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L A   P Á G I N A   D E   P E T R A S 

18 de mars del 2003

James Petras desbarata los argumentos de Perry Anderson

Sobre la guerra y la paz


Rebelión

Perry Anderson, seguido de James Petras.
Traducido para Rebelión por Manuel Talens)

Aviso del traductor: Perry Anderson, profesor de Historia en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), publicó el 6 de marzo de 2003 un ensayo titulado 'Casuistries of War and Peace' en la revista London Review of Books (www.lrb.co.uk/v25/n05/ande01_.html), que ha suscitado una punzante respuesta del sociólogo estadounidense James Petras, profesor en la Universidad de Binghamton: 'What Makes Perry Run?'. En aras de una mejor comprensión de los argumentos de ambos, he considerado oportuno ofrecer al lector en primer lugar el texto de Anderson, tras el cual encontrará el de Petras.



Las casuísticas de la paz y la guerra

Perry Anderson

La probabilidad de una segunda guerra en Irak suscita un gran número de preguntas, tanto analíticas como políticas. ¿Cuáles son las intenciones ocultas tras la inminente campaña? ¿Cuáles serán las consecuencias? ¿Qué nos dicen los preparativos de la guerra sobre la dinámica a largo plazo del poder estadounidense global? Estas cuestiones permanecerán sobre la mesa todavía durante algún tiempo, más allá de cualquier ofensiva que tenga lugar esta primavera. El proscenio está ocupado en la actualidad por distintos argumentos, relativos a la legitimidad o a la cordura de la expedición militar que ahora se prepara. Mi objetivo aquí consistirá en reflexionar sobre las críticas que recibe en la actualidad la Administración Bush articuladas dentro de la opinión general, así como sobre las respuestas de la Administración a tales críticas, todo ello con vistas a discernir la estructura de justificación intelectual de ambos argumentos, lo que los divide y lo que tienen común. Por último, terminaré con unos comentarios sobre cómo se ve este debate desde la perspectiva de unas premisas distintas.

Si observamos por encima las múltiples objeciones que se le hacen a una segunda guerra en el Golfo, podemos distinguir seis críticas principales, expresadas de maneras diferentes y distribuidas a través de un amplio abanico de la opinión.

1. El ataque proyectado contra Irak es una cruda demostración de la unilateralidad estadounidense. La Administración Bush ha declarado abiertamente su intención de atacar Bagdad, con el aval de las Naciones Unidas o sin él. Esto representa no solamente un grave revés para la unidad de la alianza occidental, sino que conducirá a un peligroso debilitamiento sin precedentes de la autoridad del Consejo de Seguridad, que es la encarnación más elevada del derecho internacional.

2. La intervención masiva a tal escala en el Oriente Próximo sólo puede fomentar el terrorismo antioccidental. Más que ayudar a la destrucción de Al Qaida, probablemente multiplicará el número de voluntarios que se alistarán en esa organización. Los Estados Unidos correrán más peligro después de una guerra contra Irak que el que corrían antes.

3. La campaña en preparación es un ataque preventivo, abiertamente declarado como tal, que socava el respeto hacia el derecho internacional y expone al mundo a un torbellino de violencia, conforme otros estados sigan la misma senda y se tomen la justicia por sus propias manos.

4. La guerra, en cualquier caso, siempre debería ser una última instancia para resolver un conflicto internacional. En el caso de Irak, un endurecimiento de las sanciones y la vigilancia bastarían para desmantelar el régimen baath, ahorrando vidas inocentes y conservando la unidad de la comunidad internacional.

5. La obsesión con Irak es una distracción del peligro más agudo que plantea Corea del Norte, país que tiene un mayor potencial nuclear, un ejército más poderoso e incluso unos dirigentes más temibles. Los Estados Unidos deberían ocuparse con mayor prioridad de Kim Jong Il, no de Sadam Husein.

6. Incluso si la invasión de Irak se llevase a cabo sin complicaciones, la ocupación del país será una empresa demasiado arriesgada y costosa para que los Estados Unidos salgan de ella sin problemas. La participación aliada es necesaria para que tenga cualquier posibilidad de éxito, pero la unilateralidad de la Administración compromete la posibilidad de dicha participación. El mundo árabe probablemente asistirá con resentimiento a un protectorado extranjero. Incluso con una coalición occidental para controlar el país, Irak es una sociedad profundamente dividida, sin tradición democrática, que no podrá ser fácilmente reconstruido según el modelo alemán o japonés de la posguerra. Los costos potenciales de la aventura pesan más que cualquier posible ventaja que los Estados Unidos pudieran obtener.

