22 de enero del 2001

Resurge la lucha social: Imaginando de nuevo la política y la sociedad

Como una nube de mosquitos

Naomi Klein
Viento Sur

"Este seminario no es como cualquier otro". Eso fue lo que se advirtió a todos los conferenciantes del encuentro Imaginando de nuevo la política y la sociedad, que durante tres días reunió a más de 1.000 delegados en la Iglesia de Riverside de Nueva York el pasado mes de mayo. Teníamos que dar respuesta a un problema muy concreto: "la falta de visión general y estrategia" del movimiento antiglobalización.

Se nos advirtió que se trataba de un problema muy serio. La prensa presenta a los jovenes activistas que se congregaron en Seattle para bloquear la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y en Washington para protestar contra el FMI y el Banco Mundial como un grupo de borregos descerebrados, amantes de los árboles y de darle al tambor. Nuestra misión, de acuerdo con los organizadores del seminario, la Fundación para la Ética y el Significado, era dar forma al caos de la calle y convertirlo en un movimiento estructurado y mediático: "Parir un movimiento holístico para el cambio social, económico y político".

A medida que se desarrollaba el seminario, me fui dando cuenta de lo inútil de semejante ejercicio. Incluso si conseguíamos ponernos de acuerdo en un brillante plan de diez puntos, ¿a quién se lo íbamos hacer llegar? El movimiento de protesta antiglobalización que acaparó la atención mundial en noviembre de 1999 en Seattle no está unido en torno a un partido político, ni cuenta con una red nacional con unas oficinas centrales, ni asociaciones locales ni elecciones. Ha surgido de las ideas de unos cuantos activistas e intelectuales, pero ninguno de ellos es su líder. En este contexto, el objetivo del seminario no es que fuera irrelevante, es que simplemente no era tan importante como sus organizadores creían. Más que cambiar el mundo, los resultados del seminario estaban destinados a ser barridos por la oleada de información –en internet, ONGs, papeles académicos, videos caseros, manifiestos– que el movimiento antiglobalización produce y consume cada día.

La otra cara de la moneda de la crítica más habitual sobre la carencia de dirección del movimiento es que tampoco tiene unos seguidores muy definidos. Para quienes buscan una segunda repetición de los 60, estas ausencias hacen que el movimiento sea un magma descorazonador. Evidentemente, ¿cómo podrían una gente tan desorganizada juntarse para responder a los esfuerzos perfectamente coordinados de quienes quieren organizarlos? Son el horror de la vieja guardia.

Es fácil creer en estas críticas. Si hay algo en lo que están de acuerdo la derecha y la izquierda es en la utilidad de un debate ideológico bien estructurado. Pero quizás no sea tan simple. Quizás las protestas de Seattle y Washington parezcan caóticas porque no son la expresión de un solo movimiento, sino la convergencia de muchos pequeños, cada uno con su objetivo específico contra una multinacional (Nike), industria (el agrobusiness), o una nueva iniciativa comercial (el Tratado de Libre Comercio norteamericano). Son, naturalmente, parte de una causa común:
todos creen que los diversos problemas a los que se enfrentan son consecuencia de la desregulación global, un proceso consciente que concentra el poder y la riqueza cada vez en menos manos. Y hay desacuerdos, por supuesto: sobre el papel del Estado-nación, sobre si el capitalismo es reformable, sobre la urgencia de los cambios... Pero en la mayoría de estos micro-movimientos está surgiendo un consenso de que es imprescindible crear organizaciones democraticas de base –sindicatos, asociaciones de vecinos, de campesinos, grupos de afinidad o indigenistas– para contrarrestar el poder de las empresas multinacionales.

El "internetismo democrático"

A pesar de este consenso, esta multitud de campañas no se han convertido en un único movimiento. Por el contrario, están íntimamente unidas y ligadas unas a las otras, como la cadena de enlaces preferidos en internet. La analogía es más que una coincidencia, es fundamental para comprender cómo ha cambiado la esencia misma de la organización política. Aunque muchos han señalado que las recientes protestas de masas antiglobalización hubieran sido imposibles sin la existencia de internet, lo que han pasado por alto es cómo esta tecnologia de la comunicación está forjando el movimiento a su imagen y semejanza. Gracias a la Red, es posible convocar las movilizaciones con un mínimo de burocracia y jerarquía; la época de los manifiestos discutidos mil veces y de los consensos forzados está dando paso a una cultura de intercambio frenético, algunas veces compulsivo, de información continua y poco estructurada.

