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O P I N I Ó N

28 de mayo del 2004

Cuestiones estratégicas a la luz de una metáfora

Miremos el terrorismo a los ojos

Javier Villanueva
Rebelión

Era su niño. Le cerró los ojos.
Lo llevó por siempre, viviéndolo,
en la mirada que daba a los demás.
Anónimo

Con el salto dado por la mundialización de las relaciones sociales y, en especial, de la lucha social, tanto el terrorismo como nuestra relación con él empezaron a adoptar nuevas formas. Por consiguiente, estamos elaborando de nuevo la palabra terrorismo. Cambia el contexto, cambian las prácticas, cambian nuestros instrumentos materiales y conceptuales, y al cruzarse todos estos cambios aparece también una cuestión que, para plantearla, muy bien puede sernos útil una metáfora cotidiana: 'mirar a los ojos' al terrorismo.

I

La palabra terrorismo nació haciendo referencia a una situación en la que el terror de Estado ejercido por las clases dominantes regresaba 'como un boomerang' contra ellas mismas: al seno de la población, animados y protegidos por la rebeldía popular, opaca y generalizada, se formaban pequeños grupos conspirativos que recurrían a atentados políticos para causar terror en los centros del poder y poner en evidencia su vulnerabilidad, esperando con ello desencadenar la insurrección popular que los hiciera caer y conquistara la liberación de los oprimidos (Rusia 1881, etc.). El mismo término se extendió luego a la situación colonial, pero no sin dar un salto cualitativo: el terror de Estado era internacional, también la acción terrorista que tomaba y volvía ese terror en contra de la metrópoli (Sartre-Fanon, en Los condenados de la tierra). La guerra, que había estado en el origen del terror como guerra colonial, guerra de invasión y de ocupación -apropiación de los recursos naturales de la colonia para explotar la fuerza de trabajo en todos sus dominios-, aparece también en los grupos terroristas como el objetivo a lograr con los atentados que exhiben la vulnerabilidad de la nación opresora: desencadenar en el pueblo la guerra de liberación nacional que expulse al invasor, recupere la soberanía política y económica de la nación oprimida y, en muchos casos, construya el socialismo.

Con esta extensión internacional del terrorismo, su ubicación política se hizo desde luego mucho más compleja. Mientras que en el caso del terrorismo nacional, la naturaleza y eficacia de los grupos terroristas se juega en una relación entre dos términos básicos -clases dominantes y clases oprimidas-, en el caso del terrorismo internacional estos términos se duplican: hay clases dominantes y clases oprimidas tanto en el país colonialista como en el país colonizado, y ninguna de ellas puede asimilarse a otra: la acción política del grupo terrorista se definirá, en su naturaleza y en su eficacia, según las alianzas, divisiones, aislamientos y antagonismos que contribuya a crear entre esos cuatro segmentos. Con ello se multiplican los tipos de terrorismo.

No obstante, sea cual sea el horizonte de un terrorismo y sea cual sea su política específica, lo que lo distingue, lo que le da su nombre y lo que se convirtió en el foco de la crítica y de la alternativa marxistas, es el lugar central que ocupa la cuestión del terror en toda su estrategia. La crítica no niega que todo Estado se funda en el terror -de una clase contra otra, de una nación contra otra- y que ningún Estado ha nacido ni será derribado sin ejercer en alguna medida el terror contra las clases antes dominantes -la insurrección, la guerra civil, la guerra de independencia o de liberación nacional, al menos la amenaza efectiva de desencadenarlas, sostenida en la preparación y la disposición del pueblo para llevarlas a cabo. Y en la medida en que las batallas entre las clases dominantes y las clases oprimidas se hacen más decisivas, el desenlace inmediato tiende a dirimirse según la capacidad de cada bando para imponerle el terror al otro. Pero el terror no nace de ningún satán o eje del mal o voluntad de poder, al contrario, éstos nacen de una sociedad que se ve desgarrada por un conflicto material que, mientras no se resuelva, no tiene más salida que el sacrificio de unos o de otros (los unos, entonces, convertidos en el satán de los otros, y a la inversa). Y un régimen en el que el uso de la fuerza de trabajo de la gran mayoría está gobernado por la utilidad que le rinde a unos cuantos propietarios de las condiciones de trabajo, los que, a su vez, se encuentran enzarzados entre sí en una competencia a muerte por acumular más utilidades que los demás, es un régimen que no puede sino reproducir, generalizar y extremar el terror para apropiarse de más y más recursos, en particular y muy en especial, porque no se trata de atesorar, para beneficiarse más del uso de la fuerza de trabajo.

