http://www.rebelion.org
O P I N I Ó N 

11 de marzo del 2004

Sobre la democracia

Óscar García Jurado
Revista creacción. Morón de la Frontera (Sevilla)

Cada vez que llegan unas elecciones no son pocos los que se cuestionan la validez de este Sistema. Según la real academia de la lengua española, democracia es la "doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno". Desde la humilde opinión de este que escribe, el sistema político actual está cada vez más lejos de favorecer dicha intervención. Cada día que pasa, la gente dispone de menos recursos para participar de manera significativa en las gestión de los asuntos públicos. Sin menospreciar la relevancia de otros temas como el último derby futbolero, o las bodas de ciertos parásitos, parece conveniente reflexionar sobre este tema que en otro tiempo fue tan importante.

En teoría, dos líneas paralelas de similar grosor

Es a partir, aproximadamente, de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando comienzan a fraguarse las ideas sobre el vigente sistema económico y político, o lo que es lo mismo, sobre el sistema económico de mercado y la democracia burguesa. Es el momento en el que se acentúan los cambios en las relaciones sociales y en la incidencia destructiva de la especie humana, tanto frente a sí misma como frente al medio natural.

Esas ideas surgieron y se afianzaron separándose de la moral. Lo correcto o lo incorrecto, lo bueno y lo malo, pasa a un segundo plano, relegado por las ansias de riqueza y poder. Bajo el supuesto de que el afán de acumular y mantener el poder era algo irrefrenable en el hombre en su vertiente política, se proponía, para evitar el despotismo, el sufragio más o menos universal y el pluralismo de los partidos políticos. Por otra parte, y bajo el supuesto de que el afán de acumular riquezas espoleaba al hombre en su vertiente económica, se propuso como solución el mercado. A través del libre juego de la oferta y la demanda, el egoísmo individual serviría para mejorar el bienestar del conjunto de la comunidad. En definitiva, se establecen dos sistemas como soluciones idóneas para gestionar eficientemente el poder, en el plano político, y la riqueza, en el plano económico: el sistema político democrático y el sistema económico mercantil. La fe, nunca mejor dicho, en la capacidad d e ambos sistemas para obtener el bien común justificaría la conveniencia de que políticos y empresarios dieran rienda suelta a sus afanes de poder y de riqueza, al margen de todo freno moral.

En el extremo opuesto respecto a los políticos y empresarios aparecen otros elementos importantes en todo este conjunto de ideas: los votantes y los consumidores. La libre expresión de las voluntades, como votantes, y gustos, como consumidores, se supone capaz de orientar hacia el bien común la actuación de partidos ávidos de poder y de empresas ávidas de beneficios, guiados por sus respectivos líderes y empresarios. El manejo de la economía y de la política se encomendó a dos tipos de organizaciones igualmente jerárquicas, centralizadas y disciplinarias, como son los partidos políticos y las empresas. Y por encima de este entramado aparece el Estado, como árbitro supremo que garantiza el respeto de la propiedad y la libertad individual, mediante reglas del juego que rigen el funcionamiento de ambos sistemas y que aseguran a la vez la paz y el bienestar social.

De este modo, y en sus aspectos fundamentales, podemos describir la actual versión democrática-mercantil de las ideas de sistema político y sistema económico. Como se observa, ambos modelos tienen un alto grado de paralelismo.

Tanto el modelo político-democrático, como el económico-mercantil, parten de considerar una sociedad compuesta por individuos movidos por intereses políticos y económicos que interaccionan a modo de fuerzas, orientando el quehacer de los mandatarios políticos y empresariales a través de las elecciones políticas -sufragio- y las elecciones económicas -oferta y demanda del mercado-, hasta alcanzar una situación supuestamente óptima en los dos mundos de lo político y económico.

En la teoría o ideología del poder dominante existe total independencia entre ambos sistemas y ámbitos. De esta forma, se supone que los empresarios eran, y son, "apolíticos", y que los políticos dejan a un lado sus intereses económicos cuando pasan a formar parte del gobierno. Se supone, por tanto, que existe independencia entre el poder político y el económico. Son como dos líneas de similar grosor que siguen una trayectoria paralela y, por lo tanto, nunca se tocan.

