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O P I N I Ó N 

3 de marzo del 2004

¿Cambia de bando la esperanza?

Jean Bricmont
Revista de Il Manifesto, n° 47, febrero de 2004
Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Los ultrajes cometidos en la India por los cipayos sublevados
son verdaderamente espantosos, horribles, indecibles -como aquellos
que uno se espera ver en guerras de motines, de nacionalidades, de razas y,
sobre todo, de religión; en una palabra, como los que la respetable
Inglaterra tenía costumbre de aplaudir cuando eran perpetradas por los
vendeanos contra los "azules", por los guerrilleros españoles
contra los franceses infieles, por los serbios contra sus vecinos alemanes y
húngaros, por los croatas contra los rebeldes vieneses, por la guardia
móvil de Cavaignac o los diciembristas de Bonaparte contra los hijos e
hijas de la Francia proletaria. Por muy infame que sea la conducta de los
cipayos, no es más que el reflejo, en forma concentrada, de la propia
conducta de Inglaterra e India.
Karl Marx (1)

Existe cierto número de cosas que es aparentemente más fácil empezar que terminar: una historia de amor, picotear pistachos y dirigir una guerra. Esto último es lo que los estadounidenses están descubriendo ahora en Iraq. Esta situación va a suscitar nuevos debates en el seno de los movimientos opuestos a la guerra. En el seno de estos movimientos siempre ha habido dos tendencias, una minoritaria y otra mayoritaria: en 1991 la mayoría apoyaba el embargo contra Iraq como alternativa a la guerra. La minoría veía en este embargo un simple preparativo para la guerra y se oponía a él. Durante los Acuerdos de Oslo, la mayoría los aplaudió y la minoría vio en ellos un acuerdo de tipo "Bantustán" que no solucionaba nada. Durante las guerras contra Yugoslavia y Afganistán la mayoría adoptó un apostura de tipo ni-ni: ni OTAN ni Milosevic, ni Bush ni los talibanes. Durante la última guerra la mayoría apoyó las inspecciones de la ONU, de nuevo como alternativa a la guerra, y la minoría vio en ello una preparación psicológica para esta guerra (si son necesarias las inspecciones, es que Iraq viola sin duda el derecho internacional y si estas inspecciones no llevan a nada quizá es necesaria la guerra). En situación actual la mayoría pedirá que la ONU o Europa se impliquen más en la "reconstrucción" de Iraq y la minoría exigirá la salida pura y simple de los ocupantes.

La idea que quisiera defender aquí es que la postura mayoritaria es de hecho muy débil intelectualmente y que su fuerza proviene esencialmente del apoyo del que dispone en los grandes aparatos políticos (socialistas, verdes e incluso comunistas). A causa de esta fuerza institucional los mayoritarios pueden evitar el debate con los minoritarios tachándolos de simplistas, de antiamericanismo primario (si no de antisemitismo) o acusándolos de ser "pro-X" (donde X= Milosevic, Sadam Husein o los talibanes, etc). Para ilustrar lo que es erróneo en la tendencia dominante, empecemos por la consigna "ni, ni": ahora que Milosevic está en La Haya, los talibanes y Sadam Husein derrocados, los partidarios de esta consigna acaso pueden explicar cómo se van a desembarazar de la otra parte del "ni", Bush, o la OTAN. Por supuesto, es imposible y lo saben muy bien. Pero ahí está efectivamente el problema: no se puede comparar un país en el que vive el 4% de la humanidad y cuyos dirigentes declaran abiertamente que el siglo que empieza será "americano" y unos poderes brutales (a fin de cuentas muy diferentes entre ellos) pero cuya acción está muy limitada en el tiempo y el espacio.

Más fundamentalmente, el discurso mayoritario se deja influenciar demasiado por la ideología dominante de nuestra época. Ésta se puede resumir en algunas ideas fundamentales: la caída de la URSS demuestra la superioridad de nuestro sistema, basado en la democracia, el respeto a los derechos humanos y el libre mercado. El problema es extender este sistema ahí donde no reina todavía y para ello a veces es necesario el uso de la fuerza. Por todas partes hay nuevos Hitler que se proponen masacrar a los nuevos judíos -los kosovares, los kurdos, las mujeres afganas, etc. Quienes rechazan la injerencia humanitaria son análogos a los "muniqueses" de antes de la guerra. Cierran los ojos ante el verdadero peligro de nuestro tiempo, el "fascismo islámico" y se niegan a socorrer a las "víctimas".