Partiendo de un privilegio del terror, concentrándose en volverlo contra sus promotores, la estrategia terrorista no modifica en nada el conflicto que escinde a la sociedad y que es el que engendra el terror. Tácticamente, la intervención de las masas puede inclinar la balanza en una dirección o en otra, pero la correlación general de fuerzas entre las clases no se altera por ello: las clases populares aparecen como decisivas para cambiar a unos gobernantes por otros, tal vez portadores de condiciones más civilizadas para ejercer el poder y explotar la fuerza de trabajo y los recursos naturales, pero por ningún lado aparece nada que signifique promover deliberada y centralmente el desarrollo de la capacidad de las clases populares para tomar en sus manos las riendas de su destino (en primer lugar, del uso de su fuerza de trabajo colectiva) y hacerse cargo de la conducción de los demás conflictos que enfrenta la sociedad: fuera del grupo terrorista mismo, las acciones consecuentes con la estrategia terrorista no promueven la formación de ningún órgano de poder y, por consiguiente, no se puede hablar de poder popular.

La crítica y la alternativa marxistas al terrorismo habían surgido de otro desarrollo de la movilización popular contra las clases dominantes -y no al revés, como se imaginan los liberales-, un desarrollo que se distinguía por destacar la organización y movilización masivas desplegándose simultáneamente en los terrenos económico, político y cultural (el cartismo, etc.). A partir de aquí se abría una nueva perspectiva en la que las clases populares no sólo se estarían preparando y disponiendo para enfrentar y derrotar el terror de las clases dominantes y "hacer saltar en pedazos" su Estado, sino que, al mismo tiempo, junto con sus organizaciones para desplegar su lucha en todos los terrenos de la vida social, se estarían preparando para tomar las riendas de su destino en sus manos al forjar órganos de poder cualitativamente nuevos, capaces de imponer una conducción de los conflictos sociales de acuerdo a los intereses de la mayoría de la población y de hacerlo en todo momento con base en la discusión, decisión y ejecución por parte de esa misma población (la Comuna de París, etc.). Si se disputa el rumbo a darle a una sociedad, entonces se disputa el poder, y si el rumbo propuesto es cualitativamente distinto también lo será el poder que lo haga valer.

Desde entonces, el terrorismo se fue definiendo a sí mismo ya no sólo en relación con el terror de Estado de las clases dominantes, nacionales o coloniales, terror que volvía decidida e incondicionalmente contra ellas, sino también y al mismo tiempo en relación con la movilización masiva de las clases populares, movilización en la que seguía depositando sus esperanzas pero de la que desesperaba una y otra vez - precisamente porque no compartía la amplitud y profundidad de sus trabajos económicos, políticos y culturales- y sólo buscaba hacerla más enérgica y directa en su disposición a recurrir a la violencia. En la medida en que la movilización popular desplegaba sus fuerzas con intensidad y con una perspectiva claramente revolucionaria, los grupos terroristas se disciplinaban y hasta se disolvían en ella, o quedaban desenmascarados como terrorismo antipopular de algún tipo; y en la medida en que la movilización popular era derrotada y entraba en un largo proceso de reagrupamiento de fuerzas, o se le imponía hacer concesiones a sectores sociales más moderados a costa de los más urgidos, la alternativa terrorista ganaba adeptos y se reavivaba, sobre todo entre los sectores menos inmersos en 'el pueblo', más individualistas, más alejados de la condición masiva y de la cooperación a gran escala del trabajo industrial.