Tal es, más o menos, el conjunto de las críticas que se pueden encontrar en los medios de comunicación convencionales y en respetables círculos políticos, tanto en los propios Estados Unidos como -incluso más- en Europa y en otros lugares. Se pueden resumir en unos pocos títulos: los vicios de la unilateralidad, los riesgos de alentar el terrorismo, los peligros de la guerra preventiva, el costo humano de la guerra, la amenaza de Corea del Norte y las responsabilidades de hacer más de lo necesario. Como tal, se dividen en dos categorías: las objeciones de principios -los males de la unilateralidad, de la guerra preventiva- y las objeciones de prudencia: los peligros del terrorismo, Corea del Norte, el problema de hacer más de lo necesario.

¿Qué respuestas puede dar la Administración Bush a cada una de ellas?

1. La unilateralidad. Históricamente, los Estados Unidos siempre se han reservado el derecho de actuar solos si era necesario, si bien buscando aliados dentro de lo posible. En años recientes actuaron solos en Grenada, en Panamá, en Nicaragua... ¿Cuáles son sus aliados que se quejan ahora de los acomodos que tuvieron lugar en cualquiera de esos países? En cuanto a las Naciones Unidas, la OTAN no las consultó cuando lanzó su ataque contra Yugoslavia en 1999, en el que participaron todos los aliados europeos que ahora hablan de la necesidad de una autorización del Consejo de Seguridad y que fue apoyado calurosamente por el 90 por ciento de la opinión que ahora se queja de nuestros planes para Irak. Si fue correcto derrocar por la fuerza a Milosevic, que no tenía armas de destrucción masiva y que incluso toleró una oposición que llegó a ganar unas elecciones, ¿por qué no lo ha de ser derrocar por la fuerza a Sadam, un tirano más peligroso, cuyo historial de violaciones de derechos humanos es peor, que ha invadido a un vecino, que utilizó armas químicas y que no soporta oposición de ninguna clase? En cualquier caso, las Naciones Unidas ya han aprobado la resolución 1441, que deja la vía libre a los miembros del Consejo de Seguridad para aplicar la fuerza contra Irak, con lo que la legalidad de un ataque no está en entredicho.

2. El terrorismo. Al Qaida es una red que se guía por el fanatismo religioso de una fe que apela a la guerra santa del mundo musulmán contra los Estados Unidos. La creencia de que Alá asegura la victoria a los jihadi es uno de sus principios básicos. Por ello, no hay mejor manera de desmoralizar y terminar con dicha creencia que demostrando la falsedad de la ayuda celestial y la imposibilidad absoluta de resistir a la muy superior fuerza militar estadounidense. Los fanatismos nazi y japonés se apagaron con el simple hecho de una derrota aplastante, y si Al Qaida está muy lejos de aquel poderío, ¿por qué ahora sería distinto?

3. La guerra preventiva. Lejos de ser una nueva doctrina, es un derecho tradicional de los estados. Al fin y al cabo, ¿qué fue la más admirada victoria militar de la posguerra, sino un ataque preventivo? La Guerra de los Seis Días de Israel, en 1967, lejos de ser condenable, dio lugar a la moderna doctrina de las Guerras justas e injustas, tal como la definió el distinguido filósofo de la izquierda estadounidense Michael Walter en un trabajo vivamente elogiado por el todavía más ilustre filósofo liberal John Rawls en su The Law of Peoples [El derecho de los pueblos. Más aún, al atacar Irak, lo único que haremos es completar el vital ataque preventivo de 1981contra el reactor Osirak. ¿Quién se queja ahora de aquello?

4. El costo humano de la guerra. En verdad es algo trágico y haremos todo lo que podamos -que técnicamente es mucho- para reducir al mínimo las víctimas civiles. Pero la realidad es que una guerra rápida ahorrará vidas y no al contrario. Según la UNICEF, desde 1991 las sanciones contra Irak -apoyadas por la mayor parte de quienes ahora se oponen a la guerra- han causado 500.000 muertes por desnutrición y enfermedad. Incluso si aceptamos una cifra inferior, es decir, 300.000, es muy improbable que la guerra rápida y quirúrgica que somos capaces de llevar a cabo se acerque a esta destrucción provocada en tiempo de paz. Al contrario, una vez Sadam derrocado, el petróleo fluirá libremente de nuevo y los niños iraquíes tendrán bastante para comer. La población aumentará de nuevo con celeridad.

5. Corea del Norte. Se trata de un estado comunista arruinado que seguramente plantea un gran peligro para el nordeste asiático. Tal como señalamos mucho antes de las actuales protestas, es la otra extremidad del Eje de Mal. Pero es de sentido común que concentremos nuestras fuerzas primero en el eslabón más débil del Eje, no en el más fuerte. Si hemos de proceder con mayor cautela al derrocamiento del régimen no es porque Pyongyang tenga o no tenga unas rudimentarias armas nucleares, que podemos fácilmente destruir, sino porque podría abalanzarse sobre Seúl en un ataque convencional. ¿Acaso alguien duda de que tenemos la intención de ocuparnos también del régimen norcoreano cuando llegue el momento?