La corriente mayoritaria acepta esencialmente el principio del razonamiento, pero no necesariamente su conclusión (que se refiere al uso de la fuerza). La corriente minoritaria descansa sobre una visión del mundo y de la historia completamente diferente. "Nuestro" sistema no se basa únicamente, siquiera principalmente, en la "democracia, el respeto a los derechos humanos y el libre mercado", sino en un largo periodo de relaciones desiguales con esta vasta reserva de materias primas y de trabajo gratuito o muy barato que hoy se llama Tercer Mundo. Nadie puede decir qué habría sido de nuestro sistema (ni tampoco cómo habría podido desarrollarse el resto del mundo) sin el tráfico de esclavos, la conquista de América y su pillaje, lo mismo que el de África y de las Indias, las guerras del opio, el flujo ininterrumpido de petróleo barato en el siglo XX o la transferencia de recursos púdicamente llamado "servicio de la deuda".

Desde el punto de vista defendido aquí el mayor progreso del siglo XX sin duda es la derrota de las potencias coloniales en las luchas anti-coloniales. Esto permitió librar a centenares de millones de hombres y mujeres de una de las formas más extremas de racismo, de explotación y de opresión . Pero esta liberación solo ha sido parcial, esencialmente porque el sistema colonial ha sido reemplazado por un sistema neo-colonial que ha dejado más o menos intactas las relaciones económicas desiguales, al tiempo que delegaba las tareas de represión a gobernantes formalmente autónomos. Se puede pensar y desear que las principales luchas de este siglo tendrán por objeto el desmantelamiento del sistema neo-colonial y tanto en América Latina como en lo que tiene de mejor el movimiento altermundista se puede observar el esbozo de dicho combate.

Además es fácil establecer una relación directa entre las guerras actuales y el sistema colonial y neo-colonial. La creación de Israel sólo fue posible como prolongación de la ocupación británica de Palestina tras el fin del imperio turco. La creación de un Kuwait "independiente" (del mundo árabe, pero no de nosotros) también está relacionada con la implicación del Imperio Británico en esta región. El régimen baasista en Iraq surgió de la revuelta contra la monarquía que servía de "fachada árabe" a este imperio, por emplear la expresión de Lord Curzon. Por lo que se refiere al régimen iraní, surgió de una revuelta contra el del Sha, que fue instaurado por Estados Unidos en 1953, tras el derrocamiento de Mossadegh, que tuvo el mal gusto de tratar de nacionalizar el petróleo. El apoyo a Sadam durante los años ochenta estaba motivado por la voluntad de "contener" la revolución iraní. Al Qaeda encuentra sus orígenes en la lucha instigada por los estadounidenses contra un régimen relativamente laico pero próximo a los soviéticos en Afganistán. En resumen, se mire para donde se mire se constata que las intervenciones de ayer, todas ellas por supuesto justificadas por las más nobles intenciones, ha sembrado el germen de los conflictos de hoy.

Vayamos a la situación actual en Iraq y a la actitud que deberían adoptar los movimientos contra la guerra. En primer lugar hay que darse cuenta de que Estados Unidos no va a abandonar Iraq, a no ser que acaben por ser expulsados militarmente, lo que llevaría mucho tiempo (y muchos muertos). Políticamente no se pueden permitir perder prestigio en un conflicto en el que han invertido tanto. Sólo se pueden ir si dejan tras de sí un régimen "amigo". El problema es que tienen pocos aliados reales en el mundo árabe: algunos medios de negocios y dirigentes feudales, pero ni las fuerzas laicas que siempre han tenido una postura anti-imperialisata ni, lo que es nuevo, el grueso de las fuerzas religiosas. El futuro dirá si han ganado su apuesta -iraquizar la guerra-, es decir, combatir a la resistencia por medio de los propios iraquíes. Pero está lejos de ser verdad y es poco probable que esta apuesta se gane por medios democráticos y respetuosos de los derechos humanos. Sin duda habrá que vérselas durante años con un gigantesco Líbano o una gigantesca Palestina. Al menos será interesante observar la actitud de los intelectuales occidentales que durante tantos años han agitado la bandera de los derechos humanos contra los países socialistas y los regímenes nacionalistas del Tercer Mundo.

