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E d w a r d  S a i d  e n  R e b e l i ó n 

29 de septiembre del 2003

La conciencia crítica de Edward W. Said

Pedro de la Hoz
La Jiribilla

Al intelectual de origen palestino, fallecido el jueves 25 de septiembre en Nueva York, se le debe una de las más lúcidas críticas contra el sionismo, la supervivencia del espíritu colonialista y la guerra imperialista contra Iraq.

1.

La última batalla de Edward W. Said no ha terminado. El día que se dio a conocer su muerte en Nueva York —eventualidad prevista dado su largo padecimiento de leucemia— varias granadas explotaron contra blancos norteamericanos en Mosul en tanto los medios de prensa en Estados Unidos reflejaban la creciente inquietud de la población de ese país en torno a la inútil, ineficaz y prolongada aventura militar en la nación petrolera del Golfo Pérsico.

El 11 de abril de este año, aún antes de que los círculos mediáticos y políticos de EE. UU. admitieran el fraude de los pretextos esgrimidos para desatar el segundo capítulo del remake contemporáneo de la conquista de las Galias, y de que Tony Blair ardiera en el brasero de quien es cogido en falta, Said tocó una parte del fondo al declarar: «El problema es la falsificación de la realidad y la creación de escenarios ideológicos o metafísicos, que los planificadores de políticas estadounidenses, básicamente ignorantes, se tragaron, y le impusieron antidemocráticamente a un presidente fundamentalista y a un público en gran medida malinformado».

La otra parte, desde luego, está en la voluntad geopolítica imperial —nada inocente y muy premeditada— que anima la propuesta bélica con que los EE.UU. ha inaugurado el siglo XXI.

Pero el solo hecho de condensar en una rotunda apreciación el matiz goebbelsiano de la campaña mediática en favor de la guerra, y asociarlo a la prepotencia del actual inquilino de la Casa Blanca —y del clan que lo aúpa— fue suficiente para validar una vez más el carácter incómodo del pensamiento crítico de Said.

La guerra contra Iraq confirmó a Said la percepción que se fue haciendo del sistema político y las ramificaciones culturales de la sociedad donde desarrolló su vida intelectual.

Nacido en el Jerusalén ocupado por el colonialismo inglés hace 67 años, Said vivió su juventud en Londres y luego culminó estudios y se insertó en la comunidad académica norteamericana.

Comenzó a acrecentar su prestigio como profesor e investigador en culturas comparadas, pero su identidad árabe-palestina, nunca erosionada, le hizo derivar hacia la reflexión política a raíz de la guerra expansionista de Israel en 1967.

En los últimos tiempos, esa reflexión se dirigió fundamentalmente al análisis de la manipulación política de la administración norteamericana en su afán de imponer su hegemonía a escala mundial, valiéndose del uso despiadado de la fuerza.

Said desmontó, con precisión y agudeza, los vínculos entre la toma de decisiones políticas, los intereses económicos y la actividad de los círculos académicos de la extrema derecha en Estados Unidos.

De manera particular reveló los vasos comunicantes que emparentan la insaciable voracidad de compañías petroleras, informáticas y de la industria militar con la trama de asesores que sostienen la doctrina de la administración actual.

Para Said «lo que resulta monumentalmente criminal es que secuestraron palabras buenas y útiles como 'democracia' y 'libertad', y las retorcieron para servir de máscara al pillaje, el abuso de fuerza territorial y el ajuste de cuentas».

Su dedo acusador contra lo que llamó «corrupción de la democracia» no se levantó por primera vez en el caso de Iraq. Desde mucho antes destacó su palabra por ejercer una sistemática crítica al maridaje entre Washington y Tel Aviv. Por ello, en uno de sus últimos artículos, denunció cómo «el programa estadounidense para el mundo árabe es el mismo que el de Israel».

2.

Una buena parte del claustro de la Universidad de Columbia, y muchas otras «buenas conciencias» del stablishment, se indignaron el día que vieron a Said en un reportaje de televisión lanzando piedras contra los ocupantes israelíes en territorio libanés.

