LUCHA ANTIGLOBALIZACIÓN

1 de julio del 2002

Una lectura crítica del tratado de Hardt y Negri, a la luz del convulsionado clima argentino

Manifiesto para el ciudadano global

Bruno Bosteels
Clarín

Parece demasiado temprano -con mayor razón desde afuera- para interpretar en términos de historia de la filosofía política lo que pasa en las calles de la Argentina y que llega al extranjero, simplificado en los relatos televisivos. Algo está ocurriendo que sólo parece escapar a la clase política. A menos que el observador quiera revivir viejas ortodoxias, todavía falta el aparato conceptual para registrar las formas de fidelidad a aquello que vemos. Algunos han leído ese presente a la luz del concepto de "multitud" tal y como lo desarrolla Paolo Virno en su Gramática de la multitud, aún no editado en castellano. Ahora, el público argentino tiene acceso al libro Imperio, escrito por el joven crítico literario Michael Hardt junto con el filósofo italiano Toni Negri. En cierto sentido, este libro es la contraparte del mencionado antes. Su contraparte pero también su complemento.

Hay una relación de reciprocidad y resistencia a la vez entre la multitud y el nuevo concepto de imperio tal como lo reformulan Hardt y Negri en su libro, editado por Harvard University Press en el año 2000. Además de conjugar ideas ya conocidas sobre globalización y posmodernidad en una suerte de enciclopedia universal de la época contemporánea, presentan variaciones sobre un tema brutalmente simple, aun si sus implicaciones políticas -como ellos mismos son los primeros en admitir- pueden no ser tan claras: al concepto moderno de soberanía nacional, con sus expansiones imperialistas a lo largo de los siglos, sucede desde hace algunas décadas un nuevo tipo de soberanía que ya no está ligado al Estado-nación, sino que se extiende uniformemente por toda la tierra como una soberanía imperial.

No imperialista, sino imperial: este cambio de adjetivo, para los protagonistas de las revueltas en el mundo entero, puede parecer una cuestión puramente escolástica. Hardt y Negri, sin embargo, también están pensando en nuevos tipos de movilización. En su ambicioso recorrido de la filosofía política moderna sientan las bases para un concepto nuevo del poder autónomo de la multitud, creando lo que podríamos llamar un materialismo herético, inmerso en el mundo como puro azar e inmanencia. No sólo reinterpretan las etapas del constitucionalismo estadounidense, sino que, además, intentan construir una filosofía política coherente a partir de Maquiavelo, Spinoza y Marx. Finalmente, en una serie de episodios más libremente especulativos, proponen una compleja analogía con la situación del primer cristianismo en medio del imperio romano. San Agustín, con la idea de las dos ciudades, sirve así de modelo para gran parte del libro. Con la diferencia crucial de que Hardt y Negri van en busca de la ciudad terrestre, en contra de la trascendencia de la ciudad de Dios.

Lo que define al imperio de nuestros tiempos es algo que los autores, retomando una noción de Michel Foucault, describen como "biopoder". Significa que el capitalismo tardío se infiltra en todas las esferas de la actividad humana, borrando las separaciones entre lo económico y lo cultural, entre trabajo material y trabajo inmaterial. Hoy el régimen de poder del imperio controla directamente la vida misma. Si anteriormente el imperialismo se definía por la opresión y la disciplina jerárquica de territorios y poblaciones, en cambio hoy el imperio se caracteriza por la creciente integración y el control flexible de nuevas zonas de interés. El diagrama de la sociedad imperialista tomaba la forma panóptica de una cárcel, separando el adentro y el afuera según el ejemplo descrito en Vigilar y castigar por Foucault; el del nuevo imperio, por el contrario, sigue la fluctuación incesante del mercado, como una red con múltiples entradas y líneas de fuga, siguiendo el mapa trazado en Mil mesetas por Deleuze y Guattari.

