O P I N I Ó N

5 de julio del 2001

La alargada sombra de Seattle

Roberto Laxe

Los acontecimientos que sacudieron la ciudad norteamericana de Seattle a finales del año 99 pueden ser definidos como un “momento nodal”, un hecho cualitativo que resume y sintetiza todas las contradicciones de un momento histórico, y que marca las pautas sobre las que se van a mover los acontecimientos en un futuro próximo.

Las actuales polémicas entre los EEUU y la UE sobre los más diversos temas -escudo antimisiles, protocolo de Kioto, leyes de genéricos y transgénicos, pena de muerte, euro ejército, etc.- son la consecuencia directa del fracaso de aquella conferencia y el vacío legal que provocó en las relaciones comerciales entre los bloques.

Pero necesitan superar esta situación, y vistas las dificultades que los poderosos del planeta tienen para reunirse -cada de vez que lo intentan, se encuentran con miles de manifestantes dispuestos a amargarles la fiesta- han decidido que la próxima ronda de la OMC sea en... Quatar; es decir bien lejos de las movilizaciones. Esta es la "alargada sombra de Seattle", que planea constantemente sobre las cabezas de los responsables de los desastres que aquejan el mundo, y por esto es importante comprender en profundidad las causas que generaron la victoria de Seattle y que tantas réplicas ha tenido.

Los hechos que condujeron al fracaso de la llamada Ronda del Milenio de la Organización Mundial del Comercio en Seattle fueron tres: una, las contradicciones interimperialistas, especialmente entre los EEUU y la UE, y expresadas en los diferentes proyectos que cada uno tenía para esa Ronda del Milenio; dos, la negativa de las burguesías de los países dependientes a perder competitividad y capacidad de negociación con sus socios mayores; tres, la irrupción, sorpresiva para casi todos, del movimiento de masas y, especialmente, del movimiento obrero norteamericano, con los obreros de la Boeing y los estibadores a la cabeza..

1.- LA DINÁMICA DE AQUELLA CUMBRE

En principio, y lo que parecía más cuestionaba su desarrollo era la contradicción entre los imperialistas, basada en la negativa norteamericana a discutir sobre cuestiones agrícolas y la pretensión europea de incluir temas que nuevos (inversiones, medio ambiente, etc.) para desregular el mercado en beneficio de sus propias multinacionales. La falta de acuerdo hizo que los gobiernos europeos rebajasen la importancia de la Ronda al mandar ministros y secretarios de estado, desairando a Clinton en plena campaña electoral, que esperaba verse rodeado de sus “aliados” europeos. En Seattle no estuvo ningún primer ministro ni presidente de la Unión Europea.

Cuando los países dependientes pusieron sobre la mesa sus reivindicaciones y sus negativas a reducir el “dumping” social sobre la que basan su competitividad, los imperialistas de EEUU, UE y Japón se unieron, “que nos peleemos entre nosotros, vale, al fin y al cabo somos los jefes, debieron pensar los imperialistas, pero que estos encargados y capataces se nos subleven es inaceptable”.

Pero todos ellos, los explotadores de primera y los de segunda, no contaban con su verdadero enemigo, el movimiento de masas y, en concreto, con la clase obrera norteamericana. De hecho, las medidas de seguridad que habían adoptado eran para prevenir atentados terroristas individuales, no decenas de miles de manifestantes, con los trabajadores a la cabeza. Cuando éstos irrumpieron en las calles, impidiendo la celebración de las primeras sesiones, todos pusieron el grito en el cielo. Fue declarado el estado de sitio, y los enfrentamientos comenzaron.

La lucha de clases, a la que muchos habían matado hace años, reaparecía con toda su fuerza, sacando a relucir las miserias de este sistema capitalista, que en Seattle discutía como repartirse el plusvalor generado por la explotación.

De alguna manera se puede afirmar que hay un antes y un después de Seattle. El fracaso del capitalismo mundial para ponerse de acuerdo sobre cómo repartirse el mundo, como recolonizar los países dependientes y como superexplotar a los trabajadores va a marcar, a partir de ahora, los procesos mundiales. Por esto, y a pesar de las apariencias de los propagandistas del sistema, no hay un Nuevo Orden Mundial, sino un desequilibrio que lastra sistemáticamente la situación política mundial, haciéndola tremendamente volátil, generando explosiones de lucha en Latinoamérica, guerras en diferentes partes del mundo (Chechenia, India y Pakistán, etc.), o ascenso de luchas obreras en países centrales como Francia o los EEUU.

“El equilibrio capitalista es un fenómeno complicado; el régimen capitalista construye ese equilibrio, lo rompe, lo reconstruye y lo rompe otra vez, ensanchando, de paso, los límites de su dominio (...) El capitalismo posee entonces un equilibrio dinámico, el cual está siempre en proceso de ruptura o restauración”. (L. Trotski, La Situación Mundial, Junio de 1921). En Seattle se han cuestionado las tres ideas centrales que, se suponía, eran el catecismo del nuevo orden: uno, la hegemonía yankee; dos, la dependencia del llamado Tercer Mundo; tres, la desaparición de la lucha de clases, ahogada por el individualismo en las relaciones laborales.

2.- HEGEMONÍA Y COMPETENCIA

Es muy corriente en algunos sectores de la izquierda resumir la situación mundial con un esquema: el imperialismo es uno, y el dominante es el yankee, los demás son sumisos y le siguen en su política expansionista como borregos. Lenin ya polemizó con este esquematismo a la hora de caracterizar el imperialismo en la fase capitalista.

“Lo característico del imperialismo es precisamente la tendencia a la anexión no sólo de las regiones agrarias, sino incluso de las más industriales (apetitos alemanes respecto a Bélgica, de los franceses en cuanto a Lorena), pues, en primer lugar, la división ya terminada del globo obliga, al proceder a un nuevo reparto, a extender la mano hacia toda clase de territorios; en segundo lugar, para el imperialismo es sustancial la rivalidad de varias grandes potencias en sus aspiraciones a la hegemonía, esto es, a apoderarse de territorios no tanto directamente para sí, como para debilitar al adversario y quebrantar su hegemonía (para Alemania, Bélgica tiene una especial importancia como punto de apoyo contra Inglaterra; para Inglaterra la tiene Bagdad como punto de apoyo contra Alemania, etc.”. (Lenin, el subrayado es mío).

La caída del Muro de Berlín y la desaparición de los estados obreros tuvo dos consecuencias dentro de las relaciones entre las potencias imperialistas, por un lado, hizo innecesario el paraguas nuclear norteamericano, bajo el que se cobijaban todos los “aliados” salvo Francia; y por otro, abrió al mercado mundial y a la división internacional del trabajo un ejército industrial de reserva de millones de obreros con un gran nivel de cualificación.

La combinación de ambos factores alimentó los instintos depredadores de todas las potencias imperialistas, en una fase en la que los EEUU estaba pagando las consecuencias económicas y políticas de la derrota del Vietnam y del dominio mundial que había ejercido durante toda la posguerra.

Los años 80 fueron unos años de transición en los EEUU, donde las políticas brutalmente neoliberales de Reagan y los altos tipos de interés que financiaban el déficit presupuestario con capitales de todo el mundo, sentaron las bases para el actual desarrollo yankee, tras derrotar al movimiento obrero a primeros de la década con el despido masivo de los controladores en huelga. A partir de aquí el retroceso en las condiciones de vida de los trabajadores norteamericanos es patente, con la ampliación de la jornada laboral (hoy los obreros en los USA trabajan una media de 50 horas semanales) o la reducción de las prestaciones sociales (40 millones de norteamericanos no tienen sanidad). Esto corrió paralelo al crecimiento imparable de los aspectos más parasitarios del capitalismo (sólo 28% del PIB de los EEUU corresponden a producción industrial, el resto son servicios, administración, etc.).

Este debilitamiento objetivo de la que era la gran potencia mundial fue, y es, percibida por las demás potencias, que quieren disputarle su papel hegemónico, con Japón y Alemania a la cabeza. Incluso hoy, cuando los EE UU exhiben al mundo su gran crecimiento económico, la lucha por un nuevo reparto del mundo sigue en pie; los imperialistas competidores saben que ese crecimiento tiene los pies de barro, pues el dato de economía real, la producción industrial, reduciría el 5 ó 6% de crecimiento medio a una cuarto, es decir al mismo nivel que cualquier país del mundo.1

La revista Business Week, citada por el economista brasileño José Martins, describe perfectamente la dinámica de esta competencia feroz y permanente: “Desde que la Bussines Week lanzó por primera vez su ranking de las corporaciones de mayor valor, en 1988, la economía mundial se transformó. Más países se abrieron al comercio internacional y a las inversiones que en cualquier otra época. Para los colosos corporativos, las mayores oportunidades están fuera de los mercados nacionales (...) De los Estados Unidos a Japón, pasando por Europa, las compañías que están subiendo en las clasificaciones son las que se vuelven nombres de ámbito mundial en tecnología, industria de transformación y bienes de consumo. Como en los últimos, años los Estados Unidos se vuelven a colocar en el centro de las atenciones en 1996”. (Los Limites de los Irracional).

