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R E S I S T E N C I A   G L O B A L 

19 de enero del 2004

El dominio total y su contrario

Walden Bello
Il Manifesto

Los Estados Unidos se presentan al juicio de la sociedad civil global que se reunirá en el World Social Foro de Mumbai. Una superpotencia todavía dominante que está perdiendo en términos de hegemonía. Una América atenazada por el "síndrome" de Irak y marcada por la derrota de la "batalla de Cancún"

Para los representantes de la sociedad civil global que se reunirán por miles en Mumbai (Bombay) del 16 al 22 de enero en el World Social Forum, Washington es el problema mundial número uno. Sin embargo un año cuantas diferencias crean. Los EE.UU. que hoy tienen frente no son la misma arrogante superpotencia de ayer. Cuando, el 1 mayo del año pasado, Bush llegó al portaaviones a Lincoln en las costas de California para comunicar el fin de la guerra en Irak, Washington parecía estar en el zenith de su poder y muchos comentaristas hablaron, con una mezcla de temor y asco, de la "nueva Roma". (...)

Pero la suerte es voluble, particularmente en tiempo de guerra. En menos de seis meses EE.UU., junto a la Unión Europea, han perdido la "batalla de Cancún", puesto que en esta ciudad turística mexicana ha fracasado el quinto mitin ministerial de la OMC. Un importante paso en la tentativa de obstaculizar el plan de Washington y Bruselas, que quisieron imponer su agenda al mundo en desarrollo, ha sido el recién nacido Grupo de los 20, capitaneado por Brasil, India, Sudáfrica y China.

Qué el G20 haya osado desafiar Washington no está desconectado con el hecho de que, en septiembre, la legitimidad de la invasión estaba rota, habiéndose derrumbado la coartada de los armas de destrucción masiva como motivo para azuzar la guerra; el leal aliado de Bush, Tony Blair, combatió por su supervivencia política; y las fuerzas EE.UU. en Irak estuvieron sometidas a algo parecido a la antigua tortura conocida como "muerte" por mil heridas.

El poder es en parte una función de la percepción y la inflación de poder que EE.UU. ha registrado después de la invasión en Irak aún más ha sido seguida por una deflación rápida en los meses siguientes. Con su imagen transformada en la de un Gulliver que, en Bagdad y en otras ciudades del Irak central, inútilmente pataleó contra los invisibles liliputienses, los otros candidatos a un "cambio de régimen" como son Pyongyang, Damasco y Teherán consideraron los mensajes de Washington cada vez más vacíos. Washington no fue ajeno de la rápida erosión, a los ojos del mundo, de su capacidad coercitiva, en octubre, Bush ha hablado, a la manera de Clinton, de ofrecer una "garantía de seguridad" a Corea del Norte, cuyo agresivo aislamiento marcó este año.

(...) La captura de Saddam Hussein a mediado de diciembre ha servido sencillamente para confirmar que Saddam no controlaba la que fue claramente una resistencia del pueblo, puesto que los ataques de la guerrilla han continuado sin parar. Y mientras empieza el 2004, la pregunta no es que si la resistencia iraquí pueda lanzar su "ofensiva del Tet" sino cuando.

El pantano iraquí y la quiebra de la cumbre ministerial de la OMC en Cancún no son sino dos manifestaciones de la enfermedad fatal de los imperios: el sobre dimensionamiento.

También hay otros indicadores críticos, entre los que destacan el no haber consolidado un régimen dependiente en Afganistán, dónde el poder del gobierno Karzai sólo se extiende hasta la periferia de Kabul; el no haber estabilizado absolutamente la situación palestina, con Washington cada vez más como rehén de la falta de cualquier interés del gobierno Sharon a negociar en serio por un Estado palestino factible; el paradójico desarrollo no sólo al extremismo islámico en su zona de origen en Oriente Medio Oriente, también en la Asia meridional y Sudeste asiático, mientras las invasiones conducidas por el EE.UU. - en Irak y Afganistán - fueron justificadas como finalizáis a combatir el terrorismo; la disgregación de la alianza atlántica que ha vencido la guerra fría; el emerger en el patio de Washington de regímenes anti-usa y anti-libre mercado como los de Lula en Brasil y Chavez en Venezuela, mientras que EE.UU. está concentrado en Oriente Medio; el nacimiento de un fuerte movimiento de la sociedad civil transnacional que ha llevado a una deslegitimación creciente de la presencia EE.UU. en Irak y ha contribuido de modo decisivo al derrumbamiento de la cumbre de Seattle y Cancún.

