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O P I N I O N

3 de febrero de 2004

El triunfo del mercader

Carlos Paris
La Razón


Relegadas o enterradas por el paso del tiempo las anteriores versiones de la derecha, las aristocráticas, centradas en la herencia de sangre, así como las fascistas, el poderío económico, base de la derecha capitalista, se ha levantado a la gran categoría que organiza la arquitectónica de nuestra sociedad. Y determina su estructura, tanto en el interior de las diversas comunidades, con su división en clases, como en las relaciones internacionales. Es más, este poderío ha adquirido tal extremo que no sólo establece las relaciones de dominación entre individuos y grupos, sino que tiende a absorber la realidad entera, situándola en el escenario económico como ámbito privilegiado de sentido. Fuera de él quedan las ruinas de un mundo acabado o las ilusiones de una más alta realización humana. La importancia de esta transformación es inmensa; representa toda una transmutación de los valores que orientan la existencia social. El trabajo, la obra de arte, los descubrimientos científicos, la personalidad y el cuerpo humanos se convierten en mercancía. En objeto de compraventa. Y los valores socialmente exaltados son los que adaptan al sujeto para lograr éxito en este escenario.

Si, ciertamente, la violencia ha dominado la historia humana, prosiguiendo el reino de lo zoológico, ahora es vertida en odres nuevos. La eminencia en el ejercicio de la violencia, en sus formas más biológicas, la valentía y la fuerza, venía dictaminado en larga historia la condición del ser considerado superior y su derecho a ejercer el poder. En la dialéctica hegeliana del señor y del esclavo, lo que define al señor es precisamente su capacidad de afrontar la muerte, anteponiendo la libertad a la mera vida física, mientras que al esclavo le caracteriza precisamente el temor a la muerte y, por ello, su vida sólo adquiere sentido en la figura de su señor, que le ha conservado la existencia.

La moral heroica y la extensión social de la misma despreciaba al mercader, aunque se valía de sus servicios, y los moralistas escolásticos condenaban el interés de los préstamos. Recordemos la figura del mercader en Shakespeare y en Cervantes. O las diatribas de los fascistas contra los burgueses. Aunque cabe ciertamente la figura del caballero desprendido y austero, encomiada por Don Quijote, normalmente la moral guerrera no excluye el afán de riqueza y éste actúa como impulso junto al valor de la acción por sí misma. Pero la riqueza es vista como producto de la fuerza más que del negocio. Es el botín y el lujo a que el ser superior por sus dotes bélicas tiene derecho. Y es la explotación a que los fuertes someten a los débiles, colonizando y esclavizando a los pueblos conquistados o aprovechándose del desvalimiento del siervo en la sociedad feudal. Y despreciando el trabajo como cometido de las clases inferiores y de las mujeres en la sociedad patriarcal.

Pero el campo de batalla es sustituido en el mundo triunfante del capitalismo por el mercado como lugar en que se juega el poderío, el triunfo o la derrota. Y desde él se transforma incluso lenguaje. Nada más significativo que la evolución del mismo término de «empresa». Originariamente designaba el empeño bélico o la aventura exploradora, la hazaña, y era un símbolo heráldico, parte del escudo. ¿Quién, hoy día, al oír este término piensa en tales significados?

Verdad es que, especialmente en sus primeras fases, el capitalismo trató de reproducir a los valores y el lenguaje heroicos. El empresario se jacta de asumir el riesgo, se presenta como un osado emprendedor, lucha con sus rivales en un combate, ciertamente bastante feroz. En la nueva palestra es un benefactor que crea puestos de trabajo. Pero el riesgo no significa perder la vida, sino a lo sumo afrontar la quiebra, que, por otra parte, remediará el Estado, a cuenta del contribuyente. Y las virtudes serán la astucia, la «metis» del primer burgués, Odiseo, según Adorno y Horkheimer. A ella se añade en la iniciación del capitalismo el espíritu de trabajo productivo, hoy sustituido por la especulación, pero esta evolución es una historia, estimado lector, que motivará un posterior artículo.

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