La competencia entre la llamada Tríada por dominar los sectores claves de la economía mundial es lo que determina las relaciones entre ellos, de hecho el proceso de fusiones y uniones entre multinacionales que se está dando, se produce mayoritariamente entre empresas de un mismo país y, a lo sumo, en la misma zona económica (el euro), para reforzar su posición en el mercado mundial. Y esta competencia fue una de las causas del fracaso de Seattle, pues que los EEUU estén en “el centro de las atenciones” no anula los apetitos del resto de los imperialistas, sino que los anima a incrementar la superexplotación de sus trabajadores, con el fin de recuperar la situación que tuvieron antes del 96.

Al igual que en la naturaleza el dominante de la manada está constantemente presionado por los aspirantes, en la economía mundial rige la misma regla. Históricamente, Francia y Gran Bretaña, primero, y los EEUU después, acosaron al imperio español, hasta que consiguieron arrebatárselo; a lo largo del siglo XIX Gran Bretaña fue acosada por franceses, alemanes y norteamericanos. En el siglo XX el “nuevo reparto del mundo” al que se refería Lenin provocó dos guerras mundiales, para determinar quién se hacía con el dominio del mercado mundial, y el triunfador fueron los EEUU.

En las condiciones actuales de ruptura del equilibrio mundial, la dialéctica potencia hegemónica versus potencias no hegemónicas no se resuelve en la sumisión, sino en la lucha entre ellos, en la competencia por el control de mercados internos (la pelea por la caída de los aranceles en los países imperialistas es la manifestación de esta lucha), y por el dominio de los países dependientes (la ley Helms-Burton contra los intereses europeos en Cuba es un ejemplo).

La base de esta competencia permanente la describe J. Martins en el libro citado, cuando dice que “para analizar el fenómeno neoliberal es preciso tener en cuenta una importante diferencia entre los propietarios de los medios de producción de capital y el mismo capital. En cuanto clase propietaria, cualquier burguesía es genéticamente nacional. No existe burguesía internacional. El capital, por su lado, es genéticamente internacional”. La lucha de las burguesías nacionales imperialistas por controlar una cuota mayor de la valorización de ese capital es la lucha constante por la hegemonía en el mercado mundial, modificando a su favor el porcentaje en la participación del valor añadido mundial generado por los sectores productivos de la sociedad, que en 1994* era favorable a Europa Occidental.

sectores

América del Norte

Europa Occidental

Japón

Total

Todaslas manufacturas

Alimentos

Bebidas

Cuero

Calzado

Textiles

Prendas vestir

Maquinaria no eléctrica

Maquinaria eléctrica

Equipo transporte

Equipo profesional y científico

24,9

23,5

19,5

11,9

9,3

17,4

22,7

24,5

21,7

30,2

52,2

33,2

30,8

37,1

37,1

36,3

26,2

27

37,3

34,9

32,

21,3

16,9

14,6

8,4

11

6

11,7

11,2

20,4

23,5

18,2

8,7

75

68,5

65

60

51,6

55,3

60,9

82,2

80,1

80,9

82,5

Las transferencias de plusvalor se producen de manera automática en la economía capitalista, al margen de las condiciones políticas coyunturales de hegemonía y subordinación, a través de la tendencia a la nivelación de la tasa de ganancia. “Las empresas que operen con productividad media del trabajo en el ramo (que será la regla general) recibirán la tasa media de ganancia. Empresas que operen por debajo de la productividad media del trabajo recibirán menos que la tasa media de ganancia y correrán el riesgo de verse empujadas al cierre en casos de crisis y depresión. Las empresas que hayan hecho avances tecnológicos, que operen a un nivel de productividad del trabajo superior al promedio, disfrutarán de una plusganancia transitoria, es decir, de una ganancia por encima de la ganancia media resultante de la diferencia entre sus costos de producción individuales y los costos de producción medios del ramo. Pero esa plusganancia desaparecerá generalmente en períodos de crisis y depresión, cuando la nueva tecnología se generalice en el ramo y la productividad media del trabajo (el valor de la mercancía) se adapte a esa productividad inicialmente elevada”. (E. Mandel, Cien Años de Controversias sobre El Capital).

En los años 80 la productividad media del obrero norteamericano cayó por debajo del europeo y, especialmente, del japonés. Esta fue la base de la preeminencia del imperialismo nipón en esa década. La política desreguladora de Reagan y Bush, que permitió la prolongación de la jornada y la introducción de la tecnología de forma masiva con Clinton, con la consecuente intensificación del trabajo, es lo que ha permitido a los USA recuperar la tasa de ganancia y situarse, de nuevo, “en el centro de las atenciones”. Pero la competencia no se anula, los demás capitalistas empujan, desregulan las condiciones de trabajo, incorporan los avances tecnológicos, y, tarde o temprano, la tasa de ganancia tiende a la nivelación. La lucha por la hegemonía del mercado mundial se reduce, en última instancia, a la lucha por hacerse con la plusganancia transitoria que genera el desequilibrio entre las diferentes condiciones de producción dentro de los mismos países imperialistas.

El nuevo hiperimperialismo

Siguiendo el mismo método unilateral de razonamiento de aquellos que jerarquizan la situación mundial en torno al imperialismo yankee, existen otros sectores de la izquierda que reeditan una vieja teoría de la socialdemocracia, la teoría del hiperimperialismo que en la actualidad estaría basado sobre las 200 multinacionales que dominan el mundo, y que son mayoritariamente norteamericanas.

Si bien la tendencia al monopolio, es decir, a la concentración y centralización del capital, es inherente al capitalismo, en su fase imperialista, también es cierto que esta tendencia no anula la competencia sino que es una consecuencia de ella; es decir, la concentración y centralización se producen sobre la base de la tendencia a la nivelación de la tasa de ganancia que veíamos antes (otros le llaman la “perecuación de la tasa de ganancia”). Esta tendencia supone que las empresas o el sector que tienen un grado de productividad más elevado, se benefician de una plusganancia. Ahora bien, para ganar productividad hay que reducir costos de producción e incrementar la composición orgánica del capital, es decir, significa perfeccionar los medios de producción e instrumentos de trabajo, sustituyendo trabajo vivo (fuerza de trabajo) por trabajo muerto (instrumentos de trabajo). De esta manera, ganará el capitalista que haya conseguido avanzar más en este terreno.

Pero, “cuanto más se perfecciona el maquinismo más aumenta la composición orgánica del capital necesaria para que la empresa pueda obtener la ganancia media” (E. Mandel, Tratado de Economía Marxista, T I), es decir, el nivel que supone el apropiarse o no de la plusganancia determinada por la diferencia en la productividad del trabajo. Esto supone que el capital necesario para producir esta ganancia media aumenta en la misma proporción. O lo que es lo mismo, el esfuerzo de inversión se incrementa, de aquí la necesidad sistemática del capital a la concentración y centralización, pues no hacerlo significa su desaparición, absorbido por el mayor; “La evolución del modo de producción capitalista lleva consigo necesariamente una centralización y una concentración de capital. La dimensión media de las empresas aumenta constantemente (...). (E. Mandel, op citada).

Dicho gráficamente, el libro de Lenin “El imperialismo, fase superior del capitalismo” no anula las leyes del capitalismo explicadas en El Capital, sino que las desarrolla y profundiza. Por esto el mismo Lenin polemiza con todos aquellos que creen posible el hiperimperialismo, pues se aleja de la realidad del funcionamiento del sistema capitalista, en palabras del propio Lenin, “El imperialismo surgió como desarrollo y continuación directa de las propiedades fundamentales del capitalismo en general”.

Pero me voy a detener un aspecto concreto, por las consecuencias políticas que tiene: la reaparición de esa teoría del “hiperimperialismo” que domina ideológicamente a la izquierda mundial.

Veamos, primero, como definía Kautski en 1915 ese “superimperialismo”: “Desde el punto de vista económico, no está descartado que el capitalismo pase todavía a una nueva fase: la aplicación de la política de los cárteles a la política exterior, la fase del ultraimperialismo”, esto es el superimperialismo, la unión de los imperialismos de todo el mundo, y no la lucha entre ellos, la fase del destierro de las guerras bajo el capitalismo, “la fase de la explotación general del mundo por el capital financiero unido en el plano internacional” (citado por Lenin en El Imperialismo, fase superior del capitalismo). Lenin contestaba de la siguiente forma, “la mejor respuesta a las abstracciones muertas del ultraimperialismo (que favorecen exclusivamente a un propósito de lo más reaccionario, distraer la atención de las profundas contradicciones existentes) es contraponerles la realidad económica concreta de la economía mundial moderna”.