Se puede apostar fácilmente que estos intelectuales se centrarán no en la ocupación y su carácter ilegítimo, sino sobre los métodos utilizados por la resistencia y cuya estigmatización será un eje privilegiado de su discurso; habrá indignación ante los atentados suicidas y los ataques contra civiles y se exigirá que quienes critican la guerra "condenen sin ambigüedad" ante todo estos métodos. Pero, como recuerda el texto de Marx citado en el encabezamiento de este artículo, la indignación selectiva frente a las "atrocidades" no es nueva. En la época soviética los muyaidines en Afganistán no utilizaban métodos especialmente delicados, pero con todo eran aplaudidos por la "respetable Inglaterra" y, sobre todo, por Estados Unidos (2). Se puede dar la vuelta a la cosas como uno quiera, pero el hecho es que hay muchos más muertos, incluidos los muertos civiles, entre los palestinos, los afganos y los iraquíes que entre los estadounidenses y los israelíes. Respecto a la cuestión de saber si los muertos civiles son intencionados en un caso y no en otro, no se puede dejar de observar que las guerras, las ocupaciones y los embargos son perfectamente intencionados y sus consecuencias perfectamente previsibles. Además hay que subrayar que los millones de personas que se opusieron en todo el mundo a esta guerra lo hicieron con medios pacíficos y democráticos: peticiones, manifestaciones, etc. Se han reído en sus narices: ¡qué panda de ingenuos! Incluso los gobiernos europeos (Francia, Alemania), que hicieron a Estados Unidos el don de un consejo de amigo (fueran cuales fueran sus intenciones reales), fueron tratados con desprecio. Estados Unidos y sus admiradores en la intelligentsia y la prensa europea han sido los que han elegido la lucha armada; que no vengan ahora a quejarse de la resistencia que ésta provoca o de las formas que adopta.

Cuando los estadounidenses entraron en Bagdad la pregunta que se planteó inmediatamente fue: ¿quién es el siguiente?¿Siria, Irán, Cuba? Uno de los primeros méritos de la resistencia iraquí es el de haber retardado estos planes y el haber inmovilizado a una buena parte del ejército estadounidense. Queda por saber cuánto tiempo podrá aguantar la resistencia. Contrariamente a la imagen dada por la guerra de Vietnam, la mayoría de las resistencias populares, de la Comuna de París a la América central de los años ochenta, acaban por ser aplastadas. Pero si continúa la resistencia, entonces puede contribuir a cambiar la cara del mundo. Puede devolver la esperanza a un mundo árabe-musulmán que después de todas las derrotas y humillaciones sufridas frente a Israel y Estados Unidos la necesita mucho. Más importante aún, puede poner en entredicho la invencibilidad de Estados Unidos, especialmente en América Latina. El orden del mundo no descansa sobre la justicia y los derechos humanos sino sobre convicción, mil veces repetida en la historia, de que por mucho que se rebelen los oprimidos, acabarán siendo vencidos. Así es como se llega a considerar natural, excepto cuando las víctimas protestan, que Bolivia suministre energía a bajo precio a California (después de haber "suministrado" de la misma manera plata y estaño a occidente); una comparación entre ambos países demuestra que es evidente que es Bolivia la que debe mantener el nivel de vida de California. Desestabilizar, incluso temporalmente, el brazo armado de este "orden" puede tener un extraordinario efecto simbólico. Además todas las mentiras que han servido para preparar esta guerra han sido servilmente repetidas por los media dominantes (al menos en Estados Unidos y en los países de sus aliados) y esto contribuye a que pierdan parte de su credibilidad.

Algunos verán en las palabras expresadas aquí un apoyo al terrorismo y otros, por el contrario, aplaudirán apelando a apoyar la resistencia. Personalmente veo mucho de mitología en la retórica del apoyo a X (a Sadam, a la resistencia, etc). Nosotros (los que nos oponemos a la guerra) no disponemos ni de dinero ni de armas para proporcionárselo a nadie. Si algunas personas están dispuestas a partir al combate o a ayudar directamente a la resistencia iraquí, esta es una elección personal y tienen que evaluar lúcidamente la naturaleza de las fuerzas que entonces van a apoyar realmente (aunque sólo sea para evitar trágicas desilusiones y cambios de chaqueta, como se ha visto en el pasado). Pero para la mayoría, que se quedará aquí, es de rigor una actitud más modesta. No podemos resolver todos los problemas del mundo. Además el movimiento contra la guerra debe también admitir su fracaso: no hemos llegado absolutamente a nada frente a la desatada violencia de Estados Unidos. En consecuencia, estamos en una mala posición para dar lecciones de humanismo a los iraquíes que a causa de nuestro fracaso tienen que sacrificarse en un número muy elevado para liberar a su país.

