LUCHA ANTIGLOBALIZACIÓN 

3 de febrero del 2003

El secuestro del Foro Social Mundial

Lo pequeño es bello

Naomi Klein
Masiosare

La democracia participativa fue usurpada en el Foro Social Mundial (FSM) por los grandes hombres y las multitudes. Quizá la razón por la que esto sucedió, sugiere la autora de No Logo y Vallas y ventanas, es porque no hay mucha gloria en la democracia participativa. Para que funcione se requiere humildad de parte de los políticos electos, se requiere que una victoria en las urnas no sea un cheque en blanco, sino el comienzo de un proceso sin fin para devolverle el poder al electorado. Para algunos, el secuestro del FSM por los partidos políticos y los hombres poderosos es prueba de que los movimientos contra la globalización empresarial al fin están madurando y volviéndose "serios". Pero, ¿realmente significa ser maduro -en medio del cementerio de fallidos proyectos políticos de izquierda- creer que el cambio vendrá al depositar tu voto por el último líder carismático, y luego cruzar los dedos y esperar lo mejor? Un poco de seriedad, por favor .

LA PALABRA CLAVE en el Foro Social Mundial de este año, que terminó el pasado martes en Porto Alegre, Brasil, fue "grande". Una gran asistencia: ¡Más de 100 mil delegados en total! Grandes discursos: ¡Más de 15 mil abarrotaron el lugar para ver a Noam Chomsky! Y, sobre todo, grandes hombres. Lula da Silva, el recién electo presidente de Brasil, vino al foro y se dirigió a 75 mil adoradores fans. Hugo Chávez, el controversial presidente de Venezuela, hizo un visita "sorpresa" para anunciar que su asediado régimen forma parte del mismo movimiento que el foro.

"La izquierda en Latinoamérica está renaciendo", declaró Chávez, mientras prometía derrotar a sus opositores a cualquier costo. Como evidencia de este renacimiento, mencionó la elección de Lula en Brasil, la victoria de Lucio Gutiérrez en Ecuador y la tenacidad de Fidel Castro en Cuba.

Pero, un momento: ¿Cómo fue que un encuentro que se suponía era una vitrina para los nuevos movimientos de base se convirtió en una celebración de hombres con una inclinación a los discursos de tres horas sobre aplastar a la oligarquía?

Claro, el foro, con toda su mareadora diversidad global, no sólo fue discursos con enormes multitudes mirando en una sola dirección. Hubo bastantes círculos, con pequeños grupos de personas que se veían unos a otros. Hubo miles de encuentros improvisados de activistas de lados opuestos del globo terráqueo, que con emoción intercambiaban hechos, tácticas y análisis de sus luchas compartidas. Pero lo grande definitivamente marcó el evento.

Hace dos años, en el primer Foro Social Mundial, la palabra clave no era "grande", sino "nuevo": nuevas ideas, nuevos métodos, nuevas caras. Porque si había una cosa en la que la mayoría de los delegados coincidían (y no había mucho) era en que los métodos tradicionales de la izquierda habían fracasado, ya fuese porque iban encaminados en una mala dirección o porque estaban mal equipados para lidiar con las poderosas fuerzas de la globalización empresarial.

Esto vino de la experiencia obtenida por la vía difícil, experiencia que sigue siendo verdadera, aunque a algunos partidos de izquierda les ha ido bien recientemente en las urnas. Muchos de los delegados en aquel primer foro habían pasado su vida construyendo partidos del trabajo, sólo para observar después, sin poder hacer nada, que esos partidos traicionaban sus raíces una vez en el poder; se daban por vencidos y llevaban a cabo las políticas dictadas por los mercados globales. Otros delegados llegaron con los cuerpos llenos de cicatrices y con corazones rotos, tras luchar toda su vida por liberar a sus países de la dictadura o el apartheid racial, sólo para ver a su tierra liberada entregar su soberanía al Fondo Monetario Internacional a cambio de un préstamo. Otros de los que asistieron a aquel primer foro eran refugiados de los partidos comunistas doctrinarios que finalmente se habían enfrentado al hecho de que las "utopías" de Europa del Este se habían vuelto unas pesadillas autoritarias, centralizadas y burocráticas. Y sobrepasando en número a estos veteranos activistas, había una nueva y energética generación de jóvenes que nunca habían confiado en los políticos, y estaban encontrando su propia voz política en las calles de Seattle, Praga y Sao Paulo.