6. El problema de hacer más de lo necesario. La ocupación de Irak realmente plantea un desafío, que no subestimamos. Pero es una apuesta razonable. La hostilidad árabe está sobreestimada. Al fin y al cabo, durante los dos años que ha necesitado Israel para aniquilar la segunda intifada ante las cámaras de la televisión, no ha habido ni una sola manifestación de importancia en el Oriente Próximo, y eso que la simpatía popular por los palestinos es mucho mayor que por Sadam. También suele olvidarse que ya tenemos un protectorado muy ventajoso en el tercio norte de Irak, donde hemos abatido cabezas kurdas con bastante eficacia. ¿ Alguna vez se ha quejado alguien? El centro sunni del país seguramente será más difícil de controlar, pero la idea de que en Oriente Próximo es imposible mantener regímenes estables creados o dirigidos por poderes extranjeros es absurda. Basta con recordar la prolongada estabilidad de la monarquía que establecieron los británicos en Jordania o el satisfactorio pequeño estado que crearon en Kuwait. Mejor aún, pensemos en nuestro leal amigo Mubarak, de Egipto, que tiene una población urbana mucho más numerosa que Irak. Todo el mundo decía que Afganistán era un cementerio para los extranjeros -británicos, rusos, etc.-, pero lo liberamos con bastante rapidez y ahora las Naciones Unidas hacen un trabajo excelente que lo está haciendo revivir. ¿ Por qué no Irak? Si todo va bien, podríamos obtener grandes ventajas: una plataforma estratégica, un modelo institucional y considerables provisiones de petróleo.

Ahora, si uno considera desapasionadamente ambos modelos de argumentos, quedan pocas dudas de que, en cuestiones de principios, la posición de la Administración Bush contra sus críticos es inatacable, y está muy claro por qué. Ambos lados comparten una serie de asunciones comunes, cuya lógica hace que el ataque contra Irak sea una proposición sumamente defendible. ¿Cuáles son tales asunciones? Se pueden resumir como sigue:

1. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas representa la expresión legal suprema de la 'comunidad internacional'; excepto en los casos en que no se especifica, sus resoluciones tienen una fuerza obligatoria jurídica y moral.

2. Sin embargo, las intervenciones humanitarias u otras por parte de Occidente, cuando son necesarias, no requieren el permiso de las Naciones Unidas, aunque siempre sea preferible obtenerlo.

3. Irak cometió una ofensa contra el derecho internacional cuando trató de anexar Kuwait y fue castigado por aquel crimen, contra el cual las Naciones Unidas se han venido alzando desde entonces como una sola voz.

4. Irak también ha procurado adquirir armas nucleares, cuya proliferación es, en cualquier caso, un peligro urgente para la comunidad internacional, por no hablar de las armas químicas o biológicas.

5. Irak es una dictadura como no hay otra, o quizá sólo unas pocas más, incluida Corea del Norte, que viola los derechos humanos.

6. En consecuencia, Irak no puede gozar de los derechos de un estado soberano, sino que debe someterse a bloqueos, bombardeos y pérdidas de integridad territorial, hasta que la comunidad internacional decida lo contrario.

Equipados con estas premisas, no es difícil demostrar que a Irak no se le puede permitir que posea armas nucleares o de cualquier otro tipo; que ha desafiado resoluciones sucesivas de las Naciones Unidas; que el Consejo de Seguridad aprobó tácitamente un segundo ataque contra su territorio (cosa que no hizo en el ataque contra Yugoslavia) y que Sadam Husein hace tiempo que se merece la destitución.

No obstante, estas mismas premisas pueden ser utilizadas por los críticos de la Administración Bush, aunque no basándose en principios, sino simplemente en razones de prudencia: puede que la invasión de Irak sea moralmente aceptable e incluso deseable, pero ¿es políticamente acertada? El cálculo de las consecuencias es siempre más imponderable que la deducción a partir de principios, de manera que deja mucho espacio libre para desacuerdos considerables. Es poco probable que cualquiera que esté convencido de que Al Qaeda es un bacilo mortífero a la espera de convertirse en una epidemia, que Kim Jong Il es un déspota todavía más demente que Sadam Husein o aquel Irak podría convertirse en otro Vietnam, se deje influenciar si se le recuerda la resolución 1441 de las Naciones Unidas o la alta misión de la OTAN en la protección de derechos humanos en los Balcanes.