"La cultura de la maleta"

Sin embargo, poco a poco, las líneas imaginarias fueron teniendo un grosor distinto. Y es que existe una diferencia sustancial entre ambos sistemas, pues mientras que se considera socialmente deseable la avidez de empresas y empresarios por el crecimiento y generación de riqueza, no ocurre lo mismo con el aumento ilimitado del poder perseguido por líderes y partidos políticos. Por ello, se establece la división de poderes unida al juego democrático-parlamentario, cosa que no ocurre con el aumento y la ostentación de la riqueza por parte de empresas e individuos. Antes al contrario, se asume que ampliar la producción (y el consumo) de riquezas debe ser el principal objetivo que guíe al sistema económico y sus agentes. La finalidad de este sistema apunta así a aumentar la riqueza -cuanto mayor crecimiento económico mejor-, mientras que la del sistema político se limita a gestionar el poder.

La anterior diferencia es la causa esencial del traslado del poder del sistema político al sistema económico mercantil. La expansión continua y deliberada de lo económico ha acabado por dominar a aquella otra más limitada de lo político.

Las organizaciones económicas o empresas se convierten en el principal bastión de autoridad que somete, impone y controla a los gobiernos, parlamentos y procesos electorales.

Los políticos pasan a ser simples gestores al servicio de tales organizaciones.

Y es que, en realidad, el ideal del libre juego de la oferta y la demanda que sirve para tomar las mejores decisiones económica no deja de ser otro cuento que sólo existen en los libros que se estudian en las escuelas de empresariales. El capital privado o empresas necesita imponer, y de hecho lo hace, unas normas del juego o leyes propicias para su enriquecimiento y crecimiento. Por estos servicios, realizados por los políticos, de adecuación de las leyes a sus intereses, los empresarios están dispuestos a pagar, y los partidos políticos cada vez están más obligados a cobrar. De esta forma, "el poder de los Estados se está socavando, sin revoluciones ni levantamientos que lo anuncien, a favor de estas organizaciones igualmente jerárquicas, centralizadas y coercitivas que son las empresas capitalistas".

Claro ejemplo de estos pagos y cobros se encuentra en las últimas inspecciones realizadas por el Tribunal de Cuentas español, de donde se desprende que el 90% de los donativos que reciben los partidos políticos son anónimos y opacos. Los pagos donativos anónimos son 10 veces superiores a los pagos transparentes que entran en sus arcas. Dicho tribunal reclama, parece que inútilmente, una nueva ley de financiación para acabar con estas irregularidades pues se hace evidente la consolidación de "la cultura de la maleta". Nadie se cree que estos desembolsos se hagan sin pedir nada a cambio, máximo cuando son siempre los partidos políticos en el poder y con más inclinación a favorecer a la iniciativa empresarial los que más "maletas" reciben.

Esta democracia mercantil se extiende sin problemas por el mundo pues resulta perfectamente funcional a los poderes establecidos. Si, como es el caso, la democracia va acompañada de la "libertad" económica, no hay problema. Cuando se habla de liberalismo económico estamos ante la subordinación de los individuos sin capital a los intereses de aquellos que sí lo tienen. Por tanto, podemos decir que libertad económica es sinónimo de dictadura sociopolítica para la gran mayoría de los ciudadanos. La democracia, el poder del pueblo, pasa a existir tan sólo formalmente.

La libertad del pueblo deja de existir en favor de la libertad de los empresarios y la mayoría social pasa a ser libre de elegir a aquel que previamente haya sido elegido por la minoría empresarial, aquella que tiene capital. Las organizaciones empresariales manejan, en la era de la globalización, los recursos económicos más libremente y en cantidades mayores que los Estados y, de este modo, los someten a sus dictados para facilitar sus negocios. El autoritarismo cobra así nuevas formas, mientras que los discursos económicos y políticos en los medios de desinformación de masas continúan entreteniéndonos con discursos donde se nos habla de la "soberanía" y libertad del consumidor y el elector.

