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O P I N I O N

6 de enero de 2004

Miedo y religión

Alberto Piris
Estrella Digital

Saul Landau, el profesor universitario y cineasta californiano al que he aludido ya alguna vez en estas páginas electrónicas, me comenta las pasadas vacaciones navideñas en EEUU. La alarma frente a posibles atentados terroristas fue elevada el 22 de diciembre al nivel naranja. Es el grado justo inferior al máximo, en una escala cromática que los estadounidenses han aprendido a memorizar, como si fuera la tabla de sumar. Verde: riesgo mínimo; azul: riesgo generalizado; amarillo: peligro significativo; naranja: peligro elevado, como en un cruce regulado por semáforos; el grado rojo entra ya en el terreno de lo impensable, sumamente aterrorizador.

Pues bien, en ese ambiente inquietante, el 30 de pasado mes publicaba el diario "Los Angeles Times" una noticia de índole policial, procedente de la Associated Press. Informaba de que, en Nochebuena, el FBI había enviado a 18000 instituciones policiales una circular sugiriendo que se vigilara estrechamente a las personas provistas de calendarios; daba como razón que los terroristas "los utilizan para planificar la selección de objetivos y las operaciones previas". ¿Quién no compra, por estas fechas, un calendario del año entrante? Pues para el FBI, si la noticia es verídica, el número de sospechosos aumenta casi hasta el infinito. La paranoia oficial en EEUU está alcanzando extremos insospechados.

Millones de estadounidenses ? cuenta Landau ? han perdido interminables horas pasando controles de seguridad en los aeropuertos y en los grandes centros comerciales. Varios vuelos desde París y Londres fueron anulados, y Washington ha empezado a requerir la presencia de agentes armados en los aviones de línea. Ha habido cazabombarderos escoltando aviones de pasajeros. Los guardacostas recorren los puertos y las patrullas armadas protegen puentes, depósitos de combustible, estaciones de comunicaciones y centrales de energía. Un aficionado a la náutica preguntó a la dotación de un guardacostas qué era lo que buscaban patrullando la costa californiana. "¡Maldito si lo sabemos! ? le respondieron ? Nadie nos ha dicho qué tenemos que buscar. Tenemos que patrullar las 24 horas mientras dura la alerta naranja... ¡No pudimos estar con la familia en Nochebuena!".

En ese caldo de cultivo, con unas autoridades que no se recatan al insuflar en la población un miedo generalizado ? que felizmente no todos los ciudadanos toman en serio -, son los movimientos religiosos los que en EEUU crecen como la espuma. Las suaves y moduladas voces de los predicadores en radio y televisión parecen inyectar un bálsamo de paz en los atribulados espíritus. "Tened fe en Jesús y olvidad vuestras dudas y vuestras preocupaciones, vuestras preguntas sin respuesta". Igual que si estuvieran anunciando detergentes o automóviles, las palabras penetran fácilmente en unos oyentes ya predispuestos por el miedo: "Probad este plan para reducir la ansiedad y para vencer la depresión, para dejaros guiar en una vida más confiada en el Señor. Hallad una honda satisfacción, por graves que sean los problemas que os aquejan". Aunque cambie la sintonía de la emisora, sigue el mensaje; otro telepredicador anuncia, con la mejor técnica publicitaria: "Hay algo mejor que Moisés, que Freud; mejor que el Prozac: Jesús".

El ambiente se presta a este resurgir de lo mítico. El mismo presidente Bush aseguró públicamente que ha sido la renovada fe cristina y su reencuentro con Dios los que le han alejado del alcohol y de los bares tejanos a los que se veía irremisiblemente abocado. Y hasta un alto mando militar, rememorando las acciones bélicas del pasado en Somalia, comentó al hablar del enemigo: "Mi Dios era mayor que el suyo. Yo sabía que mi Dios era un Dios verdadero, y el suyo era un ídolo". Luego intentó matizar lo dicho, con muy poco éxito.

Hace un par de meses recordaba William Pffaf en "International Herald Tribune" que Arthur Koestler, autor de "Oscuridad a mediodía", había escrito que "el homicidio cometido por motivos egoístas es una rareza estadística en todas las culturas. El fenómeno dominante en la historia de la humanidad es el homicidio por razones altruistas. Su tragedia no es un exceso de agresividad, sino un exceso de devoción... Son la lealtad y la devoción las que fabrican el fanatismo".

Y el miedo, podríamos añadir. Como el de los cristianos fundamentalistas que interpretan la Biblia de forma literal y la creen palabra de Dios, convencidos de que la historia de la humanidad llegará a su fin en un futuro próximo, precedido por una apocalíptica batalla entre las fuerzas del Bien y del Mal y en la que sólo los justos sobrevivirán. Recordaba Oliver James en "El Mundo" que Bush "está movido por una ira masiva y soterrada contra cualquiera que intente oponerse a esas ideas tan extremistas y fanáticas que comparten tanto él como una parte significativa de sus conciudadanos". Explicaba que, según las encuestas, la mitad de los estadounidenses está de acuerdo con la idea de que "la Biblia es, realmente, la palabra de Dios y debe ser interpretada literalmente, palabra por palabra".

Todo corrobora la idea de que el caminar de la humanidad se hace a saltos, con altibajos. Tras los siglos de las luces y de la ilustración, oleadas de medievalismo irracional sobrenadan todavía las mentes humanas. Que los hombres sigan asustados, se vuelvan hacia el más allá y maten a sus semejantes impulsados por ese inextinguible fanatismo que anida en lo más hondo del ser humano, no abre perspectivas muy optimistas para el año que ahora empieza.


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