A la teoría de la “dictadura” hiperimperialista de las 200 multinacionales debemos oponerle dos realidades:

una, la burguesía, que habíamos definido como “genéticamente” nacional, es más que un puñado de multinacionales (algunas de las cuales, por cierto, no existían hace quince años y otras han desaparecido), sino un conjunto de propietarios de medios de producción, ya sea a través de la propiedad directa (empresas familiares) ya a través de las sociedades por acciones, y por los gestores directos de éstas, que exceden con mucho ese número de 200 multinacionales. La burguesía es una clase social que se homogeneiza en el mercado, donde realiza la plusvalía contenida en las mercancías. Si no hablamos del mercado y concurrencia, no podemos hablar de capitalismo.

Es cierto que las 200 multinacionales tienden a dominar la economía mundial, estableciendo precios monopolistas, controlando las producciones de sectores claves, etc., y en esto pueden entrar en contradicción con los demás capitalistas, pero pertenecen a la misma clase, y sus “problemas” los va a resolver el mismo sistema capitalista, que funciona de una manera automática, sin necesidad de intervención de la voluntad humana.

Además, empresas multinacionales son muchas más y en constante movimiento. El número aproximado de multinacionales en todo el mundo es de 38.000. Sólo en España, las empresas que han realidad actividades en el exterior en el 99 fueron 58.000. Es decir, que la realidad del capitalismo es mucho más dinámica que esa supuesta “dictadura” del hiperimperialismo.

Dos, volvemos aquí a la ideología de la hegemonía del imperialismo yankee.

Antes de nada aclarar una cuestión de método: si algún fallo tiene la teoría del hiperimperialismo es que anula la base del movimiento, la contradicción. Es decir, si la hegemonía yankee es tan absoluta desde hace tantos años, dónde queda la necesidad constante de todos los capitalistas por incrementar la tasa de explotación de sus proletariados. Dicho de otra forma, cualquier capitalista se preguntará, si el dominio yankee es tan grande, para que molestarme en incorporar tecnologías, en exigirle a mis gobiernos desregulaciones laborales, etc. Sí fuese cierta esa “dictadura”, la historia se habría acabado y Fukuyama habría tenido razón.

Hasta ahora hemos visto como las leyes del capitalismo contradicen sistemáticamente ese hiperimperialismo, en general. Ahora veamos como no es cierto que el dominio yankee sea tan absoluto.

En Le Monde Diplomatique de diciembre del 99 (edición en español) se hacia un informe sobre estas 200 megaempresas, y se decía en primera página que 74 eran yankis, 41 japonesas, y... lo que no dijo, que 68 son europeas. No es casual este olvido, es político, hay que remarcar el carácter no imperialista de los países europeos y su sumisión ante los yankees y los japoneses.

Hay una primera cuestión histórica a tener en cuenta sobre estos datos para determinar las tendencias de los procesos, a dónde se dirigen, si la tendencia es a una mayor preeminencia del capital norteamericano, después de dominio casi absoluto de la economía, o la tendencia es al reforzamiento de nuevos competidores, pues los datos estadísticos en si mismos no son más que pura abstracción.

Al contrario de los datos reproducidos por Le Monde, hasta los años sesenta prácticamente todas las multinacionales con implantación mundial eran yankees, sólo un par de ellas británicas (la Royal Ducht, especialmente), una francesa, otra alemana y alguna japonesa tenían el volumen suficiente para competir con los norteamericanos. Hasta popularmente se expresaba este dominio, los ordenadores eran conocidos como “ibms”, un “cadillac” era el coche por excelencia, etc.

Desde la crisis de los 70, que supuso la ruptura del orden económico establecido en Bretton Woods, los países derrotados en la guerra mundial, Alemania y Japón, y sobre la base de la superexplotación que permitió su reconstrucción, se han situado, si no a la altura, si, por lo menos, en la posibilidad de competir con los norteamericanos. Esto nos da una primera tendencia, que es a la igualación entre el poderío americano y el alemán y japonés, no al aumento de las diferencias.

Pero no son solo los alemanes y los japoneses, otros países europeos imperialistas de siempre, como Francia y Gran Bretaña están ahí permanentemente. A ellos hay que añadirles países imperialistas en decadencia como España, que también aprovecharon los ajustes y reconversiones de los años 80, incorporándose a la competencia, y disputándole a los yankees parte de su mercado tradicional, como Latinoamérica.

En un reciente artículo de Financial Times se hacia eco precisamente de este hecho, y James Petras lo recogía para darle una explicación en su artículo “Regresan los conquistadores de franela gris”, publicado en El Mundo del 3 de agosto de 1999. En este artículo se situaba perfectamente la base de ese regreso en la “política de Felipe González (que) llevó a una enorme acumulación de beneficios” en los años ochenta en España sobre la base de un recorte de los programas sociales y la disminución del nivel de vida en términos reales. La conclusión del artículo choca frontalmente con la teoría del hiperimperialismo yankee. “Los intereses comunes entre los grandes bancos y multinacionales españoles y las empresas norteamericanas en la explotación de Latinoamérica contribuyen muy mucho a explicar la creciente colaboración político militar en el seno de la OTAN. Tanto el viejo imperio norteamericano como el naciente imperio español tratan de crear regímenes clientelares, dóciles, (...) La colaboración del gobierno español responde por tanto no a una política de acomodación sin más, sino que se basa en una serie compartida de intereses globales”. Hoy las multinacionales financieras e industriales españolas tienen intereses desde Taiwan hasta Latinoamérica, desde Arabia Saudí hasta Namibia, y el sistema financiero español, sin contar las Cajas de Ahorro, es el 7º del mundo. Bancos como el BBVA o el BSCH controlan fondos de pensiones, bancos medios y seguros de Latinoamérica. Sí esto es así con España, que no será con las potencias europeas más poderosas, como Alemania, Francia o Gran Bretaña.

“Las realidades económicas” y las tendencias internas contradicen la existencia de esa suerte de “hiperimperialismo” yankee al que se subordinan todos los demás.

Las guerras del último decenio

La cerrada lucha que, de forma sorda y en los ámbitos diplomáticos, se está produciendo demuestra todo lo contrario, y así lo reflejan los republicanos yankees cuando acusan a Clinton de no ejercer el “liderazgo mundial”. Sí Clinton no ejerce ese liderazgo no es porque no quiera, sino porque no puede.

Para los norteamericanos se ha convertido en prioritario recuperar ese papel de “liderzgo” del mundo, da ahí las acciones militares en Irak o Yugoslavia que tenían, además del objetivo de reducir a los pueblos, como finalidad reafirmar la hegemonía norteamericana en espacios donde sus multinacionales están en retroceso. Los pueblos de la exYugoslavia avanzaban a pasos agigantados hacia la “marquización” de su economía, es decir, a entrar en el ámbito de dominio del imperialismo alemán2, y por extensión, europeo.

El caso de Irak es más complejo, por un lado, las multinacionales yankees (la Mobil Oil, especialmente), que controlaban el petróleo irakí antes de la guerra del Golfo han tenido que irse por el bloqueo, siendo sustituidas por aliados de Irak, Francia (con la Elf y la Total a la cabeza) y por Rusia. Por otro lado, los sucesivos bombardeos sobre Irak desde hace 10 años y el mantenimiento del bloqueo del petróleo tiene como objetivo debilitar a Europa y Japón. No olvidemos que ni Europa ni Japón tienen petróleo propio, y cualquier encarecimiento del crudo incrementa la factura que estas potencias tienen que pagar por la fuente de energía fundamental.

Recordando la cita de Lenin, “(...) para el imperialismo es sustancial la rivalidad de varias grandes potencias en sus aspiraciones a la hegemonía, esto es, a apoderarse de territorios no tanto directamente para si, como para debilitar al adversario y quebrantar su hegemonía (para Alemania, Bélgica tiene una especial importancia como punto de apoyo contra Inglaterra (...)”. Sólo si se entiende esta lógica se podrá comprender la realidad mundial en su conjunto, y no de forma unilateral.

3.- LA RECOLONIZACIÓN, CONSECUENCIA DEL REPARTO DEL MUNDO

Una de las contradicciones que atravesaron la cumbre de Seattle, y la condujeron al fracaso, fue la negativa de las burguesías de los países dependientes a perder las bases sobre las que sustenta su cuota en el reparto de la plusvalía, el “dumping” social que practican, y que les permite negociar con los imperialistas para convertirse en receptores de inversiones productivas de las multinacionales, en su afán de reducir costes de producción; sobre todo en aquellos sectores con una baja composición orgánica de capital, y en los que la productividad se basa, fundamentalmente, en la prolongación de la jornada y no en la intensificación del trabajo.

