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O P I N I O N

11 de febrero de 2004

Capitalismo y tecnología

Carlos París
La Razón Digital




El capitalismo ha transformado nuestra percepción social del mundo, reduciendo su rica y compleja realidad a mercancía. Se ha erigido en verdadera dictadura que controla el poder político y militar de los estados y rige las relaciones internacionales. Son temas que he desarrollado en anteriores artículos. Hay que preguntarse entonces: ¿de dónde proviene este enorme poder del capitalismo? ¿Se debe a que expresa la forma más alta de organización racional de la economía y la sociedad? Tal cosa mantienen sus teóricos y defensores. Pero yo sostendría que, muy lejos de ello, la fuerza del sistema capitalista no reside en su capacidad de organizar positivamente la sociedad, sino en el modo en que, a través de él, una minoría dueña de la economía se ha apropiado de los logros de la revolución científica y técnica de la Edad Contemporánea. Al ponerlos a su servicio, ha obtenido un enorme poder y, al mismo tiempo, ha degradado un potencial capaz de elevar la vida del conjunto de la humanidad.

Surgió, en efecto, el modo de producción capitalista con una primera apropiación por parte de el sector más dinámico de las clases dominantes: la de la maquinaria creada en los talleres por la inventividad y esfuerzo de los trabajadores manuales, de los artesanos, y de los ingenieros dentro de la que Mumford ha designado como «revolución paleotécnica». La acumulación de tales recursos levantó las grandes fábricas, inaugurando la radical oposición entre propietarios de los medios de producción y proletariado. Y, apoderándose del rendimiento industrialmente incrementado del trabajo a través de la plusvalía, se crean la enorme fortunas de los capitalistas. Al par que, la aplicación de este desarrollo industrial al terreno militar permitió consolidar el reparto colonial del planeta.

Después vendrá una segunda apropiación: la de la investigación científica, que se produce en la fase «neotécnica», también según la terminología de Mumford, al hacerse el desarrollo industrial dependiente de los descubrimientos, de los nuevos horizontes abiertos por la física de los campos electromagnéticos y por la química. La ciencia planificada y financiada por los intereses capitalistas es crecientemente desplazada de su carácter de investigación desinteresada y de su posible servicio al desarrollo humano, para supeditarse al beneficio de las empresas y a la creación de nuevos armamentos, en el modelo de universidad irradiado desde la John Hopkins.

Toda esta primera, pero larga, etapa del capitalismo está guiada por el afán de productividad, no sólo cuantitativa sino capaz de lanzar productos sólidos y fiables al mercado, susceptibles de imponerse en él por su calidad. Tales ideales se rompen en el neocapitalismo de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, con la superproducción de mercancías de «usar y tirar», sostenida por el estímulo para la compra permanente. Asistimos a una nueva apropiación. Ahora, es la de las ciencias sociales y la psicología, funcionando en la tecnología de la publicidad, con el soporte que los nuevos medios de comunicación y facultan, y cultivando e una inexhausta necesidad consumista. Surge entonces la explotación no ya sólo del trabajador, sino del mismo comprador. Aunque su explotación sea ciertamente incomparable con la del trabajo, no por ello deja de ser alienante y deshumanizadora, representando en este sentido una poderosa arma de integración.

Pero si en ambas etapas el capitalismo mantenía más o menos degradado un ideal productivo, en los últimos tiempos tal productividad ha sido inmolada en el altar de la especulación y también de la corrupción más absoluta, No otra cosa representa la llamada «globalización», en cuanto, junto al tradicional esfuerzo por ampliar el mercado, ha introducido, como rasgo más típico e innovador, la facilidad y rapidez en la transferencia de los capitales financieros buscando maximizar beneficios. Y desestabilizando, así, la economía de los estados. Es la última apropiación; la de las nuevas tecnologías.

Tal es, en síntesis, la trayectoria de un sistema que, en beneficio de una minoría, ha despojado de su poder liberador a la ciencia y la tecnología modernas.

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