Lo que surgió en Seattle y en Washington fue un modelo de militancia que refleja las redes orgánicas y entrecruzadas de internet: es un internet no virtual sino vivo.

El centro de investigaciones TeleGeography de Washington está intentando cartografiar la arquitectura del internet como si se tratase del sistema solar. Hace poco, TeleGeography llegó a la conclusión que internet no es un solo sistema, sino una red de centros de actividad y enlaces con otros centros, autónomos pero interconectados.

Es una descripción perfecta de las protestas en Seattle y Washington. La convergencia masiva de centros de activistas, con cientos, si no miles de enlaces autónomos. Durante las manifestaciones, los enlaces cobraron la forma de grupos de afinidad de cinco a veinte personas, cada uno con su representante elegido para la coordinadora de grupos. Aunque los grupos de afinidad se comprometieron a respetar los principios de la no-violencia, eran autónomos a la hora de tomar sus propias decisiones estratégicas. En algunas manifestaciones, los activistas llevan una red en forma de tela de araña dibujada en una pancarta para simbolizar su movimiento. Cuando tienen que reunirse, la tienden en el suelo y llaman a los representantes a ocupar su sitio en una especie de sala de conferencias callejera.

Antes de Seattle y Washington, en los últimos cuatro años, ha habido manifestaciones con ocasión de las cumbres de la OMC, el G-7 o la APEC en Auckland, Vancouver, Manila, Birmingham, Londres, Ginebra, Kuala Lumpur y Colonia. Cada una fue organizada siguiendo el principio de coordinación descentralizada. Más que localizar en un sitio fijo su protesta, los pequeños grupos de activistas rodearon su objetivo desde todas las direcciones. Y en vez de crear grandes burocracias nacionales o internacionales, se pusieron en pie estructuras temporales. Edificios vacíos se transformaron en "centros de encuentro" y las agencias independientes de información montaron "centros de prensa" improvisados. Las coaliciones ad-hoc para impulsar estas movilizaciones adoptaron como nombre la fecha de las manifestaciones: J18, N30, A16, S11 o, ahora para Praga, S26. Tras las manifestaciones lo único que suele quedar es una página web con los documentos más importantes archivados.

La "ad-hocracia"

Como es lógico, todo este discurso sobre la descentralización esconde una jerarquía muy establecida entre quienes poseen, comprenden y controlan las redes informáticas que enlazan entre sí a los activistas. Es lo que Jesse Hirsh, uno de los fundadores de la red anarquista Tao Communications, llama una "ad-hocracia electrónica".

Este modelo de organización en red es algo más que una táctica para las manifestaciones, que de hecho son el resultado de una cadena de "coaliciones de coaliciones", según la expresión de Kevin Danaher, de Global Exchange. Cada una de las campañas antiglobalización es el resultado de muchos grupos, la mayor parte ONGs, sindicatos, organizaciones estudiantiles y políticas. Usan internet, junto a otros medios de organización más tradicionales, para todo: desde catalogar la última pifia del Banco Mundial y bombardear a la Shell con faxes y e-mails hasta publicar en sus web panfletos contra la explotación de trabajo infantil por Nike para que sean impresos en cualquier parte del mundo. Los grupos son autónomos, pero su coordinacion internacional es hábil y su efecto, con frecuencia, devastador.

La acusación de que el movimiento antiglobalización carece de "visión" se desmorona cuando se sitúa en el contexto de estas campañas. Es verdad que las protestas de masas en Seattle y Washington fueron un popurri de consignas y causas, y que a un observador casual le podía resultar difícil comprender la relación entre las tortugas marinas y Mumia Abu-Jamal. Pero al intentar buscar coherencia en estas grandes demostraciones de fuerza, los críticos suelen confundir las manifestaciones externas del movimiento con su propia naturaleza interna, confundiendo a los activistas disfrazados de árboles con el bosque. El movimiento es sus enlaces periféricos y en ellos no hay carencia de visión global.