Contra este tipo de ataques a su hegemonía, la absoluta superioridad del EE.UU. en el campo de la guerra nuclear y convencional cuenta poco, igual que una maza es inútil para aplastar moscas. Para intervenir, invadir un país e imponer una ocupación, las fuerzas de tierra seguirán siendo el elemento decisivo pero la opinión pública, que ya no piensa en gran parte que la invasión de Irak valga su precio en términos de víctimas americanas, no tolerará un aumento significativo de las tropas de tierra más allá de los 168.000 hombres que prestan servicio en Irak y en los estados del Golfo y los 47.000 en Afganistán, Corea del Sur, Filipinas y Balcanes.

Una posibilidad es volver a la diplomacia de las cañoneras de la era de Clinton, a la que Andrew Bacevich de la Boston University define como el uso comedido de una fuerza aérea sin usar las de tierra "para castigar, delimitar, señalar y negociar". La gente de Bush, en todo caso, se opone a tal posibilidad, y con razón. Ya que tanto el lanzamiento de misiles crucero de Clinton contra los escondites de Bin Laden en Afganistán y Sudán o la operación "Rolling Thunder" del presidente Johnson contra Vietnam del Norte en 1964, los ataques aéreos tienen un impacto muy limitado contra el enemigo. Pero la opción tropas de tierra no va mejor, llevándonos a la pregunta: ¿ EE.UU. se encuentran quizás en una situación en que no pueden vencer?

El problema es que la gente de Bush ha olvidado una lección fundamental de gestión del imperio, es decir que "gobernar cualquier imperio es una empresa política, económica y militar, pero también es una empresa moral", como dice Bacevich. Si el imperio romano ha durado 700 años es porque los romanos entendieron que el problema de la super extensión no se solucionaba desplegando un número creciente de legiones, sino extendiendo la ciudadanía de primera a las elites locales y luego a todos los hombres libres.

Para gran parte la facción dominante bipartidista de la elite político EE.UU. desde la segunda posguerra, ha entendido la intuición romana según una "visión moral" lo que fue central en la gestión imperial. Aquel mundo fue forjado principalmente por la construcción de alianzas, guiado de modo subterráneo por organismos multilaterales como Naciones unidas, Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional, y descansó sobre la convicción que, como ha dicho Frances Fitzgerald, "la democracia electoral combinada con la propiedad privada y las libertades civiles, es cuanto los Estados Unidos tuvieron que ofrecer al Tercer Mundo". (...)

¿Puede arreglar una administración más sofisticada el daño de la gestión imperial de EE.UU. causado por la presidencia Bush, devolviendo al imperio el multilateralismo y la dimensión "moral?"

Quizás, pero también esto puede ser anacrónico. Porque la historia no se para. Será difícil para uno fortalecida política de la coalición que guía EE.UU. parar el estallido de la reacción del fundamentalista islámico, que al final destruirá o erosionará gravemente la capacidad de resistencia de aliados del EE.UU. como Arabia Saudí y las elites del Golfo. Volver a la promesa de la era de la guerra fría, la extensión de la democracia, funcionará difícilmente con personas desencantadas que, en lugares como el Pakistán y las Filipinas, han visto las democracias controladas por las elites y sustentadas por EE.UU. convertirse en obstáculos a la igualdad económica y social. También referirse a la era de Clinton, que prometió prosperidad por una globalización acelerada, no funcionará. Es más, es evidente que, como admite hasta el Banco Mundial, en los años 90 la pobreza y la desigualdad han aumentadas globalmente.

Por cuánto atañe al multilateralismo económico, el llamamiento del financiero George Soros para una reforma del FMI, del Banco Mundial y de la OMC para promover una forma más ecuánime de globalización puede parecer justo, pero es improbable que esta propuesta consiga el sostén de los intereses fácticos del dominante EE.UU. que, hasta el momento, han hundido las conversaciones de la OMC con su posición proteccionista y agresiva sobre la agricultura, sobre los derechos inherentes a la propiedad intelectual, sobre las tarifas del acero, y con sus actitud arrogante hacia otras economías en el campo de los derechos sobre las inversiones, de la movilidad del capital y la exportación de productos genéticamente modificados. Levantando la cortina de humo ideológico del libre mercado, probablemente el establishment americano de las corporaciones se volverá aún más prohibicionista y mercantilista en la era del estancamiento, deflación y disminución de los provechos a nivel global, en cuyo el mundo ha entrado.

¿Y el futuro? Militarmente, no hay duda que Washington mantendrá una absoluta superioridad en los indicadores de potencia militar como cabezas nucleares, armas convencionales y portaaviones pero la capacidad de transformar la potencia militar en intervención eficaz declinará junto al crecimiento del "síndrome Irak".

