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O P I N I O N

4 de febrero de 2004

La dictadura capitalista

Carlos París
La Razón Digital



Al mismo tiempo que se condenan las dictaduras políticas, en el discurso que cotidianamente nos bombardea, se oculta la más poderosa dictadura actualmente existente: la representada por el capitalismo a través de las grandes empresas multinacionales y los organismos que dirigen, con arreglo a los intereses de tales empresas, la economía planetaria. Pensemos, así, dentro de nuestro ámbito más próximo, en el hecho, muy poco comentado y criticado, de que, mientras se discute pomposamente el proyecto de Constitución para la Unión Europea, como gran realización, por encima de todo proceso democrático y prohibiéndose cualquier influencia gubernamental, se levanta desde Maastricht la soberanía del Banco Central Europeo, cual poder indiscutible.

Una visión superficial, atenida a las exhibiciones de potencia bélica que, desde la guerra del Golfo hasta la de Iraq, se complacen en realizar periódicamente los EE UU y su instrumento la OTAN, podría creer que es el poder militar el que dirige el planeta, continuando los tiempos guerreros. Aunque actualmente tal potencia se cifra mucho más en la tecnología que en la preparación de unas tropas que, entre suicidios, deserciones y acciones provocadas por el pánico, vemos desfallecer en Iraq. Pero los ejércitos, salvo en los hoy en día excepcionales regímenes militaristas, dependen oficialmente del poder civil. Y, en cuanto éste no es supremo, a través de él, no constituyen sino el brazo armado de los intereses capitalistas, mostrándose a veces más partidarios los políticos y dirigentes de la economía del uso y abuso de la violencia que los mismos militares, Y es un brazo que, además, sólo actúa esporádicamente, en ocasiones límite, mientras que la coacción económica representa una presión constante controlando toda la política mundial y finalmente la vida cotidiana de la ciudadanía. Según acabo de apuntar, en cuanto el poder civil dirige el militar caeríamos en otro grave error, basado esta vez en la ilusión de la democracia, auspiciada por el discurso oficial, si pensamos que son los políticos, elegidos en los comicios, quienes dirigen el destino de la sociedad. Pero la realidad es que el poder económico presiona los procesos electorales y los desvirtúa. En primer lugar, interiormente, en la medida en que tales procesos están condicionados por la capacidad de gasto de los partidos y, sobre todo, externamente, amenazando con la retirada de ayudas y el estrangulamiento, si se anuncia la posibilidad de que candidaturas rebeldes, propiciadoras de una distribución más justa de la riqueza, basadas en el interés de las clases empobrecidas, accedan al Gobierno. Por esta vía se llega a la situación que he oído denunciar muchas veces a José Saramago, en que los gobiernos se convierten en meros delegados de los poderes económicos internacionales.

Ciertamente, la dictadura del capitalismo actual es una dictadura hábil, astutamente enmascarada. No en balde es la astucia, como comentaba en mi anterior artículo, la virtud política propia del mercader. En lugar de ejercer el poder directamente, mediante coacciones visibles y, por ello mismo, fácil y escandalosamente denunciables, como en las dictaduras políticas, se oculta tras el escenario y mueve los hilos de las marionetas. Son éstas los partidos políticos, que no se atreven en su inmensa mayoría a anunciar programas y propósitos de acción que cuestionen el orden de los poderosos, Y, al mismo tiempo, el aparato cultura troquela las mentalidades, convertido en «industria de la conciencia». Empezando por la mera información. Es expresiva, en este sentido, la consigna de ocultar los féretros que llegan desde Iraq y el hostigamiento hasta el crimen de los periodistas independientes. Y, más allá de la información, el control de los medios de comunicación de masas, en manos sólo de los económicamente poderosos, induce en los mismos programas de ocio las imágenes del amigo y el enemigo y los valores y modelos de conducta que forman una ciudadanía inconsciente de su falta de libertad. La dictadura del capitalismo se disfraza, así, de algo que no deja de invocar y prostituir al mismo tiempo: la democracia.

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