El movimiento universitario contra la fabricación en clandestinos, por ejemplo, ha evolucionado rápidamente de una simple crítica a las empresas implicadas y a los consejos universitarios que invertían en ellas a establecer códigos de conducta alternativos y poner en pie su propio sistema regulador, el Consorcio para los Derechos de los Trabajadores. El movimiento contra los transgénicos ha logrado una victoria tras otra, obligando primero a retirar de los supermercados británicos los productos modificados genéticamente, impulsando después leyes para el etiquetado en toda Europa, y poniendo en pie, finalmente, un inmenso lobby con ocasión del Acuerdo de Montreal sobre Bioseguridad. Mientras tanto, los críticos de los planes de ajuste estructural del Banco Mundial y el FMI han producido toneladas de libros con modelos alternativos de desarrollo comunitario, cancelación de la deuda externa y auto-gobierno. Otro tanto puede decirse de quienes se enfrentan a las compañías mineras y petroleras con sus esquemas alternativos de energías renovables y explotación de recursos sostenibles. Aunque ni unos ni otros hayan tenido hasta ahora la oportunidad de poner en práctica sus ideas.

No supone incoherencia ni fragmentación que estas campañas estén tan descentralizadas. Por el contrario, se trata de una adaptación inteligente y razonable, tanto a la fragmentación preexistente en las redes progresistas como a cambios culturales más amplios que han tenido lugar. Es un resultado indirecto de la explosión de ONGs que, desde la Cumbre de Río en 1992, han ido ganando poder y peso político. Son tantas las ONG implicadas en el movimiento antiglobalización que solamente un modelo de coordinación en red puede acomodar tantos estilos, tácticas y objetivos diferentes. Como el propio internet, las ONG y las redes de grupos de afinidad son sistemas que pueden crecer infinitamente. Si alguien considera que por alguna razón no esta cómodo en una de las 30.000 ONGs y grupos de afinidad ya existentes, siempre puede crear la suya y coordinarse con las otras. Nadie tiene que ceder su propia individualidad a la estructura superior. Como sucede en internet, uno es libre de acceder a las páginas que quiera y sacar de ellas lo que le interese, olvidándose del resto. Es el punto de vista del navegante en la red llevado al activismo social, que refleja una cultura virtual paradójica capaz de combinar el narcisismo más extremo con una intensa necesidad de conexión con el exterior.

Las debilidades

Una de las grandes ventajas de este modelo de organización es que ha demostrado ser muy difícil de controlar, en gran medida porque es distinto de los modelos organizativos de las empresas e instituciones internacionales a las que se enfrenta. Frente a la concentración empresarial responde con fragmentación, frente a la globalización con su propia forma de localismo, frente a la estructuración del poder con su propia difuminación. "Cuando no hay dirección central ni estructura de mando, es imposible decapitar miles de centros", resume un informe de la Fundación RAND sobre la sublevación zapatista.

Este sistema multicéntrico tiene sus debilidades también y fueron patentes en las calles de Washington durante las protestas contra el FMI/Banco Mundial.

Al mediodía del 16 de abril, el día de las mayores manifestaciones, se convocó la coordinadora de los grupos de afinidad que bloqueaban todas las calles alrededor de las sedes del Banco Mundial y del FMI. El bloqueo había comenzado a las 6 de la mañana, pero los delegados oficiales habían sido conducidos a las reuniones por la policía a las 5. La mayoría de los representantes de los grupos de afinidad, al conocer la noticia, decidieron unirse a la manifestación en la Elipse. Pero no todos estuvieron de acuerdo. Algunos grupos de afinidad decidieron mantener el bloqueo para intentar impedir la salida de los delegados oficiales de las reuniones. El compromiso de la coordinadora fue significativo. Kevin Danaher gritó por el megáfono: "Cada grupo es autónomo. Si quieren quedarse bloqueando, vale; si quieren ir a la Elipse, vale también. Que cada cual haga lo que quiera".

