O P I N I Ó N

13 de enero del 2004

La lucha antiterrorista, ¿continuación de la guerra fría?

Juan Marrero
CubaDebate

Hace más de medio siglo, en una madrugada de la primavera de 1949, presa de pánico, el entonces jefe del Pentágono, James Forrestal, saltó de su cama cuando escuchó el ulular de una sirena de bomberos y, convencido de que era el anuncio de la llegada a Estados Unidos del Ejército Rojo, se lanzó a la calle en pijamas dando gritos. Esa noche se descubrió que Forrestal estaba loco desde tiempo atrás. Nadie había reparado que una figura tan importante del gobierno norteamericano había perdido la razón.

Lo cierto es que Forrestal se convirtió en una víctima del clima de histeria creado por la propaganda contra el peligro de los bolcheviques que la teoría de la guerra fría -- diseñada y puesta en ejecución por los "tanques pensantes" de Estados Unidos e Inglaterra desde los días de la Segunda Guerra Mundial--, había fomentado y que, de modo particular, envenenó las relaciones internacionales tras la conclusión de ese conflicto bélico.

Los bolcheviques espiando, los bolcheviques metidos debajo de la cama en cada hogar de Estados Unidos, la amenaza del comunismo fue una constante durante muchas décadas en los discursos de líderes políticos y medios de difusión sin escrúpulos. Por decenas de millones pueden contabilizarse los mensajes lanzados por los gobernantes de Estados Unidos y artículos de los medios de comunicación de ese país y de otros del mundo occidental sobre el peligro rojo con el propósito de atemorizar, crear pánico, e intentar justificar ante la opinión pública norteamericana y mundial las políticas de guerra e intervención militar, de saqueos y conquistas de territorios. ¿Cuál fue, en definitiva, el propósito de los juicios macarthistas contra cineastas, escritores y otros intelectuales realizados en Estados Unidos a principios de la década de 1950? ¿Qué se persiguió con la ejecución de los esposos Rosenberg?

Tales métodos y consignas, en realidad, no fueron inventados por los imperialistas norteamericanos. Los copiaron de la Alemania nazi, de Hitler y Goebbels, que de esa manera, creando un clima de histeria colectiva, lograron uncir a la mayoría del pueblo alemán en el carro del fascismo, expansionismo militar y masacres de ciudadanos no arios, en fin a los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Para comprender la actual situación mundial es importante conocer la historia de esa guerra fría que, supuestamente, finalizó cuando se produjo el desplome de la Unión Soviética, del Muro de Berlín, de la Cortina de Hierro y de otros símbolos propagandísticos que formaron parte de una política imperialista mucho más amplia, que incluyó al Tercer Mundo, con el fin de atemorizar, asustar, crear pánico ante todo aquello que constituyese un discurso alternativo y diferente a los intereses y hegemonismo del sistema de expansión y saqueo del gran capital.

No sólo los rusos fueron demonizados a lo largo de muchos años. Otros pueblos y figuras políticas han sido víctimas de esa política. Eso ha ocurrido doquier se lucha porque las ideas de independencia y autodeterminación de los pueblos se hagan realidad; doquier se implanta un modelo de desarrollo económico, político o social distinto al prevaleciente en Occidente; doquier pasan a manos del Estado, en una acción justa y legítima de acuerdo con el derecho internacional, propiedades y recursos explotados y saqueados por empresas transnacionales. India, Viet Nam, China, Libia, Argelia, Egipto, Siria, Iraq, Irán, Guatemala, Cuba, República Dominicana, Nicaragua, El Salvador, Colombia, Venezuela, en uno u otro momento de su historia más cercana, han sido presentados ante la opinión pública norteamericana como un peligro para la seguridad de los Estados Unidos. Incluso países más pequeños, diminutos, como Granada, carentes de una fuerza militar, a la que invadieron miles de soldados norteamericanos porque, con la colaboración de Cuba, estaba construyendo un modesto aeropuerto internacional.

Las imágenes de numerosos dirigentes del Tercer Mundo, luchadores por sus pueblos, han sido objeto de falsificaciones y manipulaciones. Son presentadas ante el pueblo norteamericano como el lobo del cuento de la Caperucita Roja. En artículos, caricaturas y fotografías, tratan de ridiculizarlos permanentemente y crear un sentimiento de odio hacia ellos. Nasser y Gandhi, Arafat y Khadafi, Arbenz y Torrijos, Fidel y Chávez, por solo citar algunos, han sido convertidos, en uno u otro momento, por obra y gracia de esa maquinaria sin escrúpulos como fieras a las que hay que temer.

