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O P I N I O N

12 de diciembre de 2003

Contradicción sobre ruedas

Javier Ortiz
www.javierortiz.net

Se ha hablado mucho de la cifra de víctimas mortales producidas por los accidentes de tráfico durante el pasado puente. «Terrible», dicen. Y lo es, pero no tanto en comparación con otros años. En realidad, una vez descontado el efecto de algunas variables -las meteorológicas, en especial-, puede considerarse que la carretera viene a representar un factor de muerte casi fijo, predecible. Lo es, en todo caso, cuando se evalúa en plazos de cierta amplitud, no sujetos a circunstancias coyunturales.

Eso es precisamente lo que más debería preocupar. No que en un fin de semana concreto se produzcan más muertes de lo normal, sino la regularidad final de la cifra.

Es llamativo el poco interés real que pone nuestra sociedad en el análisis de un problema que es a todas luces gravísimo. El tráfico mata mucho más que la mayor parte de las lacras que la ciudadanía pone en primer plano. Sin embargo, cuando las autoridades se refieren a esa sangría constante, lo hacen de manera casi rutinaria, centrándose siempre en la responsabilidad individual de los conductores.

Por supuesto que esa responsabilidad existe. Quien conduce de manera imprudente se pone en peligro él y pone en peligro tanto a quienes lo acompañan como a los demás usuarios de la carretera.Pero cuando de lo que se trata es de la suma de una cantidad enorme de imprudencias individuales, el asunto deja de ser abordable apelando a la conciencia de cada uno. Pasa a ser un problema social.

¿Cómo abordarlo a escala colectiva? Las autoridades de algunos países han optado por incrementar espectacularmente la cuantía de las multas. Se trata de conseguir por la vía del miedo lo que la prudencia y el buen sentido no producen. Pero la fragilidad y la hipocresía del planteamiento quedan de manifiesto cuando se sabe que hace poco la policía de tráfico francesa multó en un solo día por exceso de velocidad... a dos ministros del Gobierno que ha puesto en marcha una política de sanciones de ese tipo.

Mejorar las carreteras, aumentar la vigilancia, castigar con severidad las infracciones... Todo eso puede hacerse, aunque se haga poco y mal, porque cuesta mucho dinero y no aporta gran popularidad. Pero el problema de fondo, lo que dificulta -lo que impide, en realidad- un afrontamiento radical del problema, es lo que el automóvil supone en unas culturas tan fuertemente individualistas, competitivas y apresuradas como las nuestras. El coche es un símbolo de poder. Y de distinción. Y es un medio para ir por cuenta propia, sin tener que someterse a una disciplina colectiva.

¿Se puede exaltar a todas horas el más feroz individualismo y reclamar luego que los así aleccionados tengan un comportamiento consciente y considerado hacia los demás?

Por poderse, se puede. Es lo que se está haciendo.

Pero con los resultados que están a la vista. O bajo tierra.

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