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O P I N I Ó N

4 de febrero del 2004

España, sus moriscos y nosotros

Maria Poumier
Rebelión

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

En un contexto de tensiones entre las comunidades, hay quien trata de revivir la imagen de una España feroz, que no solamente expulsó a los judíos en 1492, sino también a sus musulmanes en 1609. España como un bastión de un nacionalismo y de una iglesia católica aliados para proyectar una imagen repulsiva, hecha de intolerancia, de una hosquedad delirante, de altivez colonialista, dentro y fuera de sus fronteras: en suma una maqueta del lepenismo más obsoleto, que se encuentra, gracias a ese espejo, aún más estigmatizada por su arraigo en el arcaísmo. Pero la política de conversión forzada de los judíos fue adoptada por la mayoría de ellos, y los nuevos conversos siguieron siendo muy influyentes en los círculos dirigentes, llegando hasta ser particularmente activos dentro de la propia Inquisición. Se estima que 200.000 judíos prefirieron la expulsión a la conversión; esa cifra sólo tiene sentido al considerarla en relación con el conjunto de la población de España, de la que los judíos no constituían más de un 3,3%, y en relación con los que aceptaron el bautismo, 400.000.

La persecución de los moriscos comenzó mucho más tarde, y presenta características muy diferentes. Señalemos para comenzar que es un episodio mucho menos conocido que el precedente. Por lo visto, los conservadores de la memoria morisca han sido perezosos, y los que reprimieron sus levantamientos y después los deportaron de una región a otra de España, para terminar por enviarlos a los enclaves cristianos de África del Norte no se explayaron en sus razones para haberlo hecho. Las principales fuente que explotan los investigadores desde los años 80 son los archivos de la Inquisición, y esta no se interesó por los moriscos antes de 1530, o sea cuarenta años después de la toma de Granada, la última ciudad mora. Resulta que los acusados se atrevían a retar a la temible institución, conseguían la protección de sus amos cristianos, o apelaban ante el rey, el Papa, y otros tribunales. Y el número de condenas a muerte con gran pompa (un 2,5% de los condenados moriscos) fue incluso inferior al de los judaizantes, ya que la Inquisición trataba ante todo de ejercer una acción pedagógica, favoreciendo las conversiones por la clemencia para todos los que abjuraba; practicaba la ceremonia de la hoguera por su valor como ejemplo aterrador, y esto sobre todo a título de intimidación para los cristianos, que pudieran dejarse tentar por todo tipo de herejías. A la Inquisición se le odiaba principalmente por su tendencia a confiscar bienes ajenos con el menor pretexto. No hubo, por lo tanto, ninguna política de exterminio propiamente dicha.

En realidad, la eliminación progresiva de las especificidades judías y árabes en el paisaje español corresponde a un cambio de paradigma y de escala en el control político. En la Edad Media, los soberanos se esforzaban por extender su soberanía a territorios que llamamos ahora provincias, y entre victorias militares y alianzas bien negociadas, los monarcas que unificaban paulatinamente España bajo la bandera del cristianismo firmaron durante tres siglos tratados de paz con ciudades moras a las que sometían garantizando el respeto a las costumbres y a las creencias, según la concepción medieval, y el derecho a emigrar sin confiscación de bienes. Incluso después de la caída de Granada en 1492, se otorgó toda clase de garantías a los habitantes, en cuanto se sometiesen a los impuestos. Después, toda nueva medida fue negociada, y dio lugar a actas denominadas "concordias", que frecuentemente eran más bien extorsiones; ¿acaso se ha visto alguna vez un Estado que no procure sacarle el jugo a sus pobres?