La guerra fría no ha desaparecido. Continúa su marcha. El actual gobierno norteamericano sigue buscando, inventando o construyendo enemigos por todas partes. Lo único que cambia es la terminología. Nadie aceptaría hoy que se le hable del peligro rojo o de los bolcheviques, ya inexistente. Menos de lucha contra el bloque agresivo del comunismo internacional, tras la desaparición de la URSS y el campo socialista. Menos aún, del peligro de Cuba para Estados Unidos como satélite de la URSS en América Latina. Ahora, el lenguaje, en lo esencial, es otro. Como anillo al dedo le vino a Bush, luego del escandaloso fraude electoral con que lo sentaron en el despacho oval de la Casa Blanca, el atentado terrorista del 11 de septiembre de 2002 a las Torres Gemelas de Nueva York. Ese hecho dio nacimiento a la consigna propagandística que lo ha acompañado desde entonces: la lucha contra el terrorismo, capaz de abarcar a países y gobiernos, organizaciones de diferente tipo y hasta individuos.

¿No es bien contradictorio que el principal país terrorista del mundo encabece esta cruzada antiterrorista global? Pienso que no es justo invalidarlos, siempre y cuando se comprometan a no hacer lo que hicieron en Hiroshima y Nagasaki hace casi 60 años cuando lanzaron la primera bomba nuclear que no solo desapareció esas dos ciudades japonesas, sino mató a casi 300 mil personas. ¿Fue ese o no un acto vandálico y terrorista, para sólo demostrar su poderío militar, cuando ya la guerra había concluido? Siempre y cuando, por ejemplo, dejen de respaldar a los que volaron en pleno vuelo un avión de Cubana de Aviación en Barbados, los cuales como Orlando Bosch caminan tranquilamente por las calles de Miami. Siempre y cuando renuncien a continuar sus desembarcos de marines en otros países. Siempre y cuando... etc., etc.

Al igual que en la guerra fría del pasado, durante la cual Estados Unidos no lo pensaba dos veces en usar sus fuerzas militares en regiones o países como lo hizo en Cuba, Indochina, Santo Domingo, Granada o Panamá, la lucha contra el terrorismo tiene a la política de fuerza como su contraparte necesaria. Las lecciones recientes de Afganistán e Iraq así lo demuestran. Y ello también pone de manifiesto que desatar guerras no es el camino correcto para acabar con el terrorismo. La violencia sólo genera más violencia.

Colin Powell, secretario de Estado, acaba de decir que la primera prioridad de Estados Unidos en el 2004 "seguirá siendo la lucha contra el terrorismo", y, dentro de tal concepto, afirmó que "daremos apoyo a países que viven bajo regímenes opresivos y que luchan por alcanzar la libertad" mencionando, entre ellos, a Irán y Cuba. Al igual que en la guerra fría del pasado, las amenazas no han desaparecido del léxico imperial.

A la vez, Estados Unidos sigue echando leña en la hoguera con que pretende atemorizar al pueblo norteamericano. Dispuso durante las festividades navideñas el "alerta naranja" contra el terrorismo, bajo el pretexto de que los servicios de inteligencia tenían información de que se preparaban nuevos atentados, similares a los del 11 de septiembre, por Al Qaeda y los talibanes afganos. Se cancelaron varios vuelos entre París y Los Angeles. Fuertes medidas de seguridad se han reforzado en los 115 aeropuertos internacionales y 14 grandes puertos de Estados Unidos para localizar supuestos terroristas. La televisión norteamericana ha amplificado en estos días la versión, que tuvo su origen en Londres, sobre un nuevo mensaje grabado de Osama Bin Laden, en la cual insta a los musulmanes de todo el mundo a emprender la guerra santa contra Estados Unidos e Israel.

Comentando esta situación el periódico mexicano La Jornada escribía recientemente: "Si las organizaciones terroristas que amenazan la seguridad de los estadounidenses siguen existiendo tras el arrasamiento de Afganistán e Iraq, entonces debe reconocerse la monumental ineptitud de la administración Bush; si el peligro terrorista ha sido inventado o exagerado, entonces es obligado concluir que el grupo gobernante de Washington recurre a la mentira sistemática".

En fin, sigo pensando que todo eso no es más que un remedo de lo que se hizo durante la llamada guerra fría. La lucha antiterrorista no es otra cosa que una continuación de la guerra fría en las condiciones de un mundo diferente: unipolar y de globalización neoliberal, en el cual, lo más grave, como decía Fidel el pasado 3 de enero, es que las vidas de miles de millones de personas que habitan el planeta dependen de lo que piensan, crean y decidan unas pocas personas que tienen el fabuloso poder de decenas de miles de poderosas armas nucleares. Esos no cuentan con siquiatras. Como no los tuvo, en su tiempo, James Forrestal. La política de fuerza y la mentira cabalgan juntas una vez más.

¿Hasta cuando la administración Bush podrá seguir manipulando la conciencia del pueblo estadounidense? ¿Hasta cuando podrá seguir engañándolo? No somos adivinos ni tenemos un oráculo. Aquí solo cabe aquel pensamiento de Lincoln de que al pueblo puede engañársele un tiempo, pero no todo el tiempo. El engaño, en fin, no es eterno.