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O P I N I O N

9 de febrero de 2004

Miles de revoluciones por minuto

Luis Angel Abad
La Cartelera de Levante 6-1-2004

Ahora que la memoria colectiva es una llama a punto de extinguirse viene el nuevo volkswagen Golf a recordarnos historias de manifestaciones revolucionarias. Los jóvenes somos precisamente los más expuestos al peligro de esta falta de memoria, así que deberíamos agradecer como se merece semejante atribución.

El anuncio del Golf nos muestra a un joven desaliñado sumergido inesperadamente en un recorrido vertiginoso donde se repasan protestas colectivas que van de la Revolución Francesa a Mayo del 68, para dar finalmente con sus huesos en un concesionario de Volkswagen. ¿Quiere decir la moraleja que en estos tiempos la mejor definición de una actitud crítica y contestaria todavía prestigiosa consiste en la compra y posesión de un automóvil concreto? En una operación de imagen como ésta se agolpan los problemas y las contradicciones de tal manera que cabe plantearse si los publicistas no han patinado, al presentar un producto que pretende aprovecharse de la ventaja provocada por tanta confusión ideológica. Me explico.

Ya es peliagudo que un producto cuyo fin exclusivo es la propia venta cargue con connotaciones de carácter crítico; mucho más cuando las referencias tiran explícitamente de imágenes relacionadas con la lucha de clases. En primer lugar porque al final la opción de compra configura frente a la reunión colectiva una solución exclusivamente individual, agudizada por la situación de encierro en el habitáculo del automóvil. Además, históricamente estas manifestaciones han tenido por bandera un tipo de ideología opuesta precisamente a aquella del Capital que conviene resumir cualquier tipo de valor definitorio de la persona en la posesión y acumulación de objetos materiales.

Y es que la publicidad cumple aquí una función pedagógica de carácter fundamentalmente histórico, pues la compra de un producto determinado da paso a una formulación de la memoria que nos postra a la compra como toda solución. Por lo tanto se erradica en dicha solución las ventajas del ejercicio de la memoria que venía a proponer. Es decir, se ejecuta una consumación del olvido.

Para efectuar tal violencia se suman no pocas contradicciones. El vertiginoso ejercicio de repaso histórico donde los acontecimientos se van pisando unos a otros impone de hecho una suerte de presente continuo. La Historia explota de éxito, nos libera de su tragedia en el limbo de la compra, en la paz por fin del Edén del concesionario. Pero esto es mentira, porque la coartada aparentemente libertaria de la sensibilidad posmoderna se pone al servicio de las viejas filosofías e historias de siempre. Recordemos que el lema del anuncio se resume en un “Todo cambia, el Espíritu permanece”. Si lo piensas no cabe mayor amenaza en una promesa. Máxime si lo accidental parece ser aquí toda forma concreta de afirmación y reunión colectiva, y lo sustancial la frialdad de una carrocería. Al final todo el anuncio resulta ser una trampa metafísica construida en torno a la fascinación de un fetiche: ése debe ser el “Espíritu de siempre”. No entiendo de coches pero tantas revoluciones por minuto me escaman. El nuevo Golf que se lo compre Hegel.

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