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O P I N I O N

12 de abril de 2004

Parece que, mientras se actúe en nombre de la "guerra al terrorismo" los dirigentes quedan a salvo de las críticas de los periodistas

El imperativo de callarse

Robert Fisk
The Independent - La Vanguardia

A callar. Ésa es la nueva línea en política exterior de nuestros superiores. Cuando el senador Edward Kennedy apodó a Iraq el "Vietnam de George Bush", el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, le dijo que fuese "un poco más comedido y cauteloso" en sus comentarios. Recuerdo que, cuando Estados Unidos dio comienzo a los bombardeos de Afganistán, el portavoz de la Casa Blanca afirmó que algunos periodistas estaban "formulando preguntas que el pueblo estadounidense no quería que se plantearan". Y a principios de los ochenta, cuando me hallaba informando en un tren militar con destino a Teherán sobre los soldados iraníes que sacaban de los pulmones el gas mostaza de Saddam a base de toser sangre y mucosidades, un funcionario del Foreign Office le comunicó a mi entonces editor de "The Times" que mis despachos no eran "nada útiles". Dicho de otro modo: deje de criticar a nuestro aliado Saddam.

De modo que esa política debe de estar en uso desde hace ya bastante tiempo. Cuando las autoridades de la ocupación ocultaron deliberadamente los ataques contra tropas estadounidenses después del comienzo de la ocupación de Iraq, el año pasado, a los periodistas que investigaron esa violencia se les dijo que no estaban cubriendo la imagen general, que sólo pequeñas áreas de Iraq estaban descontentas. Y el año pasado se oyeron chascar muchas lenguas cuando unos cuantos decidimos examinar con detenimiento las leyes de prensa del procónsul estadounidense Paul Bremer. Todo un equipo de abogados de la Autoridad Provisional de la Coalición (APC) fue enviado para ver cómo se podían legalizar el cierre y la censura de publicaciones iraquíes que "incitaban a la violencia". Además, cada vez que planteábamos preguntas al respecto, el portavoz de la APC ?y también el actual lord de su séquito, Dan Senor? anunciaba: "No toleraremos la instigación a la violencia".

Así pues, cuando el propio Bremer cerró la semana pasada el pequeño semanario de Moqtada Al Sadr ?con una circulación más o menos equivalente a una cuarta parte de cualquier publicación local? e instigó esa misma violencia que supuestamente deseaba evitar, ¿qué anunció el alto comisionado estadounidense? "No lo vamos a tolerar". Uno de los mayores pecados del periódico fue haber criticado a Paul Bremer por llevar a Iraq por "la senda de Saddam", un artículo que Paul Bremer condenó con minuciosos detalles mediante una carta firmada ?en un árabe execrable? al editor de esa bellaca publicación.

Bien, estoy totalmente en contra de la instigación a la violencia. Igual que estoy en contra de la instigación a la guerra mediante la utilización de afirmaciones fraudulentas sobre armas de destrucción masiva y vínculos secretos con Al Qaeda. Igual que estoy en contra de la utilización del Ejército de Saddam contra ciudades iraquíes, así como de la utilización del Ejército estadounidense contra ciudades iraquíes. Y es que no debemos olvidar que algunos de los peligrosos milicianos de Moqtada Al Sadr combatieron contra Saddam en la sublevación de 1991, esa que nosotros respaldamos y a la que luego traicionamos. Saddam, claro está, sabía cómo enfrentarse a la resistencia. "No toleraremos...", les dijo a sus comandantes. Y todos sabemos qué significaba eso. No, los estadounidenses no son el Ejército de Saddam. Sin embargo, es probable que el sitio de Falluja otorgue a la ciudad una categoría heroica entre las futuras generaciones de iraquíes suníes, igual que Basora ?asediada por las hordas de Saddam en 1991? la ostenta en la actualidad entre los iraquíes chiitas.

Aun así, debemos callar. Recuerdo que el otoño pasado el conciliábulo de neoconservadores de derechas que instaron a la Administración Bush a lanzar esta guerra se ocultó de pronto. Un columnista del "New York Times" exigió saber qué era eso del supuesto lobby neoconservador que había tras Bush y Cheney, los supuestos antiguos partidarios "likudistas" de Israel. Uno de ellos, Richard Perle, participó conmigo en un programa de radio hace unas cuantas semanas e insistió en que las cosas estaban mejorando en Iraq, que íbamos camino de una estupenda pequeña democracia en Mesopotamia.

