el presidente George Bush, padre del actual mandatario de la Casa Blanca, hizo una gira por Sudamérica a fin de proponer al continente un audaz sueño: "Un sistema de libre comercio que vincule a toda América". En un discurso ante el Congreso de Argentina, dijo que el plan, que luego sería bautizado como Área de Libre Comercio de América (ALCA), sería "la nueva declaración de interdependencia de nuestro hemisferio... el brillante amanecer de un espléndido nuevo mundo". Hace unos días, los dos hijos de Bush sumaron fuerzas para tratar de acelerar la llegada de ese nuevo mundo con las negociaciones que realizaba el ALCA en la amistosa Florida. Ese es el estado que el gobernador Jeb Bush prometió entregar a su hermano en las presidenciales del 2000, inclusive si eso significaba impedir a muchos afroestadounidenses ejercer el derecho a votar. Ahora Jeb prometió entregar a su hermano el codiciado acuerdo comercial, inclusive si eso significaba impedir a miles ejercer el derecho a protestar.

Y, sin embargo, pese a los esfuerzos de los hermanos Bush, el sueño de un hemisferio unido en una economía de mercado libre murió hace unos días. No lo mataron manifestantes en Miami, sino los pueblos de Brasil, Argentina y Bolivia, que informaron a sus políticos de que si otorgaban más poder a las multinacionales tal vez no podrían retornar a sus hogares.

Los brasileños pactaron un compromiso que permite a los gobiernos firmar las partes que les gusten y rechazar las otras. Por supuesto, Washington tratará de presionar a países y a grupos de naciones para que acepten amplios convenios comerciales, pero no habrá un acuerdo unificado. Dentro del hotel Intercontinental, se lo calificó de "ALCA Lite" (ALCA liviano).

Pero afuera sufrimos una experiencia más pesada. Por cierto, cuanto más control perdían los representantes comerciales estadounidenses en la mesa de negociaciones, más poder ejercía la policía en las calles. "Nuestro objetivo es hundirlos", me explicó un agente de policía del condado de Miami-Dade. Y eso es exactamente lo que hicieron. Pequeñas y pacíficas manifestaciones fueron reprimidas con gran dureza. Autobuses repletos de sindicalistas fueron bloqueados para impedirles sumarse a manifestaciones autorizadas. Decenas de jóvenes fueron golpeados con porras hasta hacerles sangrar.

La violencia policial fuera de las cumbres comerciales no es nueva, pero lo que resulta asombroso es la desproporción entre la respuesta de las fuerzas de seguridad y la amenaza real. Desde la perspectiva de una activista, los manifestantes se mostraron casi vergonzosamente obedientes; es comprensible tras semanas de intimidación policial.

Al oír el incesante rugido de los helicópteros, tuve la sensación de que estaba ocurriendo algo nuevo. Era como si, en vez de ser el blanco de un operativo, fuéramos extras involutarios en un complejo ejercicio militar.

La cumbre del ALCA en Miami representa la bienvenida oficial a la "guerra contra el terrorismo". Las últimas técnicas de táctica y de propaganda fueron afinadas en Iraq, desde un ejército hollywoodense hasta una prensa militarizada, y ahora fueron usadas en gran escala en una importante ciudad de Estados Unidos. "Este debe ser el modelo para la defensa interna", dijo orgullosamente el alcalde de Miami, Manny Díaz, al aludir al operativo en que participaron más de 40 organismos de seguridad, desde el FBI hasta el Departamento de Pesca y Vida Silvestre.

Ahora que los activistas han sido transformados en extranjeros peligrosos, Miami podrá reclamar el dinero que se brinda para "la guerra contra el terrorismo". Por cierto, 8.500 millones de dólares gastados en seguridad durante la reunión del ALCA provenían de los 87.000 millones de dólares destinados a Iraq que Bush le sacó al Congreso el mes pasado.

Pero algo más que dinero se pidió prestado a la invasión de Iraq. La policía de Miami también invitó a periodistas a viajar con ellos en vehículos blindados y en helicópteros. Como en Iraq, la mayoría de los reporteros aceptaron con entusiasmo su papel de falsos soldados y se colocaron ridículos cascos de combate y flamantes chaquetas de camuflaje. Emisoras de televisión local, en lugar de cubrir las protestas, las sobrevolaron. Sus helicópteros mostraron imágenes de enfrentamientos, pero en lugar de oír las voces de los manifestantes rogando a los policías que cesaran sus disparos, sólo se escucharon las voces de altos funcionarios policiales y de locutores lamentando lo que sufrían los agentes en la línea del frente.

El modelo de Miami para lidiar con la disidencia interna va más allá de una sola reunión. El domingo, "The New York Times" informó sobre la filtración de un boletín del FBI que revelaba "un esfuerzo coordinado, a escala nacional, para recolectar datos de inteligencia" sobre el movimiento contrario a la guerra en Estados Unidos. El memorándum señala en particular la vigilancia de activistas que participan en protestas totalmente legales. Anthony Romero, director ejecutivo de la Unión de Libertades Civiles de Estados Unidos, dijo que el documento revela que, "de manera peligrosa, el FBI está recopilando datos sobre los estadounidenses comprometidos en protestas legales y que discrepan" del actual Gobierno. "La línea entre terrorismo y desobediencia civil legítima ha sido desdibujada", añadió.

Podemos esperar mucho más de esas tácticas en el frente interno. De la misma manera en que las violaciones de las libertades ciudadanas aumentaron cuando Washington perdió control del proceso del ALCA, también la represión se incrementará cuando la gente de Bush se enfrente con la amenaza más grave: perder el control de la Casa Blanca.

Por cierto, Jim Wilkinson, director de comunicaciones estratégicas del Comando Central de Estados Unidos en Doha (Qatar) -el operativo que dio al mundo el rescate de Jessica Lynch- se ha mudado a Nueva York para encabezar las operaciones de prensa de la Convención Nacional Republicana.

"Estamos pensando en periodistas que participen", como aquellos que viajaron junto a los soldados en Iraq. "Estamos tratando de obtener nuevos e interesantes ángulos de cámara", explicó al periódico neoyorquino "Observer".

La guerra está llegando a casa.

N. KLEIN, periodista y autora de "No logo", ha dado conferencias en las universidades de Harvard y Yale y en la London School of Economics © 2003 Naomi Klein Distribuido por The New York Times Syndicate.

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