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O P I N I Ó N

21 de marzo del 2004

La Gran Muralla del capital

Mike Davis
Socialist Review

El mercado libre implica un laberinto de puestos fronterizos fortificados. Cuando las muchedumbres en delirio tiraron abajo el muro de Berlín en 1989 muchos alucinaron que teníamos a mano un milenio de libertad sin fronteras. Se suponía que la globalización inauguraba una era de movilidad física y virtual-electrónica inaudita. Muy por el contrario, el capitalismo neoliberal ha construido la mayor barrera para la libertad de movimiento de la historia.

Esta Gran Muro del Capital, que separa algunas docenas de países ricos de la mayoría pobre de la Tierra, convierte a la Cortina de Hierro en una insignificancia. Ciñe a la tierra por la mitad, acordona por lo menos 12.000 kilómetros de frontera terrestre, y comparativamente es más mortal para intrusos desesperados.

Al contrario de la Gran Muralla china, la nueva pared es sólo parcialmente visible desde el espacio. Aunque incluye baluartes tradicionales (la frontera mexicana de los Estados Unidos) y campos minados rodeados de alambres de púas (entre Grecia y Turquía), buena parte de los controles de inmigración globalizados de hoy tienen lugar por mar o por aire. Es más, las fronteras son ahora tanto digitales como geográfico.

Por ejemplo, echemos un vistazo a la Fortaleza Europa, donde hay un sistema de datos integrado (que actualiza a la red Schengen basada en Estrasburgo) con la siniestra sigla de PROSECUR que se volverá la base para un sistema común de patrulla fronteriza, reforzado por la recientemente autorizada Guardias Fronteriza Europea. La UE ya ha gastado cientos de millones de euros para reforzar la llamada 'Cortina Electrónica' a lo largo de sus fronteras orientales extendidas y puso a punto el Sistema de Vigilancia de los Estrechos que se supone debe mantener al África de su lado del estrecho de Gibraltar.

Tony Blair le pidió recientemente a sus colegas de la UE que extendieran las defensas fronterizas de la blanca Europa al corazón del Tercer Mundo. Propuso 'zonas de protección' en áreas de conflicto clave de África y Asia donde potenciales refugiados pueden llegar a estar concentrados con un cuadro de escualidez mortal durante años. Su modelo es Australia, donde el primer ministro derechista John Howard les ha declarado la guerra abierta a los miserables refugiados kurdos, afganos y timoreses.

Después de que la ola de motines y huelgas de hambre del año pasado por parte de inmigrantes detenidos indefinidamente en cavernas infernales en medio del desierto como Woomera en el sur de Australia, Howard utilizó la armada para interceptar buques en aguas internacionales e internar a los refugiados en campos aún más terroríficos en Nauru o en la isla de Manus, endémica de Malaria, frente a las costas de Papúa Nueva Guinea.

Blair, según el Guardian, ha explorado igualmente el uso de la Armada Real para interceptar a contrabandistas de refugiados en el Mediterráneo, y a la RAF para deportar a los inmigrantes a sus países de origen.

Si el refuerzo de las fronteras ahora se ha trasladado mar adentro, también se ha trasladado al patio delantero de nuestros hogares. Los residentes del sudoeste norteamericano han soportado grandes congestiones de tránsito por mucho tiempo en puestos de control de 'segundas fronteras' mucho más lejos de las líneas reales. Ahora las operaciones de detención e investigación se están volviendo algo común en el interior de la UE. Como resultado, incluso los límites nocionales entre la guardia fronteriza y la policía doméstica, o entre la política de inmigración y la 'guerra contra el terrorismo', están desapareciendo rápidamente. Los activistas 'antifronteras' en Europa han advertido desde hace mucho tiempo que los sistemas de datos de inspiración orwelliana para rastrear extranjeros no-comunitarios serán utilizados también contra los movimientos anti-globalización locales.

En EE.UU., igualmente, los sindicatos y los grupos de latinos ven con miedo y repudio la propuesta republicana de entrenar a 1 millón de policías locales y alguaciles como guardias de inmigración.

Entretanto, las bajas humanas del nuevo orden/frontera (1) mundial crecen inexorablemente. Según los grupos de derechos humanos, casi 4.000 inmigrantes y refugiados han muerto frente a las puertas de Europa desde 1993 - ahogados en el mar, volando en pedazos en campos minados, o sofocados en contenedores. Quizás miles más perecieron en el Sahara durante el camino. El Comité de Servicio de los Amigos Americanos, que supervisa la carnicería a lo largo de la frontera de EE.UU.y México, estima que un número similar de inmigrantes han muerto durante la última década en los desiertos calientes como hornos del sudoeste.

En el contexto de tanta inhumanidad, la reciente propuesta de la Casa Blanca de ofrecer status temporal de trabajador-huésped a los inmigrantes indocumentados y otros podría parecer un gesto de compasión en contraste con la cruda frialdad de Europa o el cuasi-fascismo de Australia.

De hecho, como han señalado los grupos por los derechos de los inmigrantess, es una iniciativa que combina un cinismo sublime con un cálculo político cruel. La propuesta de Bush, que se parece el infame programa Bracero de comienzos de los años '50, legalizaría una subcasta de mano de obra de bajos salarios, sin brindarles un mecanismo a los 5 a 7 millones de trabajadores indocumentados que se estima que ya existen en EE.UU. para que obtengan la residencia permanente o la ciudadanía.

Trabajadores sin votos o domicilio permanente, por supuesto, es una utopía republicana. El plan de Bush le ofrecería a Wal-Mart y McDonald un suministro de mano de obra estable, casi infinito, de trabajo por contrato.

También le tiraría un salvavidas al neoliberalismo al sur de la frontera. Como admiten ahora antiguos partidarios del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), que ya lleva una década en vigencia, ha demostrado ser una broma cruel - destruyendo tantos empleos como los que ha creado. De hecho, la economía mexicana ha perdido puestos de trabajo en masa durante cuatro años seguidos. La propuesta de la Casa Blanca de una nueva ley Bracero le ofrece una válvula de seguridad económica crucial al presidente Vicente Fox y a sus sucesores.

También le proporciona a Bush un instrumento para cortejar a los oscilantes latinos del sudoeste para las elecciones de noviembre próximo. Indudablemente, Karl Rove (la eminencia gris del presidente) calcula que la propuesta sembrará un maravilloso desorden y conflicto entre los sindicatos y los latinos liberales.

Finalmente - y esta es la suerte verdaderamente siniestra - la oferta de legalidad temporal sería un cebo irresistible para llevar a los trabajadores indocumentados adonde el Departamento de Seguridad Interior los pueda identificar, etiquetarlos y monitorearlos. Lejos de abrir una grieta en el Gran Muralla, cierra una brecha, y asegura una vigilancia aún más sistemática e intrusiva de la desigualdad humana.

* Mike Davis es el autor de City of Quartz, Ecology of Fear y Dead Cities y colaborador de Uder the Perfect Sun.
Traductor: Guillermo Crux, especial para Panorama Internacional

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