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LUCHA ANTIGLOBALIZACIÓN 

26 de marzo del 2003

Cortafuegos: el ejemplo Bourdieu

Simón Royo
Rebelión

En lo que sigue vamos a repasar panorámicamente y a glosar ligeramente el libro de Pierre Bourdieu entitulado: "Contrafuegos", y dedicado, como muchos de sus escritos, a pensar y construir estrategias para combatir esa ofensiva neoliberal que de la manera más descarnada estamos viviendo en la actualidad. Una ofensiva a la que se le ha sumado el ahora bien visible avance bélico-imperial.

Bourdieu ha trabajado mucho el fenómeno de la violencia simbólica descubriendo que no está exento del empleo del mesianismo y de los argumentos de autoridad. Por eso ha señalado que los periódicos ejercen una censura sobre las llamadas tribunas libres de expresión pública al volcarse exclusivamente en los artículos de opinión de determinados nombres propios y evitar la manifestación de argumentaciones e ideas firmadas por un grupo, por un conjunto de siglas o por un intelectual colectivo. Incluso, más allá del sociólogo francés, pensamos que una plataforma de indagación anónima o con un nombre ficticio para un colectivo ciudadano, (como el del matemático Bourbaki, que en realidad era un grupo de investigadores), pudiera ser una opción interesante a la hora de romper con el narcisismo y la okupación de tribunas por nombres sacrosantificados e inamovibles del intelectualismo orgánico. Prestar oídos a las multitudes, a ese ser colectivo al que Rousseau llamó Voluntad General, a esas huestes de singularidades que se manifiestan por las calles, vuelve a ser necesario frente a una sutil tecnocracia que ejerce una violencia continua e invisible. Internet se ha convertido en un buen lugar para subvertir esa hegemonía de lo establecido y escuchar a lo distinto, a lo común, a la voz directa de la gente sin intermediarios y sin manipulaciones. Por eso, aun siguiendo a Bourdieu, nos permitimos y atrevemos a corregirle, en ocasiones, recogiendo lo productivo de su pensamiento y procurando llevarlo más allá, siempre a la zaga de la voz del ciudadano y de la mano de la voluntad del pueblo; siempre, en política, en calidad de hombres y de ciudadanos, nunca en cuanto especialistas o investigadores.

Pero la violencia simbólica no sólo se manifiesta en las voces del despotismo ilustrado, filantrópico y humanista, esgrimido contra la voluntad popular, sino que se ejerce, también y sobre todo, ocultando la violencia real a la que se somete a los trabajadores y a los ciudadanos más implicados con las realidades sociales más problemáticas. Por eso numerosas series televisivas presentan de manera atractiva, no ya sólo la guerra y los desastres, tenidos por aventuras, sino también los trabajos sociales más duros, como el de médico de urgencias, policía (democrática), profesor, asistente social o periodista. En esas series televisivas el trabajo brilla por su ausencia y se consagran al ligoteo y chismorreo, o aparece bajo una aureola de eficiencia, limpieza y pureza sin igual. Se le preguntaba a Bourdieu en una entrevista de Le Monde (14-1-92) que pensaba ante el hecho de lo difícil que se estaba poniendo la labor social: "el director de un colegio conflictivo expresa (…), su amargura (…): en lugar de ocuparse de la transmisión de conocimientos, se ha convertido, en contra de su deseo, en policía de una especie de comisaría" (Pierre Bourdieu Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal. Anagrama Barcelona 1999, p.11-12. En adelante las citas no precisadas, son de este libro y autor). El sociólogo contestaba recordando a "aquellos a quienes se manda a primera línea a fin de desempeñar las funciones llamadas "sociales " y suplir las insuficiencias más intolerables de la lógica del mercado sin darles los medios para realizar realmente su misión"; y recordando, también, un hecho que no sale nunca en las series televisivas: el hecho de que el parche social del mercado sea cada vez más precario y más insuficiente ante la ofensiva neoliberal. Y ya respecto a la corrupción política indicaba que la degradación del servicio público televisivo era un fenómeno paralelo a esa misma corrupción: "Es indudable que la televisión ha contribuido tanto como los sobornos a la degradación de la virtud cívica". La paradoja, aquí, consistiría, entonces, en que lo social (con sus fuerzas de conservación, de resistencia y subversivas) tendría que ser lo que evitase de nuevo que el neoliberalismo nos lleve al caos y la explotación ilimitada, pues limitaría los efectos perversos del capitalismo y, con ello, serviría a su pervivencia. Pero Bourdieu nos advierte que pese a ese papel supuestamente legitimador del capitalismo, lo social, en realidad, es el último baluarte de resistencia al que no cabe renunciar (cfr.p.147-148).