A grandes brochazos, éste era el uso que a mi entender hacíamos de la palabra terrorismo hasta llegar a la década de los ochenta del siglo pasado, cuando se desató la nueva mundialización de las relaciones sociales que se extendería durante aquella década y la siguiente. Y junto con ella, o mejor dicho, como parte de ella, se dio la mundialización del terrorismo. Tal vez en algunos casos, como en Chechenia, todavía se pueda seguir hablando en los mismos términos que antes -aunque no por mucho tiempo, si acaso-, pero con Al Qaeda apareció un terrorismo que muestra características muy especiales, en primer lugar el carácter multinacional de sus células y militantes y el carácter multinacional de los objetivos de sus atentados. Su militancia islámica ha favorecido el desarrollo de esta amplitud y marca notablemente muchas de sus características particulares; de ninguna manera es un hecho irrelevante. Pero podemos afirmar que lo principal es que ha desbordado no sólo el carácter nacional sino también la relación binaria entre nación colonizadora y nación colonizada, presentándose de manera irreversible como un terrorismo multinacional en términos tanto de su composición como de sus objetivos. Podemos afirmar que esto es lo principal precisamente porque es un terrorismo: es el mismo terror de las clases dominantes que, en la medida en que se mundializa, tiende a volverse contra ellas igualmente mundializado. Al Qaeda es un paso en esta tendencia, y su militancia islámica la forma que le ha permitido darlo, aunque por lo mismo es una forma que tarde o temprano le quedará chica (por ejemplo, cuando el ojo del huracán esté en Asia). Y ha surgido y proliferado justamente en condiciones en las que la actual mundialización se desplegó con base en el desmantelamiento de las formas de organización y expresión en las que se había apoyado la movilización popular en todas partes, sobre todo la movilización popular masiva y política definida en torno a una perspectiva revolucionaria -la que me parece impensable que pueda restablecerse si no es desbordando también, a su modo, el carácter nacional y la relación binaria entre nación colonizadora y nación colonizada para hacerse cargo de las condiciones creadas por el nuevo grado de mundialización.

Se impone, pues, decir aquí algunas cosas sobre esta mundialización. Básica e irreversiblemente, es un nuevo salto dado en el uso de la fuerza de trabajo como una sola potencia mundial, con la consiguiente reestructuración de todos los procesos de producción y de cambio bajo la hegemonía absoluta del gran capital. Sobre esta base se desarrolló una mundialización de muchas otras relaciones sociales. A nivel de los grandes poderes constituidos rivalizan dos vías para conducirla: la globalizadora, en la que un poder, el de Estados Unidos, se expande pasando por encima de las fronteras, avasallando o aniquilando a los demás poderes; y la multilateral, en la que los grandes poderes no enteramente sometidos al estadounidense (Francia, Alemania, China, Rusia) establecen alianzas para ofrecerle resistencia, alianzas que llevan ya dentro de sí mismas una alternativa de poder mundial más inter-nacional, institucional y negociada entre un puñado de grandes Estados -con mayor o menor involucramiento de los medianos y pequeños. El terrorismo de Al Qaeda es una etapa en la globalización del terrorismo, la que invierte la globalización del terror de Estados Unidos en el periodo en el que éste está tomando nuevas posiciones en Medio Oriente (en parte para capitalizar su victoria en la guerra fría, pero en parte también, y sobre todo, preparándose para continuar sus conquistas sobre Rusia y China y aislar a Europa). Sin embargo, la perspectiva estratégica de Estados Unidos rebasa por mucho los alcances de un terrorismo como el de Al Qaeda y, en la medida en que esa perspectiva se concrete, lo hará pasar a segundo plano -aunque, para entonces, es muy probable que ese terrorismo se haya disuelto en gran medida en las milicias populares de los pueblos árabes, proceso que ya estamos viendo en Irak.

