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O P I N I O N

23 de enero de 2004

El once ése

Ramón Pérez Almodóvar
Rebelión

Quienes instauran el terror no son los débiles, no son aquellos que a él se encuentran sometidos, sino los violentos, quienes, con su poder, crean la situación concreta en la que se generan los ‘dimitidos de la vida’, los desharrapados del mundo” (Pedagogía del oprimido, Paulo Freire).

Desde el once ése, la fecha fatídica, el fascismo avanza imparable. Se amortigua sus consecuencias con representaciones en los medios de comunicación de masas que se ejecutan a base de golpes de efecto, buscando subir los índices de audiencia, no tanto de los propios medios de comunicación de masas como los de los políticos que gobiernan.

El último, el más logrado golpe de efecto desde el once ése, es la detención del ex presidente iraquí, Sadam Husein, en paradero desconocido desde la invasión de Irak, pese a su captura. Presidente, por no decir dictador y equipararlo a reyes como Mohamed VI, por ejemplo, que se burla de todas las resoluciones aprobadas por la ONU para celebrar un referéndum libre y que el pueblo saharaui pueda ejercer su derecho a la autodeterminación, como hizo su padre Hasan II , que se definía como hermano de Juan Carlos I, Rey de España (una y sólo una, según Rajoy, el garante de la unidad de destino en lo universal).

O para no igualar a Husein con cualquier primer ministro israelí, que gobierna un Estado que incumple sistemáticamente todas las resoluciones de la ONU desde 1967 sin que la ‘comunidad internacional’ haga algo útil por remediarlo. (Israel es el único Estado que aglutina un pueblo que mantiene una relación directa con dios, con su dios, al margen de la historia. Polacos, norteamericanos, falashas etíopes, franceses, chilenos, argentinos, etc., unidos por una religión, por una relación dialéctica con dios, no con la historia. El Estado de Israel, creado artificialmente, es prácticamente el único Estado del mundo, excepto el mini-Estado del Vaticano, creado sobre bases estrictamente religiosas. Por no haber, no hay ningún Estado musulmán que represente a todos los musulmanes del mundo. Es integrismo sionista, el integrismo religioso del pueblo elegido. (La muerte de millones de judíos durante el nazismo, mediante operaciones sistemáticas desarrolladas con la complicidad de las potencias occidentales y del propio movimiento sionista, culminó el plan preparado en el primer decenio del siglo XX, cuando ya se había decidido dónde se ubicaría el Estado artificial de Israel, un Estado en guerra permanente, dentro y fuera de sus fronteras).

Golpes de efecto, cuando hay problemas de opinión pública. Antes de despertarnos un domingo con la detención de Sadam Husein, los periódicos publicaban, a diario, las diferencias entre Estados Unidos y el resto de países occidentales europeos, en especial Francia y Alemania, respecto a las adjudicaciones directas de multimillonarios contratos en Irak. Desde que se detuvo a Sadam Husein no se ha vuelto a hablar del asunto.

En medio de toda esta opacidad informativa nos han dicho, incluso, que la multinacional española Real Madrid SAD ha firmado un contrato con los ocupantes para abrir una Escuela de Fútbol en Bagdad. El sábado 3 de enero de 2003, CNN + informó de la donación de unos 200 equipajes de fútbol, más botas y balones, para los niños iraquíes. En una mala copia de ‘Evasión o victoria’, el general español Fulgencio Coll se situó con una silla, gafas de sol y sombrero de campaña, en un lateral de un maltrecho campo de fútbol, donde niños iraquíes, jóvenes supervivientes, olvidaban las penurias a las que se han visto sometidos en los últimos días, meses y años y se divertían dando patadas al balón durante unos minutos. Después, el caramelo se les retiraría y volverían a la cruda realidad.

Poco después de la puesta en escena de la detención de Sadam Husein, George W. Bush apareció en una entrevista televisada en la que dijo, entre otras cosas: “Ya veremos que castigo sufre, pero creo que debe recibir la máxima pena por lo que ha hecho a su pueblo”. Ahora, Bush considera que la detención de Sadam Husein y la reactivación económica de Estados Unidos son sus logros para resultar reelegido.