El estallido del conflicto entre las potencias imperialistas y los llamados países del Tercer Mundo o del Sur se produjo cuando muchas delegaciones de estos países comprobaron que “las verdaderas transacciones tenían lugar en los salones verdes”, donde, según, el comisario europeo, sólo una treintena de delegaciones se reunían con representantes del subcontientente indio (con la India), de Africa (Sudáfrica o Marruecos). La actitud de metrópoli de europeos, norteamericanos (con Canadá incluida) y japoneses era patente, y esto indignó a decenas de delegaciones de países dependientes. En la OMC de Seattle pretendieron sentar las bases para un reparto del mundo, y fracasaron.

En los puntos anteriores veíamos una de las características del imperialismo en la actualidad, la lucha entre las diferentes potencias por aumentar el dominio del mercado mundial a través del crecimiento del tamaño de sus multinacionales.

Esta lucha se corresponde con otra de las características del imperialismo, la tendencia a la anexión, sea directa (ocupación militar), sea indirecta, por lo que la colonización y recolonización del planeta por las potencias imperialistas es una dinámica permanente, “la división ya terminada del globo obliga, al proceder a un nuevo reparto, a extender la mano hacia toda clase de territorios; en segundo lugar, para el imperialismo es sustancial la rivalidad de varias grandes potencias...” (Lenin, El Imperialismo Fase Superior del Capitalismo).

Al final de la IIª guerra mundial, cuando culminó el primer gran reparto del mundo, iniciado en la primera guerra, se estableció un orden mundial muy claro y jerarquizado: el vencedor de la guerra, los EEUU, y sus aliados, Francia y Gran Bretaña imponían las condiciones a los derrotados, Alemania y Japón. Las colonias de éstos pasaron a manos, principalmente, de los yankees, que reforzaron su dominio en casi todo el mundo, incluidas las potencias derrotadas. Sólo partes de Africa (central y norte) seguía siendo francesa y Gran Bretaña intentaba conservar su imperio colonial transformándolo en la Commonwealth.

Esta jerarquía se trasladaba a los organismos internacionales. Los órganos económicos (el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional) estaban dominados por el acuerdo de Bretton Woods, donde se implantaba el patrón dólar, en sustitución del oro. La superestructura política era la ONU, donde dominaban los vencedores (al que se incorporaron los estados obreros, pues la victoria sobre el nazismo tuvo un fuerte componente revolucionario y su incorporación era parte de la correlación de fuerzas); y los organismos militares la OTAN, un organismo al servicio total de los yankees.

Pero la historia no se acaba, para pesar de Fukuyama y de los ideólogos de la burguesía; ni tampoco sigue una línea recta, para decepción de los evolucionistas. Si no que se mueve por líneas quebradas.

En 1972-73 estalla la llamada crisis del petróleo, es decir, se acaba el periodo de crecimiento económico basado en la mayor destrucción de fuerzas productivas de la historia, y este final se traduce en la desaparición del patrón dólar, por decisión de R. Nixon. Esto supone la ruptura del acuerdo que sustentaba el orden establecido en 1945, el de Bretton Woods.

En 1975 los estadounidenses se retiran derrotados de Vietnam, creando el “síndrome de Vietnam” que dura hasta hoy, y que tiene un doble significado: uno, que un pueblo puede derrotar, si lucha con determinación, al mayor ejército del mundo, dos, que ese ejército es vulnerable.

Se inicia así la lenta decadencia de la hegemonía norteamericana, al tiempo que los viejos derrotados crecen en su papel mundial. A Gran Bretaña y Francia, que nunca habían dejado de estar en el candelero, aunque bajo la sombra de los EEUU, se le unen de nuevo, Alemania y Japón, que resurgen con fuerza del destrozo de la IIª Guerra Mundial.

Sólo una pregunta, para que se entienda esta idea: ¿es comparable la situación de Alemania o Japón en 1945 en su relación con los EEUU con la situación en los 80, cuando las multinacionales japonesas poseían el 48% del valor de las 1000 mayores compañías del mundo, y que juntas valían un 60% más que las norteamericanas3?. Es evidente que la relación estaba cambiando a favor de los antiguos derrotados.

Como vimos, en los años 80 el imperialismo yankee reacciona y con las políticas neoliberales de Reagan y Bush consiguen revertir en parte su pérdida de papel en la economía mundial, sobre la base de destrozar la vieja estructura industrial norteamericana (actualmente sólo el 28% del PIB USA corresponde a producción industrial, el resto lo compone sectores no productivos).

Pero los acontecimientos en el 89-90, con la desaparición de la URSS y de los estados obreros, y la caída del muro de Berlín, tienen unos efectos devastadores sobre el orden imperialista, agudizando la tendencia al desorden, a la competencia y al enfrentamiento entre las potencias imperialistas.

La aparición de un ejército industrial de reserva, compuesto por millones de obreros, en el mercado mundial desata los apetitos de todos los capitalistas del mundo, incluidos los de países de segundo orden como Turquía (que ven en la disgregación de la URSS una posibilidad de oro para extender su dominio a los países turcófonos que surgen), o Irán que le sucede lo mismo con los países musulmanes de la ex URSS.

Es evidente que la restauración del capitalismo en los ex estados obreros abre la dinámica de recolonización que estamos viviendo en la actualidad. O lo que es lo mismo, la restauración del capitalismo es la forma que adopta la recolonización en los estados obreros.

Y esta recolonización se está realizando sobre la base de una cerrada competencia a dos niveles (el tercero, el de la clase obrera y los oprimidos es motivo de otro análisis): uno, entre las mismas potencias; dos, entre las potencias imperialistas y las burguesías de los países dependientes.

Hacia un nuevo reparto del mundo

Aparte del artículo de James Petras mencionado más arriba, en un reciente informe del Banco Mundial y de la Comisión Económica para América Latina, dependiente de la ONU, se reconoce que “la inversión europea superó por primera vez a la estadounidense gracias en buena medida al creciente interés de las empresas españolas por ese continente” (El País, 27 de enero de 2000).

En cifras. Por ventas consolidadas, en los seis mercados más importantes de la región, de las 25 empresas extranjeras más importantes, hay 14 compañías europeas y 11 norteamericanas, lo cual determina un poco la dinámica en un continente considerado hasta hace poco el “patio trasero” de los yankees.

En las privatizaciones de los últimos años, y separando ya España de la Unión Europea, la participación hispana fue del 8.7%, justo por detrás de los EEUU, con el 14,8%. Por ventas consolidadas de las grandes empresas españolas no financieras ocupan el 10% del mercado, lejos del 43,1% de los norteamericanos, y cerca del 10,6 alemán.

Pero en el sector financiero, los españoles ganan por goleada. Los bancos españoles representan el 32,5% de los activos totales de los 20 bancos extranjeros más grandes, por delante de los norteamericanos, que no llegan al 30%. Sí consideramos, con Lenin, que “lo característico del imperialismo no es el capital industrial, sino el capital financiero”, podemos ver con claridad por donde van las tendencias del nuevo reparto del mundo, que está llevando a Latinoamérica a dejar de ser el homogéneo “patio trasero”, para dividirse en zonas de influencia. Mientras el Norte y Centroamérica (excepto Cuba, donde la restauración la esta llevando a cabo Europa) sigue en la órbita de los EEUU, el Sur, especialmente Mercosur, estrecha lazos con Europa.

Es evidente que 70 años de dominio yankee no se borran de un plumazo, y las compañías norteamericanas siguen dominado la zona por lo acumulado todo ese tiempo; pero lo que interesa, a partir de aquí, son las tendencias del proceso de recolonización en América Latina, que no viene exclusivamente desde el Norte sino del otro lado del Atlántico, y los enfrentamientos no sólo se darán con el gigante del norte, sino con los del Viejo Continente. Un ejemplo reciente, los indios mapuches del sur de Chile han venido a España para luchar contra el proyecto de Endesa (Empresa Nacional de Electricidad) de construir unas presas en el territorio de los indios (empresa olvidada en el reciente artículo de Le Monde Diplomatique sobre Chile, de nov. del 99, donde se mencionan sociedades USA, japonesas, coreanas, y ninguna, ¡oh casualidad política!, española o europea). El enfrentamiento de los mapuches no es con el imperialismo yankee, sino con el español, y aquí tenemos que acostumbrarnos a esta nueva situación, que no lograremos si seguimos con la letanía de “luchemos contra el imperialismo”, y por esta frase sólo reconozcamos al yankee. Sí queremos ser antiimperialistas debemos luchar, antes que nada, contra nuestro propio imperialismo; de lo contrario, de tan “antiimperialistas yankee” que se pueda ser, se claudicará al propio imperialismo.