La organización y movilización popular tiende a reestructurarse de forma de poder tomar en sus manos esta mundialización en el uso de la fuerza de trabajo y de todas las relaciones sociales, reestructuración que por supuesto enfrenta una fortísima hostilidad externa pero también obstáculos y resistencias de consideración surgidas de su propia coalición interna de fuerzas. Por ahora, la movilización de los pueblos, pese a la larga tradición internacionalista que la caracterizó durante grandes periodos, dista mucho de haber elaborado una alternativa propia a ese nivel, que es el que determina ya de forma mucho más directa todos los demás, y se mantiene a la defensiva, si no es que a remolque del multilateralismo impulsado tímidamente por las grandes potencias europeas y asiáticas. En la práctica, fuera de las movilizaciones masivas islámicas, el terrorismo globalizador no se ve obligado a definirse frente a la movilización popular masiva: sigue operando con miras a provocarla y absorberla, no como una alternativa que ya se está desarrollando al margen de él, que lo supera en profundidad y amplitud y que apunta a disolverlo en su mayor parte y a enfrentarlo en sus fracciones más mercenarias y mafiosas. No obstante, la movilización popular continúa haciendo su trabajo, tejiendo desde las profundidades. Y tal parece que ya no puede esperar mucho para hacerse cargo por su propia cuenta de la confrontación entre el terror de los Estados y el terrorismo de los grupos que reaccionan contra ese terror al margen de la movilización popular masiva. De los intentos masivos que ya se hacen en esta dirección podemos aprender mucho tanto de las dificultades por las que está atravesando nuestro movimiento como de las tendencias para superarlas.

II

La metáfora "mirar a los ojos" (pariente del "llamar a las cosas por su nombre" y, más cercana, del "tomar al toro por los cuernos", pero distinta de ellas) tiene a mi juicio un gran valor para plantear una cuestión teórica y práctica importante sobre el terrorismo. La agresión terrorista tiene siempre un origen, que desde luego está en lo motivos del agresor pero que se remonta mucho más allá de ellos, y un destino, que también rebasa con mucho las intenciones de quien detonó la bomba, porque tanto el origen como el destino se forman con las acciones y reacciones de muchos más, a final de cuentas de todos. El terrorismo tiene, por decirlo así, una 'mirada', que no es simplemente la de Bin Laden o esa mujer palestina que se hace estallar, tan distintas entre sí, sino que es el sentido en el que actúa unos de los grandes vectores de la historia en marcha, uno de esos vectores de fuerza que resultan de las acciones de todos los que vivimos este tiempo. Es esa 'mirada' la que nos vemos cada día más obligados a encontrar con 'la nuestra', la de muchos de los que participamos en la asamblea que se desarrolla en estas páginas, mirada que igualmente tiene un origen y un destino que nos rebasan a cada uno: la resistencia al orden que se nos impone, la rebelión contra ese orden, ¿la revolución que lo transforme de raíz? -otro de los grandes vectores de esta historia, aunque hoy todavía muy soterrado.

Pero decir "mirarlo a los ojos" no es meramente otra forma de decir "caractericemos al terrorismo" o "tomemos posición frente al terrorismo", sino que, además de decir ambas cosas a la vez -una más objetiva, la otra más subjetiva-, dice que no sólo se requieren condiciones materiales (la 'madurez del fenómeno': que muestre sus ojos) y capacidades intelectuales (ciencia, información: tener los lentes necesarios para verlo), sino también condiciones morales (una especie de equivalentes colectivos de la 'valentía' y la 'honradez' individuales) para asumir consecuencias que, de entrada, damos por comprometedoras, espinosas, que queman las manos -aun cuando apenas alcancemos a vislumbrarlas. Y más que eso; quien dice "mirémoslo a los ojos" está diciendo todavía algo más: que hay algo que nos está impidiendo mirarlo, que algún fantasma del pasado (¿'temor', 'interés creado', 'trauma de la adolescencia'?) nos está haciendo desviar la mirada. Caracterizar al terrorismo, tomar posición frente a él y enfrentar las consecuencias venciendo limitaciones para hacerlo, todo ello en el movimiento mismo de intentarlo, describen en su conjunto una acción práctica que, ante el terrorismo en su forma actual, no creo que pueda demostrarse de otra forma que mediante una movilización internacional dirigida de forma sostenida a eliminar las causas que lo producen: el terror del que no pueden prescindir las clases dominantes, que lo ejercen concentradamente a través de sus grandes Estados y que aún no encuentra enfrente una organización y movilización popular política, masiva y con una estrategia de cambio revolucionario manifiesta en su trayectoria. Mucho de esto es lo que a mi entender demanda el uso de esa metáfora literaria: mirar el terrorismo a los ojos, sostenerle la mirada.

