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O P I N I Ó N

15 de april del 2004

Tiempo de informalidad

Democratización del turismo

Lisandro Otero
Rebelión

De Europa me llegan noticias de la reciente Semana Santa o Easter, como le llaman los anglosajones. Colas de cuatro horas para entrar en el Museo del Louvre, cinco horas para subir a la Torre Eiffel. En Roma, imposible entrar en los Museos Vaticanos. Tarea ciclópea dar un paso en el Museo del Prado, en Madrid. Todo atestado, todo sobresaturado. Necesario reservar pasajes con meses de anticipación, apartar habitaciones en los hoteles con semanas de adelanto. ¿Qué ha sucedido? En una palabra: la democratización del turismo. En los años cincuenta viajar a Europa, desde América, era una empresa que requería cierto valor. Un vuelo trasatlántico duraba veinte horas o más, con escalas en las Bermudas y las Azores para reabastecerse de combustible. Los jets descomunales no existían, los aviones de hélice recorrían heroicamente inmensas distancias. El avión de mayor envergadura era el Super Constellation que era la cuarta parte de un Jumbo actual. Los motores retumbantes y la vibración del frágil cuerpo de aluminio estaban muy distantes del siseo de los potentes reactores actuales y las comodidades del aire acondicionado y las proyecciones fílmicas mientras dura el desplazamiento. La época de la aviación comercial en gran escala no había comenzado.

Europa aún padecía los estragos de la guerra. En algunos países existía racionamiento de alimentos. A quien se le ocurriese pedir una tortilla en un restaurante en Londres se le vería como a un extraterrestre, sin conexión con la realidad presente. Los huevos, en 1950, aún eran una rareza en Gran Bretaña. Tampoco existían las tarjetas de crédito, ni se pagaban los pasajes a plazos, sin enganche.

Emprender un viaje era una aventura que requería cierto ceremonial. Era la época en que las señoras abordaban una travesía marítima con sombrero. Imposible hallar a ninguno en un aeropuerto sin traje y corbata. Hoy, se viaja en calzones cortos y en camiseta. Se iba a Estados Unidos en inmensos barcos de pasajeros o en trenes con vagón comedor, con baúles camarote que estaban dotados de gavetas y zapateras.

Hoy se anda por el mundo con una mochila al hombro.

Todavía en la década del cincuenta se podía visitar el Museo del Louvre sin contratiempos, con entrada gratuita, y se deambulaba por sus inmensos salones cavernosos y desiertos. Para los americanos, del norte y del sur, Europa era un continente misterioso, inabordable, que solamente era visitado por magnates y trotamundos, por nómadas bohemios, escritores sin patria y excéntricos desubicados.

Todavía, a principios del siglo veinte se usaban coches tirados por caballos y poseer un auto era una extravagancia de millonarios. Si nos remontamos en el tiempo comprenderemos por qué Marco Polo fue considerado un ser insólito y singular por su desusada incursión en el Oriente. El viaje de la marquesa Calderón de la Barca de Veracruz a México, narrado en su apasionante libro de memorias, era una aventura que requería cierto valor para atravesar caminos plagados de salteadores. Ahora, cuando todo está al alcance de unos pies ligeros, resulta más difícil comprender la genialidad de Colón. La modernidad ha contribuido a despejar arcanos, a familiarizarnos con el Plus Ultra.

Hoy las legiones de jóvenes incautos y de jubilados ociosos invaden todos los espacios. Las hordas de japoneses con cámaras fotográficas son una plaga que estropea los paisajes. Las viejitas gringas con sus canas teñidas de azul y los viejitos yanquis con pantalones de cuadros escoceses han contaminado con su frívola banalidad las zonas más honorables.

Pero todo avance trae sus inconvenientes. Antes no tenía uno que quedarse en calcetines para poder viajar mientras un policía inquisitorial registraba con avidez la suela de nuestros zapatos. No tenía uno que soportar que un gendarme hostil metiese sus manos sucias entre la ropa interior de nuestra esposa. Cuando se emprendía un viaje se tenía casi la certidumbre que se llegaría al destino deseado y ahora con los secuestros de aviones puede uno querer ir a Berlín y aterrizar en Calcuta.

Aún con esos inconvenientes el tiempo de la democratización de los viajes, del internacionalismo indiscreto, del deambular a bajo costo y plazos cómodos ha llegado para quedarse.

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