El nuevo reparto del mundo comienza por la “expulsión” más o menos pacifica del competidor del país donde entra la multinacional, y esta pelea se está dando en todos los continentes como consecuencia de una cerrada lucha por el control de los mercados y las materias primas. Bajo esta lucha han surgido, al calor de la disgregación de la URSS, de Yugoslavia, de la restauración capitalista en los ex estados obreros y de la recolonización de países que se independizaron en los años sesenta y setenta (Congo, Angola, Mozambique, etc.), los intereses de lo que podríamos calificar de potencias regionales, como las ya mencionadas Turquía e Irán, y a las que se pueden añadir la India, Pakistán, Sudáfrica, que, aún manteniendo un amplio margen de dependencia del imperialismo en su conjunto, y del yankee en especial, tienen una burguesía autóctona lo suficientemente fuerte para tener aspiraciones expansionistas. La guerra en Cachemira entre la India y Pakistán, la presencia de Sudáfrica en el conflicto centroafricano (Ruanda, Burundi, etc.) son ejemplos de estas aspiraciones que no están directamente inspiradas por el imperialismo, sino que responde a intereses propios, nacionales.

A ellos hay que unirles dos países que, poco a poco, están pidiendo su parte, al menos en lo que hace a influencia regional, como son Rusia, con el conflicto en Chechenia y el Cáucaso, en contradicción directa con Turquía, y China, con Taiwan como núcleo del lío. Y los dos basándose en su tremendo potencial militar, heredado del estado obrero.

La tendencia del periodo actual del imperialismo como sistema es un nuevo reparto del mundo y recomponer el equilibrio entre las potencias y los países4. Las bases sobre las que se asentaba la situación anterior han estallado una tras otra, comenzó en 1972 con la desaparición de Bretton Woods y culminó con la implosión de los estados obreros; y en estas circunstancias los capitalistas de todo el mundo no se quedan quietos, sino que buscan la forma de hacerse con una parte cada vez mayor de la plusvalía generada por los trabajadores, elevando la tasa de explotación y compitiendo por los mercados con sus “colegas” de clase.

Los límites de la recolonización

Estos vienen determinados por un momento histórico fundamental, la actual recolonización se produce, no en el periodo de ascenso de la burguesía como clase revolucionaria ni, incluso, en las primeras fases del imperialismo, hace ahora poco más de cien años; sino en plena fase de decadencia del imperialismo5.

El nivel de desarrollo de las fuerzas productivas hace posible el transito del “reino de la necesidad al reino de la libertad”. La capacidad productiva del ser humano ha alcanzado niveles tan elevados, que si no fuese por las relaciones sociales de producción, es decir, la propiedad privada de los medios de producción al servicio de la plusvalía y la ganancia, la humanidad podría resolver, ya, prácticamente las lacras del hambre, la miseria y la mayoría de las enfermedades.

Esta contradicción entre una capacidad productiva hiperdesarrollada y los límites concretos de las condiciones de producción son la causa profunda de los millones pobres, parados y hambrientos que deambulan por todo el mundo, de las fuertes corrientes migratorias de un lado a otro del mundo. 40 millones de pobres en los EEUU y 30 millones de parados en la UE son su expresión dentro de los países imperialistas.

En la división internacional del trabajo esto se expresa en la “exclusión” de ella de toda una serie de países en todo el mundo, reducidos a suministrar mano de obra barata a los demás países y, no sólo potencias imperialistas, sino también vecinos más ricos.

Los burgueses de estos países, en alianza, en principio, con sectores lumpenes de las metrópolis, buscan un escape a su desaparición como clase en el narcotráfico. Para ello cuentan con el empobrecimiento de amplias capas de la población autóctona, especialmente el campesinado, golpeado por el intercambio desigual que supone la producción agrícola en la sociedad capitalista. Este fue el proceso que determinó el futuro de muchos países latinoamericanos, asiáticos y africanos.

Estos burgueses, “excluidos”, se reincorporan a la división internacional a través de uno de los sectores que tiene más de fuerza destructiva en el sentido que le daba Marx –producción de mercancías que no incrementan la riqueza de la sociedad-, que de fuerza productiva, aunque genere plusvalía y acumulación de capital, el narco; y se convierten en el mercado de mercancías de lujo y de armamento. Las altas tasas de beneficio que comporta su ilegalidad les hace presa codiciada de los “legales” de la burguesía mundial.

Aquí nace el carácter populista, semi fascista, de los burgueses narcotraficantes y su demagogia antiimperialista. Pues son las grandes compañías multinacionales con las que entran en contradicción por el control del lucrativo negocio, y el único apoyo que esos burgueses tienen es la población campesina, empobrecida precisamente por esas compañías multinacionales.

La rebelión de Seattle

Ese antiimperialismo demagógico y corto de alas ha sido la ideología de burgueses y agentes del imperialismo que, por los intereses defensivos de su burguesía nacional, se han “enfrentado” a él. Ese fue el caso de Noriega en Panamá, de Sadam Hussein en Irak y, más recientemente, Milosevic en Yugoslavia o Mobutu en el Zaire. Lo que realmente movía a estos “dictadores” era el buscar mejores condiciones para negociar con los imperialistas, apoyándose sucesivamente en el movimiento de masas y en las mismas contradicciones interimperialistas: Irak intentó, e intenta, jugar con su tradicional apoyo francés y ruso, Milosevic con los mismos, a los que sumó Gran Bretaña, Mobutu buscó el apoyo de las potencias imperialistas dominantes en Centroafrica, Francia y Bélgica, mientras Ruanda lo encontraba en los EEUU.

Si algo demuestran las guerras de los años noventa son los movimientos de las burguesías imperialistas para situarse mejor en la obtención de los beneficios que genera la explotación de los trabajadores y los sectores oprimidos de la sociedad. La ideología que utilizan para justificar sus intervenciones es la de la “injerencia humanitaria”, integrando a las organizaciones de los trabajadores en estas intervenciones. Las burguesías dependientes, para defenderse, se apoyan en un antiimperialismo difuso, partiendo demagógicamente del justo enfrentamiento de las masas de estos países con las potencias imperialistas.

Tan difuso es ese antiimperialismo en la actualidad que el enfrentamiento entre las potencias imperialistas (la Cuatrilateral) y los países dependientes en la cumbre de Seattle se produjo porque aquellas negociaban con las dependientes de “una en una”. El enfrentamiento no era por que quisiesen combatir las relaciones de dominación que existen, sino por que no negociaban con ellas, sino que imponían condiciones.

Del 14 al 16 de septiembre se habían reunido en Marraquech (Marruecos) el Grupo de los 77 (todos países del sur) que exigían que de manera previa a cualquier medida de liberalización –el objetivo común de las potencias imperialistas era que los países dependientes abriesen sus fronteras a la liberalización, mientras los EEUU, Japón y Europa mantienen sus fronteras cerradas a cal y canto- se aplicase la regla de las tres R: reevaluar, reparar, reformar. Cuatro días antes de la cumbre, en Santo Domingo, ser reunieron 71 países dependientes del grupo Africa, Caribe y Pacifico, donde pidieron un trato especial y diferenciado6.

Es evidente que las potencias imperialistas no iban a negociar con lobbys de países coloniales, sino que querían imponerles una liberalización que no están dispuestas a admitir ni entre ellas (la peleas entre los imperialistas por que cada el contrario baje los limites a las exportaciones privilegiadas de cada uno, son públicas y notorias7), ni que van a admitir que los países dependientes inunden sus mercados con productos a bajísimo coste. Para conseguirlo tenían que negociar uno por uno, y esta prepotencia es lo que soliviantó a los países dependientes.

Pues bien, esta pequeña rebelión de los “figurantes” de la cumbre fue uno de los motivos que la condujo al fracaso, dejando al mundo con un cierto vacío legal en las relaciones entre las potencias imperialistas y los países dependientes.

4.- “REAPARECE” LA LUCHA DE CLASES

Hasta ahora hemos visto como los imperialistas se pelean entre sí por un mayor control del mercado mundial, o lo que es lo mismo, por el control de la realización de plusvalía generada por los trabajadores, de manera que el capital invertido por cada burguesía incorpore la plusganancia generada por la desigualdad en las condiciones de producción. Por otro lado, vimos que los burgueses de los países dependientes quieren su parte de la tarta, y se organizan para conseguirlo.