Las estructuras de justificación intelectual son una cosa. El sentimiento popular, aunque no sea inmune a ellas, es otra. Las multitudinarias manifestaciones del 15 de febrero en la Europa occidental, en los Estados Unidos y en Australia, opuestas a un ataque contra Irak, plantean un tipo diferente de pregunta. Es así de simple. ¿Cómo explicar esta enorme y apasionada rebelión contra la perspectiva de una guerra cuyos principios se diferencian poco de precedentes intervenciones militares, las cuales fueron aceptadas o incluso bienvenidas por tantos de quienes ahora se alzan contra ésta? ¿Por qué la guerra en Oriente Próximo hoy despierta sentimientos que la guerra de los Balcanes no despertó, si lógicamente son tan similares? Es poco probable que la desproporción de las reacciones tenga algo que ver con distinciones entre Belgrado y Bagdad y, en cualquier caso, esta última ha dado más motivos para la intervención. Está claro que la explicación se encuentra en otra parte. Tres factores parecen haber sido decisivos.

En primer lugar, la hostilidad al régimen republicano de la Casa Blanca. La aversión cultural por la presidencia de Bush está muy extendida en la Europa occidental, donde sus ásperas afirmaciones sobre la supremacía estadounidense y su tendencia poco diplomática de aunar las palabras con los hechos han logrado que la opinión pública, acostumbrada a que se suela correr un velo decoroso sobre la realidad del poder, no lo aprecie en absoluto. Para comprender hasta qué punto tiene peso este ingrediente en el sentimiento pacifista europeo, basta con recordar la sumisión con que se tomaron los sucesivos bombardeos de Clinton sobre Irak. Si una Administración Gore o Lieberman estuviese preparando una segunda guerra del Golfo, la resistencia sería la mitad de la que hay ahora. La aversión actual hacia Bush de los medios de comunicación y de la opinión pública de la Europa occidental no tiene ninguna relación con las diferencias reales entre los dos partidos en los Estados Unidos. Basta con señalar que Kenneth Pollack y Philip Bobbitt, que son respectivamente el principal exponente práctico y el principal teórico intelectual de la guerra contra Irak, son antiguos ornamentos del régimen de Clinton. Pero como los sistemas políticos occidentales tienden a difuminar los contrastes sustanciales de la política, las diferencias simbólicas de estilo y la imagen pueden adquirir, en compensación, una rigidez histérica. El Kulturkampf entre demócratas y republicanos dentro de los Estados Unidos ahora se está reproduciendo entre los Estados Unidos y la Unión Europea. Es típico que en tales discusiones la violencia de las pasiones partidistas sea inversamente proporcional a la profundidad de los auténticos desacuerdos. Pero al igual que en los conflictos entre las facciones azules y verdes del hipódromo bizantino, preferencias afectivas mínimas pueden tener consecuencias políticas importantes. La Europa que echa de menos a Clinton -véase cualquier editorial en The Guardian , Le Monde, La Repubblica o El País-- puede unirse para rechazar a Bush.

En segundo lugar está el espectáculo. La opinión pública estaba bien preparada para la Guerra de los Balcanes debido a la masiva cobertura de la prensa y de la televisión con respecto a las salvajadas étnicas que se estaban cometiendo en la región, que eran reales y -tras Rambouillet, en un grado considerable- míticas. Las incomparablemente mayores matanzas de Ruanda, donde los Estados Unidos, por temor a que los medios de comunicación dejasen de informar sobre Bosnia, bloquearon la intervención durante el mismo período, fueron totalmente ignoradas. El sitio de Sarajevo, retransmitido con todo detalle, horrorizó a millones de personas. La destrucción de Grozny, que sucedió fuera de campo, apenas provocó un encogimiento de hombros. Clinton la llamó liberación y Blair se apresuró a felicitar a Putin por las elecciones que ganó por tal motivo. En Irak, la grave situación de los kurdos fue ampliamente televisada después de la guerra del Golfo, lo cual movilizó a la opinión pública a favor de la creación de un protectorado angloestadounidense, sin necesidad de una autorización de las Naciones Unidas. Pero hoy, por mucho que Washington o Londres declamen las atrocidades de Sadam Husein, por no hablar de sus armas de destrucción masiva, son invisibles a todos los efectos prácticos para el espectador europeo. Las sesiones de diapositivas de Powell en el Consejo de Seguridad no tienen parangón con las imágenes de Bernard-Henri Lévy o de Michael Ignatieff vibrando ante el micrófono. A falta de imágenes, la liberación de Bagdad deja fría la imaginación de los europeos.