Golpes de efecto, cuando hay que tener en cierta tensión a la opinión pública, esa gran abstracción. Para este segundo caso, nada mejor que una filtración acerca de la preparación de un atentado terrorista, con declaraciones de alerta roja, amarilla o verde, o los recurrentes vídeos donde aparece Osama Ben Laden, que actúan como recordatorio permanente del once ése, provocan miedo entre la población y justifican el terrorismo de Estado como esencia de la política antiterrorista que practican las potencias ocupantes de Irak o que apoyan la invasión.

Bush ‘ganó’ las elecciones en Estados Unidos con un fraude en Florida, donde campa a sus anchas la mafia cubana anticastrista, en plena recesión económica, con una tendencia a no aumentar el gasto militar.

Ben Laden es un producto americano como Lee Harvey Oswald. Como cita Eduardo Galeano en ‘Patas arriba. La escuela del mundo al revés’, Osama fue presentado en sociedad en 1998, cuando se le atribuyeron los atentados en las embajadas de Estados Unidos en Kenya y Tanzania, lo que provocó bombardeos indiscriminados en Sudán por orden del demócrata Clinton.

La invasión de Afganistán, y la posterior de Irak, ha favorecido la recuperación de la economía de Estados Unidos y la ‘guerra contra los talibanes’ no se hubiera podido desatar si antes no nos hubieran presentado en sociedad a Osama Ben Laden, si no hubieran fabricado otro enemigo, el terrorismo islámico, mucho más difícil de mantener en tensión que todo un bloque ‘comunista’. De la guerra fría a la guerra total y permanente. Los atentados en las embajadas no fueron suficiente motivo para iniciar la invasión. Sin Osama Ben Laden habría que inventar otro enemigo; sin ETA, en España se hablaría de los problemas reales de las personas en todo el Estado plurinacional, no del manido ‘tema vasco’ (si todas las fuerzas políticas vascas se desmarcaran de ETA, definitivamente, el Gobierno español no podría utilizar electoralmente el terrorismo).

Al igual que sucedió con el asesinato de J.F. Kennedy, cuando a las pocas horas del suceso en todos los medios circulaba ya el historial de Lee Harvey Oswald, poco después de la caída de las torres gemelas circulaba por todas las redacciones el historial de Ben Laden. En todas las televisiones del mundo se emitió el mismo vídeo: Ben Laden disparando en un desierto, Ben Laden caminando como las cabras, encapuchados haciendo ejercicios militares, dos barbudos con turbante en una moto de 50 centímetros cúbicos disparando con un bazooka... Sin ninguna prueba, teníamos culpables, en el caso de Kennedy y del once ése. Y cuando las había, eran patéticas: por ejemplo, se localizó un manual de instrucción de vuelo, en árabe, junto a un ejemplar del Corán, en un coche aparcado por fuera de uno de los aeropuertos desde donde partió uno de los vuelos que se estrelló.

Si acaban de colocar una nave en Marte, a millones de kilómetros de distancia, sin tripulación, sólo guiada por satélite, ¿cómo no podrían hacer que un avión se estrellara donde se decidiera, por telecontrol?

Lo cierto es que hubo intercambio de información privilegiada acerca de las acciones de compañías aéreas en la Bolsa de Wall Street antes del 11 de septiembre de 2001, y que, tras el once ése, el Congreso de Estados Unidos aprobó ayudas directas por valor de 24.000 millones de dólares para las compañías aéreas. Ayudas ligadas a una congelación salarial, más 3.000 millones de dólares adicionales para medidas de seguridad, etc., para compañías como Delta Air Lines, que despidió a 13.000 trabajadores un mes después del once ése, o American Airlines, que hizo lo propio con 20.000 trabajadores. En este caso, el contrato se les adjudicó antes de ninguna invasión. Qué gran

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