Cuando en uno de nuestros foros, allá en Mumbay, una mujer tomó la palabra y dijo "miremos el imperialismo a los ojos", el llamado resonó en toda la sala porque contiene una denuncia autocrítica que buena parte de la asamblea hizo suya: el llamado venía después de habernos mostrado el camino aterrador que sigue el imperialismo en lo que a las grandes mayorías del planeta se refiere, y de haberlo trazado con imágenes que conocemos bien desde hace tiempo; luego nos había mostrado igualmente que, no obstante, nuestras acciones distan mucho de salirle al paso. ¿Es que aún no estamos en condiciones de hacerlo? Claro, pero no es eso lo que esa asamblea -de las más moderadas- y tantas otras como ella ponen en cuestión, sino cuáles son las condiciones que nos están haciendo falta para salirle al paso, una en particular: asumir las consecuencias de lo que eso significa; asumir, por ejemplo, que tenemos que afilar ese "arma preciosa" que es la movilización, "enfocarnos en blancos reales, librar batallas reales e infligir un daño real", elaborar "estrategias de resistencia", "considerarnos en guerra". Palabras fuertes que aquella mujer, pacifista y escritora (Arundhati Roy), sin duda ha sopesado y que a todas luces se justifican plenamente. Está hablando de consecuencias que queman las manos. Y los ojos. Lo obligado en aquella asamblea, y mucho más allá de ella, es preguntarnos por los equivalentes colectivos de aquellos 'temores, intereses creados o traumas' que están bloqueando o desviando nuestra mirada, que nos impiden "mirar a los ojos" al imperialismo, que hacen que ni siquiera podamos poner en el orden del día la discusión de los "blancos reales" que vamos a atacar, los "daños reales" que nos proponemos infligir… y que estamos dispuestos a arriesgar.

III

En la medida en que los intereses de unos cuantos chocan con las necesidades de la gran mayoría, llegando a comprometer la sobrevivencia de millones; en la medida en que este conflicto actualiza viejos agravios que han quedado grabados con fuego en el orden mundial y en las estructuras económicas, políticas y culturales de cada sociedad; en la medida en que este conflicto se agudiza, se multiplica y se generaliza a escala global, estallando en violencias que rápidamente se convierten en agresiones surgidas de unos pueblos en contra de otros y que por todos lados apuntan hacia la guerra abierta entre ellos; en la medida en que sucede todo esto, la movilización popular masiva y organizada es lo único que puede abrir una alternativa al curso que siguen las cosas… a condición de que sea esgrimida por los pueblos como una fuerza política efectiva sobre el terreno de la lucha, en medio de todas las violencias nacidas de las necesidades e intereses en conflicto, eficaz para disciplinarlas, neutralizarlas o reprimirlas con la mira puesta en instaurar efectivamente un nuevo orden mundial y unas nuevas relaciones sociales en las que el uso de la fuerza de trabajo global sea gobernado entre todos y para todos. La movilización popular masiva, organizada y sostenida con una perspectiva revolucionaria e internacionalista tiene que hacerse cargo de las cuestiones de la fuerza, de la violencia y del poder, asumirse y hacerse valer como la lógica del poder popular a escala internacional, para salirle al paso a la dinámica militarista del imperialismo y del terrorismo.