En tercer lugar, quizás la razón más importante sea el miedo. Los bombardeos aéreos pudieron llevarse a cabo sobre Yugoslavia en 1996 y de manera continua sobre Irak a partir de 1991 sin ningún riesgo de represalias. ¿Qué podían hacer Milosevic o Sadam? Eran blancos fáciles. El atentado del 11 de septiembre alteró este sentimiento de seguridad. Fue de verdad un espectáculo inolvidable, diseñado para hipnotizar a Occidente. El objetivo de los ataques eran los Estados Unidos, no Europa. Si bien los estados europeos, con Gran Bretaña y Francia a la cabeza, participaron en la respuesta contra Afganistán, para sus poblaciones la guerra se desarrolló en un escenario remoto, y el telón se bajó con rapidez. La perspectiva de una invasión y de una ocupación de Irak, mucho más grande y más cercana, en el corazón de Oriente Próximo, donde la opinión pública europea observa con inquietud -pero sin hacer nada al respecto- que algo va mal en la tierra de Israel, es otra cosa. El espectro de la venganza por parte de grupos como Al Qaeda o similares en una nueva versión de la Guerra de los Balcanes ha enfriado a muchos ardientes partidarios del nuevo 'humanismo militar' de finales de los años noventa. Los serbios eran una bagatela: menos de ocho millones. Los árabes son doscientos ochenta millones y están más cerca de Europa que de los Estados Unidos, e incluso muchos de ellos en su interior. Ante la expedición a Bagdad, incluso los militantes leales del New Labour se preguntan ahora: ¿estáis seguros de que esta vez nos vamos a librar?

Los grandes movimientos de masas no se deben juzgar con rígidas normas lógicas. Sean cuales sean sus motivos, las multitudes que han protestado contra una guerra en Irak son un latigazo contra los gobiernos que la promueven. En cualquier caso, había allí elementos demasiado jóvenes como para haberse comprometido a causa de los precedentes. Pero si el movimiento desea permanecer deberá desarrollarse más allá de las limitaciones del club de fans, de la política del espectáculo, de la ética del miedo. Porque la guerra, si tiene lugar, no se parecerá a Vietnam. Será corta y aguda y no hay ninguna garantía de que la justicia poética llegará después. Una simple oposición prudencial a la guerra no sobrevivirá al triunfo, y tampoco lo hará lo que se escriba a mano sobre su legalidad en una hoja de parra de las Naciones Unidas. Los diversos jueces y abogados que ahora ponen reparos a la campaña que se avecina harán las paces con sus comandantes bastante pronto, una vez que los ejércitos aliados se instalen en el Tigris y Kofi Annan pronuncie uno o dos discursos para hacer las paces, redactados por los 'negros' del Financial Times , sobre la distensión de la posguerra. La resistencia, si desea perdurar, deberá encontrar otros principios en qué basarse. Y puesto que los debates actuales invocan interminablemente a la 'comunidad internacional' y a las Naciones Unidas, como si fuesen un bálsamo contra la Administración Bush, deberán asimismo comenzar por ahí. He aquí algunas proposiciones telegráficas que podrían servir de alternativas:

1. No existe ninguna comunidad internacional. El término es un eufemismo de la hegemonía estadounidense. Se debe a la Administración el que algunos de sus funcionarios lo hayan abandonado.

2. Las Naciones Unidas no son un lugar de autoridad imparcial. Su estructura, dado el poder abrumador de las cinco naciones vencedoras de una guerra que tuvo lugar hace cincuenta años, es políticamente indefendible: comparable históricamente a la Santa Alianza de principios del siglo XIX, que también proclamó su misión de preservar la 'paz internacional 'en beneficio de la humanidad'. Mientras que estos poderes estuvieron divididos por la guerra fría, se neutralizaron unos a otros en el Consejo de Seguridad y la organización fue inofensiva. Pero ahora que la guerra fría se ha terminado, las Naciones Unidas se han convertido esencialmente en una pantalla para la voluntad estadounidense. Supuestamente dedicada a la causa de la paz internacional, la organización ha emprendido dos guerras importantes desde 1945 y no ha impedido ninguna. Sus resoluciones son sobre todo ejercicios de manipulación ideológica. Algunos de sus afiliados secundarios -la UNESCO, la Unctad y otros similares- hacen un buen trabajo y la Asamblea general es poco dañina. Pero no hay ninguna posibilidad de reformar el Consejo de Seguridad. El mundo estaría mucho mejor -sería un conjunto más honorable de estados iguales- sin su presencia.

3. El oligopolio nuclear de los cinco poderes vencedores de 1945 es igualmente indefendible. El Tratado de no proliferación nuclear es una burla de cualquier principio de igualdad o de justicia, pues quienes poseen las armas de destrucción masiva insisten en que todos, excepto ellos, se deshagan de ellas en beneficio de la humanidad. En el caso de que algunos estados reclamaran tales armas, serían los pequeños, no los grandes, ya que éstas compensarían el poder y la arrogancia de estos últimos. En la práctica, como era de esperar, estas armas están muy difundidas, y puesto que los grandes poderes se niegan a desechar las suyas, no hay ninguna razón para oponerse a que otros las posean. Kenneth Waltz, decano estadounidense de la teoría de las relaciones internacionales y una fuente impecablemente respetable, publicó hace mucho tiempo un tranquilo y detallado ensayo, que nunca ha sido refutado y que se titulaba 'The Spread of Nuclear Weapons: More May Be Better' [La proliferación de las armas nucleares: más puede ser mejor]. Es una lectura recomendable. La idea de que no se debe permitir que Irak o Corea del Norte posean tales armas, mientras que se puede perdonar que Israel o la Sudáfrica blanca sí las tengan, no tiene base lógica alguna.