Lo que, por arriba se expresa en conflictos interburgueses, ya sea interimperialistas o no, por abajo se traduce en una agudización de las condiciones de explotación, con una tendencia natural a “la convergencia por abajo de los salarios mundiales”8. Contra esta tendencia “natural” en el sistema capitalista se rebelaron los trabajadores y las masas que se manifestaron en Seattle. Por esto, al margen de lo que la dirección de la AFL CIO dijese, las movilizaciones fueron un tiro a la línea de flotación del sistema capitalista: los trabajadores norteamericanos se rebelaron contra el dumping social que practican las multinacionales, en alianza con los países dependientes, y al que eufemísticamente llaman “globalización” de la economía o “nueva economía”.

“Nueva economía” o “viejo” imperialismo capitalista

Dos son las condiciones que los ideólogos del capital muestran para hablar de una “nueva economía” para el siglo XXI: una, la caída del Muro de Berlín como demostración de la superioridad del capitalismo sobre el socialismo, dos, como esto no basta para hablar de una “transformación”, se le incorpora la revolución tecnológica de los últimos años (la informatización masiva de la sociedad, Internet, etc.).

La sociedad burguesa fue la sociedad del siglo XIX y parte del XX, la sociedad de consumo fue la de los años 60, la del bienestar fue la de los 80, y, ahora, la de la información y el ocio. Los intelectuales de la burguesía cambian las denominaciones de la sociedad, y parece como si el mundo se moviese, cambiase y mejorase constantemente y que los problemas son, simplemente eso, problemas coyunturales de una sociedad homogénea, con intereses comunes, que no acaba de integrar a los pobres de antaño, ahora conocidos como “excluidos sociales”. El mundo se divide en dos partes, los incluidos sociales (sean burgueses u obreros) y excluidos (parados, emigrantes y pobres en general).

Sí una consecuencia nefasta tuvo la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS fue que reforzó esta falsa conciencia entre los trabajadores. Para los trabajadores que, guste o no, asociaban la URSS, Cuba, China, etc. al socialismo, su desaparición fue la muerte del socialismo y en su conciencia esto se transformó en una ideología reformista: lo más que podemos hacer es reformar el sistema, aunque sea malo de solemnidad, pues no es posible ninguna transformación social de profundidad que no nos haga saltar de “la sartén a fuego”.

Esta contradicción entre la reducción de las condiciones objetivas para la existencia de aparatos reformistas y el reforzamiento de la falsa ideología reformista es la que está en el fondo de la aparición de organizaciones sociales y políticas que desvían la respuesta de los trabajadores y de los oprimidos; organizaciones que van desde las nuevas sociedades filantrópicas, las ONGs, hasta las religiosas o nacionalistas, a las que se incorporan los sectores de la vanguardia más combativa, perdiéndose para la revolución social. Sí algo tienen en común todas esas ideologías es su carácter profundamente burgués.

Por este motivo es más urgente que nunca desmontar todas las teorías que justifican esas falsas conciencias, que se fundamentan en frases, en muchas ocasiones vacías de contenido, como globalización, mundialización, nueva economía, excluidos sociales, etc., que no son más que eufemismos de mercado mundial, de imperialismo, de capitalismo y de clase obrera. Y con ella sólo pretenden mantener el status quo estructural, pues lo que sigue actuando como motor de la historia son las “viejas” leyes de la lucha de clases y supervivencia de la humanidad.

La lucha de clases hoy

Es cierto que a lo largo de los años 80 y, sobre todo, los 90 se han producido profundos movimientos dentro la sociedad capitalista. Unos ya los hemos visto cuando analizábamos la desaparición del equilibrio mundial sostenido por el dominio hegemónico del imperialismo norteamericano y la reaparición de los viejos conflictos interimperialistas, los otros son una derivación de estos conflictos, la recolonización y la restauración del capitalismo.

A partir de aquí hay que analizar, en concreto, las condiciones en los que se produce la lucha de clases, es decir, el “viejo” conflicto entre los explotados y los explotadores, que, desde que se existe capitalismo, esto se traduce en la lucha entre obreros y burgueses, y que saltó a las primeras páginas de los periódicos de todo el mundo en diciembre del 99, en uno de los centros del imperialismo, los EEUU.

Primero quitemos la paja con la que adornaron esas movilizaciones. En las calles de Seattle confluyeron muchos sectores opuestos a la “globalización”, desde los campesinos franceses enfrentados a las multinacionales de la alimentación (sea la producción o la distribución), de las que algunas de las más importantes son francesas (Carrefour), hasta los ecologistas en defensa de un equilibrio ecológico tan “desequilibrado” como el mismo sistema capitalista. Pero lo que fue cualitativo es que el grueso de las manifestaciones la componían obreros, metalúrgicos de la Boeing y portuarios fundamentalmente.

¿Porqué los obreros salieron a la calle, si ya no existen, son “sociedad civil”? La participación de los trabajadores con sus organizaciones y sus consignas desmintió en los hechos esa afirmación. Pero no nos debemos quedar aquí, pues como se dice habitualmente, detrás de toda mentira hay un elemento de verdad, y esta verdad es la que llama a engaño a sectores mismo de la vanguardia obrera, confundiendo los pasos que hay que dar.

Producción vs distribución

Marx definía la sociedad capitalista como una sociedad de producción de mercancías9. Lo que la marcaba a fuego era la necesidad imperiosa del sistema de producir mercancías de forma compulsiva. Y esto, viendo la superproducción que hoy vive el mundo no ha cambiado.

Para Marx existía otro proceso clave en la economía capitalista, el proceso de distribución, donde el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de mercancías se transformaba en capital en su forma monetaria, es decir, en dinero. Para Marx era la producción la que determinaba la distribución; de otra forma, la sociedad capitalista industrial había sustituido al capital mercantil, comerciante, de siglos anteriores.

De la contradicción entre la capacidad productiva del capitalismo industrial y los límites que le imponen de las relaciones de propiedad burguesa (propiedad privada de los medios de producción, fronteras nacionales, etc.) se derivó el imperialismo de la forma que lo conocemos actualmente. El mercado se hizo planetario, las condiciones sociales de producción se establecieron a nivel mundial, pero la apropiación del plusvalor generado se sigue realizando a nivel nacional o, como mucho, de zona económica (la UE, TLC, etc.) que no dejan de ser expresiones de esa contradicción.

En el fondo de todos estos cambios está la necesidad del capital de reducir el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías que le permitan competir en el mercado en mejores condiciones que los demás. Primero lo hizo en el mercado nacional, después fue en el internacional y hoy en el mundial. Esta es la esencia de la tan traída y llevada “globalización”10.

Por otro lado, el desarrollo de las fuerzas productivas, y en especial, la fundamental, la capacidad del ser humano, ha generado que, actualmente, un trabajador pueda producir lo que 100 hace 100 años, convirtiendo la posibilidad de la sociedad del ocio en algo real.

Esta reducción del tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de mercancías se ha reflejado en las mentes de los ideólogos de la burguesía y en muchos intelectuales de “izquierdas” en la reducción del papel social de la clase obrera.

El esquema lógico que les mueve es el siguiente: hoy para producir se necesitan menos manos que en periodos históricos anteriores, pero el sistema sigue generando mercancías que hay que vender, de aquí que la venta (en términos de Marx, el proceso de distribución) se haya convertido en el centro de la cuestión, al que se le han incorporado otros sectores que lo “facilitan” (publicidad, información, etc.).

Además, la extensión del ocio a la sociedad, por lo menos a la sociedad occidental, ha generado la aparición de nuevos sectores, denominados de servicios (el cine, la TV, la diversión, etc.).

La conclusión no puede ser más que una, la clase obrera industrial, la que genera valor a través de la producción, ha perdido el papel central que le otorgaba el “viejo” marxismo, y ha sido sustituida por una clase media asalariada que se expresa políticamente en la “sociedad civil”.

A estos ideólogos se les ha invertido la imagen, y han convertido, en sus ojos, una sociedad de producción de mercancías –que lo sigue siendo- en una sociedad de mercancías a secas, olvidando que el valor de esas mercancías no lo va a determinar el proceso de distribución, ni mucho menos los sectores parasitarios generados en la sobreproducción, sino el sector que siempre lo ha determinado, el del tiempo necesario socialmente para la producción de mercancías. El capitalismo sigue siendo igual a si mismo. De hecho, esto encuentra su demostración en la obsesión de los capitalistas y sus gobiernos por “abaratar los costes de producción”, lo que traducido a términos marxistas, significa reducir el valor la fuerza de trabajo necesaria para la producción de mercancías. Dicho de otra forma, los capitalistas no le darían tanta importancia a la reducción de los costes de producción si esta fuera secundaria en la sociedad.

