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O P I N I Ó N

8 de enero del 2004

Debemos hacer lo que podamos

Diane Harvey

Traducido para Rebelión por Marga Vidal

El artículo de John Kaminski titulado "¿Qué debemos hacer?" describe el embrollo colectivo en el que nos hallamos de una forma sucinta, global y con gran exactitud. Plantea las preguntas adecuadas, y de forma correcta. Dado que el pensamiento creativo sólo puede surgir de la forma en la que las preguntas se enmarcan en un primer momento, ya tenemos planteada la mitad de la batalla. A la postre, las propias respuestas que buscamos están escondidas en el núcleo de las cuestiones planteadas. El problema es que poca gente formula las preguntas adecuadas: las preguntas basadas en la premisa de que cada una de las personas y de las cosas son importantes. Y mucha menos gente se sumerge en la investigación de las cuestiones difíciles hasta llegar al estrato más interno, en el que afloran finalmente las respuestas. En tanto que nadie entre nosotros tiene todas las respuestas, estas grandes cuestiones conciernen a cada uno de nosotros, y merecen recibir toda nuestra atención. Y aunque cada persona individual sólo pueda ofrecer conclusiones parciales y limitadas de carácter individual y restringidas a su sola experiencia, no hay otro punto por el que empezar.

A mi entender, al problema de qué podemos hacer la respuesta es que debemos hacer lo que podamos. Y no sabemos qué podemos hacer hasta que lo intentamos. No tiene ningún objeto acobardarse ante nuestra falta de adecuación para la tarea de reinventar la civilización. Las imperfecciones no son excusa a la vista de una necesidad imperiosa. Sólo en la medida en que cada uno de nosotros ofrezca lo que sabe y puede hacer, entenderemos el gran potencial inherente a lo que sabemos y podemos hacer juntos.

Yo creo que hay un gran número de cosas que podemos hacer. Podemos empezar aceptando los terribles hechos relativos a cómo están las cosas en este preciso momento. No me refiero a estar de acuerdo con ellas, sino a aceptar de una vez y para todas que estamos viviendo tiempos de locura, y avanzar desde ese punto de partida. Para hacer esto con toda honestidad necesitamos de aquellos cuyo don radica en contarnos la verdad sobre lo peor. Sin el don de conocer lo peor nunca podremos empezar a hacer las paces con los hechos.

Luego podemos descubrir cómo endulzar cada uno de los aspectos de lo que hemos dejado. La mayoría de nosotros tenemos una tendencia a sumirnos en la desesperación, o a mantenernos más o menos en un estado permanente de ira. La primera gran batalla será a menudo la de aprender a mantener una ecuanimidad razonable a la vista de la locura siempre creciente. Las reacciones emocionales negativas frente a la locura creciente no sirven de nada, aunque la mayoría de nosotros las experimentemos en algún momento u otro, hasta cierto grado. Es mucho más útil seleccionar una longitud de onda correspondiente a la no-resistencia emocional, empleando la mente en entender y solucionar problemas. Y en tanto que los sentimientos auténticos de cualquier tipo son una herramienta pura y útil para la comprensión, las reacciones emocionales automáticas son simplemente productos de desecho del plexo solar. Los sentimientos auténticos existen bastante al margen de las habituales emociones, que sólo sirven para ocultarlos. No podremos oír la sabia dirección del corazón si somos esclavos de nuestras propias emociones, o de las del vecino.

Intensificar la autoconciencia de sí mismo, y reentrenar las reacciones habituales respecto del sufrimiento personal y del entorno siempre es un buen punto de partida, y al que conviene regresar de forma regular. El trabajar en problemas externos aleja nuestro foco de nuestra propia atención, y es algo que la mayoría de nosotros experimenta como un alivio bienvenido. Sólo que toda la energía condicionada que traigamos a nuestras tareas caracterizará cada ápice de las mismas, incluyendo cualquier programación subconsciente que hubiéramos traído. Como siempre, la transformación del mundo sigue empezando en el propio hogar.