4. Las anexiones de territorios -denominadas conquistas en un lenguaje más tradicional-, cuyo castigo es la justificación nominal del bloqueo impuesto por las Naciones Unidas a Irak, nunca atrajeron las iras de las Naciones Unidas cuando los conquistadores eran aliados de los Estados Unidos, sino únicamente cuando eran sus adversarios. Las fronteras de Israel, a pesar de las resoluciones de las Naciones Unidas de 1947, por no hablar de 1967, son el producto de conquistas. Turquía se apoderó de dos quintas partes de Chipre, Indonesia de Timor oriental y Marruecos del Sahara Occidental, sin que nadie temblara en el Consejo de Seguridad. Los detalles legales importan sólo cuando los intereses de los enemigos están en juego. En lo que respecta a Irak, las agresiones excepcionales del régimen baath son un mito, tal como John Mearsheimer y Stephen Walt -a quienes difícilmente se los puede tachar de radicales incendiarios- han demostrado recientemente con detalle en su reciente ensayo publicado en Foreign Policy.

5. El terrorismo, tal como lo practica Al Qaeda, no es una amenaza seria para el statu quo en ninguna parte. El éxito espectacular del ataque del 11 de septiembre se basó en la sorpresa -incluso la del cuarto avión- y es imposible de repetir. Si Al Qaeda hubiera sido una organización fuerte, habría descargado sus golpes en los estados clientes de Estados Unidos en Oriente Próximo, donde el derrocamiento de un régimen significaría una diferencia política, más que en los Estados Unidos, donde sólo hizo el efecto de un pinchazo. Tal como han señalado Olivier Roy y Gilles Keppel, las dos mejores autoridades en el campo de islamismo contemporáneo, Al Qaeda es el remanente aislado de un movimiento de masas del fundamentalismo musulmán, cuya utilización del terror es el síntoma de su debilidad y de su derrota, el equivalente islámico de la Facción del Ejército Rojo o de las Brigadas Rojas que surgieron en Alemania y Italia una vez que los grandes levantamientos de estudiante de finales de los años sesenta se hubieran desvanecido, y que fueron fácilmente reprimidos por el estado. La total incapacidad de Al Qaeda para organizar un solo atentado mientras que sus bases estaban siendo destruidas y sus mandos aniquilados en Afganistán, habla mucho sobre su debilidad. De formas diferentes, la evocación del espectro de una conspiración enorme y mortal, capaz de golpear en cualquier momento, le hace el juego tanto a la Administración como a la oposición del Partido Demócrata, pero es un invento que tiene poco que ver de una u otra manera con Irak, que ni tiene hoy conexiones con Al Qaeda ni probablemente podrá hacer que la organización reviva si cae mañana.

6. Las tiranías o el abuso de los derechos humanos, que ahora se utilizan para justificar intervenciones militares -pasando por encima de la soberanía nacional en nombre de valores humanitarios- son otra cosa que las Naciones Unidas también utilizan con criterios no menos selectivos. El régimen iraquí es una dictadura brutal, pero hasta que atacó a uno de los peones estadounidenses en el Golfo había sido armado y financiado por Occidente. Su historial es menos sangriento que el del régimen indonesio, que durante tres décadas fue el pilar principal de Occidente en el sudeste asiático. La tortura era legal en Israel hasta ayer, abiertamente aceptada por el Tribunal Supremo. A diferencia de Irak, Turquía, reciente candidata a la entrada en la Unión Europea, ni siquiera tolera la lengua de sus kurdos y, en calidad de buen miembro de la OTAN, tortura y encarcela sin obstáculo alguno. En cuanto a la 'justicia internacional', la farsa del Tribunal de la Haya sobre Yugoslavia, puesto que la OTAN es juez y parte, se amplificará con el Tribunal Penal Internacional, en el que el Consejo de Seguridad puede prohibir o suspender cualquier acción que no le guste (es decir, que irrite a sus miembros permanentes).Además, se invita a compañías privadas o millonarias -Walmart o Dow Chemicals, Hinduja o Fayed, pongamos por caso- a financiar investigaciones (Artículos 16 y 116). Sadam, en caso de que lo capturen, seguramente será juzgado por este augusto tribunal. ¿Alguien se imagina que Sharon o Putin o Mubarak alguna vez lo serán?

¿Cuáles son las conclusiones? Simplemente éstas: maullar sobre la locura de Blair o la crudeza de Bush sólo sirve para salvar los muebles. Los argumentos contra la guerra inminente serían más creíbles si se centrasen en la estructura anterior al tratamiento especial que las Naciones Unidas le otorgaban a Irak, en vez de ocuparse de la cuestión secundaria de si hay que seguir estrangulando despacio el país o bien sacarlo rápidamente de su miseria.



