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O P I N I O N

8 de enero de 2004

Opciones para la aldea global

Francisco Morote Costa
Rebelión


Tras el fin de la Guerra Fría vivimos en un universo capitalista unipolar. Es evidente que en el capitalismo sigue habiendo un Centro tripolar en lo económico - formado por Estados Unidos, la Unión Europea y Japón -, y una extensa Periferia, constituida por la mayoría de los estados de Asia, África y América Latina, pero ese mundo está dominado por la certeza de que existe un poder, el poder militar de los Estados Unidos, que hace de ese país el árbitro de la política internacional. Por consiguiente, guste o no, lo que suceda en Estados Unidos, lo que haga Estados Unidos, resulta de singular importancia para el conjunto del planeta.

Partiendo, por tanto, de esa evaluación de un mundo unipolar, ¿qué ha ocurrido en la aldea global durante el nuevo ciclo que inauguró el fin de la bipolaridad?

Ante todo conviene subrayar, de nuevo, que en 1991, tras la desintegración de la Unión Soviética, Estados Unidos se convertía en la única superpotencia política y militar. En esa ventajosa coyuntura, ¿qué camino emprendió el coloso norteamericano? En mi opinión el más inesperado. Las elecciones presidenciales de noviembre de 1992 apartaron del poder al candidato republicano y todavía presidente George Bush ( padre ), y con él a un grupo de políticos sumamente agresivos y carentes de escrúpulos, dispuestos a sacar todo el partido posible a una situación de auténtico monopolio militar mundial. Lo que habría podido suceder entonces lo estamos viendo ahora, cuando bajo el mandato de George Bush ( hijo ) han vuelto a dirigir los destinos políticos y militares de los Estados Unidos. Sin embargo, la elección, en 1992, del candidato demócrata Robert Clinton y luego su reelección en 1996, conllevó el despliegue de una opción más amable del poder americano. Con Clinton en la presidencia, el mundo seguía siendo un mundo unipolar, bajo el liderazgo de los Estados Unidos, pero la superpotencia no actuaba, generalmente, de un modo unilateral, sin contar para nada con sus aliados europeos y Japón, o sin tener en cuenta a las instituciones internacionales, como la ONU, sino precisamente guardando las formas, cubriendo las apariencias de la multilateralidad, comportándose, para satisfacción de sus aliados de la OTAN ( caso, por ejemplo, de Yugoslavia ), más como un primus inter pares ( primero entre iguales ), que como un imperator ( emperador ). En los años de Clinton hubo una razonable armonía en el Centro económico tripolar del sistema. Si algo caracterizó el período fue el triunfo de la idea de una globalización neoliberal, proyecto capitalista que ponía el mercado mundial al servicio del capital y de las grandes compañías del Centro, pero que agravaba aún más las diferencias con la Periferia. En cualquier caso los ocho años del mandato de Clinton fueron una verdadera luna de miel en las relaciones de Estados Unidos con Europa y en esta última se llegó a soñar con un Directorio ? en cierta manera eso era el G 7 -, que gobernase el mundo por encima de la ONU.

Pero está visto que en un universo unipolar lo que ocurra en Estados Unidos le afecta al conjunto de la comunidad internacional. De nuevo unas elecciones presidenciales, las de noviembre de 2000, pusieron en el primer plano una opción dormida durante algunos años, la de un poder americano unipolar y unilateral. Con George Bush ( hijo ) volvió al poder un sector del partido republicano, decidido a imponer la presencia de los Estados Unidos en cualquier rincón del planeta que, por su valor económico y/o estratégico, conviniera al sueño expresado en el ? Proyecto para un Nuevo Siglo Americano? ( PNSA ). Con la oportunidad que en otras ocasiones había llegado el motivo de la intervención ? explosión del Maine, ataque japonés a Pearl Harbour, por ejemplo -, acudió la razón de la guerra contra el terrorismo, el ataque del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas, el Pentágono y, al parecer, la Casa Blanca. La ocasión no podía desaprovecharse y así empezó una cruzada contra el terrorismo y, de paso, por el gas natural ( importancia estratégica de Afganistán) y el petróleo ( trascendencia económica y estratégica de Irak ).

