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O P I N I O N

18 de febrero de 2004

Evo Morales

Ignacio Ramonet
La Voz de Galicia

ME ENCUENTRO con mi amigo José Bové en el andén de la estación del Norte de París. Son las ocho y media de la noche. Hemos venido a esperar al líder indígena boliviano Evo Morales que llega de Bruselas. Algunos transeúntes se acercan a Bové para felicitarlo. Un inmigrante magrebí le pregunta cómo se puede inscribir en su movimiento . Bové le explica con amabilidad, mientras fuma su pipa cachimba, que su movimiento es un sindicato campesino -la Confederation Paysanne - y que para formar parte de él hay que ser agricultor. Decepción en la mirada del inmigrante. «Bueno, pero en todo caso votaré por usted cuando se presente para presidente de Francia». «No figura en mis proyectos», le contesta sonriendo Bové.

Se acerca otro señor, alto, delgado, muy elegante, envuelto en una capa de fieltro: «Soy abogado belga, y comparto todas sus ideas. Quería sólo darle la mano y decirle que tiene usted el apoyo de millones de personas hartas de tanta desigualdad».

José Bové es un icono de la alterglobalizacion. Reúne por lo menos dos cualidades que hacen de él una personalidad muy singular: una inteligencia aguda sobre los mecanismos más finos de la globalización, y una capacidad de acción directa y de movilización de masas. Es la prueba viva de que, en las luchas actuales contra la mundialización neoliberal, los líderes campesinos son más activos que los dirigentes obreros. Ninguno de estos últimos ha destacado en las múltiples manifestaciones de protesta organizadas desde aquella, fundadora, de Seattle en diciembre de 1999.

Evo Morales es otro ejemplo. Bové me dice que lo conoce desde hace muchos años porque era el corresponsal en Bolivia del sindicato internacional del campesinado alternativo Vía Campesina. Evo, de 47 años, es indio aymara y líder del Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia. Fue segundo, con 21% de los votos, en la elección presidencial de su país en junio del 2002, y su partido dispone de 35 escaños en el Congreso Nacional de La Paz. Él fue quien dirigió la gran sublevación popular que derrocó en octubre del 2003 al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, y se ha convertido en el dirigente principal de los indígenas de América latina que, en otros países, como Ecuador, Perú, Chile y Paraguay, también están dando la batalla política para hacerse, por la vía de las urnas, con el poder y poner fin a 500 años de explotación, discriminación y marginalización.

Llega por fin el tren. Y llega Evo, macizo, piel cobriza, pelo azabache, ojos pequeños y vivos de inteligencia. No había vuelto a verlo desde abril del año pasado en Caracas, donde participábamos en los actos de conmemoración del golpe de Estado fallido contra el presidente Hugo Chávez, el 11 de abril del 2002.

Cenamos en una célebre brasserie enfrente de la estación. Nos cuenta con todo detalle los trágicos acontecimientos de octubre pasado en Bolivia: «En dos días, los militares y la policía de Sánchez de Lozada mataron a más de 58 compañeros. A mí también trataron de asesinarme. En la plaza donde estábamos concentrados, encontraron a dos agentes de inteligencia disfrazados de civiles indígenas y uno de ellos, armado con un revólver, se estaba acercando a mí¿ Finalmente los compañeros los detectaron y desalojaron a esos agentes. Inmediatamente después llegó la represión gasificando y disparando. Tuve que pasarme a la clandestinidad».

Nos dice que sus adversarios tratan de desacreditarlo, difundiendo falsas informaciones sobre él, afirmando que vive del narcotráfico, que Chávez lo financia o que Fidel Castro lo alecciona. «No saben qué inventar contra mí. Pero la verdad es que vamos a ganar las elecciones municipales de noviembre. Llegó la hora de demostrar que no sólo sabemos protestar sino también gobernar y gobernar bien. Vamos a acabar con la mafia política y recuperar los hidrocarburos para los ciudadanos. Por eso el pueblo entero sigue movilizado en la defensa de los recursos naturales, por su recuperación y también por la recuperación de la democracia para todos los bolivianos».

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