Para llegar a esta situación el papel de dichos medios y de las nuevas técnicas de propaganda han sido esencial. Se produce la denominada fabricación de consenso -en términos de Noam Chomsky-, es decir, la producción en la población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, de la aceptación de algo inicialmente no deseado. Y es que "la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario". La publicidad y las estrategias de marketing político-social han llevado a la ciudadanía a un estado de aparente felicidad que "para sí la querrían las dictaduras, pero, además, a diferencia de éstas, sin que nadie tenga que ensuciarse los dedos con la tinta roja del censor", dice Rafael Sánchez Ferlosio. El imponente desarrollo que han tenido los procedimientos publicitarios en la "producción de consumidores" ha comportado un desarrollo paralelo en el sistema de "producción de votantes". Asistimos, por tanto, a la "comercialización" de la política, para lo cual los partidos requieren ingentes sumas de dinero cuyo origen se encuentra en los capitalistas a los cuales están obligados a contentar. Queda claro, por tanto, por qué cada vez más los partidos están obligados a recibir las anteriormente citadas "maletas".

"Te tienes que decidir"

Formamos parte de una sociedad en la que los medios de información están fuerte y rígidamente controlados para, de ese modo, y siempre desde los laboratorios del poder, "programar" las actitudes de la gente. Hoy por hoy, la población no tiene a su alcance los recursos para participar de manera significativa en la gestión de sus asuntos. Resulta evidente que la libertad política es algo formal e irrelevante sin una democracia económica efectiva, sin una distribución de las riquezas, sin una redistribución del poder económico entre los individuos que les haga dueños de sus vidas. En este contexto, la actual democracia mercantil no es más que un instrumento en manos del poder para legitimar el actual estado de cosas.

Parece lógico, llegados a este punto, dudar o incluso negarse a participar en este juego si lo que se desea es transformar esta sociedad. Si se desea una transformación social a fondo, hacia un mundo más justo, igualitario y libre, parece necesario poner en duda o deslegitimar el actual sistema democrático-mercantil. Pero claro, quizás no se den las condiciones para tomar unas medidas tan extremas. La pena que sentimos por los africanos que vemos morir de hambre en el "fabuloso documental de la dos", o la tristeza -o terror- por los inmigrantes que podemos encontrarnos en la playa un día de verano, puede que no sean sentimientos tan fuertes como para poner en duda un sistema que nos permite -a los que estamos la parte privilegiada del mundo-, por ahora, vivir muy bien. Por tanto, surgen algunas cuestiones como si ¿queremos cambiar realmente el actual estado de cosas -especialmente aquellos que nos autodenominamos gentes de izquierda-?, ¿queremos correr el riesgo de cambiar de verdad, con el peligro que conlleva para nuestro futuro en el ámbito de lo material?, y, en definitiva, ¿no tendremos el pensamiento conservador inoculado en el fondo de nuestras mentes y, en realidad, la mayoría decimos para nosotros mismos "virgencita, virgencita, que me quede como estoy"? Sin querer ser demasiado tajante -si de algo estoy seguro es de no estarlo-, quizás haya que plantear la cuestión del modo en que lo hace el maestro Chomsky:

"Es posible que haya una revolución popular que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan el poder real: la comunidad de las finanzas." Al final, como decía Julio Vélez, "te tienes que decidir".


Bibliografía consultada:

-Naredo, JM (1998) "Sobre la función mixtificadora del pensamiento económico dominante". Revista Archipiélago nº 33. 1998. Pags 12-26.

-Sánchez Ferlosio, R. (1993) "Nadie puede con la bicha /1 y 2". Diario El País, 24 y 25 de febrero.

-Vélez, J. (1999) "La palabra labra la palabra. Antología poética de Julio Vélez". Ed. Centro Social "Julio Vélez".

-Chomsky, N. E Ramonet, I. (2002) "Cómo nos venden la moto". 15 Edición. Icaria Editorial.

Envia esta noticia