En suma, en los años que han transcurrido desde el final de la bipolaridad hasta hoy, hemos podido experimentar los resultados de vivir en un mundo unipolar. Comparando la multilateralidad demócrata, con la unilateralidad republicana, casi hay que sentir nostalgia de la primera, y la perspectiva de que en las elecciones presidenciales de 2004 vuelva a ganar el belicista y neoimperialista equipo de George Bush ( hijo ), es como para echarse a temblar. La opción que representan, al reemplazar el imperio de la ley por la ley del imperio, es la peor de las posibles. Ahondando en una vieja tendencia del partido republicano que, al contrario que el demócrata, nada tuvo que ver con la creación de la Sociedad de Naciones y las Naciones Unidas, el actual equipo ultraconservador de George Bush ( hijo ), puede seguir actuando al margen de las instituciones internacionales. La opción de estos halcones, aliados, además, del sionismo más extremista, no podrá sino exacerbar aún más las tensiones internacionales y romper, definitivamente, el bloque que Estados Unidos dirigió durante los años de la Guerra Fría.

La opción republicana en su actual expresión es, no obstante, la que menores consensos y apoyos mundiales puede recoger, tal y como ha demostrado la Guerra contra Irak. Conviene, si se puede decir así, a una parte muy pequeña de la población y de la opinión pública mundial, aunque expresa los intereses de importantes grupos monopolísticos ? petróleo, gas natural, industria militar -, de Estados Unidos y algunos satélites, afectados de miopía política ( gobiernos de Reino Unido, España, etcétera ).

¿ Es deseable, entonces, que gane las elecciones norteamericanas de 2004 el partido demócrata?

Hoy por hoy, sí. Representa el mal menor, la vuelta a una unipolaridad multilateral, con menos riesgos para la paz y la legalidad internacional. Por eso creo que la mayor parte de los gobiernos del mundo y la opinión pública internacional preferirían una victoria de los demócratas antes que de los republicanos. Sin embargo, lo que suceda en Estados Unidos sólo lo decidirán sus propios ciudadanos, y no hay ninguna garantía de que la poderosa maquinaria propagandística del partido republicano, generosamente engrasada con el dinero del petróleo, el gas natural y la industria militar no logre, si la situación no se torna demasiado adversa, la reelección de quién el escritor mejicano Carlos Fuentes calificara en su día como ? peor presidente?.

¿ Sólo hay, pues, dos opciones posibles para la aldea global en estos albores del siglo XXI?

Presumo que mientras exista el poder militar, apoyado en la fortaleza económica de los Estados Unidos, sí. Es más, el simple hecho de que ese poder exista y se expanda ? presupuesto militar creciente, proyecto de Escudo antimisiles, etcétera -, entraña el riesgo de provocar un rearme y una carrera armamentística de todos los estados y grupos de estados que, por temor a las ventajas que le otorga su posición dominante, quieran situarse en un plano de igualdad con los Estados Unidos.

En realidad, la situación más deseable, y así lo han expresado tanto los gobiernos réprobos de algunos países del Centro ? Francia, Alemania -, como los de importantes estados periféricos o de difícil clasificación ? India, Brasil, China, Rusia -, es la de la multipolaridad. Ahora bien, del rumbo que emprendan los gobiernos estadounidenses dependerá el camino que sigan todos o algunos de esos estados. Se puede ir hacia una multipolaridad armada, bastante probable si gana la opción republicana, o hacia una multipolaridad menos armada, posibilidad asociada al triunfo de la alternativa demócrata. Por supuesto, la opción de un mundo multipolar sino desarmado, sí menos militarizado, es más deseable que las anteriores. No comportaría el fin de los conflictos y tensiones internacionales, pero le daría oportunidad a instituciones como la ONU de asumir el papel director que ahora pretende ejercer el gobierno republicano de los Estados Unidos.

En el escenario de un mundo multipolar así, podrían ganar peso las demandas y las propuestas periféricas, pacifistas, ecologistas y altermundistas que, al fin y al cabo, son las más convenientes para los intereses y el futuro de la gran mayoría de la humanidad.

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