¿Qué es lo que motiva a Perry?

James Petras

Perry Anderson ha escrito una polémica crítica de los argumentos de los sectores liberales del movimiento pacifista. Su crítica del apoyo a las Naciones Unidas y en particular al Consejo de Seguridad y al Tratado de no proliferación nuclear está bien argumentada, si bien peca de unilateral. Aparte de sus perspicaces reproches al campo pacifista liberal, el resto de su polémica adolece de profundos y penetrantes fallos teóricos, de conceptualización y de realidad. En primer lugar, Anderson hace caso omiso de la compleja y plural coalición que vincula a antiimperialistas radicales con pacifistas y con liberales religiosos y seglares.

La discusión que hace Anderson de los preparativos estadounidenses para la guerra carece de cualquier alusión a un marco teórico digno de este nombre. Su vaga y escueta mención de la 'hegemonía' estadounidense no funciona. Su reticencia a la hora de discutir (o incluso de mencionar) el imperialismo estadounidense y las especificidades de su elite gobernante excluye cualquier comprensión del contexto, de la radicalización y del crecimiento del movimiento pacifista y, en particular, de su poderosa vertiente antiimperialista. Anderson se limita al debate entre conservadores y liberales, que son tanto probélicos como pacifistas y, a continuación, inserta el movimiento pacifista de masas dentro de estos estrechos límites.

La idea que tiene Anderson del movimiento pacifista está distorsionada por la lectura del London Times o del Los Angeles Times o por los chismorreos de Beverly Hills. El movimiento pacifista es una superación de los sectores radicales del movimiento antiglobalizador, para ser más precisos de su ala anticapitalista. En segundo lugar, un sector mayoritario del movimiento pacifista (sobre todo fuera de la órbita angloestadounidense) se opone a la guerra con independencia de cualquier decisión de las Naciones Unidas, lo cual demuestra su posición crítica con respecto al comportamiento pasado y presente de las Naciones Unidas. En tercer lugar, en muchos países, incluidos Inglaterra, Turquía, Italia y Francia, los trabajadores han iniciado acciones directas -huelgas- o han amenazado con otras acciones para oponerse a la naturaleza imperialista de la guerra. En el norte de Italia los sindicalistas y los activistas pacifistas han bloqueado vías férreas que se utilizan para transportar convoyes cargados de armas. El 14 de marzo, millones de trabajadores españoles organizaron una huelga general contra los preparativos de la guerra.

La fláccida discusión de Anderson sobre los motivos que mueven al creciente movimiento pacifista es una caricatura del movimiento, más cercana a Paul Wolfowitz que a las explicaciones dadas por los propios participantes. Según Anderson, la oposición se basa en la hostilidad cultural hacia los republicanos, en los defectos de la campaña de propaganda ('espectáculo') de los medios de comunicación adictos a Bush y en el 'miedo'. Las principales consignas que se gritan en las manifestaciones de todo el mundo son 'No cambiemos sangre por petróleo', 'Petróleo = Guerra' y otras muchas variantes del mismo tema, que reflejan la oposición a la guerra que promueve Washington para quedarse con el petróleo de Irak. Estos eslóganes reflejan un razonamiento coherente, lógico y exacto, que vincula una guerra imperial con la búsqueda del control de una materia prima estratégica. Anderson subestima la repugnancia popular hacia el asesinato en masa, así como la convicción que tienen los movimientos pacifistas de que millones de iraquíes serán asesinados, heridos o desplazados. La opinión popular de las masas ha sido capaz de ver a través de la campaña de propaganda sin precedentes, masiva y homogénea de Bush, Blair, Aznar, Berlusconi y otros. En vez de reconocer una nueva conciencia crítica pública, Anderson le reprocha a Bush el que no haya emprendido una campaña de propaganda mas agresiva y eficaz. Al parecer, Anderson olvida que sólo pueden proyectar sus imágenes de propaganda durante 24 horas por día.

La cuestión del miedo a la venganza es un factor que influye en el auge del movimiento pacifista, pero esta inquietud psicológica está ligada tanto a los sentimientos pacifistas como a los favorables a la guerra. Las razones que encaminan la condición psicológica hacia una dirección particular -a oponerse a los Estados Unidos como agresor- son factores políticos, sociales y económicos, el reconocimiento de que Washington ha falsificado los datos que justifican la guerra, de que no hay ninguna prueba de que existan amenazas creíbles provenientes de Irak y la sensación de que los Estados Unidos son la auténtica amenaza terrorista. Ésta es la cuestión en la mayor parte de los países, en particular fuera del mundo anglosajón. En Corea del Sur, según encuestas recientes, la mayor parte de la población, tres de cada cuatro coreanos, considera que los Estados Unidos son una amenaza mayor que Corea del Norte.

