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O P I N I Ó N

10 de junio del 2004

Carnaval de irracionalidad

Anatomía del fascismo

Lisandro Otero
Rebelión

Un reciente libro de Robert Paxton, publicado por Penguin, emprende el análisis de un fenómeno político que caracterizó vastas luchas en el pasado siglo veinte. Paxton afirma que nadie sabe exactamente en que fecha comenzó el Renacimiento, ni en qué día terminó la Edad Media. Sin embargo, sí se sabe puntualmente cuándo nació el fascismo. Fue, con toda precisión, el domingo 23 de marzo de 1919, en la ciudad de Milán, cuando Benito Mussolini incitó a sus seguidores a declarar la guerra al socialismo.

El fascismo es mucho más moderno que el socialismo, el conservadurismo o el socialismo. Entre las dos guerras mundiales no hubo un solo país del mundo que no contase con un movimiento fascista bien organizado. En su reseña de la obra, publicada en New Statesman, el analista y teórico, Terry Eagleton, afirma que los fascistas son radicales, a diferencia de los conservadores que creen en un Dios, en tradiciones, suelen ser monárquicos, desdeñan a las masas, cuentan con un cuerpo de ideas. Los fascistas son paganos, confían en las virtudes del estado hegemónico, cultivan a la clase obrera y rechazan a la aristocracia, desarrollan mitos, se ven a si mismos como una vanguardia transformadora, se apoyan más en la fe en una causa que en las ideas, sitúan la unidad nacional por encima de las diferencias de clase.

Algunos han visto el fascismo como una etapa de dictadura abierta de la burguesía, elemento unificador entre las diversas formas de reacción europeas. Surge como consecuencia de una crisis histórica del capitalismo, tras su fase imperialista, según las definiciones de la Tercera Internacional. En esa etapa se prescinde de las instituciones de la democracia parlamentaria. Es un intento de frenar el curso del desarrollo histórico generado por los intereses del gran capital. Funciona como un partido de masas de base pequeño burguesa. El pacto con las élites, la represión interior y la expansión hacia el exterior, la unidad en torno a la idea de nación víctima, son elementos esenciales del fascismo.

El fascismo necesita el marco de una dictadura militar. Según Paxton la Francia de Petain, la España de Franco y el Portugal de Salazar no fueron dictaduras fascistas porque no lograron movilizar a las masas en torno a una idea nacionalista, en lo cual pudiera estar equivocado. En España la idea de una cruzada por una patria grande y unida sí logró convocar a ciertas mayorías en torno a la Falange. Paxton declara que el fascismo no fue antisemita en su vertiente italiana. Mussolini comenzó a perseguir a los judíos, instigado por Hitler, tras los primeros dieciséis años de gobierno.

Los valores democráticos, el individualismo y los derechos humanos son desdeñados en medio de la crisis del orden liberal capitalista y eso da origen a esa solución salvadora del sistema que es el fascismo. Los banqueros e industriales apoyaron y financiaron el ascenso de Hitler. Por ello el nazismo nunca se opuso al gran capital y en cambio sí combatió con saña todas las formas de socialismo. El fascismo ejerció un gran atractivo para la clase media de bajos ingresos. Esa pequeña burguesía menor acarició metas de prosperidad, adquisición de propiedad y vio en el fascismo el vehículo para alcanzarlas.

Para Paxton el Holocausto fue el triunfo del racismo científico. Los nazis alcanzaron objetivos de aniquilación que los pogromos habrían demorado siglos en alcanzar. Por sus incoherencias, Eagleton califica este fenómeno político como un carnaval de irracionalidad, sin embargo su aplicación de la ideología es sumamente pragmática.

Regímenes de autoritarismo capitalista, como el de Bush, bien pudieran significar un regreso al fascismo. El liberalismo se ha vuelto más despótico y opresor en esta etapa de nacionalismo patriótico y de agresiones terroristas. Los viejos imperios coloniales explotaron al Tercer Mundo pero no sembraron las semillas del liberalismo. Presumir que la economía de mercado y la democracia son inseparables compañeros es un concepto muy desacreditado en la actualidad y el fascismo fue la demostración más fehaciente de esa incompatibilidad.

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