Todo esto presupone, además, volver a voltear la correlación de fuerzas entre los distintos sectores que constituyen la oposición al neoliberalismo, incluso al seno de las clases populares mismas. El desmantelamiento y pulverización de las organizaciones populares y de naciones enteras (Bosnia, etc.), que fue la condición y el resultado de la ola mundializadora de los años 80 y 90, no sólo implicó una drástica ampliación de la capacidad de maniobra del gran capital frente a los pueblos sino también, al seno de éstos, un enorme fortalecimiento ideológico y político de los sectores intermedios sobre los más plebeyos. El desempleo, la deslocalización de los procesos productivos y la informalización de la economía creaban por todas partes una situación de oportunidad política que no sería desaprovechada para desmantelar y pulverizar la resistencia popular. Y bajo la pulverización, todas las 'antiguas' banderas de esa resistencia -trabajo y explotación, lucha de clases y Estado, capitalismo, imperialismo y guerra, revolución y poder popular- tienden a colapsarse en sus manifestaciones más parciales e incluso individuales, vaciadas de su contenido como expresiones de una lucha de conjunto. Éste no es sólo un terreno donde los sectores intermedios se mueven como pez en el agua, sino que es su expresión vital ahí donde se resisten a ser proletarizados. Esa pulverización, la que se expresa tan dramáticamente en que tantos palestinos y musulmanes no encuentren mejor alternativa para resistir que la de hacerse estallar, es la misma que se expresa en la revitalización del anarquismo, o en que la cuestión del trabajo se identifique meramente con la cuestión del empleo, del salario y de la pensión, o en que la cuestión del poder se identifique con la ocupación de tal o cual cargo. La unidad de acción popular frente al gran capital es posible y es necesaria, pero esto no obsta para que esa unidad pueda materializarse bajo la hegemonía de uno u otro de sus diferentes sectores. Y de hecho, esta hegemonía está en disputa de diversas formas.

La democracia popular -que, como toda democracia, es una forma de poder- tendrá que inventarse desde el interior de las organizaciones plebeyas, en medio de la lucha contra las clases dominantes y los Estados imperiales y a través de sus alianzas y forcejeos con los sectores intermedios, enlazando en todo ello los horizontes local, nacional e internacional simultáneamente. Los sectores intermedios ocupan una posición privilegiada para copar los enlaces nacionales e internacionales entre las organizaciones populares que van surgiendo en cada centro de trabajo y de vivienda. El resultado es que los diversos contingentes populares de base, apenas dan un paso más allá de su horizonte local, suelen enfrentarse al hecho de que el sentido de su acción se ve distorsionado o francamente traicionado por un mundo de representantes, delegados, comités, analistas, asesores, partidos y ongs que están dominados por preocupaciones y actitudes que resultan ajenas a las de "sus bases". Y entonces decae el empuje hacia la unidad popular a escala nacional e internacional, quedando meramente las fachadas de las luchas anteriores como restos más o menos fosilizados y cada vez más convertidos en juguetes en manos de las clases dominantes. En lugar de que la movilización popular haya levantado su alternativa al imperialismo y al terrorismo, el primero le restriega en la cara su dogma, "ya ves, no hay alternativa", y el segundo encuentra nuevos reclutas entre quienes desesperan de los tortuosos trabajos políticos de la movilización popular.

No han faltado quienes reaccionan haciendo de la necesidad virtud: la enseñanza que sacan de aquel trauma, al que su formación intelectual los lleva erróneamente a llamar "estalinismo" -que en ciertos momentos no hayamos podido darnos nuestros propios representantes o mantener su lealtad-, es que debemos prescindir de representantes dotados de poderes. Y a ver cómo le hacemos para establecer la unidad de acción sostenida a escala nacional e internacional sin recurrir a esos representantes; mientras tanto, el imperialismo seguirá haciendo de las suyas sin más respuesta que la terrorista. Es más, en esas condiciones, ¿cómo podemos siquiera pensar como posible un mundo en el que el uso de la fuerza de trabajo, que ya ha alcanzado tal grado de mundialización, sea gobernado entre todos y para todos? Hay valiosos ejemplos tomados de muchas pequeñas fábricas o aldeas, pero lo primero que nos dicen esos ejemplos es que no es posible otro mundo cortado a imagen y semejanza de la pequeña propiedad, por comunitaria que sea. A la primera enajenación -la del representante dotado de poderes- le ha seguido una segunda enajenación: la de echarle la culpa de aquella primera enajenación a una misteriosa entidad llamada "poder", desviando la mirada de los conflictos de intereses y de las luchas de los que surge el poder de unos sobre otros como su resultante.

