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O P I N I Ó N

9 de febrero del 2004

Los colores secretos del Imperio

Eliades Acosta
CubaDebate

El uso de soldados extranjeros, al servicio de los imperios, es una práctica que se pierde en la noche de los tiempos. Frecuentemente, dichos guerreros se empleaban para quebrar la resistencia de sus propios compatriotas. Su reclutamiento obedecía a una bien meditada política imperial, no sólo para dividir, sino también para desmoralizar al enemigo.

Los emperadores romanos, César el primero entre ellos por su fino olfato político, prodigaban amplios favores a aquellas poblaciones conquistadas que aportaban tropas al ejército y que acataban el yugo de los invasores. Más que defender una causa, las tropas mercenarias defendían prebendas y sobornos, lo cual las hacía poco confiables. Debe recordarse: "Roma paga a los traidores, pero los desprecia."

Soldados indios usaron en México los encomenderos españoles para impedir la entrada a Ciudad Real de Chiapas a Fray Bartolomé de Las Casas.

"- …Pues por eso, hijos míos, os tengo de defender más,- pone Martí en boca del Padre Las Casas- porque os tienen tan martirizados que no tenéis ya valor ni para agradecer…"

Los ingleses, en sus campañas de conquista en la India, usaron a los cipayos, tropas mercenarias nativas de caballería, para quebrar la resistencia de los patriotas. Los mayores reveses militares de Bolívar, durante su campaña venezolana, se debieron al avance arrollador de las tropas realistas del asturiano José Tomás Rodríguez Boves, un criminal jefe de grupos de caballería formados por negros, indios y mestizos de Coro y otras regiones, opuestos al plan liberador.

La existencia de cubanos peleando al servicio de España, intrigó a Martí, en 1895, sobre todo al conocer que en un encuentro con unas escuadras de "Indios de Yateras", bajo el mando del Teniente español de Voluntarios Pedro Garrido, había muerto el gallardo General Flor Crombet. Al interrogar sobre estas tropas a Gómez recibió la siguiente respuesta, como consta en su "Diario de Campaña", el 23 de abril:

- "…Pero, ¿por qué pelean contra los cubanos esos cubanos?-pregunta Martí, y comenta- Ya veo que no es por opinión o cariño imposible a España."

- "Pelean esos puercos, pelean así- responde Gómez- por el peso que les pagan, un peso al día menos el rancho que les quitan. Son los vecinos malos de los caseríos, o los que tienen un delito que pagar a la justicia, o los vagabundos que no quieren trabajar, y unos cuantos indios de Baitiquirí y de Caujerí."

Los mambises eran extremadamente severos con los traidores que caían en sus manos. En ellos no gastaban las siempre escasas municiones, bastando, para el castigo ejemplar, las ramas de las guásimas del campo, o el filo del machete libertario.

La Guerra Hispano- Cubano- Americana de 1898 fue la primera guerra donde el imperio norteamericano utilizó masivamente, fuera de sus fronteras a numerosos soldados pertenecientes a las minorías raciales. Y no sólo a los 3 mil soldados negros de los cuatro regimientos regulares con que contaba, sino también indios del Oeste, mexicanos, y otros. No fueron mejor tratados al regresar con condecoraciones y ascensos logrados en los campos de batalla.

En mayo del 2002, el 8.7% del total de los efectivos de las fuerzas armadas norteamericanas era de origen latino, mientras que el 2% estaba conformado por extranjeros con residencia legal. Si se suman los efectivos representantes de otras minorías étnicas, como por ejemplo, los afronorteamericanos, utilizados también como punta de lanza en las primeras oleadas de ataques contra Afganistán e Irak tendremos una presencia desproporcionada, en los sitios de riesgo, con respecto a la composición general de la población de ese país. En el caso de Afganistán, fue evidente el uso, como carne de cañón, de las tribus de la Coalición del Norte, enemigos tradicionales de los talibanes; y en el caso iraquí, de kurdos y miembros de otras etnias y confesiones religiosas.

