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O P I N I Ó N 

27 de febrero del 2004

Redefiniendo libertad

Carlos Alonso
Rebelión

1. UNA PALABRA MUY GRANDE

Libertad, escribió Benedetti en boca de una niña, es "una palabra muy grande". Calamaro añadió recientemente que la libertad "la conocen los que la perdieron". Arrancando a este último verso su gran carga poética, entiendo y comparto con Calamaro que libertad, en las democracias actuales, es simplemente estar fuera de la cárcel. O, en lo emotivo, desprenderse de un amor que te envenena el alma. Ya abandono el bolero, discúlpenme.

Los discursos recientes acerca de la libertad que pretenden ir más allá de lo carcelario me parecen puros sermones. Rondan peligrosamente la santurronería financiera. Acudiendo a un chiste gráfico de El Roto, son como plegarias a Nuestra Señora de las Inversiones. Las libertades, tras la escollera infranqueable de la rutina capitalista, dependen en última instancia del tamaño de tu monedero. La libertad hoy día no es tal sino oportunidad de libertad, y esta oportunidad, como ya habrán adivinado, se atraviesa sólo con un fajo de billetes.

La libertad –y ahora viene la tópica introducción "globalizante" (un consejo: sáltensela)- ha inspirado canciones y también una, dos, tres y hasta veinte revoluciones. La libertad es una consigna, el epicentro de mil poemas, el eje de doscientos discursos que se repiten en el mundo en este mismo momento, mientras ese señor de ahí delante deja el periódico sobre la máquina de tabaco y suena una canción de los Beatles en 3.087.688 reproductores de más de cuarenta países.

Tal vez sea conveniente imaginar episodios en que se haga uso de esta palabra.

Ahora mismo, una señora en Asia Central emplea "libertad" bajo la presión de una grave amenaza de muerte. Vocifera frente a una pequeña multitud y, enardecida por el momento, levanta su velo para poder mirar de frente un universo que hasta ahora ha conocido empañado. Este mundo opaco que le contaron su padre y después su marido, ya se dio cuenta, es en realidad cristalino, luminoso y repleto de colores. En su prédica dice, asegura (y es tan fuerte el ímpetu que me veo obligado a creerla) que lo hace por su libertad. Ella emplea la palabra libertad porque quiere un mundo nítido para su hija, todavía un retoño. Y lo dice así: -La cara al viento, hermanas, eso es importantísimo. Por nuestra libertad- Luego alza el puño.

Coincidiendo con la protesta de las Luminosas Caras Asiáticas, un jesuita en Brasil bendice a sus inseparables devotos tras un breve discurso en el que aparecen las palabras Dios, Camino, Tierras, Injusticia y, al fin, libertad. Al clamor de la palabra, los agricultores alzan sus tridentes y proceden a invadir una finca que lleva cincuenta años ociosa, ajena al mundo, absorta en su grata tarea de regalar inmensas ceibas y alguna mata de palma. El sacerdote, también amenazado de muerte, repite la última palabra del discurso en voz baja. No se le oye, pero susurra "libertad" mientras se aparta atropellado por una enorme mujer negra que lleva dos niños colgados del lomo.

Entretanto, en una isla indonesa, un grupo de combatientes se resguarda para dormir en una choza deshabitada, en uno de los últimos poblados que restan sin arder. Son conscientes de su fatalidad: el pueblo les quiere pero el gobierno está dispuesto a sacrificarles. Pretenden autonomía donde hay petróleo. Qué ilusiones. -Qué mal vais, chicos- Murmura riendo el comandante que les persigue reduciendo distancias. Ellos, todos ellos, piensan en libertad. Sobreexcitados y sin poder conciliar el sueño, marcan La Gran Palabra en cada uno de los tablones que les sirven de cama. Mañana, o pasado mañana, les matarán. La prensa hablará de "graves enfrentamientos con las fuerzas del orden".

En Norteamérica, un individuo pasa revista a sus soldados. Aparte de los que están en su presencia tiene un millón y medio más, por lo que no se impresiona ante semejante exhibición marcial. Sacando pecho y rígido, transformándose en parte de su audiencia, habla con dureza de un mundo mejor. Sostiene que hay gente en lugares recónditos que odia "su" libertad. Y la libertad, asevera, es lo que él defiende contra todos los demás.

En el extremo occidental de Europa, en una universidad privada y religiosa, un dirigente político contempla las gradas del paraninfo, lleno a rebosar. Repara en la ropa de los alumnos de las primeras filas. Le gusta. Así vestiría él si tuviese de nuevo veinte años. El dirigente ha preparado un enorme discurso económico. Repasa mentalmente el esquema a recitar: izquierda, recorte de derechos, progreso social, estabilidad y, finalmente, La Gran Palabra, libertad. Cuando repite cansinamente su conferencia con los crescendos planificados (es la cuarta vez en tres días), el público atiende en silencio con aire ausente. Pero… cuando menta a La Gran Palabra, cae el auditorio. Aplauden tanto que les duele.