También podemos tener en cuenta en nuestras mentes y en nuestros corazones el inestimable valor de todos los individuos que son capaces de preocuparse de los aspectos globales. Aquellos que pueden ver a través de la locura general son bastante escasos, hablando en términos relativos. Quien perciba la locura sistémica imperante lleva sobre sus espaldas una tremenda carga de conciencia, durante el momento más tumultuoso y difícil de la historia humana. Esta es una carga muy pesada para llevar sobre las espaldas. Para algunos acarrea la mayor soledad y aislamiento de la sociedad, cosas que constituyen precisamente lo contrario de lo que la mayoría de la gente busca de forma espontánea. Pocos seres humanos disfrutan siendo marginados y objeto del ridículo a los ojos de aquellos a quienes tratan de ayudar. Es vital darse cuenta de que la mejor percepción y la sincera preocupación añaden un valor inmenso a la vida, independientemente de lo que diga u opine la mayoría, y de lo que suceda afuera en el mundo.

Desde la conciencia del valor y del poder personal, los talentos y la creatividad pueden ser liberados para dedicarse a la solución de problemas. La habilidad probada para encontrar soluciones de cualquier rango y en cualquier área de nuestra vida, y actuar según ellas, genera fuerza de voluntad y un saludable sentido de la finalidad de las cosas. Y no hay un gran salto desde el tener una voluntad firma y un sentido de la finalidad de las cosas a darse cuenta de que podemos usarlos para crear un nuevo mundo a partir de las cenizas de éste.

Quien tenga ese deseo, ya tiene los dones y talentos que ofrecer a la regeneración de la vida. Es aquí donde los cambios prácticos suceden en primer lugar: como revelaciones dentro de nuestras mentes y nuestros corazones. Poco a poco, y a medida que cada cual puede encontrar un nicho en el que poder encajar en este mundo con sus personales talentos, el cambio va teniendo lugar. Es cierto que durante nuestro período de vida seguramente no veamos los resultados a la escala a la que nos gustaría verlos. Pero la mayor lección de todo ello es que damos lo mejor de nosotros mismos sin esperar recompensa, incluyendo la recompensa de ver la clase de cambios que confiamos en ver mientras estemos vivos.

Sabemos que no hay aspecto de nuestra vida nacional que no necesite transformación. Cada cual de nosotros representa un microcosmos de este problema mayor. Esto significa que cada uno de nosotros es una pequeña pieza del mundo sobre la que tenemos poder para reconfigurarla y regenerarla. El solo antídoto frente a la corrupción generalizada es la regeneración. Podemos empezar por nosotros mismos, y movernos hacia fuera entrando en el mundo que nos circunda, y luego volver, en un juego permanente de alternancia de enfoques. El mundo sólo puede crecer en sabiduría en la medida en que nosotros lo hagamos, ni más ni menos.

E incluso ahora, pese a la oscuridad y a la sofocante locura a nuestro alrededor, de entre las grietas de las murallas están surgiendo vigorosos brotes verdes. Si miramos con suficiente detenimiento por cualquier lugar, podemos encontrar una evolución revolucionaria en el corazón mismo del caos. Los ejemplos son ubicuos, y vale la pena alimentarlos dondequiera que vayan brotando. La vida renace cada vez que un ser humano individual abandona el conformismo con el horroroso modelo de supervivencia que nos ofrecen las empresas. Cada vez que renunciamos a la comida industrial para promover la agricultura orgánica local va enraizándose una nueva y viable forma de relacionarse con la tierra. Cada vez que una persona cambia sus habituales reacciones negativas hacia la existencia, el rostro de la humanidad ha experimentado un cambio, aunque sea modestísimamente. Cada instante en que se dice la verdad sobre nuestra civilización, en una forma en que la puedan escuchar otras personas, va arrancando una pequeña mella en el paradigma de la negación. En cualquier lugar y momento en que alguien trabaje por cambiar el sistema político, la revolución empieza a caminar, en ese preciso lugar y momento. Y sabemos que todas estas clases de alteraciones están teniendo lugar todos los días. Sabemos que hay cientos de miles de personas participando, en mayor o menor medida, en cambiar el mundo persona a persona: la única forma en que siempre ha cambiado.