Aquel fue un gesto simbólico, una pequeña contribución a la Intimada. Pero, sobre todo, una llamada de atención para los influyentes medios de opinión, que marginaron el pensamiento crítico de Said, contrario a la complacencia con que la Casa Blanca ha venido sosteniendo y apoyando al régimen sionista.

Antes esos medios no habían podido ignorar la lucidez de uno de sus más apasionantes y documentados ensayos, «La cuestión palestina (1978)». Allí el ensayista había desplegado las razones que llevaron a una alianza entre el lobby sionista en Estados Unidos y las elites políticas de Gran Bretaña y ese país no solo para inventar el estado israelí, sino para azuzarlo en la conquista de los territorios vecinos y la destrucción de la cultura palestina.

Pero lo que molestó al sistema fue la decisión de Said de insertarse en la lucha por la autodeterminación de su pueblo en términos prácticos. Su elección como miembro del Consejo Nacional Palestino le valió sucesivas descalificaciones: cómo era posible que un ilustre académico, asentado en Norteamérica por más señas, se sumara a los empeños de «las fuerzas del mal», fue la pregunta que una y otra vez se hicieron políticos y colegas suyos, algunos de los cuales llegaron a sugerir oscuros vínculos con actividades terroristas.

El «mal de ojo» contra Said arreció a partir de 1993, cuando el académico renunció al Consejo por considerar que los acuerdos de Oslo no conducían a parte alguna. No caben dudas de que su dimisión se basó en razones controvertidas, que lo llevaron a distanciarse de Arafat, mas ello nunca implicó una ausencia de compromisos con la lucha por el derecho de los palestinos a fundar un estado independiente. En otras palabras, su divergencia con la OLP debe verse como un diferendo táctico, que no alteró en lo absoluto sus principios.

Y menos aún su irreductible visión crítica acerca de la verdadera naturaleza de la cohabitación entre Estados Unidos e Israel. En el 2000 resultó demoledor su análisis acerca de la distorsión del problema palestino de cara a la opinión pública norteamericana: «No existe ningún comentarista político que mantenga de manera absolutamente clara y abierta una posición de resistencia frente a Israel en EE.UU. Algunos columnistas liberales, como Anthony Lewis de The New York Times, escriben ocasionalmente de manera crítica sobre las prácticas de la ocupación israelí, pero nada se comenta sobre 1948 y toda la cuestión del desalojo palestino que está en la raíz de la propia existencia (y subsiguiente comportamiento) de Israel. En un artículo reciente, Henry Pracht (un antiguo oficial del Departamento de Estado), advierte sobre la asombrosa unanimidad de las opiniones vertidas en todos los medios de comunicación estadounidenses, desde las películas a la televisión, pasando por la radio, los periódicos, los semanarios, o las publicaciones mensuales, cuatrimestrales, o diarias: todo el mundo se mantiene firmemente al lado de la versión oficial israelí, que se ha convertido igualmente en la versión oficial norteamericana. Esta coincidencia es el mayor logro del sionismo norteamericano desde 1967, coincidencia que ha sido explotada en el discurso público sobre Oriente Medio. De modo que la política de EE.UU. es igual a la política israelí, excepto en aquellas raras ocasiones en las que Israel se ha extralimitado y ha considerado oportuno hacer lo que le da la gana. La crítica a las prácticas israelíes se ve, por tanto, limitada a salidas de tono, y, por infrecuente, puede ser calificada de literalmente invisible».

¿Odiaba Said a los hebreos? ¿Su radical postura frente a la cuestión palestina lo llevó a ser un irreconciliable enemigo de los israelíes? Nada más lejos de la verdad. Un hecho habla por sí solo: luego de recibir, junto al pianista y director de orquesta israelo-argentino Daniel Barenboim el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, ambos decidieron fomentar una experiencia única, reunir a jóvenes músicos israelíes y palestinos en una orquesta-conservatorio. Este verano la iniciativa llegó a su esplendor, como ejemplo de convivencia racional entre seres humanos. Quien tuvo el coraje para lanzar una piedra al ocupante sionista, se armó de valor para encarar una propuesta humanista insólita para los halcones de Washington y Tel Aviv.

La última batalla de Said está por librar. Contra el terrorismo, las apetencias imperiales, el racismo y la hegemonía unipolar nos es útil su pensamiento.  

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