En cuanto insinué que aquello era un caso contundente de autoengaño, Perle repuso que Fisk "siempre ha apoyado la permanencia del régimen baasista". Mensaje recibido. Cualquiera que condene ese sangriento desastre era secretamente un "baasista", un adorador del dictador y de sus torturadores. Hasta en eso han caído ya los halcones de Washington. Por supuesto, el principio del "a callar" es válido en ambas direcciones. El 16 de marzo del 2003, cuando el mundo estaba obsesionado con la guerra que estallaría en Iraq tres días después, tuvo lugar una tragedia en otro campo de batalla a 800 kilómetros al oeste de Bagdad. Ese día, un soldado israelí y su comandante arrollaron con una excavadora Caterpillar de nueve toneladas a una joven activista pacifista estadounidense que se llamaba Rachel Corrie. Iba desarmada y se la distinguía con toda claridad por la chaqueta fluorescente mientras intentaba proteger un hogar palestino que los israelíes pretendían echar abajo. La Caterpillar formaba parte de la ayuda regular que Estados Unidos envía a Israel. Israel eximió a su Ejército de toda responsabilidad por la muerte de Rachel ?grabada en vídeo por sus horrorizados amigos? y la Administración Bush guardó un silencio cobarde.

Elizabeth, la doliente madre de Rachel, ha sido la viva imagen de la dignidad. Escribió que los ciudadanos estadounidenses "deberían preguntarse cómo es posible que una ciudadana desarmada de Estados Unidos pueda ser asesinada impunemente por un soldado de una nación aliada que recibe una ingente cantidad de ayuda estadounidense... Cuando tres estadounidenses resultaron muertos, presuntamente a manos de palestinos, en una explosión que tuvo lugar el 15 de octubre de 2003 ... el FBI acudió a investigar sus muertes en menos de 24 horas. Después de todo un año, ni el FBI ni ningún equipo enviado por Estados Unidos ha hecho nada por investigar la muerte de una estadounidense asesinada a manos de los israelíes". Bueno, la respuesta es que Bush y su Administración saben cómo callarse cuando les viene bien. Eso es lo que intentó hacer Condoleezza Rice en un principio, al ser llamada a declarar en las vistas por el 11-S. Y, gracias a la sumisión ciega de muchos miembros de los cuerpos de prensa de la Casa Blanca y el Pentágono, la Administración lo está teniendo fácil. Por ejemplo, ¿por qué no se preguntó en rueda de prensa por Rachel Corrie? Parece ser que mientras se diga "guerra al terrorismo", queda uno a salvo de toda crítica.

Ni un solo periodista estadounidense ha investigado la relación entre las "reglas de combate" del Ejército israelí ?entregadas tan alegremente a las fuerzas de Estados Unidos por orden de Sharon? y el comportamiento de los militares estadounidenses en Iraq. La destrucción de casas de "sospechosos", la detención sistemática de miles de iraquíes sin ningún juicio, el acordonamiento de aldeas "hostiles" con alambre de espino, el bombardeo de áreas civiles con helicópteros de combate Apache y tanques en busca de "terroristas", todo ello forma parte del vocabulario militar israelí.

En las ciudades sitiadas, cuando empezaba a sufrir bajas o el número de civiles muertos empezaba a ser demasiado vergonzoso, el Ejército israelí llamaba a una "suspensión unilateral de las operaciones ofensivas". Lo hicieron once veces después de asediar Beirut en 1982. Y ayer el Ejército estadounidense declaró una "suspensión unilateral de las operaciones ofensivas" alrededor de Falluja.

Ni una palabra sobre este misterioso paralelismo por parte de los reporteros estadounidenses, ninguna pregunta sobre esa utilización aún más misteriosa de un lenguaje idéntico. Y en los próximos días descubriremos ?a lo mejor? cuántos de los 300 muertos estimados en Falluja eran combatientes suníes y cuántos eran mujeres y niños. Seguir las reglas de Israel conducirá a los estadounidenses al mismo desastre que les han supuesto esas reglas a los israelíes. Pero supongo que nos callaremos.

Sospecho que, al final, los iraquíes tendrán una influencia mayor en las elecciones presidenciales de Estados Unidos que los votantes estadounidenses. Ellos decidirán si el presidente Bush gana o pierde. Lo mismo podría sucederle al señor Blair. Qué curioso que un pueblo tan lejano, de tan sólo 26 millones, pueda cambiar nuestra historia política. En cuanto a nosotros, me parece que se esperará que estemos callados.

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