En lo que seguramente será considerado como el argumento logicodeductivo más absurdo sobre el movimiento pacifista, Anderson aduce que 'en cuestiones de principios, la posición de la Administración Bush contra sus críticos es inatacable'. Conforme uno lee con detenimiento el resumen que hace Anderson de las asunciones en que se basan tales 'principios' , advierte que no logra explicar en detalle el principio bushiano de la guerra permanente sobre la base de una conspiración planetaria internacional mundial hoy vigente en 60 países, la doctrina de las guerras preventivas, las múltiples guerras en Oriente Próximo y la ilógica posición de apoyar los principios de las Naciones Unidas y de anularlos en la práctica. Si no fuera por lo mucho que está en juego, resultaría divertido leer la enérgica presentación que hace Anderson de la guerra 'de principios' de la Administración Bush y su disparatado resumen de la ilógica e incoherente discusión de la posición pacifista liberal. En sus esfuerzos por desacreditar los argumentos liberales pacifistas, sin querer -o bien deliberadamente- intenta abrir una brecha entre la coalición plural que se opone la guerra. Para lograrlo, su principal arma consiste en un ataque general contra las Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad y la 'comunidad internacional' como simples instrumentos de la 'hegemonía' estadounidense. Las generalidades de Anderson contienen verdades a medias, carecen de cualquier sentido táctico político y de estrategia y están desprovistas de cualquier idea sobre cómo sobrepasar el movimiento pacifista más allá de algunas declaraciones poco pertinentes.

El punto de partida es la incapacidad de Anderson para entender el comportamiento político de las Naciones Unidas durante el medio siglo que acaba de transcurrir. Mientras que los Estados Unidos dominaron las Naciones Unidas durante los años cincuenta y sesenta, en los setenta se cambiaron las tornas y los Estados Unidos quedaron en minoría frente a las exigencias de un Nuevo Orden Internacional. Los Estados Unidos tuvieron que recurrir a su veto para bloquear resoluciones que afectaban al socio especial de Washington, Israel. Durante los años noventa, la influencia de los Estados Unidos en las Naciones Unidas alcanzó su punto máximo, que ha declinado conforme se acercaba la segunda Guerra del Golfo. No cabe duda de que los Estados Unidos son un poderoso país imperialista con vocación para la conquista (no para la hegemonía), pero Anderson hace caso omiso de que, hoy, Washington encuentra oposición en su camino y amenaza con actuar con independencia de las Naciones Unidas. ¿Cuál es la fuente de este conflicto, rivalidades interimperialistas, elites gobernantes diferentes? Nunca llegamos a averiguarlo, porque Anderson, con su lógica sublime, ignora totalmente estas cuestiones y, lo que es peor, no llega a ver que los conflictos interelititistas son una condición importante para el avance antiimperialista en ciertas circunstancias. Los treinta millones de activistas pacifistas incluyen a gente que todavía cree en las Naciones Unidas, que confían en Chirac y en una resolución de las Naciones Unidas. ¿Acaso debería la izquierda romper con ellos y debilitar el movimiento o bien debería trabajar junto a ellos, presentar sus propios argumentos antiimperialistas y profundizar el conocimiento popular de las causas sistémicas de la guerra?

Está claro que los revolucionarios y los antiimperialistas reformistas han escogido correctamente el segundo camino, y con mucho éxito, tanto desde el punto de vista cualitativo como cuantitativo. El movimiento pacifista se está radicalizando, crece por millones conforme se acerca la guerra y ha llevado a los aliados burgueses e imperiales hacia una oposición temporal. Incluso si las Naciones Unidas estuviesen totalmente dominadas, tal como afirma Anderson, han servido de foro para plantear cuestiones fundamentales y para obligar a los Estados Unidos a exhibir su lado más oscuro: el chantaje político, las amenazas violentas, la corrupción económica y el crudo espionaje de representantes de las Naciones Unidas, lo cual no sólo ha afectado desfavorablemente la imagen de los Estados Unidos, sino que también ha sacado a la luz los límites de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad. Las apelaciones a las Naciones Unidas son demandas de transición, que unen la actual conciencia moderada antibelicista con una perspectiva antiimperialista más radical, siempre que la izquierda no renuncie a su posición de principios. La alternativa de Anderson al movimiento pacifista antiimperialista consiste en abolir el Consejo de Seguridad y en estudiar las pasadas relaciones de las Naciones Unidas con Irak, lo cual es algo que carece de importancia frente a un movimiento pacifista de masas correctamente centrado en el papel del régimen imperial de Washington y en sus actuales proyecciones militares en Oriente Próximo, un movimiento que pretende profundizar y explotar las 'ilógicas' y 'contradictorias' posiciones adoptadas por las clases rivales dominantes y sembrar la conciencia antiimperialista entre los mil millones de oponentes a la guerra.

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