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O P I N I O N

1 de marzo de 2004

Historia de dos asociaciones de vecinos

Pascual Serrano
Rebelión

Supongamos dos asociaciones de vecinos situadas en el mismo barrio, a muy poca distancia la una de la otra, que disponen de los mismos recursos y que afrontan el mismo tipo de necesidades. Cada una de ellas adopta dos modos opuestos de organización y tienen una política de relaciones con agentes externos y con el resto de las asociaciones absolutamente diferentes.

Mientras la primera despierta simpatías con los líderes de las más poderosas asociaciones, la otra sólo les provoca hilaridad y agresividad.

La razón es que en la primera los poderosos de las asociaciones de barrios ricos pueden intervenir habitualmente en la toma de las decisiones internas, ponen y quitan al presidente de la asociación y a los miembros de la Junta Directiva, para que apliquen las formas de organización que lo poderosos externos desean. También los de los barrios ricos, aunque pertenecen a otras asociaciones, deciden las actividades y prestaciones de la asociación para sus socios, incluso entran en la sede y se llevan el dinero de las cuotas.

La segunda asociación no permite que los directivos de las asociaciones de vecinos de los barrios adinerados se inmiscuyan en sus decisiones y mucho menos que les quiten el dinero de sus fondos. Sin embargo no dudan en colaborar con otras asociaciones de otros barrios con las que comparten intereses y aficiones.

A pesar de que los miembros de ambas asociaciones poseen los mismos recursos, los de la primera apenas pueden desarrollar actividades para los vecinos, las reuniones siempre suelen ser violentas y nunca pudieron decidir con autonomía quienes iban a estar al frente de la asociación, gestionar los recursos y planificar sus actividades. No obstante, los presidentes de las asociaciones de los barrios ricos siempre estuvieron muy satisfechos con el funcionamiento de esa asociación.

En cambio, en la segunda, aunque sus socios eran del mismo origen humilde que en la primera, lograron gestionar la asociación con independencia y no dejaron que los directivos de las otras asociaciones les dijeran lo que debían hacer. Gracias a ello, podían organizar múltiples actividades durante todo el año y prestar importantes servicios a todos sus socios. Sin embargo, sufrían las constantes críticas e intentos de intervención por parte de los dirigentes de las asociaciones de los barrios ricos, quienes no dejaban de criticarlos y amenazarles con allanar la sede.

Sociólogos y estudiosos de toda la ciudad no dejaban de asombrarse de cómo vecinos que partían de un estrato social y una historia lejana tan similar habían podido organizar asociaciones tan diferentes. La primera con tan pocos servicios y tan frustrante para los vecinos, la otra con un avanzado programa de actividades y muchas prestaciones para todos los habitantes del barrio.

Un buen día, ambas se dieron cuenta de que no les habían puesto nombre a las asociaciones. Los primeros decidieron llamarla Haití, los segundos, Cuba.

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