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O P I N I Ó N 

11 de marzo del 2004

Esto no va bien

Augusto Serrano López
Rebelión

No hace falta buscar el mejor. Bastaría con buscar el menos malo de los mundos posibles y estaríamos así enmendándole la plana al actual gobierno de España, tan seguro de sí y tan dormido en su propia ignorancia. Frente al miedo al cambio de quienes nos gobiernan, oponemos el optimismo inteligente de Leibniz que, por no entenderlo, quiso ridiculizar Voltaire en su Candide. Optimismo crítico que nos avisa por adelantado que, de los posibles incoados en un momento histórico, sólo tendrán opción real aquellos que sean composibles: compatibles con otros posibles.

Así de sencillo: los que sean composibles. Pero, por eso mismo, así de complejo. Lo composible suele ser siempre el entrelazamiento de multitud de dimensiones, de relaciones, de conflictos, de obstáculos y de posibilidades. Un mundo, pues, en el que no habrá nada que sea inmejorable, porque lo mejor estará siempre por hacer.

Y así de claro: nuestro mundo actual parece representar uno de los momentos menos claros, quizás el más opaco de la historia conocida. Ese momento que se está queriendo precisar hoy con el nombre de globalización por tratarse, de hecho, de un mundo multirrelacionado, desbocado y no sujeto a la voluntad de su actores.

Ahí nos toca vivir y ahí nos toca hacer la política que se pueda y que se deba hacer.

Porque se habrá de tener ahora en cuenta que los países, las naciones, los gobiernos bailan, nadan, se mecen al aire y al ritmo de estos vaivenes globales.

Como mucho y si lo hacen bien, logran paliar, disminuir o simplemente aliviar los efectos potentes de las corrientes mundiales, sin que sean capaces, uno a uno y por separado, de determinar dichos flujos.

De ahí la audacia y la simpleza de éste o de aquél ministro o jefe de Estado, cuando saca pecho y se quiere atribuir méritos por cambios que con él o sin él se habrían producido de todas formas.

No hablamos de fatalismo de la historia, sino de fuerzas mundiales a las que hay que prestar suma atención, para dirigir prudente e inteligentemente la vida pública. Creo que esto es lo que Hegel le pedía por carta en 1816 a su amigo Niethammer: "Estoy seguro -le decía- de que el espíritu del mundo ha dado a la época la orden de mando de avanzar; esta orden de mando está cumpliéndose; éste avanza como una falange acorazada y en apretadas filas, de un modo incontenible y con tan imperceptible movimiento como el del Sol, atravesando lo grueso y lo delgado; innumerables tropas ligeras cubren los flancos a favor y en contra de ello, la mayoría de ellas no saben ni remotamente de qué se trata, sólo sienten que les caen los golpes sobre la cabeza, como si llovieran del cielo. El partido más seguro es, indudablemente, el de no perder de vista a este gigante que avanza".

Cuando, como en estos días, nos toca a los ciudadanos juzgar la acción gubernamental de los últimos cuatro años y avalar con el voto algún diseño de vida para el futuro, bien haremos con realizar dos operaciones mentales. Una: criticar la labor realizada por el actual gobierno; que no es simplemente mostrar nuestro acuerdo o desacuerdo, sino algo más serio. Se trata de llevar a límite su gestión, para ver adónde nos han llevado y qué es lo que de él podemos esperar. Otra: ver con detenimiento lo que se nos está ofreciendo para mañana y detenernos a examinar si lo que se nos presenta como opción es realmente composible. Ver si nos van a hacer la vida dialogable, solidaria, respetuosa de la diversidad, respirable. Esto es: ver si va a ser la convivencia la meta de todo actuar, porque la composiblidad que nace del optimismo inteligente nos dice que la supervivencia pasa necesariamente por la convivencia y, en tiempos de globalización, esta máxima se convierte en principio de pr udencia y de responsabilidad.

No se busca, por tanto, realizar el mejor de los mundos posibles, si por ello se buscara el óptimo. Basta que, conscientes de nuestras limitaciones y constricciones, sepamos sacar el mejor provecho posible de las coyunturas que esta densa red de relaciones planetarias va permitiendo otear. La política gubernamental española de los últimos cuatro años se ha apuntado a todo lo contrario: por falta de prudencia, de respeto al otro, de sentido de la convivencia y, a la postre, por falta de inteligencia, se ha desbocado al punto de querer fosilizar la marcha de la historia y negarle sentido a toda alternativa. Cierre, por tanto, del horizonte de las posibilidades y cierre de la composibilidad, es decir de la posibilidad de convivencia. Siguiendo la voz de aquel Bush que dividió un once de septiembre al mundo en dos partes antagónicas, se ha decidido y se ha proclamado que quien no está con la línea oficial está, cuando menos, cercano a la idiotez o llanamente haciéndole el juego al terrorismo. Y, lo que es peor: despreciando la más civil de las cualidades, la responsabilidad, este gobierno se ha negado morrocotudamente a responder una y otra vez a las preguntas de los ciudadanos. ¡Nuestro Presidente se atrevió a decir en el Congreso de los EE UU que sería una irr esponsabilidad responder a las preguntas acerca de la existencia de armas de destrucción masiva! ¿Responsable, entonces, sólo ante Dios y ante la historia?

¿Acaso llegó allá arriba numismáticamente, aupado redondamente por la gracia de Dios?

Más que un programa de vida en buena gobernanza, lo que el gobierno actual nos presenta es una amenaza. Frente al optimismo inteligente, el que se nutre de la crítica a las opciones del presente e invita al cambio de usos y abusos, nos cae encima el pensamiento inmovilista bunkerizado de un gobierno que ya no sabe ni puede dar más de sí.


El Dr. Augusto Serrano López es filósofo y economista, español, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras

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