Cuando esta multitud global se juntó bajo el lema de "Otro mundo es posible", para todos, excepto la minoría más rígida y nostálgica, resultaba claro que llegar a este otro mundo no sería cuestión de resucitar los fallidos métodos del pasado, sino de imaginar nuevos movimientos que sacaran lo mejor de estas experiencias y que juraran nunca repetir sus errores.

El Foro Social Mundial no produjo un plan político -un buen comienzo- pero había una clara pauta que surgía de las alternativas. La política tenía que tratarse menos sobre confiar en líderes bien intencionados y más en dar poder a la gente para que tomara sus propias decisiones; la democracia tenía que ser Menos representativa y más participativa. Las ideas que estaban en el aire incluían consejos barriales, presupuestos participativos, gobiernos locales más fuertes, reforma agraria y cooperativas granjeras -una visión de comunidades politizadas que podían funcionar en red a escala internacional para resistir futuros asaltos del FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio. Para una izquierda, que normalmente había buscado soluciones estatales centralizadas para resolver casi todos los problemas, este énfasis en la descentralización y en la participación directa representaba una innovación.

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En el primer Foro Social Mundial, Lula también fue vitoreado: no como una figura heroica que juraba retar a las fuerzas del mercado y erradicar el hambre, sino como un innovador cuyo partido estaba a la vanguardia en la creación de herramientas para que la gente empobrecida pudiera cubrir sus propias necesidades.

Tristemente, aquellos temas de participación profunda y empoderamiento democrático en gran medida estuvieron ausentes en la campaña presidencial de Da Silva. En vez, contó y volvió a contar una historia personal sobre cómo el electorado podía confiar en él porque venía de la pobreza, y conocía su dolor. Pero enfrentarse a las demandas de la comunidad financiera internacional no consiste en saber si se puede confiar en un político individual, más bien consiste en el hecho de que, como el propio Da Silva está probando, ninguna persona o partido es lo suficientemente fuerte por sí mismo.

En este momento, parece que Lula sólo tiene dos alternativas: abandonar sus promesas electorales de redistribución de la riqueza o tratar de forzarlas y terminar en una guerra civil al estilo Chávez. Pero hay otra opción, una que el propio Partido de los Trabajadores ya intentó, una que hizo de Porto Alegre el faro de un nuevo tipo de política: más democracia. Podría simplemente rehusarse a jugar el papel de mesías o vaquero solitario, y, en vez, devolver el poder en asuntos cruciales - desde el pago de la deuda externa, a la reforma agraria, a la membresía en el Area de Libre Comercio de las Américas- a los ciudadanos que lo eligieron. Hay un montón de mecanismos que podría usar: referéndums, asambleas constituyentes, redes de consejos locales y asambleas empoderadas. Escoger una ruta económica alternativa de todos modos encendería una resistencia feroz, pero sus opositores no tendrían el lujo de estar en contra de Lula, como están en contra de Chávez. En vez, se verían forzados a oponerse a la voluntad repetida y declarada de la mayoría -tendrían que estar en contra de la democracia en sí misma-.

Quizá la razón por la que la democracia participativa fue usurpada en el Foro Social Mundial por los grandes hombres y las multitudes es porque no hay mucha gloria en ella. Para que funcione, se requiere de una genuina humildad de parte de los políticos electos. Se requiere que una victoria en las urnas no sea un cheque en blanco con duración de cinco años, sino el comienzo de un proceso sin fin para devolverle el poder, una y otra vez, a aquel electorado.

Para algunos, el secuestro del Foro Social Mundial por los partidos políticos y los hombres poderosos es prueba de que los movimientos contra la globalización empresarial finalmente están madurando y volviéndose "serios". Pero, ¿realmente significa ser tan maduro, en medio del cementerio de fallidos proyectos políticos de izquierda, creer que el cambio vendrá al depositar tu voto por el más reciente líder carismático, y luego cruzar los dedos y esperar lo mejor? Un poco de seriedad, por favor.

(Traducción: Tania Molina Ramírez)