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O P I N I O N

5 de abril de 2004

¿Democracia?

Alberto Forcada
El Espejo de Urania

Veamos: Se acaban el agua, los bosques, el petróleo, las especies. El Seguro Social está al borde de la quiebra. El sistema de pensiones es inviable a mediano plazo. Casi todos los bancos están en manos de extranjeros. Pagamos puntualmente el rescate bancario y la deuda externa. El campo está abandonado. Cada año miles de mexicanos emigran ilegalmente hacia los Estados Unidos para ser contratados sin ningún derecho laboral. La investigación científica es raquítica. Aumenta el desempleo. Los partidos políticos tienen serios problemas internos y crisis de credibilidad. Los sueldos apenas alcanzan para resolver necesidades básicas. El líder del sindicato más importante del país es un anciano senil al que apodan "La Güera". El gobierno dice que todo va bien, que hay estabilidad, que pronto creceremos. La diferencia entre ricos y pobres es abismal. No hay igualdad de oportunidades, ni siquiera igualdad ante la ley?

Tal vez sea momento de quitarnos la venda de los ojos: Nuestra mentada democracia es una farsa, una utopía que se mantiene cuidadosamente en el aire para que no perdamos la esperanza de una vida mejor. Ni el gobierno representa los intereses de la mayoría, ni tiene capacidad para variar el rumbo. Estamos en manos de las corporaciones, que no sólo tienen el poder suficiente para coaccionar o derrocar gobiernos, en caso necesario, sino que incluso están en condiciones de moldear la voluntad popular, pues controlan los medios masivos de comunicación.

A nivel planetario la historia se repite. Miles de millones de seres humanos carecen de trabajo y no tienen acceso a la educación, o a los servicios de salud. ¿Existe un solo país donde la democracia no sea una utopía? Según las tendencias actuales, en vez de acercarnos al ideal, nos alejamos. Con un poco de audacia podríamos afirmar que vivimos el inicio de una nueva dictadura, la dictadura del capital, que lo sacrifica todo: la ecología, los derechos humanos, la legalidad internacional, con tal de aumentar sus ganancias. ¿Alguien aún cree en la patética idea de que la riqueza goteará de arriba hacia abajo? ¿Alguien aún cree en las bondades democratizadoras del libre mercado?

Los sueños de la razón han engendrado monstruos que ahora controlan el mundo y nos esclavizan. El capital se ha apropiado de la ciencia, no para liberarnos de nuestra miseria sino para sumirnos en ella. ¿Quiénes pagan las investigaciones, quiénes se benefician de los avances científicos? Con cada innovación tecnológica hay más rendimiento para las empresas y menos oportunidades laborales, con cada innovación tecnológica aumenta la impotencia ciudadana y se acrecienta el poderío y la capacidad de control de las corporaciones, que compiten entre sí, no para resolver las apremiantes necesidades de la población, sino para producir a menor costo y obtener más ganancias. Hace décadas que el problema no es la producción sino la distribución. Las fábricas jamás trabajan a plena capacidad. Los alimentos se pudren en los estantes mientras los niños piden limosna en las esquinas. Los hospitales atienden a los pacientes en los pasillos. La gente se muere por no poder pagar las medicinas. ¿Derechos humanos? ¿Estado de derecho?

Las grandes potencias bombardean a voluntad. Aplican o ignoran las leyes a su antojo. Asesinan, contaminan, roban y condenan a la mayor parte de la humanidad a la miseria, con tal de mantener sus privilegios. Sí, en el primer mundo también hay pobres, y cada vez más, pero su miseria no es comparable con la degradación y la falta de esperanza que se vive en los países pobres. El tercer mundo se ha convertido en un gigantesco gheto del que es imposible salir legalmente sin salvoconducto, sin visa. Hay seres humanos de primera y de segunda, seres humanos que tienen todos los derechos, todas las ventajas, todos los privilegios, y otros desechables, que deben trabajar por sueldos infames y aceptar que sus hijos mueran de enfermedades curables. ¿Dónde están la igualdad, la justicia?

Durante siglos las colonias fueron oprimidas, saqueadas de sus recursos naturales, y ahora que son países "independientes", le pagan a las grandes potencias más dinero por servicio de la deuda externa, del que destinan a la educación o a la salud; y como infamia adicional, son presionados por los organismos internacionales, controlados por intereses corporativos, para aceptar el libre mercado en condiciones desventajosas, privatizar los recursos estratégicos y reducir el gasto social.

¿Qué tanta independencia tienen actualmente los países débiles frente al poderío de las grandes potencias y la arrogancia de las corporaciones? ¿Qué tan real es nuestra soberanía? Los publicistas del sistema insisten en que la posibilidad de cambiar está aún en nuestras manos, de que una jornada electoral gloriosa puede modificar nuestro destino. Haciendo a un lado la ineptitud y la corrupción de los partidos políticos vigentes, e imaginando un triunfo electoral arrasador: ¿podría nuestro flamante nuevo representante conducir al país hacia un rumbo diferente al dictado por el contexto internacional? ¿Podemos aún pensar en la vía electoral como una opción de cambio?

Al intentar responder a la primera pregunta, es casi imposible no pensar en Cuba, esa pequeña isla a unos kilómetros de los Estados Unidos, que ha logrado desafiar durante décadas los designios de las corporaciones. Pero Cuba no es una democracia sino una dictadura revolucionaria. ¿Hubieran podido resistir con otro tipo de organización política? ¿Ha válido la pena? Los cubanos llevan años de privaciones y sacrificios y sin embargo sus niveles educativos y de salud son los más altos de América Latina. Parecen hartos del aislamiento y la falta de libertades, pero la aceptación del gobierno entre la población sigue siendo inmensa. Pocos estarán dispuestos a negar que la isla, a pesar de sus contradicciones, es un ejemplo de dignidad e independencia, en un contexto internacional marcado por la ignominia.

La segunda pregunta es mucho más compleja y comprometedora, pues implica cuestionar la viabilidad del proyecto democrático y tener el arrojo de plantear opciones diferentes. Considerando todas sus limitaciones, ¿sigue siendo la democracia el mejor camino? En caso de responder afirmativamente, ¿cómo podemos reducir el poder de las corporaciones y aumentar nuestra capacidad de resistencia ante las presiones externas? ¿Cómo fortalecer nuestra soberanía y garantizar que el gobierno tome acciones enérgicas e inmediatas contra la injusticia y la desigualdad?

Flota en el ambiente la sensación de que el tiempo de la democracia se está acabando. Es absolutamente indispensable que la sociedad civil debata y llegue a consensos sobre los grandes temas nacionales, pero ello es difícil si en horario estelar se transmiten telenovelas o el partido de futbol.

Si se supone que el rumbo de un gobierno democrático es decidido por lo que piensa la mayoría, o al menos la minoría más grande, entonces deberíamos ser cuidadosos de garantizar la riqueza y diversidad de lo pensado. Quitarle a las corporaciones el control de los medios masivos de comunicación, es un asunto de soberanía, de seguridad nacional. La libertad de expresión es tan sólo una válvula de escape si no se garantizan condiciones igualitarias en la difusión de las ideas.

El ejercicio de nuestra ciudadanía ya no puede limitarse al voto o al pago de impuestos. Ya no es factible confiar en la buena voluntad de nuestros representantes. Necesitamos estrechar el vínculo con ellos y asegurarnos, por todos los medios posibles, de que efectivamente nos representen.

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