El proyecto era, como en América, forzar al bautismo a las poblaciones que no hablaban español, por lo menos en el último bastión que era Granada, mediante una catequesis adecuada, protegiéndolas por lo menos por una generación de la Inquisición, continuando el trabajo de evangelización emprendido desde el siglo XIX. Ese trabajo produjo frutos extraordinarios. Por una parte, la doctrina del taqiyya prohíbe a los musulmanes que pongan su vida en peligro por sus convicciones, en un país no-musulmán. Todos los acomodos a los usos, costumbres o medidas autoritarias fueron por lo tanto estimulados por la religión: la cristianización, lógicamente, en un país mayoritariamente cristiano, fue masiva. Se reconocía descendientes de musulmanes por su espíritu crítico, su forma relajada de observar los ritos cristianos: eran librepensadores, irónicos, incluso libertinos. Introdujeron por lo tanto algo de saludable pimienta en el cristianismo obsesionado por sus dogmas difíciles de aceptar para los racionalistas normales, como por ejemplo la virginidad de María y el misterio de la Trinidad, que contradicen escandalosamente a la biología y a la aritmética, aun en tierras de largo cristianas. Pero más allá de eso, se desarrolló todo un sincretismo fecundo: el cristianismo occidental produjo sus mejores argumentos teológicos gracias a la infusión del racionalismo árabe, en la obra del mallorquín Raimund Lull en el siglo XIII, y por la herencia del sufismo andaluz, su más importante místico del siglo XVI, San Juan de la Cruz. En el ámbito de la gente corriente, recordemos que la lengua española está repleta de palabras árabes, incluso en el dominio religioso, hasta el punto que no se puede prescindir de la expresión « inch Allah » que da con la fonética castellana : ¡ojalá!. ¡Ojalá nos acordásemos de la inmerecida benevolencia de Alá con nosotros cada vez que se cumple alguno de nuestros deseos!

Moros en la costa

En realidad, el cardenal Cisneros, arzobispo de Toledo y confesor de la reina, dispuso medidas autoritarias, que abarcaban la prohibición de los trajes tradicionales, y dolorosas disposiciones fiscales. Éstas provocaron resistencias y levantamientos: en Granada en 1501, en las montañas de la Alpujarra y en Ronda en 1568. En Aragón, los moriscos resisten exitosamente y obtienen el abandono de la conversión forzosa, mediante un tributo; igualmente en Valencia en 1510, una parte de la nobleza los apoya. ¿Se puede hablar de choque de civilizaciones en esos enfrentamientos? Esos musulmanes convencidos sabían sin duda que eran herederos de una cultura a la que Occidente le debía todo: el álgebra, la astronomía, la geografía, importaciones tecnológicas de Extremo Oriente, la transmisión de la herencia griega, las ciencias humanas, la traductología, la teología y la filosofía. Su orgullo era perfectamente legítimo. Sólo la política exterior explica la agravación de la represión. En efecto, los turcos, dirigidos por Solimán el Magnífico, amenazaban todo el perímetro mediterráneo, y los piratas de Berbería atacaban constantemente la costa para alimentar los mercados orientales con esclavos cristianos. De ahí las expresión "moros en la costa". ¡Pero los turcos son aliados de los franceses, concretamente de los bearneses, en las fronteras, y el peligroso bearnés, Enrique IV, es protestante! Los protestantes, como se sabe, se aliaron con los judíos en toda Europa del norte, y España pretendió al mismo tiempo hacer reinar su ley sobre los Países Bajos. En breve, los moriscos recalcitrantes constituyen, por definición, en un tal contexto, una quinta columna. Las tensiones se agudizan después de la victoria cristiana de Lepanto, en 1571.

