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R E S I S T E N C I A   G L O B A L 

24 de enero del 2004

Reflexiones sobre el Foro Social Mundial

Theotonio Dos Santos
Servicio Informativo "alai-amlatina"

En estos días se realizó el Foro Social Mundial en Mumbai, India. La importancia que ha adquirido este encuentro de varios movimientos sociales, organizaciones no-gubernamentales volcadas hacia las cuestiones mundiales, organizaciones populares y representantes de gobiernos con compromisos sociales empieza a suscitar discusiones y expectativas contradictorias.

Este debate se hace aún más necesario en la medida en que este Foro se articula explícita o implícitamente con un creciente movimiento anti-globalización que se manifiesta en acciones de eficacia creciente en contra de las tendencias dominantes en las organizaciones internacionales en favor de poderosas intereses económicos que chocan en contra de las necesidades de la mayoría de la población mundial.

Por otro lado, tanto el Foro como los movimientos anti- globalización se caracterizan por una gran diversidad interna que exige mecanismos de generación de consenso, un cierto pragmatismo y una amplitud de criterios poco común en la historia de los movimientos de cuestionamiento social.

Dígase de paso que no hay ninguna razón estructural que obligue a los movimientos rebeldes y de izquierda para identificarse con fórmulas autoritarias de organización. Sin profundizar en lo que significó históricamente el auge del anarquismo en los movimientos sociales del final del siglo XIX, él se caracterizaba por proponer formas no autoritarias de movimientos populares, a pesar de que su práctica distaba mucho de sus ideales.

El autoritarismo es claramente una herencia de las sociedades pre-socialistas que se proyectan en las propuestas y sobretodo en el comportamiento de las gentes sometidas a las condiciones de vida de las sociedades pre y capitalistas. A pesar de sus pretensiones liberales, el moderno capitalismo industrial estaba profundamente anclado en la despótica disciplina del trabajo colectivo en las fábricas y empresas en general.

Las organizaciones obreras, principalmente los sindicatos y los partidos socialistas y posteriormente los comunistas, se forjaron en el cuadro de la disciplina de masas impuesta por las empresas a sus trabajadores. Marx y Engels vieron en este aprendizaje un factor favorable al desarrollo de la eficacia de la acción obrera (no para el socialismo). De formación liberal y burguesa y hasta anarquista, a ellos no les encantaba esta característica impuesta por la dialéctica de la lucha de clases, pero nunca transformaron sus preferencias personales en guías para la comprensión y para la acción social.

Pero la evolución de la economía contemporánea hacia la hegemonía de las actividades de servicio sobre las actividades industriales ha cambiado significativamente la naturaleza de los movimientos sociales. Se trata de una gran masa de trabajadores asalariados que se somete a condiciones de disciplina menos rigurosas que el asalariado industrial en la medida en que su trabajo no está condicionado tan directamente por el movimiento de las máquinas cuya precisión no permite ninguna flexibilidad.

Asimismo las unidades de comando a que se someten ya no son expresiones tan inmediatas de la propiedad privada. La empresa moderna pasa a reflejar cada vez más una forma de socialización de la propiedad privada que son las sociedades anónimas, la cual hace diluir progresivamente la figura del patrón en la del director de empresa y del manager o gerente cada vez menos comprometidos con la propiedad particular en sí misma.

Al mismo tiempo el avance de la automatización, de la informática y recientemente de la robótica ha creado nuevos conceptos de la disciplina del trabajo colectivo sin el rigor serial exigido por el sistema productivo industrial dominado por el tiempo mecánico. La gestión de las unidades productivas depende cada vez más de pequeños equipos altamente integrados y responsables por el funcionamiento de inmensos sistemas de producción que pueden situarse en locales distantes entre sí, unidos por medios de comunicación cada vez más avanzados.