Puede que la redención de nuestra sociedad a gran escala no se produzca en un futuro próximo. No obstante, se está construyendo ya ese nuevo mundo, persona a persona, familia a familia, grupo a grupo. Existen innumerables pequeñas tertulias de gentes sensatas trabajando de forma efectiva, inmersas profundamente en regenerar este aspecto del mundo o aquel. Existen grupos dedicados a una vida alternativa de forma global, a economías alternativas, a medicinas alternativas, a políticas alternativas, a agriculturas alternativas, a energías alternativas y a cualquier otro aspecto alternativo. Los modelos experimentales sobre formas mejores de vivir están surgiendo en silencio por todas partes, dispersos a lo largo del paisaje, y en gran parte desconectados en el paisaje de nuestras mentes. Pero están allí, y el mero hecho de entender cuántos son, ya anima. La tendencia a desdeñar el mundo de las alternativas que funcionan, sólo porque este mundo todavía no es el predominante, pasa por alto los procesos naturales de la evolución. El futuro va asomándose un poco en cada momento, inevitablemente. Lo que es nuevo y lo que es mejor siempre empieza a una escala pequeña, en una oscuridad relativa, y en oposición directa a los vientos predominantes.

Muchos de nosotros estamos de acuerdo en que existe una gran probabilidad de que una amplia catástrofe material caiga sobre nosotros uno de estos días. Creemos que esto habrá de ocurrir antes de que encontremos espacio y oportunidad de construir una estructura social humana y autosostenible a gran escala. La vieja conciencia que encarna el viejo paradigma está fosilizada, es cerril, poderosa, popular, egocéntrica y estúpida como el demonio. No muestra ningún signo de voluntad de transformación, y tal intransigencia inevitablemente equivale a una autodestrucción final. Pero aún así ello no nos obliga a permanecer pasivos, muy al contrario. Podemos confiar en que para gran parte de las ruinas de las viejas formas se construyan nuevas formas de vida. No sería la primera vez. Y nunca habrá un mejor modo de vida para todos si no vamos desarrollando alternativas específicas antes de que llegue el momento, y podamos ofrecer una práctica gama de anteproyectos. En primer lugar vienen los modelos experimentales a pequeña escala, buscando nuevas formas viables para todos los géneros de la vida. Sólo entonces, cuando sepamos qué es lo que funciona realmente, estaremos totalmente preparados para construir un nuevo país. Hay ya mucha gente trabajando duro a favor del futuro que todos queremos ver. Y sin aquellos que ya han recomenzado al margen de las actuales circunstancias, no tendríamos nada, ni ahora ni luego.

La peor circunstancia posible que la mayoría de nosotros podemos imaginar es que realmente podríamos tener el poder de destruir nuestro propio planeta. De forma colectiva podríamos demostrar ser demasiado ignorantes para aprender a convivir de una forma razonable y en armonía con el único entorno que tenemos. Y no obstante, si eso sucede, ningún esfuerzo individual o grupal para vivir de forma saludable en este universo habrá sido jamás en vano. La energía ni se crea ni se destruye; pero siempre puede ser transformada, y en esto radica la belleza de nuestra existencia. De todos modos, cada uno de nosotros va a dejar atrás su cuerpo físico en algún momento. El significado de nuestras vidas acá se fundamenta enteramente en cómo transcurren. El plantar semillas para el futuro en los recovecos y en las grietas de una civilización disfuncional y agónica requiere un valor, una creatividad y una dedicación inmensos. No importa lo que vaya a pasar próximamente; o bien podemos entregarnos al máximo, a pesar de cualquier oposición, o podemos acabar encontrándonos que no hemos vivido. Y el pasar los días dedicados al extenuante esfuerzo de crear prototipos para un mundo mejor, dando siempre un pequeño pasito hacia delante, a la vista de los tremendos obstáculos, es una tarea gloriosa. Debemos hacer lo que podamos, porque no importa lo que pase luego, hacer lo que podamos es una forma correcta, bella y sabia de vivir.

30-12-03
El enlace original es: http://www.rense.com/general46/can.html
Diane Harvey, [email protected]

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