¿Hubo un antisemitismo vehemente, comparable al que agobia a los judíos? Estos últimos eran despreciados en tanto identificados a la casta de los usureros y de los perceptores de impuestos del rey, dicho de otra manera, una gran parte del sector financiero; la Iglesia era el otro gran banquero y predador; los moriscos no llegaron jamás a una posición de poder tan consistente. La conversión aseguraba la promoción: a menudo eran grandes comerciantes, grandes propietarios y grandes viajeros que mantenían relaciones con el Magreb y con el Oriente. También formaban la pululante y famélica mano de obra rural: tenían muchos más hijos que los cristianos, y no favorecían el celibato mediante la institución de conventos. Al empobrecerse España, recrudeció la competencia entre los desdichados. Se decía que eran ladrones, y que sus mujeres eran engatusadoras, incluso irresistibles. Además se les reprochaba, como a los judíos, una fuerte solidaridad familiar y clanica, hipocresía, doble lealtad, sus contactos con los judíos, y la práctica secreta de sus ritos, además de las prácticas cristianas. La práctica del Ramadán exasperaba prodigiosamente. En breve, como en la actualidad en ciertos medios, los musulmanes eran literalmente las "cabezas de turco" de los cristianos. Se reconocen en este caso fricciones entre las comunidades como las que se producen hasta en nuestros días. Pero los historiadores no han terminado su trabajo; faltan datos para evaluar la dimensión de las eventuales conspiraciones contra la monarquía, aunque según toda la evidencia, un gran opositor aragonés a Felipe II como Antonio Pérez contó con tropas moriscas; algunos esperaban verdaderamente a un liberador que vendría de Turquía; ¿había además movimientos recientes de inmigración que reforzaban el carácter extranjero, incluso delincuente de ciertas comunidades? A pesar de todo, es cierto que hubo un ministro que propuso la castración masiva, lo que finalmente no fue puesto en práctica. Recordemos que ese tipo de idea sigue siendo muy frecuente en nuestra época, ya que el químico inventor de la píldora contraceptiva en los años 60 no tenía otro objetivo que reducir la natalidad del Tercer Mundo, y que, ante la mala pasada que le jugaron las mujeres del Primer y del Segundo Mundo, se reconvirtió a la investigación hacia la contracepción masculina, con el apoyo de los militares de ciertos países como Estados Unidos, la África del Sur anterior a Nelson Mandela, y, por cierto, Israel, todos muy sofisticados en el desarrollo de armas biológicas, incluso genéticas.

En 1609, se realizó pues la expulsión de los no conversos, y afectó a unas 275.000 personas. Pero su sentido era complejo; en efecto, el Gran Turco la deseaba vivamente, ¡y amenazaba con quemar (vivos) a todos sus cautivos cristianos si no se le restituían a los que consideraba como sus súbditos! Y España no tenía ninguna intención de satisfacerlo, rehusó durante mucho tiempo antes de emprender la expulsión; las deportaciones se hicieron exclusivamente entre provincias españolas y fueron destinadas a los presidios de Ceuta y Melilla porque los otros territorios cristianos no querían aceptar a los deportados. A los amenazados de expulsión les convenía aparecer como inmigrantes recientes, en absoluto cristianizados; así escapaban a las persecuciones de la Inquisición, reservadas a los cristianos dudosos. Pero, cuando no desaparecían en Túnez, donde eran bien recibidos, en Marruecos (andaluces, castellanos y extremeños), o en Argelia (valencianos)... ¡ volvían!

Cabezas de turco

La desislamización de España terminó siendo relativa, y la literatura cultivó enseguida la nostalgia de la Edad Media como una época en la que, gracias a los árabes, reinaban la tolerancia, el refinamiento y el erotismo, temas que retomó mucho más tarde el romanticismo francés. La poesía popular desarrolló el tema sentimental y desgarrador de los reyes moros vencidos, del pasado esplendor de Granada. Se llamaba "paraíso de Mahoma" a las islas de América donde la gente andaba desnuda, se lavaban a cada rato, y practicaban sin ocultarse la poligamia y la sodomía, sin hablar del incesto, ya que el matrimonio entre primos es recomendado por los mahometanos. Al Islam de España, por lo visto, le era extraño el rigorismo, y no parece haber sido acusado de intolerancia: cada comunidad lo era por igual. No puede sorprender que más tarde toda Andalucía haya reivindicado la delicadeza mora, y el papel de mediadora entre los dos continentes unidos por el Mediterráneo.

El asunto del velo en las escuelas francesas recuerda a algunos esta época: pero las analogías son totalmente artificiales; en la Francia de hoy, la ley que se impone bruscamente, en un santiamén, se apoya en tensiones inevitables sobre un fondo de miseria en los suburbios, es explosiva en estructuras escolares empobrecidas; la opinión ha sido caldeada para producir un sobresalto comunitario generalizado; pero no se trata de un cristianismo dinámico que trata de integrar a sus extranjeros por las buenas o por las malas, es una sociedad debilitada por el consumismo y la división entre laicos y católicos que está dispuesta a caer en la trampa que se le tiende, a reforzar las divisiones entre franceses de diverso origen ; y es el sector político al que le urge la alianza con EE.UU. el que impulsa la identificación de los franceses musulmanes con un mundo árabe del que pretenden que está dedicado al terrorismo y a proyectos agresivos contra Europa. Pero el Islam de Occidente, el de los franceses, es una fuerza espiritual capaz de volver a dar sentido a la personalidad colectiva francesa, porque (gracias al 'teléfono árabe', es decir a la comunicación de oídas) escapa al lenguaje totalitario.

