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O P I N I O N

9 de abril de 2004

De "La batalla de Argel" a "La batalla de Bagdad"

Pascual Serrano www.pascualserrano.net
Rebelión

Sin duda la historia se repite con frecuencia. Los acontecimientos en Bagdad, e incluso los de Madrid, hacen recomendable recordar la película "La batalla de Argel", del director Gillo Pontecorvo, producida en 1966.

Una película que relata la lucha del pueblo argelino por su independencia y los orígenes, el desarrollo y el fin del enfrentamiento entre el Frente de Liberación Nacional (FLN) de Argelia y las autoridades coloniales francesas en la ciudad de Argel entre 1954 y 1057.

En el relato se suceden los atentados contra policías franceses por parte de los activistas del FLN para continuar la escalada de violencia mediante la colocación de bombas en centros de reunión civiles, tanto por las autoridades francesas como por los militantes independentistas. Bombas en viviendas del barrio árabe de la casbah mientras sus ocupantes, incluidos mujeres y niños, duermen, bombas en restaurantes y discotecas que frecuentan los occidentales. Explosivos colocados por policías franceses que se hacen pasar por periodistas, pero también por mujeres árabes que las abandonan en cestas de la compra. Todo demasiado familiar hoy. Nos viene la imagen de las masacres de civiles manifestantes en Bagdad y de inocentes en Atocha. Gentes inocentes que mueren reventadas por la intransigencia de un gobierno colonialista que no está dispuesto a ceder ante un pueblo que sólo quiere su independencia.

Los activistas del FLN, que ni son fundamentalistas, ni islámicos, colocan sus bombas para sembrar el terror entre los ocupantes. "Nosotros no tenemos aviones para lanzar bombas", dicen. "Las guerras no se vencen con los atentados ni con el terrorismo, tenemos que convencer a la ONU", afirman también los líderes del FLN y convocan una tregua y una huelga general. Las autoridades francesas responden con más militares con el objetivo de iniciar una guerra sucia fundada en detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos. "Es un enemigo anónimo, irreconocible", dicen. De nuevo, parece que nos encontramos en los años actuales.

La ONU, como ahora, se desentiende y no prospera ninguna resolución que ayude a encontrar una salida. La megafonía de los ocupantes franceses hace un llamamiento a la población: "Colabora con nosotros para lograr una Argelia libre y democrática, no colabores con los terroristas". Vuelve a nuestra mente la imagen de Bagdad.

Tras la detención de un líder del FLN se produce una escena impensable hoy. Lo presentan en rueda de prensa a los medios y le dejan que responda a las preguntas. En eso hemos variado, nunca se permitiría hacerlo a los líderes de la resistencia iraquí. Demasiado peligroso escucharlo.

Cuando los periodistas le preguntan al coronel francés Matieu por las acusaciones de tortura responde: "¿Francia debe quedarse en Argel?. Si su respuesta es que sí deben aceptar tales consecuencias necesarias". Vuelve la tozuda actualidad.

La violencia de los ocupantes genera más violencia: atentados indiscriminados contra viandantes, vehículos kamikazes contra las viviendas, hombres-bomba cuando se entregan. Familiar, ¿verdad?.

El último reducto de la cúpula del FLN se inmola en un zulo rodeado de militares franceses. Viene a la memoria Leganés.

Vencida la resistencia en la ciudad de Argel, y mientras se retiran andando, los militares mantienen una conversación: "Argelia no es sólo Argel", afirma uno. "Si es por eso, no está solamente Argelia", responde el otro. Cuanta verdad tenían. Aquí termina la narración pero no la guerra.

La insurrección se aplasta a sangre y fuego. Dos años después, miles de banderas se levantan al grito de "Argelia FLN". Las crónicas de los periodistas occidentales sólo transmiten ignorancia y sumisión a sus dueños: "desde la casbah continúan llegando esos gritos incomprensibles, rítmicos, de pesadilla". No son así, son comprensibles y de sueños.

El 2 de julio de 1962 nace la nación argelina independiente. Cuanta sangre se podía haber ahorrado en Argelia, en Bagdad, en Palestina, en Madrid.

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