http://www.rebelion.org
O P I N I O N

23 de diciembre de 2003

En días navideños

Cristo Revolucionario

Lisandro Otero
Rebelión

En estos días navideños las familias se reúnen para una congregación cálida que recuerda los afectos y los vínculos. El significado cristiano de la fecha se pierde cada vez más. El cristianismo es una fe sincrética que ha absorbido su liturgia, su teología y su ética de otras religiones, ello le proporcionó su vigor inicial, aparte de la tarea de habilidosos embajadores como Saulo de Tarso, astutos gobernantes como Gregorio Magno e inteligentes ideólogos como Agustín de Hipona. Otras religiones, el islamismo, el budismo, han tenido también larga vida y multitudinarios seguidores pero el cristianismo es la que ofrece una construcción más vasta y consistente de sus quimeras.

Mahoma fue un rico mercader y guerrero, y Buda, un príncipe pero Jesucristo fue  un modesto hombre de abajo, el hijo de un carpintero.  De ahí su atracción para sus semejantes. El cristianismo se extendió inicialmente gracias a la aceptación que contó entre los esclavos. La palabra iglesia quiere decir asamblea en latín. Ello está indicando el carácter colectivo de su integración. Comienza siendo una religión de humildes, de gente desprovista. A partir de su tolerancia, por Constantino, se desplaza hacia las capas sociales más altas y favorecidas. Con gran habilidad la Iglesia llevó a cabo sus tareas de proselitismo incorporando en sus ritos las costumbres paganas que no constituían un desafío directo a sus doctrinas.

El cristianismo ha significado una de las más profundas revoluciones que ha conocido la humanidad. Ha propiciado una sorprendente transformación de la sensibilidad. Si reflexionamos sobre las crueldades del circo romano --vistas con gran complacencia de los espectadores--, sin que ninguno se conmoviera por tan bárbara acción, nos percataremos que las emociones yacían en un estado de primaria incivilidad. Eso aportó la nueva religión en primera instancia: la compasión al prójimo.

El cristianismo comenzó siendo un movimiento de rebeldía, de protesta contra las costumbres establecidas. Fue un movimiento proletario para los desposeídos, una religión de comunistas que compartían fraternalmente sus escasos bienes. Por ello el cuerpo de ideas de los cristianos primitivos convoca a los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados, reclama a los mansos porque ellos poseerán la tierra, llama a los perseguidos porque se les entregará el nuevo reino prometido.

El cristianismo desconfiaba en sus inicios de los ilustrados doctores, de la inteligencia, y se inclinaba al puro comportamiento de los ingenuos, de los desnudos de ley y saber. Ello no impidió las herejías y los cismas que sobrevinieron después. Sin embargo, los cristianos  no abolieron la esclavitud, en su inicio como institución, no suprimieron tampoco los juegos gladiatorios, no cambiaron la moral sexual, no erradicaron las costumbres paganas; durante siglos practicaron las normas establecidas mientras luchaban por revolucionar la vida espiritual.

El cristianismo surgió en un momento de la historia en que el pueblo lo estaba necesitando, alimentó su sed de justicia, aquietó su desesperanza mostrándole el camino de una vida eterna, gozosa, que le compensaría de sus muchos males en este mundo. Contribuyó a aliviar los padecimientos de los desheredados, las desventuras de los infortunados.  Si bien el más grande descubrimiento revolucionario ocurrió muchos años después cuando pensadores como Moro, Bacon, Campanella, Hobbes, Harrington y Erasmo comenzaron a concebir que el paraíso podía obtenerse en esta tierra, sin esperar la muerte.

Crane Brinton, profesor de historia de la Universidad de Harvard, ha afirmado con mucha pertinencia en su "Historia de la moral occidental" que el cristianismo es una fe inquieta, trágica, que mantiene una alta tensión entre lo que es y lo que debería ser,  y esa es una de las fuentes de su fuerza. Por ello el cristianismo ha sido un acicate de imposibles.

Su ética nos proveyó de una cosmovisión que ha ayudado a mitigar la ansiedad que es el legado de todo vacío moral. La carne y el oropel dejaron de estar de moda, la sensualidad mermó su vigencia  y el ascetismo y la vida sencilla alcanzaron una estatura aceptable. El hombre dejó de ser un animal de apetitos, a partir del cristianismo, y se convirtió en una conciencia con principios.

El hombre que agoniza, que lucha por una idea, alcanza el escalón superior de la raza humana. Por eso la voz atribuída a Cristo -- epítome de tradiciones, sabiduría popular y fabulación de romanceros -- exclama que no ha venido a meter paz sino espada, la espada de los revolucionarios que comenzaron convocando a los miserables y honrados para construir otro orden en los asuntos humanos. Quizás sea gracias a él que  la humanidad escuchó por vez primera las palabras, hoy tan en boga: otro mundo es posible.

[email protected]

Envia esta noticia