Los mitos de la sociedad de servicios

La fuerza de la ideología de la desaparición de la clase obrera industrial es muy poderosa, por que se basa en “elementos de verdad” que hay que desbrozar.

Primer mito: Los grandes centros fabriles han desaparecido.

Sí bien es cierto que muchas grandes fábricas en todos los países han cerrado sus puertas, no es menos cierto que muchas de ellas han cerrado como tales, o reducido su capacidad productiva, para aumentarla a través de la subcontratación, generando la aparición de un nuevo proletariado industrial, joven y desorganizado, en torno a las grandes ciudades, localizado en los inmensos polígonos industriales, donde la reducción de costes es un hecho. Por el salario que antes cobraba un trabajador el empresario tiene tres, y además, sin tradición de lucha y organización.

La subcontratación cubre el mismo papel que la deslocalización de empresas a los países dependientes, reducir el valor de la fuerza de trabajo, con la diferencia que no se sale del país. Pero esto no significa la desaparición del proletariado industrial ni, mucho menos su reducción númerica, sino el cambio de lugar, el recambio generacional, la modificación en la organización del trabajo. Los grandes centros fabriles siguen existiendo, sólo que ahora se llaman “polígonos industriales”, llenos de pequeñas empresas que trabajan exclusivamente para las grandes firmas.

Por último, los mismos que hablan de “globalización” de la economía, lo hacen para referirse a los procesos financieros y especulativos, pero olvidan que esa “globalización” incluye el trabajo asalariado, y es un hecho que la proletarización de la humanidad a aumentado de acuerdo con la tendencia definida por Marx el siglo pasado. Los sectores de la clase media (los técnicos, especialistas, etc.) y la pequeña burguesía tienden a caer en el trabajo asalariado, polarizando la sociedad entre los propietarios de medios de producción, los capitalistas, y los que venden su fuerza de trabajo a aquellos.

Segundo mito: la era de la información.

Sí algo define el final del siglo XX y el comienzo del XXI es la “inflación” de noticias, de información, a la que tiene acceso el común de los humanos. Con sólo encender una TV, una radio o un ordenador se accede, en tiempo real, a cualquier acontecimiento en el mundo. La “aldea global” de Macluhan se ha convertido en una realidad.

Los intelectuales de finales del siglo XX, impresionados por este acceso a la información, sólo ven el aspecto de que la información, en abstracto, son hechos de la realidad que se transmiten a través de medios, los medios de comunicación. Pero han olvidado que bajo el capitalismo todo se convierte en una mercancía. Es decir, la información como tal es un producto igual que un coche, una casa o una ordenador, y detrás de su fabricación existen miles de técnicos y trabajadores de la información, obreros que trabajan día y noche en la fabricación de una mercancía que llega a los hogares de todo el mundo, y que pagan un precio por ella. El hecho de la realidad a transmitir es la materia prima, el que se ve en el telediario es el producto final. De uno a otro ha habido trabajo humano que lo ha transformado, convirtiéndolo en una mercancía.

Este es el doble aspecto de la información, por lado la transmisión de los acontecimientos de la realidad, por otro, el medio que lo hace es empresa capitalista igual a cualquier otra de cualquier otro sector de la producción. De hecho, entre los “antiguos” periódicos escritos y los actuales medios de comunicación no existen diferencias cualitativas, siguen sirviendo para exactamente lo mismo, transmitir las ideas de los propietarios de los medios de producción en la comunicación, sino solamente cuantitativas, hoy llegan a más personas.

Tampoco contradice ese doble aspecto el hecho que hoy se tenga acceso más información y más rápido, simplemente acelera los ritmos de los acontecimientos. Pero no ha modificado el aspecto cualitativo de la cuestión: hace cien años la prensa escrita informaba de lo que el propietario del medio de comunicación quería, y hoy el propietario de la TV o del portal de Internet sigue informando de lo que él quiere. El capitalismo sigue siendo el eje de la cuestión.

Tercer mito. La sociedad del ocio.

Como veíamos antes, el desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo ha creado la posibilidad del tránsito de la “sociedad de la necesidad a la sociedad de la libertad”. La capacidad productiva del ser humano ha abierto perspectivas desconocidas en la humanidad de hacer efectiva la reducción del tiempo de trabajo necesario para generar la riqueza necesaria para la supervivencia de la especie sin ningún tipo de restricción.

Esto ha generado la falsa conciencia de que ya hemos llegado a la “sociedad del ocio”, como definió Marx al socialismo. Dicho de otra forma, que exista la posibilidad no quiere decir que ya lo hayamos conseguido, pues las necesidades de los propietarios de los medios de producción y distribución, los capitalistas, son incrementar sus ganancias, no extender el ocio a la sociedad. De forma desvirtuada y, en algunos de sus manifestaciones, decadente, esa sociedad del ocio se expresa en el tejido social. El aumento de la cantidad de parásitos sociales que viven sin trabajar de las migajas de la riqueza generada por la sociedad es una de sus expresiones más regresivas y podridas (la jet set).

Pero la clase obrera, con sus luchas y en los países más desarrollados, donde se concentra la industria basada en la intensificación del trabajo, puede arrancar elementos de esa “sociedad del ocio”, la lucha por las 35 horas en Europa, o la reducción de jornada 32 horas entre los metalúrgicos alemanes, es una manifestación de esa potencialidad.

Es evidente que esta realidad, que afecta a pequeños, aunque centrales, sectores de la clase obrera está lejos de ser la realidad de la inmensa mayoría de los trabajadores en todo el mundo, incluidos los países imperialistas, donde cada vez más trabajadores ven como la prolongación de la jornada es la tendencia dominante, ya sea de manera directa (los EEUU), ya sea por las horas extras necesarias para cubrir los bajos salarios (Europa).

A los ojos de los ideólogos del sistema, sean de derechas o de izquierdas, la realidad se les invierte, y convierten lo que es una potencialidad del sistema, solo vivida por un pequeño sector, en la norma de vida del conjunto de la sociedad.

Pero el mito de la sociedad del ocio tiene otro aspecto, el desarrollo de nuevos sectores de la producción de bienes de consumo. Durante todo un periodo los bienes de consumo destinados a las amplias masas se reducían a los bienes necesarios para su reproducción física (vivienda, vestido, alimentación). La reducción de jornada a las 8 horas hace cien años, el aumento del nivel cultural de las masas, provocado por el desarrollo de las fuerzas productivas y las necesidades de obreros cada vez más especializados, y el consiguiente aumento de la producción de mercancías (el Ford T de principios de siglo fue el primer paso al consumo de masas de bienes no estrictamente necesarios) ha generado en el capitalismo el desarrollo del sector de la producción que va dirigido a cubrir las necesidades (reales o ficticias) de las masas11

Al lado de las necesidades reales de las masas, cubiertas por sectores tradicionales como el textil, la alimentación o el calzado, se han desarrollado toda una serie de necesidades, en muchas ocasiones creadas, que han provocado el desarrollo de sectores productivos que produzcan las mercancías que las satisfagan12. Algunos de estos sectores son tan viejos como el capitalismo imperialista, el cine o la industria de la cultura, otros, como la TV o, más recientemente, los juegos informáticos o los parques temáticos, se han incorporado en los últimos años. Pero lo que es indudable es que todos ellos son sectores industriales, del sector II que hablaba Marx, donde se agrupan miles de trabajadores para la fabricación de mercancías cuyo destino final es ser consumido por las masas. A través de las cadenas de distribución cinematográfica, de la exhibición en TV o de la compra de la entrada al parque temático, se está realizando la plusvalía contenida en el producto (el film, el programa de TV o el viaje en la noria).

La sociedad del ocio no es cualitativamente diferente del “viejo” capitalismo. Los sectores que muchos califican de servicios no son más que nuevos sectores industriales. Tal y como Ford “inventó” el consumo de masas con el Ford T, sin modificar la esencia del sistema, los productores cinematográficos, los dueños de cadenas televisivas o los fabricantes de productos informáticos (sea hardware o software), simplemente amplían la base productiva del sistema capitalista.

Cuarto mito, la disolución de la clase en trabajadores autónomos.

Los autónomos son trabajadores por cuenta propia que venden el producto de su trabajo, ya sea este una mercancía, el transporte de esa mercancía ya un servicio, no su fuerza de trabajo. Por contra, el asalariado vende la fuerza de trabajo, no el producto de esa fuerza de trabajo. Esta diferencia cualitativa se traslada a las necesidades de unos y otros y a la forma que tienen de incrementar su nivel de vida. Los autónomos tienen como reivindicaciones las mismas que cualquier otro burgués (grande o pequeño), reducir los costos de producción de las mercancías que, en su caso y por el escaso papel que el trabajo asalariado cumple en sus beneficios (en muchas ocasiones el individuo autónomo trabaja más que nadie), suele traducirse en la exigencia del abaratamiento de mercancías dominadas de forma monopolística por grandes consorcios o en una reducción de los costes financieros de los préstamos (bajadas de tipos de interés, créditos blandos, reducción de las cargas fiscales), que provoca choques con los gobiernos y los consorcios.