El mercado pretende ocupar todo el espacio y frente a la desaparición de la política, invadida por la empresa, fenómenos tradicionalmente tenidos por reaccionarios por la izquierda se convierten en barricadas, como pueden llegar a serlo la religión, el fútbol, la televisión, el reino del arte por el arte, el nacionalismo o los espacios privados no consumistas, todos ellos lugares que vienen a llenar un espacio abandonado por la política antes el empuje del mercado. De ahí que la política social tenga que volver a dar salida a esas coberturas comunitarias que el mercado destruye y que, en su ausencia, son los fenómenos pre-políticos los que le hacen frente. Familia o jubilación, tribu o política, pero sin uno de esos dos referentes un anciano se morirá de hambre y el mercado instaurará el gerontocidio sin problemas, pues para él los viejos son deshechos improductivos y no ciudadanos con experiencia.

Ante esta situación el intelectual crítico, -el ciudadano crítico, sin necesidad de ser intelectual, diríamos corrigiendo en esto a Bourdieu-, es necesario en nuestras sociedades, ya que "no existe una auténtica democracia sin un auténtico contrapoder crítico" (p.20). Pero frente a los intelectuales dogmáticos de la Realpolitik nos dice aquí Bourdieu: "citando a Karl Kraus, «entre dos males, me niego a elegir el menor»" (p.21). Luego no hay que prestarse a planteamientos como "hay que bajar de salario y trabajar más o perder el empleo" pues siempre son trampas de la patronal, que se pueden invertir por los ciudadanos: "habría en realidad que aumentar los salarios, reducir la jornada laboral e incorporar más gente a trabajos de tiempo medio que permitiesen el verdadero ocio y la vida política".

A juicio de Bourdieu el intelectual científico (o el filósofo) debería bajar de la torre de marfil y emplear parte de su tiempo en desenmascarar al intelectual mediático: "Actualmente ya no es posible emprender ninguna lucha social sin disponer de programas de lucha específica con la televisión y contra ella (…). En esa lucha, el combate contra los intelectuales mediáticos es importante. En lo que me concierne, esas personas no me quitan el sueño, y no pienso nunca en ellas cuando escribo, pero desempeñan un papel extremadamente importante desde el punto de vista político, y es deseable que parte de los científicos acepte gastar un poco de su tiempo y su energía, con ánimo militante, para contrarrestar su intervención" (p.80). Así, la tarea del ciudadano crítico no será solamente la batalla científica en busca de la verdad, sino también la batalla ideológica de desenmascarar las mentiras de los otros, aunque se trate de vacas sagradas. Pues lo terrible no es sólo que los investigadores no bajen a la arena político-mundana, sino que lo terrible es cuando alguno de los "científicos" bajan al terreno de lo mundano a masacrar, dialéctica o groseramente, a quienes se enfrentan al neoliberalismo, y a condenar a quienes luchan contra el capitalismo; descartando esos movimientos antiglobalizadores como fenómenos editoriales sin mayor importancia o excrecencias ideológicas de sujetos no pensantes, y alineándose y favoreciendo, con ello, a la derecha. Pero frente a los intelectuales impostores, y antes incluso que los filósofos impostados o venerados, por importantes que sean, está el pueblo, la ciudadanía, a la que la sensibilidad del artista o la lucidez del pensador habrían de saber escuchar, convirtiéndose en aprendices de la gente en lugar de en maestros de los muchos. Lo que los griegos denominaban la alethés dóxa es el grado mínimo que tiene que alcanzar el ciudadano crítico de una sociedad democrática para que ésta pueda llevar tal nombre. Los filósofos, los científicos y los políticos, como bien demostró Sócrates, también pueden ser impostores, no así los hombres ni los ciudadanos: "«Mediadores cerca del Espíritu Absoluto (o de la Cultura, o de la Razón, o del Sentido Común), gracias; vuestros servicios son demasiado dispendiosos y nosotros tratamos directamente de nuestros asuntos». Y entonces, el grupo pequeñísimo de intelectuales, reunido en un Congreso extraordinario, tendría que decir: «Todo está perdido; la multitud se halla ilustrada»" (Gustavo Bueno Los intelectuales, los nuevos impostores. Los Cuadernos del Norte, Año IX, nº48. Marzo-Abril 1988, p.21).