La nueva forma de soberanía no sólo cancela la dialéctica del interior y el exterior que define al Estado moderno, confundiendo su doble función de policía adentro y ejército afuera, sino que, además, le quita de antemano cualquier eficacia a una lucha política que se definiera táctica o estratégicamente a partir de semejantes categorías, hoy supuestamente obsoletas. "Al imperio no se lo puede resistir con un proyecto dirigido hacia una autonomía limitada o local", advierten Hardt y Negri: "A la globalización debe responderse con una contra-globalización, al imperio con un contra-imperio".

Frente a la lógica imperial pero desde el interior mismo de su funcionamiento liso, surge el espectro de la multitud. Mejor dicho, el imperio desde siempre ha sido un intento imposible de controlar la creatividad, la movilización y los deseos de la multitud. Multitud cuya fuerza vital debe considerarse absolutamente anterior a todos los proyectos de mediación por el poder constituido, sea en términos de mercado y globalización o, previamente, como pueblo y nación. De esta fuente inagotable brota lo que yo llamaría el optimismo político-ontológico de Hardt y Negri: "Las fuerzas creativas de la multitud que sostienen al imperio también son capaces de construir autónomamente un contra-imperio, una organización política alternativa de flujos e intercambios globales".

Retomando la posible pertinencia de este libro a la actualidad argentina, nunca puede ser cuestión decidir si es aplicable el pensamiento previo de un filósofo político. Y poco o nada importa que éste sea nativo o no, si toda la filosofía política se define -felizmente- por ser tardía y ajena al proceso de la política como pensamiento. Al contrario, veamos qué instrumentos debe elaborar la filosofía para acoger en su seno lo que está pasando en las calles como una nueva figura del presente. Primero, hace falta reconstruir la genealogía completa del concepto de la multitud. La novedad de este actor resulta ser cuestionable. De Rousseau a Mao, las ma sas siempre han marcado el punto de irrupción de una política verdadera. ¿Cómo se articula entonces la multitud, no sólo con las ideas de pueblo y nación, sino también con los conceptos de masas, clases y partido? La hipótesis sería que la multitud presenta hoy a las masas sin clase, con la gente siendo una versión moralizada de la muchedumbre, mientras que la izquierda suponía siempre que el partido organizara a la masa en pueblo.

Segundo, cabe preguntarse si la multitud no corre el riesgo de convertirse en el lema de un izquierdismo anárquico, a menos que dé lugar también a nuevas formas de organización duradera, en una serie de apuestas no partidarias sobre la capacidad de pensamiento de las masas. Aquí es donde el debate actual en torno a las asambleas, los piquetes y los cacerolazos cobra todo su valor. ¿Estas figuras "reviven" la democracia directa? ¿Marcan el "fin" de la política, si por ella entendemos el capitalo-parlamentarismo global? La hipótesis sería, más bien, que indican el principio de una nueva secuencia política, con el cierre y el agotamiento del partido como forma privilegiada que dominaba la política a lo largo de dos siglos. Hardt y Negri apenas aluden a esas preguntas en su conclusión: "Lo que debemos captar es cómo la multitud es organizada y redefinida como un poder positivo, político".

Imperio, mientras tanto, no pretende ser una enésima versión mesiánica del paso por el infierno - por el régimen del imperio- para desembocar en la salvación -en el poder de la multitud-. Aun así, el libro no evita siempre las trampas de la buena mala conciencia que en los años sesenta se discutía como la dialéctica del alma bella. Al oponer la fuerza autoconstituyente de la multitud a la mediación del imperio, por más flexible que sea éste, los autores finalmente no hacen sino renovar un esquema harto familiar que contrasta la pureza insurreccional con el poder igualmente puro del orden establecido. La contraposición entre imperio y multitud asimismo parece retomar dualismos anteriores entre capital y trabajo, o entre orden y anarquía: lo que gana este esquema en radicalidad especulativa, lo pierde sin embargo en eficacia específica para pensar la situación política que nos toca vivir.

23 de marzo de 2002
Bruno Bosteels es especialista en literatura latinoamericana y Director de Estudios de Grado en Columbia University