Estos cambios en las condiciones materiales de la producción han tenido efectos cada vez más definitivos en los comportamientos institucionales y en el concepto de organización de la acción social. Es pues natural que estos cambios terminasen por afectar también el comportamiento de los movimientos sociales y de los partidos políticos. Una de las criaturas más complejas y diferenciadas de esta nueva realidad son las organizaciones no gubernamentales.

Ellas reflejan muy inmediatamente las ambigüedades y complejidades que involucran las relaciones entre lo público y lo privado y las nuevas y antiguas formas de propiedad en las nuevas sociedades post-industriales. Exactamente por su flexibilidad ellas pueden asumir tareas no previstas y ocupar posiciones estratégicas en la gestión de la sociedad contemporánea.

Asimismo, los movimientos sociales tradicionales también se ven obligados a cambiar sus métodos de actuación que no corresponden más a las formas del proceso productivo en expansión. Ellos deben adaptarse a nuevas formas de disciplina colectiva, menos verticales y más interactivas, así como las personas perciben sus relaciones de trabajo, incluso en instituciones básicas como la escuela la educación refleja muy rápidamente estos cambios.

De esta forma, estos nuevos estilos de organización están reflejando cambios muy radicales en el conjunto del comportamiento social, lo cual les garantiza una mayor eficacia. Se trata por lo tanto de una rebelión en el seno mismo de las instituciones creadas por la sociedad contemporánea. En este sentido, el hecho que la globalización se encuentre en el centro mismo de estas movilizaciones reflejan su percepción aguda de los efectos de un conjunto de fenómenos en el cual están inmersos estos jóvenes y las instituciones a las cuales se vinculan.

En este sentido Inmanuel Wallerstein tiene mucha razón cuando identifica estos movimientos antiglobalización con la revolución radical que emergió en los movimientos de 1968, la cual cuestionaba el conjunto de la idea de "modernización" y buscaba situarse adelante de la misma, en un nuevo plan histórico. Los ideólogos de la globalización han intentado apoderarse de este poderoso movimiento histórico al buscar identificar los profundos cambios que vivimos con la integración creciente de la humanidad en una sola civilización planetaria, en un retorno al pasado liberal que buscaron identificarla con el fin de la historia.

De ahí el profundo malestar que asalta a la humanidad en las dos últimas décadas. Las relaciones sociales y las ideologías ultrapasadas buscan detener el avance de la humanidad para mantener sus privilegios y ventajas. Con esto limitan el avance del pensamiento humano y buscan insertar en sus instituciones arcaicas los movimientos revolucionarios que surgen en las bases mismas de la sociedad, limitándolos y constriñéndolos.

El Foro Social Mundial y los movimientos anti globalización son el reflejo de la necesidad de toda una nueva generación de librarse de las cadenas impuestas por estas limitaciones reaccionarias. Ellos revelan incluso una sensibilidad colosal hacia las reivindicaciones de identidad cultural de las fuerzas y procesos sociales que parecerían los más arcaicos a ser superados por la falsa modernización.

El alto desarrollo de las fuerzas productivas contemporáneas asegura - al contrario - la posibilidad de supervivencia de formas culturales y civilizacionales que pueden convivir con las nuevas fuerzas productivas sin perder los elementos emocionales de sus orígenes.

De la misma forma, el hambre, el analfabetismo, el trabajo esclavo, el trabajo infantil y tantos otros males históricos que el capitalismo no pudo resolver en el cuadro de su globalización excluyente, desigual y concentradora, pueden perfectamente ser resueltos en el cuadro de las nuevas fuerzas productivas que dispone la humanidad, desde que ella se aplique en este sentido.

Es interesante ver cómo estas organizaciones acogen los varios acuerdos obtenidos en las cúpulas de la humanidad realizadas bajo la égida de las Naciones Unidas en la década de los 90s del siglo pasado, así como las resoluciones de la Cumbre del Milenio, como una agenda válida para unir estos movimientos sociales tan diferenciados en el diseño de un nuevo mundo posible.

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