Sería igualmente desviar la mirada si recurriéramos a echarle la culpa a los sectores intermedios. ¿Qué sentido puede tener echarle la culpa a alguien por poner todo su ser y hacer lo mejor que está a su alcance para salir victorioso de una lucha en la que está comprometido? Es cierto que esos sectores luchan contra el imperialismo, que los golpea y los amenaza; es cierto que la lucha contra el imperialismo requiere de enlaces nacionales e internacionales para poder ofrecerle siquiera un mínimo grado de resistencia a su trayectoria avasalladora, y que ellos tienen una considerable capacidad para proporcionar esos enlaces; es cierto que ven esa lucha de acuerdo al lugar donde están parados, menos amenazado, y que desde ahí establecen sus objetivos y prioridades y tratan de sacarlos adelante con todos los medios a su alcance; y también es cierto que desconfían de los sectores más plebeyos, cuyas propias formas de lucha y de organización y sus propios objetivos y prioridades les parecen flancos débiles y hasta autogolpes. ¿Qué de todo esto se les puede reprochar? Casi todo se podría decir igualmente de los sectores más plebeyos, la única excepción es cuál es la necesidad del movimiento que ellos, los que "no tienen nada que perder más que sus cadenas", o casi, están mejor capacitados para cubrir: hacer valer en las calles y en los centros de trabajo masivos -no en los diarios, tribunales, oficinas, parlamentos y cátedras- el rumbo en que empuja masivamente el movimiento.

Las culpas y reproches sólo envenenan y nublan la vista para afrontar la realidad. No tarda en saltar sobre la mesa, ya convertida en contradicción, una u otra de las diferencias sociales que existen entre ambos sectores; y mientras no aparezca una solución real a ella -que por lo general sólo puede darse "después del triunfo"-, no hay más camino que 'negociar', es decir, medir fuerzas entre ellos para hacerse respetar, unos poniendo en juego, por ejemplo, su mayor capacidad para servir de enlace y otros su mayor capacidad para hacer valer masivamente el rumbo en que empujan -a veces, incluso, saboteando dramáticamente a sus representantes (Nicaragua, etc.). En estas condiciones, la culpa -ese terror que paraliza al que no se atreve a amar, según sugiere un internacionalista latinoamericano (Daniel Martínez)- se muestra a las claras como una llave incapaz de abrir los candados que están encadenando el desarrollo de la unidad y la movilización popular. Al contrario, pone candados sobre candados.

La cosa es mucho más terrenal. Hacer pasar a segundo plano las movilizaciones domingueras y la recolección de firmas para que nos publiquen una carta de protesta, considerar que la movilización es un "arma preciosa", "enfocarnos en blancos reales, librar batallas reales e infligir un daño real", dispuestos a sufrir las consecuencias; elaborar "estrategias de resistencia", "considerarnos en guerra", todo esto significa un vuelco en la correlación de fuerzas al interior del movimiento popular. Significa, para utilizar imágenes pintadas en estas mismas páginas, que la dinámica de "cerco y construcción" (Raquel Gutiérrez) seguida por las fuerzas plebeyas, observada en Latinoamérica desde el año 2000 (Bolivia, etc.) y que apunta, en efecto, hacia el asalto de la fortaleza enemiga (la gran propiedad capitalista), ha empezado a entrar ya en una nueva etapa en la que esas mismas fuerzas se han dotado a sí mismas de una capacidad de lucha propia que empieza a superar sus limitaciones anteriores -no todavía para tomar las riendas de su destino en sus propias manos, ni siquiera las riendas de las empresas del agua o de los hidrocarburos, pero sí las de su propia movilización a una escala de unidad popular más vasta, aunque sea durante periodos de tiempo aún muy cortos y ante coyunturas muy especiales.

