8 de mayo del 2001

¿Quiere su McMovimiento con catsup?

Naomi Klein
Masiosare

Todas las protestas se asemejan hoy en día. Parece que llegó la hora de la McProtesta, porque todas se están convirtiendo en lo mismo en todas partes. En la mayoría de los circuitos activistas se cree, como por un acto de fe, que las manifestaciones masivas son siempre positivas: construyen la moral, muestran la fuerza, atraen a los medios. Parece que se está dejando de lado el hecho de que las manifestaciones no son en sí mismas un movimiento. Sólo son la expresión vistosa de los movimientos cotidianos, enraizados en las escuelas, los lugares de trabajo y los barrios. O al menos, eso deberían ser.

La idea de transformar a Londres en un tablero de Monopolio tamaño natural el 1o. de mayo me sonó como una gran idea. La más frecuente crítica hecha a los manifestantes modernos es que carecen de un enfoque y de metas claras como "Salva los árboles" o "Suspende la deuda". Y sin embargo, estas protestas son una respuesta a las limitaciones de las políticas enfocadas a un solo tema.

Cansados de curar los síntomas de un modelo económico --los hospitales con bajos presupuestos, los sin hogar, la creciente desigualdad, las cárceles sobrepobladas, el cambio climatológico-- hay ahora un claro intento de "sacar" el sistema que está detrás de los síntomas. Pero, ¿cómo haces una protesta contra ideas económicas abstractas sin que suene o espantosamente estridente o demasiado vago? ¿Qué tal si se usa el juego de mesa que ha enseñado a generaciones de niños lo que es la propiedad territorial? Los organizadores de la protesta "Monopolio" del 1o. de mayo imprimieron mapas de Londres con anotaciones que se referían a sitios conocidos, y animaban a los participantes a localizar sus acciones sobre el tablero.

¿Quieres protestar contra la privatización? Vé a una estación de tren ¿La industria agrícola? McDonald's en King's Cross. ¿Energía fosil? La compañía eléctrica. Y siempre porta tu tarjeta "Sal de prisión gratis".

El problema fue que el 1o. de mayo, Londres no parecía una mezcla ingeniosa de educación popular y de teatro callejero. Lo que ocurrió fue bastante parecido a cualquiera de las protestas masivas de hoy en día: manifestantes acorralados por la policía antimotines, ventanas rotas, tiendas tapadas con tablas, peleas con la policía. Y en las guerras mediáticas anteriores a las protestas, había más de lo mismo. ¿Estaban planeando actos violentos los manifestantes? ¿Iba a provocar violencia la mera presencia de 6 mil policías? ¿Por qué no condenan la violencia todos los manifestantes? ¿Por qué todos siempre hablan de violencia?

Parece que esto es en lo que las protestas se asemejan hoy en día. Llamémoslo una McProtesta, porque se está convirtiendo en lo mismo en todas partes. En la mayoría de los circuitos activistas se cree, como por un acto de fe, que las manifestaciones masivas son siempre positivas: construyen la moral, muestran la fuerza, atraen a los medios. Pero lo que parece que se está dejando de lado es el hecho de que las manifestaciones no son en sí mismas un movimiento. Sólo son la expresión vistosa de los movimientos cotidianos, enraizados en las escuelas, los lugares de trabajo y los barrios. O al menos, eso deberían ser.

A cada rato me acuerdo del histórico 11 de marzo, cuando los comandantes zapatistas entraron a la ciudad de México. Se trata de un ejército que encabezó un levantamiento exitoso contra el Estado. Y sin embargo, los habitantes del DF no temblaron de miedo; en vez de eso, 200 mil de ellos salieron a saludar a los zapatistas, incluyendo a familias enteras. Las calles se cerraron al tráfico, sin embargo nadie parecía disgustado por el inconveniente. Y los tenderos no tapizaron con tablas sus ventanas, en vez de eso instalaron puestos con artículos "revolucionarios".

¿Acaso los zapatistas son menos peligrosos que unos cuantos anarquistas en overoles blancos? Ni remotamente. Fue porque la construcción de la marcha a la ciudad de México tardó siete años (algunos dicen que 500 años, pero esa es otra historia). Años de construir coaliciones con otros pueblos indígenas, con los trabajadores de las maquiladoras, con los estudiantes, con los intelectuales y los periodistas; años de consultas masivas, de encuentros de unas 6 mil personas. El acontecimiento en la ciudad de México no fue el movimiento; sólo fue una demostración muy pública de todo ese trabajo invisible y cotidiano. Los movimientos de resistencia más fuertes siempre están profundamente enraizados en la comunidad, y le rinden cuentas a esa comunidad. Sin embargo, uno de los más grandes retos de vivir en una cultura de alto consumismo es que carece de raíces. Pocos de nosotros conocemos a nuestros vecinos, pocos de nosotros hablamos de otra cosa en el trabajo que no sean las compras, pocos de nosotros tenemos tiempo para hacer política comunitaria.

¿Cómo puede rendir cuentas un movimiento cuando las comunidades se están desintegrando? En el contexto urbano sin raíces, claramente hay momentos para protestar, pero, quizá más importante aún, hay momentos para construir los vínculos que hacen que las manifestaciones sean más que un mero teatro. Hay momentos en los cuales el radicalismo significa enfrentarse a la policía, pero hay muchas otras ocasiones en las cuales significa hablar con tu vecino. Los temas detrás de las manifestaciones del 1o. de mayo ya no son marginales. Los sustos alimenticios, la ingeniería genética, el cambio climático, la desigualdad económica, y los programas fallidos de privatización, todos son noticias de primera plana. Sin embargo, algo está terriblemente mal cuando las protestas todavía parecen estar aisladas de las preocupaciones cotidianas urgentes. Significa que el espectáculo de mostrar un movimiento se está confundiendo con la tarea menos glamorosa de construir un movimiento.

(Traducción: Tania Molina Ramírez)