El nivel que Platón denominaba "opinión verdadera" (Menón 97e-98a; Teeteto 187b-201c; Timeo 51d-52a; Político 278a-c; Leyes 632c; 653a; y Aristóteles Política 1277b, y cfr.1282a, pues: "la virtud del buen ciudadano ha de estar al alcance de todos" 1277a), es un nivel de conocimiento propio del sentido popular, superior tanto al saber ínfimo como al más excelso y que será el justo medio entre esos dos extremos. Entre la ignorancia plena y la sabiduría plena habrá un punto medio que será la verdad democrática, la veracidad política. Entre la doxa y la episteme se sitúa ese sucedáneo de la inexistente ciencia de la política del que ya hablará Platón y para el que sólo es necesario el sentimiento moral y la justicia. Por eso, [algo que se le ha olvidado al filósofo Gustavo Bueno, últimamente], la Democracia tiene prioridad sobre la Filosofía y el pensador sólo puede hablar pública y políticamente, excatedra, en cuanto ciudadano, no en calidad de sabio enfrentado siempre a la ignorante multitud; sino al contrario, como ciudadano que haciendo uso público de su razón, manifiesta su verdadera opinión, ¡aunque se equivoque!.

Los más "realistas" dicen que desde la caída de la Unión Soviética la izquierda carece de fuerza material y es cierto que, siguiendo de nuevo a Bourdieu: "Para concebir un proyecto revolucionario, es decir, una ambición razonada de transformar el presente en relación con un futuro proyectado, hay que tener un mínimo de control sobre el presente" (p.123). Pero el control sobre el presente por la izquierda no pasa solamente por la existencia de Estados "socialistas" con arsenal atómico. Esa es la fuerza más burda, el poder más manifiesto, pero no la única fuente de poder y nos atrevemos a decir que no la más decisiva e importante, pues no todo es reductible a poder o fuerza bruta. En el mundo desarrollado, debido a la sobreproducción de diplomados, el ejército de reserva ya no se encuentra en los niveles más bajos de la sociedad y de la cualificación. Este ejército tiene hoy un poder nada desdeñable, tanto como multitud dispersa en la Antiglobalización, como en cuanto pueblo organizado en instituciones no gubernamentales, partidos o sindicatos: "La precariedad laboral no es el producto de una fatalidad económica (…) sino de una voluntad política" (p.124). La guerra tampoco es producto de una fatalidad económica, sino que lo es en estos momentos del robo de la voluntad política del ciudadano por algunos de sus representantes. La miseria y la pobreza tampoco son fruto de un azar ni de un férreo determinismo de las cosas, sin contar con las personas. Olvidar que existe una voluntad política y que esa voluntad política puede ser ejercida por el pueblo es olvidar la política y considerar el mundo como algo exclusivamente guiado por fuerzas ciegas, individuos aislados y poderes inconfesables. Eso lleva a muchos al cinismo derrotista y al monismo del poder, pero respecto a esto nos dice Bourdieu: "Los que deploran el cinismo que caracteriza, en su opinión, a los hombres y las mujeres de nuestra época, no deberían omitir relacionarlo con las condiciones económicas y sociales que lo favorecen o lo exigen y que lo recompensan" (p.124). La política no ha muerto, puesto que si el hombre es un animal político no morirá la política mientras queden seres humanos: "En contra de ese régimen político, cabe la lucha política (…). Pero también puede intentar arrancar a los trabajadores de la lógica de las luchas antiguas que, basadas en la reivindicación del trabajo o de una mejor remuneración de ese trabajo, aprisionan en el trabajo y en la explotación (o la flexplotación) que permite. Eso podría conseguirse mediante una redistribución del trabajo (gracias a una sustancial reducción de la semana laboral a escala europea), redistribución inseparable de una redefinición de la distribución entre el tiempo de producción y el tiempo de reproducción, el reposo y el ocio" (p.127) …

De las reflexiones del recientemente fallecido sociólogo francés, de su ejemplo teórico y práctico, podemos aprender mucho quienes buscamos las maneras de hacer frente a la ofensiva neoliberal y bélica que jalona nuestro presente actual.

Un Cortafuegos, mejor traducción del título del libro que venimos comentando, es una barrera que se pone al incendio destructor y devorador de todo para que no pase y acabe extinguiéndose a sí mismo. Las manifestaciones contra la guerra contra Irak que se están realizando en todo el mundo a lo largo de esta primavera del 2003 son un gran cortafuegos.

Y es que los cortafuegos y los bomberos son hoy más necesarios que nunca. Una vez detenido el incendio neoliberal y, contra los pirómanos del capital y del imperialismo, sobre sus cenizas, sembraremos nuevos jardines, y los territorios que haya asolado el Imperio volverán a florecer una y otra vez.

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