Fue una decisión impecable desde el punto de vista democrático, pero tenía un pequeño problema: no tenía sentido. El bloqueo había sido una acción coordinada. Si ahora unos mantenían las barreras y otros las levantaban, bastaba con girar por otro camino para que los delegados oficiales pudieran llegar a sus hoteles. Que fue exactamente lo que pasó.

Mientras observaba como unos se levantaban y otros seguían, pensé que era una metáfora de los puntos fuertes y débiles de la nueva red de activistas. Sin duda, la cultura de la comunicación dominante en internet es mucho mejor en lo que se refiere a la velocidad y volumen de la información que a la síntesis. Y lo mismo ocurre con el movimiento, que es capaz de movilizar a decenas de miles de personas en una esquina con sus pancartas, pero le cuesta mucho más ponerlas de acuerdo sobre las consignas o qué hacer antes y después de la acción.

Ello explica una cierta ansiedad que se apodera de la gente después de cada movilización:
¿Ya está? ¿Eso es todo? ¿Cuándo es la próxima? ¿Será tan grande como ésta? Para mantener la dinámica, se está desarrollando una cultura de protestas en serie, continuas. Tengo el correo electronico lleno de convocatorias que prometen ser "el próximo Seattle". El 4 de junio, fue en Windsor y Detroit para "clausurar" la reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA), una semana más tarde en Calgary, para el Congreso Mundial de Petróleo, la Convención Republicana en Filadelfia en julio, la Convención Demócrata en Los Angeles en agosto, el Foro Económico Mundial en Melbourne el 11 de septiembre, seguido poco después por la anticumbre del FMI en Praga el 26 del mismo mes y después en Quebec, para la Cumbre de las Américas en abril del 2001. Alguien dejó el siguiente mensaje en una de las listas de correo electrónico para Washington: "Allí donde vayan, les estaremos esperando. Hasta la vista en Praga". Pero, ¿es esto lo que queremos, un movimiento de bloqueadores de calles que sigue a la burocracia internacional como si fuera un grupo de rock famoso en gira por el planeta?

La perspectiva es peligrosa por varias razones. Se crean demasiadas expectativas alrededor de estas manifestaciones. Los organizadores de las protestas en Washington, por ejemplo, anunciaron literalmente que "cerrarían" dos instituciones internacionales de 30.000 millones de dólares, como el FMI y el Banco Mundial, al mismo tiempo que intentaban transmitir un mensaje sofisticado sobre las falacias de la economía neoliberal a un público satisfecho con la marcha de la bolsa. Simplemente, no pudieron. Ninguna manifestación puede lograrlo por sí misma y además, cada vez va a ser más dificil. Las tácticas de acción directa tuvieron éxito en Seattle porque cogieron a la policía por sorpresa. No volverá a pasar, entre otras cosas porque la policía se ha suscrito a todas las listas de correo electrónico. Para preparar la Convención Demócrata en Los Ángeles, la ciudad ha adquirido material antidisturbios por valor de 4 millones de dólares para prevenir la nube de manifestantes.

Proyectos de convergencia

En un intento de levantar una estructura política estable que permita desarrollar el movimiento entre manifestaciones, Danaher ha comenzado una campaña financiera para un Centro de Encuentro Permanente en Washington. El Foro Internacional sobre la Globalización se ha venido reuniendo mientras tanto desde marzo para producir un documento de estrategia de unas 200 páginas, que publicará a finales del 2000. Según su director, Jerry Mander, no se tratará de un manifiesto, sino de un conjunto de principios y prioridades para una primera definición de lo que tendría que ser la "nueva arquitectura" de la economía global.

Como los organizadores del seminario de la Iglesia de Riverside, todas estas iniciativas lo tienen crudo. La mayoría de los militantes están de acuerdo de que ha llegado el momento de sentarse y discutir una agenda alternativa en positivo. Pero ¿sentarse dónde y con quién?