No deben perderse de vista tampoco los contingentes de tropas "internacionales", que bajo el mando estratégico de oficiales norteamericanos participaron en la guerra contra el pueblo de Irak, ni las campañas públicas para otorgar residencia a latinoamericanos en los Estados Unidos a cambio de su enrolamiento en el ejército. Es así como jóvenes humildes de Santo Domingo, México o El Salvador eluden la muerte en las rutas clandestinas de la emigración a la Tierra de Promisión del Norte, para encontrarla en Fallujah o Tikrit, a manos de la resistencia iraquí, formada por hombres tan jóvenes y tan humildes como ellos.

Pero el Imperio no sólo utiliza mercenarios en los campos de batalla para dividir y desmoralizar a sus oponentes. En los últimos tiempos, cada vez con mayor frecuencia, se envían emisarios diplomáticos de razas oscuras a los oscuros rincones del Planeta donde peligran sus intereses geoestratégicos y a las foros internacionales, donde se desafía el poder omnímodo de los Césares.

Sonrientes funcionarios de razas inciertas, de nombres exóticos, verdaderas caricaturas postmodernas de los lictores romanos, van de un lado a otro de los dilatados dominios imperiales, regañando, amenazando, o premiando, según la mayor o menor disposición a la entrega incondicional de los países al Nuevo Orden.

El 4 de noviembre pasado, quienes presenciamos en directo la transmisión televisiva del debate y votación del tema de bloqueo a Cuba, desde la sede de la ONU, recibimos una clase magistral del desprecio que siente el Imperio por los serviles escuderos que envía al frente diplomático, como carne de cañón.

Una votación como la que entonces se produjo, que terminó con 179 votos contra 3, a favor de Cuba, antecedida por un debate donde 21 oradores de todos los continentes se pronunciaron de la misma forma, con la excepción del orador estadounidense, no debió ser una perspectiva de trabajo muy codiciada por los delegados imperiales. La ingrata tarea sucia se reservó, siguiendo la mejor tradición romana, a los bárbaros conversos.

La patética figurilla de un tal Sichan Siv, el orador que, a nombre de los Estados Unidos fue allí para ser vapuleado por la comunidad internacional, será largamente recordada, por sus groseras palabras y ausencia total de argumentos, por el mal gusto de su corbata de lacito, y también por el tono de su discurso, el de los esclavos felices que resisten cualquier trago amargo, con tal de ser recompensados.

¿De dónde procede este falderillo del Imperio, demoledoramente desmentido quince veces por el canciller cubano delante de todos los representantes del universo?

¿Cuál puede ser el historial pantanoso que le valió el "honor" de presentar su lomo a la paliza del mundo, para preservar el blanco revés de sus amos?

"Hasta la vista, baby"

En efecto, no se trata de una cita de Montesquieu o Rousseau, tampoco de los Padres Fundadores de la nación norteamericana, mucho menos de Gandhi o Martín Luther King.

Cuando los oradores de todos los continentes expresaban en la tribuna su respaldo al documento condenatorio presentado por Cuba, y reclamaban la eliminación del bloqueo genocida, los prohombres romanos abandonaron el escaño, dejando en él, ¡qué casualidad!, a dos asistentes negros de rango menor, personas a las que supongo decentes, pues a duras penas levantaron su vista del suelo mientras duró el chaparrón.

A partir de lo ocurrido, supongo que las solicitudes de empleo de jóvenes diplomáticos norteamericanos a la Secretaría de Estado incorporarán una nota más o menos similar a esta:

"Me ofrezco para cubrir vacante en sitios de riesgo de cualquier continente, incluyendo zonas de conflicto, con excepción de la Asamblea General de la ONU cuando se discuta el tema del bloqueo contra Cuba"

Y el Sr Siv, ¿será un cyborg bárbaro, el último experimento tecnológico de los patricios romanos, la solución final para los dilemas de conciencia de sus mercenarios?

Vivir para ver

* Eliades Acosta es el director de la Biblioteca Nacional José Martí, de Cuba
2004-02-06

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