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O P I N I O N

26 de diciembre de 2003

Capitalismo y escasez

Hambre en el mundo

Lisandro Otero
Rebelión

Acaba de salir publicado el Informe del Hambre, un detallado reporte de la FAO, la organización de Naciones Unidas para la alimentación. Simultáneamente los cables informan que en Zimbawe una terrible sequía ha causado un racionamiento que entrega seis onzas de maíz por día y dos libras de frijoles por mes. Si a ello se une la disminución del poder adquisitivo de la moneda nacional, con una inflación galopante que asciende ahora a 620%, se comprenderá la angustiosa situación del país africano.

La FAO afirma en su informe que los hambrientos del mundo ascienden a hora a 842 millones, habiendo aumentado en 18 millones más durante el decenio de los noventa. Bangladesh, Haití y Mozambique se encuentran a la cabeza de  los depauperados por las privaciones. Le siguen India, Indonesia, Nigeria y Pakistán. En África las tierras cultivables carecen de irrigación.

Mientras de una parte vemos estas carestías, de la otra vemos que se tiran al mar toneladas de mantequilla para mantener altos los precios. Son las consecuencias del sistema capitalista que con su llamado neoliberalismo entrelaza capitales y propicia la expansión transnacional de las grandes corporaciones. Sufrimos  crisis financieras recurrentes y se mantiene presente  el espectro de una recesión mundial. La globalización  limita las posibilidades de desarrollo en los países que se encuentran en vías de crecimiento.

El problema principal que plantea la globalización es el raudo desplazamiento de capitales atendiendo los beneficios de las tasas de interés o de las tasas cambiarias.  Esas  sumas se desplazan con  volatilidad y no crean puestos de trabajo ni industrias que aumenten el mercado exportador o el de consumo interno.  Crean espejismos y donde aparentemente pudiera existir una gran prosperidad, en realidad no hay sino una imagen que se deshace como una burbuja de jabón al primer impacto negativo.  Eso es  lo que ha producido desaceleraciones, recesiones y  quebrantos en las estructuras bancarias.

La economía mundial se une cada vez más. Las medidas de proteccionismo aduanal, que rigieron hasta un reciente pasado son vistas como supervivencias de la era paleolítica. Los mercados comunes  son más frecuentes. El carácter simbólico de la riqueza se ha multiplicado. Las transacciones electrónicas permiten transferir fortunas de unas manos a otras, por encima de las fronteras, sin que ninguno vea físicamente los caudales en juego. La llamada  etapa monopólica del capital, por los economistas del marxismo, ha entrado en una fase superior que propicia que las compañías medianas, y aun las pequeñas empresas,  sean engullidas una tras otra por las grandes corporaciones internacionales.

Las trasnacionales se interesan en generar productos y en venderlos solamente donde se pueda adquirirlos. Esto quiere decir que las regiones ricas se harán cada vez más ricas y las pobres, empobrecerán. Los programas de beneficio social no interesan a los inversionistas internacionales. La justicia social no se cotiza en las Bolsas de Valores. A largo plazo la consecuencia del "laissez faire" en las economías más débiles llevará a anular la capacidad adquisitiva de los países no desarrollados. Una nación africana cuya población se duplica cada veinticinco años, con serias deficiencias médicas, educacionales y  la ausencia de una planta productiva no resultará atractiva a los inversionistas porque no constituye un mercado promisorio.

La globalización está creando dos mundos: uno opulento y otro totalmente desprovisto de recursos elementales. El sistema conducirá  a un desequilibrio con vastas consecuencias políticas. La aldea global no es justa ni permitirá una satisfacción de las vastas necesidades de las grandes mayorías. El hambre en el mundo crece y con ella el descontento, la desesperación y deja abierta únicamente la puerta revolucionaria como salida a estas privaciones.

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