Los intelectuales franceses enfurecidos por este fenómeno, vehementes a favor de la prohibición del velo pero no del string en la escuela están sobre todo preocupados de encerrar la palabra popular que ridiculiza la suya y quisieran estigmatizar la expresión clara de un sentimiento vivido: si las jóvenes quieren llevar un velo en la escuela, es porque, entre otras cosas, se niegan a asociarse a la escalada sexual que corrompe a buena parte de la juventud, para la mayor felicidad de los mercaderes del sexo protegidos por la ley del mercado. Es lo que siempre ha significado el velo, también en la cultura cristiana así como en la judía, y es lo que molesta tanto a los que quisieran una juventud totalmente descerebrada que esté a la merced de la publicidad. "¡Mentira, gritan los nuevos inquisidores! Ustedes no han comprendido nada: es porque son manipuladas por antisemitas totalmente negacionistas". Se lanzan contra las muchachas porque no logran acorralar a los otros, ¡tanto peor para ellas! Pero por más que quieran ahogar nuestro dolor por Palestina, vuelve por la ventana, amplificado.

La islamofobia de la extrema derecha está sobrepasada por los manipuladores del gobierno y por los despreciables repetidores que encuentran en la prensa. En lugar de pacificar una sociedad en la que la crisis social se agrega al malestar general ante las colosales mentiras que Estados Unidos quisiera hacernos tragar, y una política exterior francesa poco coherente, excitan las diferencias entre comunidades a fin de reforzar las tendencias a la segregación social. Al identificar un enemigo interior para hostigarlo cada vez más, bajo el pretexto del velo, o del keffieh en una etapa posterior, el gobierno se pondría objetivamente a la merced de los que desean que Francia sea debilitada políticamente, para que Estados Unidos haga la ley, insidiosamente mediante el control de los medios, puntualmente mediante la amenaza de represalias comerciales, jurídicas, y militares si fuera necesario. La proposición de instaurar como fiestas feriadas para todos los alumnos de todas las escuelas fechas significativas para las tres religiones mayoritarias llevaría, al contrario, a un ecumenismo saludable; ¿ por qué no agregar un cuarto día para las otras religiones, y un quinto para agnósticos y ateos? Así, los períodos actuales de vacaciones podrían no ser alargados abusivamente, sino sacralizados de una manera pedagógica, a favor del respeto a cada cual y del estrechamiento de los vínculos.

Como siempre, a la investigación histórica la aguijonean los objetivos ideológicos. Es importante revelar hechos ignorados por el gran público, que pueden conllevar instrumentos útiles para la resistencia a la intoxicación por las ideas heredadas, simplificadas al extremo, que incorporan una parte ínfima de conocimientos, pero que, sin embargo, por su propia masividad, se hacen pasar por evidencias, y obstaculizan la percepción de peligros que deberían saltar a los ojos. Hubo en las relaciones entre musulmanes y cristianos de España, episodios crueles e injustos. El hijo bastardo del rey, don Juan de Austria, el vencedor de Lepanto, el que aplastó la revuelta de los granadinos dejó un recuerdo sangriento. En nuestros días, en la provincia de Málaga, se ha hecho condenar al imán Kamal Mostafa a quince meses de prisión (probablemente con remisión condicional) y a una multa de 2.160 euros porque recomienda en un libro (retirado de la venta) castigos corporales suaves y moderados para las esposas intratables. Algunos seguramente procuran suscitar indignación de ambos lados, lapidaciones verbales en los dos sentidos. Pero sería una nueva trampa si se reviviera un odio morisco retrospectivo, para debilitar aún más a los europeos generosos, partidarios o no de una reglamentación de la vestimenta, partidarios o no del divorcio moderno y monetarizado como único método para abolir la miseria conyugal. Una sociedad que no honra el pudor y la familia decidida a durar como tal, es una sociedad muerta. Las fuerzas vivas no permitirán que se desvíe su indignación contra sus gobiernos mediante trapos colorados. No al muro entre árabes y galos.

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