Desde el conflicto entre Stalin y Trotski en la Unión Soviética los intelectuales de izquierda en occidente han pasado mucho tiempo peleándose para saber a quiénes "apoyaban" en conflictos lejanos o pasados sobre los que no tienen ninguna influencia real. Un cínico podría sugerir que, además de que estos debates les permiten desplegar una vasta erudición histórica, les llevan a separarse de la mayoría de la población ahí donde viven o ahí donde sus acciones podrían tener un impacto real. Sea como fuere, la cuestión que debemos plantearnos no es la de un apoyo afectivo o imaginario a éste o aquel, sino la de la acción que hay que emprender ahí donde podemos obtener un efecto, es decir, en nuestras sociedades y frente a los gobiernos occidentales. En lo inmediato, hay que hacer lo que sea para no aportar ayuda alguna, material, simbólica o cualquier otra, siquiera so pretexto de la reconstrucción, a la ocupación. Además el gobierno estadounidense no necesita tropas extranjeras por razones militares sino para poder pretender, frente a su opinión pública, que está a la cabeza de una vasta coalición. Disipemos lo antes posible esta ilusión. También hay que prepararse para un eventual post-Bush. Aquellos a los que se podría llamar los imperialistas inteligentes, el "financiero y filántropo" George Soros, por ejemplo, pero también una buena parte de las élites estadounidenses van a hacer lo imposible para desembarazarse de un presidente que ha contribuido muy eficazmente a la movilización de la población mundial contra Estados Unidos. Demócratas como Clinton o Carter son mucho mejores que Bush para agitar la bandera del "multilateralismo" (sin llegar, por supuesto, a pedir su opinión a las poblaciones de Asia, África o América Latina) y para reconstruir, con el apoyo de la social-democracia (y accesoriamente, de los verdes) el condominio imperial euro-estadounidense. (3)

Más fundamentalmente y para actuar a más largo plazo, sobre todo en los países no directamente comprometidos en esta guerra, debemos trabajar a nivel intelectual y cultural para cambiar radicalmente la perspectiva dominante en las "relaciones norte-sur". El problema fundamental no es que haya malvados dictadores (aunque los haya) o fanáticos religiosos opuestos a "occidente" (aunque también los haya) sino siglos de relaciones injustas que no han acabado en absoluto y que son la base de un orden económico que no es moralmente defendible y quizá ni siquiera estable a medio plazo Este punto de vista puede parecer "radical" y "minoritario" pero únicamente cuando se limita a las sociedades occidentales; en el vasto mundo, no hay nada que choque y sobre todo no lo hay en el mundo árabe donde la política de EEUU obtiene "resultados estalinianos", pero opiniones que le son desfavorables. Se pueden hacer muchas cosas para combatir este orden: aligerar el peso de la deuda, luchar contra los acuerdos económicos desiguales, limitar los saqueos, abrir las fronteras a los refugiados. Si combatimos esto, y esto en primer lugar, contribuiremos a realizar el modesto deseo expresado durante la agresión occidental a la revolución rusa por Bertrand Russell, que para "minimizar la sangre derramada y preservar al máximo lo que hay de valioso en la civilización actual" esperaba "un poco de moderación y de sentimiento humano por parte de aquellos que se beneficiarán de privilegios injustos en el mundo tal como es". (4)


Notas

(1) New York Daily Tribune, 16 de septiembre de 1857, en Karl Marx, Frierderich Engels, Textes sur le colonialisme, Ed. du Progrès, Moscú, 1977. Citado en Albatros, n° 34, octubre de 2003. Sobre las condiciones reales impuestas por el sistema colonial en los que es hoy el Tercer Mundo, véase Kike Davis, Génocides tropicaux, La Decouverte, Paris, 2003.

(2) Recordemos que en una entrevista a Nouvel Observateur, Brzezinsky, que entonces era consejero del presidente Carter, declaraba: "Según la versión oficial de la historia, la ayuda de la CIA a los muyaidines empezó en el curso de los ochenta, es decir, después de que el ejército soviético hubiera invadido Afganistán el 24 de diciembre de 1979. Pero la realidad, mantenida en secreto hasta ahora, es muy diferente: en efecto, fue el 3 de julio de 1979 cuando el presidente Carter firmó la primera directriz sobre la ayudad clandestina a los opositores al régimen prosoviético de Kabul. Y aquel día escribí una nota al presidente en la que le explicaba que en mi opinión esta ayuda iba a acarrear una intervención militar de los soviéticos" (Nouvel Observateur, n° 1732, enero de 1998)

(3) Además la cumbre de jefes de Estado o de gobierno del movimiento de países no alineados, reunida en Malasia los días 24 y 25 de febrero de 2003, países que reagrupan a la mayoría de la población mundial, condenó sin equívocos la política estadounidense en Iraq y rechazó categóricamente lo que llaman el "denominado "derecho" de intervención humanitaria".

(4) Bertrand Russell, The Practice and Theory of Bolshevism, Allen and Unwun, Londres, 1920

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