Por ejemplo, los patronos del transporte franceses se movieron por la reducción del coste del petróleo y contra la ley de 35 horas, mientras, los camioneros franceses no le dieron ni bola a lo del petróleo, pero exigían la reducción de jornada. Los españoles, poco después, se movilizaron, qué casualidad, por la reducción de precio de gasóleo (exigían un precio subvencionado como el gasóleo agrícola), y ni se acordaron de la reducción de jornada.

¿Retroceso en la conciencia respecto a los trabajadores franceses?. No, sino situación de clase distinta. El camionero español (la mayoría de ellos, más de 100.000, son “autónomos”, no asalariados) no vende su fuerza de trabajo, sino el resultado de su trabajo, por esto la manera que tiene de incrementar su renta no es a través de una reivindicación salarial, ni la mejora de sus condiciones de vida viene por la reducción de jornada. Para él la mejora de la renta y las condiciones de vida viene por una reducción de los costes de producción, y esto los separa cualitativamente de los camioneros franceses y de los 40.000 asalariados españoles.

Dentro de los “autónomos” hay un sector, no el mayoritario, pero existe, que si son asalariados. Son los que cobran un salario fijo al mes, o por trabajo realizado (es decir, venden su fuerza de trabajo), pero pagan a la seguridad social como autónomos, ahorrándole al patrón la cuota de la Seguridad Social. Estos son trabajadores asalariados

5.- EL NEORREFORMISMO

El razonamiento de los ideólogos del sistema es bien político. Pueden intentar ocultarlo detrás de datos estadísticos, sociológicos o de lo que quieran, pero el objetivo es renovar la vieja teoría burguesa de que domina la contradicción “sociedad civil/estado”, que la “vieja contradicción” entre clase obrera y burguesía ha perdido todo su componente revolucionario, y a lo más que se puede aspirar es a que la sociedad civil defienda sus conquistas frente a la intromisión de los poderes públicos. Y sobre esta base levantar un nuevo programa de reforma del sistema.

Lo contradictorio es que se trata de un fenómeno que se está dando cuando la decadencia del sistema capitalista es más evidente. Los datos sociales, descriptivos, aportados por prácticamente por todos los organismos burgueses, ya ligados a instituciones internacionales como a la ONU, ONGs y la misma Iglesia, abundan en un diagnóstico: la riqueza se acumula cada vez más en menos manos mientras la pobreza se extiende a más zonas del mundo. Incluso llega países como los EEUU, gigante con los pies de barro, donde la miseria alcanza al 30% de la población, con millones de seres humanos por debajo del nivel pobreza.

El sistema capitalista, a pesar de haber conseguido devolver a su seno a los países que fueron llamados del "socialismo realmente existente", es incapaz de resolver los males que atraviesa la humanidad. Esto se ha comprobado claramente estos últimos diez años.

A pocos años de la caída del muro de Berlín y la desaparición de los Estados Obreros (mal llamados socialistas) las condiciones de destrucción de la naturaleza, aumento de la miseria, del endeudamiento, de la precariedad laboral, etc., se ha incrementado de manera geométrica, poniendo al planeta al borde del desastre, no ya nuclear sino social y ecológico.

Este desastre viene determinado por la no-resolución de la contradicción que Marx señaló como decisiva para la revolución social. "En un estadio determinado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de propiedad existentes o -lo cual sólo constituye una expresión jurídica de lo mismo- con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían estado moviendo hasta ese momento. Esas relaciones se transforman de formas de desarrollo de las fuerzas productivas en ataduras de las mismas. Se inicia entonces un época de revolución social."13.

El mundo capitalista hace años que está instalado en esta contradicción, y al no resolverla la decadencia del sistema se mueve hacia la barbarie, de aquí la reaparición de viejas formas de explotación que se creían olvidadas (esclavismo, salarios miserables, trabajo infantil, jornadas de 14 y 16 horas, etc.). Abrir la disyuntiva hacia el socialismo, hacia la desaparición de la explotación del hombre por el hombre, supone enfrentar los nuevos retos teóricos, políticos y programáticos sobre la base del análisis de los acontecimientos reales con las herramientas que la humanidad, y especialmente el movimiento obrero y el marxismo, han generado a lo largo de la historia.

La burguesía hace cien años que dejó de desarrollar las fuerzas productivas, actualmente cualquier paso que da, es sobre la destrucción de la capacidad del ser humano y de la misma naturaleza, dos guerras mundiales y las actuales condiciones de barbarie en amplias zonas de la tierra son trágicas demostraciones de su capacidad destructiva. La degeneración burocrática que supuso el stalinismo frenó en seco las posibilidades abiertas por la revolución, abriendo las puertas al tremendo retroceso que hoy están sufriendo, ya bajo las condiciones del capitalismo, los que fueron los estados del "socialismo realmente existente".

La alargada sombra de Seattle son las movilizaciones de Praga o Melbourne, las luchas de los obreros argentinos, es, en fin, la alianza de amplios sectores sociales enfrentados al capitalismo con la única clase que, por su situación en la sociedad, puede generar una alternativa global anticapitalista, la clase obrera. Lo que les asusta es que esta clase se reorganice sobre la base del marxismo revolucionario en el camino de resolver la contradicción señalada por Marx, y abrir el periodo de la revolución social.

Madrid, 3 de julio de 2001

Roberto Laxe



1 “En  toda demostración de los movimientos de la economía mundial, es muy importante la distinción entre actividades productivas e improductivas, entre trabajo productivo e improductivo. Sin esta distinción no hay posibilidades de emprender  un análisis serio de los cambios recientes en la acumulación capitalista” (José Martins, Los Limites de lo Irracional)

* Fuente, ONUDI (1995), citado por Javier Martinez Peinado en El Capitalismo Global

2 Por cierto, hay que decir que el elemento cualitativo en la última guerra en la ex Yugoslavia no es la intervención yankee, estos llevan interviniendo fuera de sus fronteras todo este siglo, sino el hecho de que, por primera vez desde 1945, el ejército alemán realice acciones militares, acciones que tenía absolutamente prohibidas por los “aliados” vencedores de la IIª guerra.

3 Datos del libro de José Martins, Los Limites de lo Irracional

4 “En la esfera de las relaciones entre estados, la ruptura del equilibrio (del capitalismo) es la guerra, o bien, más solapadamente, la guerra de las tarifas aduaneras, la guerra económica o bloqueo” (L. Trotski, La Situación Mundial, de junio de 1921).

5 “Las condiciones objetivas de la revolución no sólo están maduras, sino que están a punto de pudrirse” (L. Trotski, El Programa de Transición).

6 Le Monde Diplomatique, edición en español, enero de 2000

7 Las dos últimas, y más sonoras, son las del banano y el plátano, todavía no resuelta, y la de los alimentos transgénicos. En ambas el imperialismo europeo, en un alarde de cinismo, denuncia a los norteamericanos por imperialistas y antiecologistas, buscando el apoyo de burgueses campesinos, con José Bove a la cabeza, ecologistas, y ciudadanos en general. ¡Hoy es antiimperialista hasta el gobierno francés, con tal de que el enemigo sean los yankees!.

8 El Capitalismo Global, Javier Martínez Peinado.

9 Carlos Marx, Tomo I libro I, El Capital

10 El capitalismo “globalizado” no es más que la extensión del dominio del capital a todo el planeta. Desde los tiempos de Marx, el sistema capitalista ha convivido, en una relación conflictiva, con otros modos de producción (el feudal, al principio, con los estados obreros hasta los años 90). Hoy se puede afirmar que el mundo está unificado bajo un sólo modo de producción, el viejo sistema capitalista

11 Para Marx, la producción de mercancías se divide en dos sectores, I, el de producción de bienes de equipo, maquinaria, etc., es decir, la industria pesada, que es interno al sistema, el mercado de este sector son los del sector II de la economía, los capitalistas que producen mercancías cuyo objetivo es la satisfacción de las necesidades de las masas, es decir, la industria ligera. Dentro de ésta hay un subsector, el de producción de bienes suntuarios, destinados al consumo exclusivo de los mismos capitalistas como individuos.

12 Mercancía es todo aquel producto del trabajo humano destinado a la satisfacción de las necesidades, reales o ficticias, del ser humano. Carlos Marx, Tomo I, Libro I, El Capital.

13 Carlos Marx, Prologo a la Contribución a la crítica de la Economía Política.