O P I N I Ó N 

23 de enero del 2003

Nacionalismo, ideología y democracia

Carlo Frabetti
Rebelión

He vivido en Bolonia, Valencia, Barcelona y Madrid, y sigo estrechamente vinculado a estas cuatro ciudades fascinantes y paradójicas, lo que significa, entre otras cosas, que he tenido variadas e intensas experiencias relacionadas con el nacionalismo.

Madrid, la más artificial de las capitales europeas (es una especie de Brasilia del siglo XVI, elegida por razones fundamentalmente geométricas), es la sede central del más artificioso y reaccionario de los nacionalismos: el español. En Barcelona, el nacionalismo burgués domina el panorama sociopolítico (aunque sin eclipsar otras tendencias), mientras que en Valencia está mucho más polarizado entre una derecha rancia y prepotente y una izquierda lúcida y combativa. Y Bolonia podría formar parte, según algunos, de la recién descubierta "Padania", burdo pretexto geográfico de un seudonacionalismo de diseño que sólo busca la consolidación de los privilegios de clase. Por otra parte, aunque nunca he vivido en Euskadi, mis relaciones políticas y afectivas con el pueblo vasco se remontan a los tiempos del franquismo explícito y se han fortalecido en el contexto del criptofranquismo actual.

Por todo ello, y aunque no me considero un experto en el tema (ya hay demasiados), me atrevería, desde una larga experiencia personal y una honda preocupación, a proponer algunas reflexiones a propios y extraños (no son afirmaciones contundentes ni conclusiones definitivas, sino, insisto, meras propuestas de reflexión):

1. Como en el caso del colesterol, hay un nacionalismo bueno y un nacionalismo malo. Y, como en el caso del colesterol, van tan juntos que a menudo cuesta distinguirlos.

2. El nacionalismo bueno es como el estómago: si nada lo agrede (desde dentro o desde fuera), no lo percibimos siquiera, nos olvidamos de él por completo. Sólo lo notamos cuando nos duele.

3. No podemos estar orgullosos de nuestra nacionalidad, salvo en un sentido "negativo": como negación de su negación. El "orgullo gay", por ejemplo, sólo es concebible --y admisible-- en un contexto de represión o menosprecio de la homosexualidad. Si nadie cuestiona tus preferencias sexuales, estar orgulloso de ellas es tan estúpido como enorgullecerse de tener pecas o de comer garbanzos. Por eso no existe un "orgullo heterosexual" (salvo, tal vez, en el corazón de algún supermacho).

Yo me considero afortunado de ser italiano: nacer y crecer en un país en el que se concentra el 60% del patrimonio artístico occidental, y en una ciudad tan hermosa y floreciente como Bolonia, es un privilegio del que, por desgracia, pocos disfrutan. Italia me parece el país más bello e interesante de cuantos conozco, y me identifico con su cultura más que con ninguna otra.

Pero para estar "orgulloso" de ser italiano --o boloñés-- tendría que pensar que es mejor (no sólo más conveniente o agradable, sino mejor en el sentido estricto de cualitativamente superior) que ser francés o sardo. Y eso sólo puede pensarlo un imbécil o un fascista. De modo que estoy muy contento de ser italiano, pero no orgulloso. Y si en algún momento siento algún ramalazo de orgullo genuino, intento reprimirlo como intento reprimir la envidia, el egoísmo o la frivolidad.

Ahora bien, si alguien me dijera: "Tú no eres italiano, sino estadounidense" (de hecho, aunque no nos lo dicen, intentan convertirnos a todos en yanquis de segunda clase), y acto seguido impidiera, obstaculizara o penalizara las manifestaciones de mi italianidad (mi lengua, mi cultura, mi denostada afición a cantar ópera en la ducha) e intentara gobernarme desde Washington (ya lo intentan, en buena medida, por lo que esta reflexión no es tan hipotética como pudiera parecer a primera vista), entonces sí, entonces enarbolaría la bandera tricolor, me pondría a cantar "Bella Ciao" a voz en grito y me permitiría algunos excesos más sin demasiados sentimientos de culpa.

4. Todas las ideas, incluso las más hermosas y fértiles, cuando pierden su fluidez natural para cuajar en ideologías, engendran en su seno los insolubles grumos del fanatismo. Las más generosas propuestas éticas, al convertirse en dogmas, han dado lugar a religiones represivas (y en ocasiones sanguinarias).

Y el nacionalismo, cuando se ideologiza, es una de las doctrinas más peligrosas, una de las más proclives a la fundamentalización.

Me preocupa haber oído, en el marco de la muy encomiable Conferencia Internacional por los Derechos de los Pueblos recientemente organizada por Udalbiltza, afirmaciones tales como que "Euskal Herria es una unidad de destino". Incluso hablar de la "diáspora" del pueblo vasco me parece peligroso. La elección de los términos nunca es casual, y su carga connotativa nunca es neutra. (En este sentido, el propio término "abertzale" -- que si mi precario euskera no me engaña significa literalmente "patriota"-- sólo debería figurar en el diccionario de la izquierda como "negación de la negación" de la identidad de un pueblo.) 5. El nacionalismo debe aspirar, desde el primer momento, a la síntesis plena con su par dialéctico, el internacionalismo. La solidaridad --la fraternidad revolucionaria basada en la libertad y la igualdad-- se desarrolla de forma natural en capas espaciotemporales concéntricas: parte, inevitablemente, del más puro egoísmo infantil para extenderse al núcleo familiar y luego a los parientes y allegados, a los vecinos y compañeros de trabajo, a los hermanos y hermanas de lengua y de cultura, y por fin al mundo entero. Si se detiene en alguna de las etapas, el desarrollo es incompleto: no sólo parcial, sino fallido.

6. El nacionalismo no puede ser el único factor de cohesión y movilización, ni se le puede conceder una prioridad absoluta. Me preocupa oírles decir a algunos vascos cosas tales como que si un plutócrata bilbaíno financia la edición de libros en euskera, es un aliado. No sé si el discutible concepto de "tonto útil" es extrapolable al de "malo útil", pero, en cualquier caso, creo que hay que desconfiar de este tipo de alianzas contra natura. Hay muchas batallas, pero todas se inscriben en la gran guerra de siempre, la de los ricos contra los pobres, y quien no está en un bando, está en el otro.

7. El nacionalismo es un excelente combustible; pero, por eso mismo, es muy inflamable y hay que manejarlo con la mayor precaución.

8. Sin autodeterminación no hay democracia. La autodeterminación de los pueblos, con o sin Estado, es el equivalente colectivo y el complemento indispensable de la libertad individual, y ambas libertades, la del individuo y la del grupo en el que se integra y reconoce, son los únicos pies sobre los que puede sostenerse --y avanzar con paso seguro-- una sociedad adulta y responsable.