Estas preguntas han estado más presentes que nunca cuando, a finales de mayo, el presidente de la República Checa, Vaclav Havel, se ofreció a "mediar" entre el presidente del Banco Mundial James Wolfensohn y los organizadores de las protestas previstas en Praga el 26 de septiembre. No hubo consenso entre los organizadores para participar en la reunión preparada en el Castillo de Praga, pero es que ni siquiera había un mecanismo para tomar la decisión, aunque alguien sugirió un referéndum por internet. Si Havel se hubiera dirigido a los grupos sobre la deuda externa y el ajuste estructural, como Jubileo 2000 ó 50 Años Basta, su propuesta hubiera sido estudiada y respondida. Pero como se dirigió al movimiento como si fuera una sola entidad, lo único que consiguió fue provocar un debate interno interminable.

Una parte del problema es estructural. Para muchos anarquistas, que llevan el peso de una buena parte del trabajo de base (y que se conectaron por internet mucho antes que otros sectores de la izquierda), la democracia directa, la autogestión y la transparencia no son objetivos políticos abstractos, sino la razón misma de sus organizaciones. Pero muchas ONG, aunque puedan comulgar con algunas de estas ideas en teoría, están organizadas de manera mucho más jerarquica y tradicional, con líderes carismáticos y pequeños comités ejecutivos, a los que los afiliados mandan sus cotizaciones y observan lo que hacen desde sus casas.

¿Cómo hacer coherente un movimiento en el que participan tantos anarquistas y cuya principal fortaleza táctica hasta la fecha es su capacidad de actuar como una nube de mosquitos? Quizás, como en el propio internet, haya que hacerlo no imponiendo una estructura preestablecida, sino navegando hábilmente entre las estructuras ya existentes. Quizás lo que se necesite no sea un solo partido político, sino una mejor coordinación y "enlaces" entre los grupos de afinidad. Quizás, en vez de buscar una mayor centralización lo que haga falta es una descentralización radical.

Visiones

Cuando los críticos dicen que el movimiento "carece de visión" a lo que en realidad se refieren es que no tiene una filosofía revolucionaria dominante, ya sea marxista, socialdemócrata, ecosocialista o anarquista. Es cierto y no podemos estar más agradecidos. Por el momento, los activistas de a pie son atosigados por auto- proclamados dirigentes que quieren afiliarlos como infantería para sus causas particulares. En un extremo está Michael Lerner, con su seminario de la Iglesia de Riverside, que quiere reclutar a todos los manifestantes de Seattle y Washington para su "política del significado". En el otro, John Zerzan, desde Oregón, que no tiene el menor interés en los llamamientos de Lerner a buscar un "acomodo" y que cree que los motines y la destrucción de propiedad son un primer paso en el colapso de la industrialización y la vuelta al "anarco-primitivismo", una utopía de recolectores preneolíticos. En medio hay multitud de visionarios, desde los discípulos del ecosocialista Murray Bookchin hasta ciertos marxistas sectarios convencidos de que la revolución está a la vuelta de la esquina. Sin olvidar al pragmatismo chato de algunos dirigentes sindicales que, antes de Seattle, estaban dispuestos a conformarse con la inclusión de alguna cláusula social en la OMC.

Uno de los grandes méritos de este joven movimiento es que ha dejado de lado todas estas "visiones", ha rechazado todos los manifiestos que tan generosamente le ofrecían unos y otros y se ha concentrado en poner en pie una forma de organización aceptablemente democrática y representativa para desarrollar su resistencia paso a paso. Quizás el verdadero desafío no sea tanto encontrar una "visión" como en resistirse a adoptar una de la noche a la mañana. Habrá sin duda algunos problemas de relaciones públicas: las manifestaciones en serie acabarán quemando a algunos; ciertas piquetes declararán no su autonomía sino su independencia y el New York Times podrá ridiculizar a algunos jóvenes manifestantes como borregos, especialmente cuando se disfracen de ovejas, para regocijo de sus lectores dominicales.

¿Y qué? Este movimiento descentralizado, que se parece más a una nube de mosquitos que a cualquier otra cosa, ha conseguido ya educar y radicalizar a toda una generación de activistas en todo el planeta. Antes de decir amén al primer plan de diez puntos que se le presente, tiene derecho a ver si sale algo nuevo y propio de este enjambre caótico de centros y enlaces que lo constituyen.

The Nation / 10 de julio de 2000 / Nueva York
http://www.thenation.com/

Traducción: G. Buster