Discursos simultáneos con el mismo lenguaje y, ya lo ven, ¡qué diferentes!

"Libertad", por su fogosidad enternecedora, es una palabra que siempre arde: unas veces quema en una invisible llama azul transparente y otras reluce como una explosión de keroseno, depende de quién la pronuncie y dónde.

2. REVINDICO MI LIBERTAD A __________ (rellenen a su antojo)

La libertad en occidente, en los países ricos, se ha convertido en un discurso recurrente, vacío. La libertad es El ARGUMENTO, la bayoneta. La palabra libertad se ha incorporado de forma desvergonzada a la nueva retórica democrática y ahora se exigen libertades inauditas. Un desmán tras otro.

Paseemos por las nuevas reclamaciones de los ciudadanos cosmopolitas en las sociedades opulentas. Llegan de cualquier flanco y de cualquier forma.

¿Libertad o derroche?: la ciudadanía demanda "libertad de horarios". Mi libertad de poder comprar en domingo mientras otra persona se ve forzada a trabajar en domingo para poder venderme las mercancías que requiere mi libertad. Qué bonita libertad esta de poder comprar no sólo seis días a la semana sino también el séptimo. ¿Qué puede oponerse a esta reclamación perpetua en la prensa española? La mayor parte de las veces se camufla como iniciativa de promoción social para los colectivos que trabajan en horarios difíciles y no pueden comprar a las mismas horas que el resto del mundo. Completamente a favor de esta libertad (detrás sería más acertado), como es lógico, están las grandes superficies. Y hasta han inventado discursos políticos. ¿Se lo imaginan? El Corte Inglés promoviendo una libertad. Me troncho.

¿Libertad o privilegio?: otro engendro resultante de este nuevo discurso de la libertad entendida como una exigencia personal es el que se desata cuando algún gobierno amenaza con retirar subvenciones de colegios privados elitistas. Se esgrime la "libertad de poder seguir llevando a mi hijo a la escuela que yo quiera" cuando en realidad se está reclamando la tramposa libertad de los padres a disfrutar colegios privados por menos dinero del que costarían si de verdad fuesen privados. ¿Qué les parece esta "libertad"? Como una liga de superhéroes, los fervientes seguidores de La Obra se convierten de pronto en guardianes de la libertad.

¿Libertad o rechazo?: frente a la "libertad" (mejor sería emplear "autonomía") exigida por los nacionalistas, la última moda retórica entre la población de raíces castellanas, murcianas o andaluzas establecida en Catalunya es exigir la "libertad de poder seguir formando parte del proyecto de España". La libertad de ser lo contrario de lo que los otros exigen y a la vez lo mismo. Catalán y castellano y europeo y andaluz. Y en esta discusión se les van las horas, mientras se marchan las empresas a Eslovaquia.

¿Libertad o saqueo?: otro grave síntoma del deterioro de esta palabra es el uso que se le da en el ámbito económico. Indiscutiblemente, hoy una sociedad mercantil debe poder gozar una "libertad de trasladar su producción a su antojo" y otra "libertad de invertir en cualquier sitio y a cualquier hora y retirar su capital en el momento en que buenamente decida". Reconozcamos que son libertades estrambóticas, desemparejadas y de una gramática insostenible. Más allá de su propio enunciado, de su composición léxica, carecen de sentido. Bajo su influencia, se me ocurre entonces un nuevo lema para los desempleados quedan que en la calle por la marcha de Samsung y Phillips: Trabajadores Víctimas de la Libertad.

¿Libertad o comodidad?: existe también esa otra libertad posmoderna de "conducir mi automóvil cuando y por donde quiera". Así pues, poniendo la palabra "libertad" delante de la extraña acción de llevar un aparato de dos toneladas por un bosque lleno de sujetos animales o por una ciudad completamente colapsada, se dignifica una acción contaminante y en muchos casos egoísta.

La libertad, en definitiva, está lingüísticamente vapuleada: significa esto, eso y aquello. Se improvisa su uso para convertir la conveniencia económica en necesidad metafísica. De pronto, todo está relacionado con el libre albedrío. Nuestra pseudodemocracia es como una boutique de las libertades. Se exigen libertades de todas las formas y tamaños. ¿Tiene una libertad azul marino que me combine con esta blusa?

Mantener este discurso es muy arriesgado porque las palabras, si no hacen referencia a nada pierden su representatividad, se gastan, se consumen como el aceite de una lámpara. De este modo, cuando se emplea La Gran Palabra con tamaña frivolidad o se es un caradura o se es un inconsciente.

Recurro de nuevo -y para concluir- al Benedetti de "Primavera con una esquina rota": libertad es una palabra muy grande. La niña que lo afirma, en la novela, tiene a su padre preso por causas políticas. Les aseguro que la niña sabe de lo que habla.

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