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O P I N I Ó N

10 de febrero del 2004

Antiterrorismo y libertad

Ignacio Ramonet
La Voz de Galicia

La semana pasada, en una Barcelona conmovida por el asunto Carod-Rovira, presenté con el joven escritor catalán Carles Torner el nuevo informe - Antiterrorismo, escritores y libertad de expresión - del Pen Internacional.

Antes, esta organización fundada en 1921 se llamaba Pen Club y había sido muy utilizada durante los decenios de la guerra fría como un instrumento ideológico caracterizado por su feroz anticomunismo. Pero después de 1989 y de la desaparición de la Unión Soviética, el Pen modificó su actitud y hasta cambio de nombre para hacer olvidar aquel pasado y corregir también esa impresión algo machista y elitista que podía dar a entender lo de Club . Una nueva generación de jóvenes escritores, a la que pertenece el amigo Carles Torner, emprendió en su seno la batalla de la renovación. El Pen ya no es lo que era. Ahora, con el apoyo de la Unesco, funciona como una ONG en defensa de la libertad de expresión de los escritores. De todos los escritores, cualquiera que sea el país donde se vean oprimidos, sin distinción ideológica de ninguna clase y que traten de no dejarse manipular por nadie.

Yo no soy miembro del Pen y de él había conservado el recuerdo de una organización conservadora «instrumentada por la CIA». Así que cuando me contactaron para que escribiese el postfacio a este informe, me quedé muy sorprendido. Pero hablaron conmigo, me explicaron los cambios habidos y el nuevo espíritu.

La idea de este informe, elaborado en el seno del Pen por el Comité de Escritores Encarcelados, surgió después de los odiosos atentados del 11 de septiembre del 2001. En treinta y cinco países, tanto democráticos como no democráticos, bajo el pretexto de mano dura contra el terrorismo , se tomaron medidas y hasta se adoptaron leyes que tienen como consecuencia reducir el perímetro de la libertad de expresión y de silenciar toda disconformidad.

En Estados Unidos, por ejemplo, «el Gobierno se convirtió en apologista de la censura en nombre de la seguridad nacional». La sección 215 del Patriot Act (la Ley de patriotismo ) obliga a los bibliotecarios a proporcionar a los investigadores del FBI cualquier archivo sobre los libros solicitados o los sitios consultados en Internet. Las escuchas telefónicas y el control del correo electrónico son ahora legales y generales. Así como el arresto sin cargo ni juicio de todo sospechoso. La Orquesta Sinfónica de Boston canceló una ópera de John Adams porque «era comprensiva con unos secuestradores palestinos». El periódico de Nueva York Newsday , suprimió una tira cómica, The Boondocks , por haber recordado que Bin Laden había sido amigo de Estados Unidos. El director del diario de Texas City Sun , Tom Gutting, fue despedido por haber criticado la actitud del presidente Bush en las horas que siguieron el atentado del 11 de septiembre. Por el mismo motivo, una decena de periodistas en otras ciudades fueron despedidos. La Bolsa de Nueva York retiró sin motivo los pases de prensa a dos corresponsales de Al Yazira. Y muchos profesores también fueron suspendidos por no atenerse a la versión oficial de los hechos.

Inspirándose en ese clima, la Organización de Estados Americanos (OEA), admitió el 3 de junio de 2002, que podía ser necesario adoptar «limitaciones a la libertad de expresión o al acceso a la información». Países autoritarios como Zimbabwe declararon con cinismo que Estados Unidos constituía en ese aspecto un «modelo de conducta» y que estaban «de acuerdo con el presidente Bush en que cualquier persona que de alguna manera financie, dé refugio o defienda a terroristas es también un terrorista».

Por eso, en 35 países, un gran número de autores han sufrido represalias. En estos momento hay más de mil periodistas y escritores encarcelados en el mundo. Nunca hubo tantos.

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