Los contingentes populares ya no aparecen sobre el escenario meramente apoyando las iniciativas que se han venido elaborando en los medios frecuentados por los sectores intermedios y en respuesta a la convocatoria que les giró alguno de los representantes de estos mismos sectores (aunque pudiera tener origen obrero o aymara, rémora de una subordinación que está quedando atrás), sino que ahora son las mismas masas plebeyas, en sus barrios y centros de trabajo, las que han ido gestando esas iniciativas, dándoles forma en sus asambleas, levantando coordinadoras regionales y nacionales con sus propios representantes para decidir entre todos y para todos los "blancos reales" a atacar, los daños a infligir y a arriesgar, y los plazos que se dan (Luis A. Gómez, El Alto de pie). Y la parte más masiva de los sectores intermedios -fuera de una parte suya que es de raigambre conservadora, y de otra, más liberal, que se agazapa y especula- no tiene mayor inconveniente en ser ella la que ahora aparezca sobre el escenario creado ante todo por los plebeyos y apoyando iniciativas surgidas sobre todo de asambleas y coordinadoras en las que sus habilidades sectoriales dejan de ser privilegios a hacer valer a cambio de la subordinación de los de abajo.

No hay razón alguna para pensar que esto no pueda avanzar hacia su mundialización, y hay muchas razones para pensar que hasta las piedras del campo nos gritan que lo conduzcamos en esa dirección. Sólo que aquí se reproduce la disyuntiva entre globalización e inter­naciona­liza­ción. Los sectores intermedios, más cosmopolitas, internetizados, veraneantes y dados a las abstracciones, se inclinan espontáneamente a seguir la vía de la globalización. Es muy fácil que en los foros mundiales establecidos de acuerdo al patrón globalizador tengan una hegemonía aplastante: llegan a ellos por su propia cuenta, sin necesidad de haber tenido que ponerse de acuerdo con los sectores plebeyos de su propio país, sin tener que rendirles cuentas y sin que estos sectores estén representados allá con la fuerza que les corresponde. Logran unidades más o menos mundiales pero que parecen flotar sobre la tierra, con los atractivos de ser muy ligeras y versátiles y con los inconvenientes de tener escasas raíces para no quedar a expensas de los vientos. Será difícil que sus consensos tengan la fuerza para hacerse valer en las calles y en los centros de trabajo, simple y sencillamente porque discurren al margen de los procesos en los que se va formando el consenso de los que tienen la fuerza para hacer valer las decisiones ahí donde se libran las batallas reales y se infligen daños reales.

Sin embargo, así como aquella dinámica de "cerco y construcción" seguida por los más plebeyos ha avanzado hasta formar grandes unidades nacionales que, lejos de hacer abstracción de las uniones locales y regionales, se basan en sus asambleas directas y en sus coordinadoras, es de esperar que de esa misma forma empiecen a formar uniones populares de alcance multinacional y hasta mundial que, lejos de hacer abstracción de las uniones nacionales, las tengan como su condición básica, enarbolando el poder popular y el internacionalismo como dos caras de una misma medalla. Es cierto que no queremos hacer distinciones por motivos nacionales, pero para lograrlo hay que empezar por ponerle término a los contrastes abismales y a las grandes injusticias que existen entre las naciones, y esto exigirá un trabajo muy largo, muy lleno de espinosas dificultades que será imposible vencer si no es sobre la base de asumir las diferencias nacionales y de abordarlas entre naciones.

Y entonces sí, afilar esa arma preciosa que es la movilización popular, masiva, política y sostenida con una perspectiva revolucionaria a escala internacional, coincidirá con el desarrollo de batallas reales que inflijan daños reales, precisamente porque estará en manos de quienes pueden hacerlo así, de los que "no tienen nada que perder salvo sus cadenas", o casi. Y entonces, también, el terrorismo actual se irá disolviendo en esa unidad y movilización de los pueblos, dejando aislados y desenmascarando a los grupos antipopulares que se camuflan a su interior. Sólo entonces podremos decir que hemos mirado el terrorismo a los ojos y que le hemos sostenido la mirada. Y con ello, estaremos muy cerca de poder decir lo mismo respecto al imperialismo... y respecto a nosotros mismos, porque ya no quedará demasiada distancia para pasar de ahí a tomar en nuestras manos las riendas del uso de la fuerza de trabajo -ya de por sí mundializado en tan alto grado- y, con ello, de nuestro destino, entre todos y para todos.

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