La desintegración de la Alianza Atlántica es irreversible, y el conflicto en Irak no hace más qué acelerar las dinámicas detonantes de la construcción de diferencias, existentes ya desde los años 90 prácticamente en todas las dimensiones de las relaciones internacionales.

Europa con toda probabilidad irá hacia la creación de una fuerza defensiva europea independiente de la OTAN, aunque no desafiará la superioridad estratégica de EE.UU.. En todo caso, políticamente, Europa saldrá siempre de la órbita EE.UU. para constituir un polo alternativo que defenderá los mismos intereses a nivel regional a través de un aproche liberal, orientado a la diplomacia y multilateral.

En términos de fuerza económica, en las próximas dos décadas los Estados Unidos quedarán como potencia dominante, pero probablemente perderán su primacía de la misma forma que paso con la erosión de la fuente de su hegemonía: la red global por la cooperación capitalista transnacional en que la OMC tiene un papel central. Probablemente proliferarán acuerdos comerciales bilaterales o regionales pero aquellos más dinámicos podrían no ser los que integrarán a economías débiles con una superpotencia el EE.UU. o la UE sino los acuerdos económicos regionales entre países en desarrollo o, en la jerga de la economía del desarrollo, "cooperación Sur-Sur". Formaciones como el Mercosur en América latina, la ASEAN y el G20 siempre reflejarán las lecciones fundamentales que los países en desarrollo han aprendido en los últimos 25 años de globalización desestabilizadora: qué la política comercial tiene que estar subordinada al desarrollo, que la tecnología debe ser liberada por normas rígidas sobre la propiedad intelectual, que los controles sobre el capital son necesarios, que el desarrollo solicita una intervención no menor sino mayor de parte del estado. Y, sobre todo, que los débiles tienen que estar unidos o serán despedazados.

Entre los países en desarrollo, naturalmente China está en una categoría como esta. Es realmente uno de los vencedores de la era Bush. Ha logrado estar del lado de todos, y por lo tanto del lado de nadie sino de si misma, en conflictos económicos y políticos fundamentales. Mientras EE.UU. se metieron en guerras sin fin, China ha maniobrado hábilmente para quedar libre de empeños que le habrían atado las manos para perseguir un rápido crecimiento económico, una mayor tecnologización y estabilidad política.

La democratización, naturalmente, queda como un problema urgente pero el desatado de este nudo debido al lento progreso del país se verá.

La otra grande vencedora de los últimos años es lo que el Nueva York Times ha llamado "la segunda superpotencia" del mundo después de EE.UU.. Ésta es la sociedad civil global, una fuerza cuya expresión más dinámica es el World Social Foro que se ha dado cita en Mumbai (Bombay). Esta network transnacional en rápida expansión, que echa un puente entre el Sur y el Norte, es la principal fuerza por la paz, la democracia, el comercio justo, la justicia, los derechos humanos y el desarrollo sostenible. Gobiernos distintos como Pekín y Washington, burlan sus llamamientos. Las corporaciones lo odian. Y las agencias multilaterales se encuentran obligadas a adoptar su lenguaje de los "derechos". Pero su creciente capacidad de deslegitimar el poder e incidir en los balances de las empresas es un hecho dentro de las relaciones internacionales con el cual tendrán que convivir.

Una menguada capacidad del EE.UU. de controlar acontecimientos globales, el crecimiento de bloques económicos regionales mientras declina el sistema multilateral, una creciente coordinación entre los países en desarrollo y el emerger de una sociedad civil global como forma de control cada vez más potente como sobre los estados y las trannacionales: en los próximos años probablemente estas tendencias tendrán una aceleración.

La historia es astuta y fastidiosa, a menudo desempeña un papel cruel reservando exactamente lo contrario de lo que sus actores se propusieron. Un "dominio" de 360 grados por parte de los Estados Unidos en el siglo XXI es el objetivo declarado de los neoconservadores que han llegado al poder con George Bush. Paradójicamente, la búsqueda de este objetivo por parte de la actual administración ha acelerado la erosión de la hegemonía EE.UU.: un proceso que una elite imperial más hábil habría podido ralentizar.

Sin duda, las personas que se encontrarán a Mumbai (Bombay) seguirán viendo a los EE.UU. como una amenaza mortal a la justicia y a la paz global, pero también se verán animadas por las crecientes dificultades de un imperio arrogante incapaz de ver que la decadencia es inevitable y que el desafío es no resistir a este proceso, sino administrarlo con habilidad.

Traducción SODEPAZ

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